- Filósofa.
- Me apasionan la historia de la filosofía, el pensamiento mexicano y la filosofía de la Antigua Grecia.
- Mis intereses son las Ciencias Políticas, la historia y la literatura.
2025
Torres colosales de hormigón, largas barras de luz incandescente colgando del techo, escaparates relucientes habitados por maniquíes sin rostro, música ambiental comercial y vacía que parece repetirse en un ciclo interminable, muebles monocromáticos de formas geométricas en donde el cuerpo no halla descanso. ¿En qué lugar pensaste?
Por los escaparates, probablemente hayas imaginado un centro comercial, pero hay otros espacios que replican este estilo: supermercados, hospitales, estaciones de transporte, entre otros. Este tipo de entorno es lo que el antropólogo francés Marc Augé denominó “no-lugar” en su libro de 1992 Los no-lugares: espacios del anonimato.
Pero, ¿qué es un no-lugar y por qué este tipo de espacios nos deja un sentimiento melancólico difícil de explicar?
Para apropiarnos del concepto, hay que entender primero que el ser humano es un ser estético, no solamente práctico. Es decir, el hombre valora tanto lo útil como lo bello. Si hablamos, por ejemplo, de una casa, el hombre no se conforma únicamente con tener un espacio que lo resguarde de la intemperie: necesita adornarlo con muebles, estructuras y accesorios que sean agradables a la vista y reflejen su identidad.
Ahora bien, si bien los “no-lugares” no son necesariamente desagradables a la vista, su contemplación no conmueve la dimensión estética del ser humano. En otras palabras, el “no-lugar” no despierta los sentimientos que una obra estética —fotográfica, cinematográfica, literaria, etc.— busca provocar en el alma. Porque eso es, precisamente, lo que busca el arte: conmover a través de la belleza, suscitar el asombro en el espectador.
La característica principal del “no-lugar” es su carencia de identidad.
Imagina el interior de una cabaña de madera. Los sillones están dispuestos en forma de media luna frente a una chimenea encendida. La estancia está oscura, pero el fuego irradia una luz cálida que ilumina las fotografías colgadas en la pared. No sería extraño imaginar a una familia viviendo ahí, ¿verdad? La mera imagen evoca ideas de hogar, pertenencia, arraigo y memoria. ¿Cuánta vida no habrá transcurrido entre esos muros? ¿Cuántos cumpleaños, pérdidas, despedidas, risas? No importa si no es un lugar lujoso: la escena está llena de vida. Y al final de cuentas, ese es el sentido del espacio: ser un escenario para la vida.
Tal como los describe Augé, los “no-lugares” son espacios sin identidad, pues no cuentan una historia en sí mismos. En eso radica que, al admirarlos y habitarlos, sintamos un vacío. Estar en un “no-lugar” da la sensación de no estar realmente en ningún sitio en particular.
Hablábamos antes del papel de lo útil y lo bello en el ser humano: el “no-lugar” se limita a lo útil y desecha lo bello. Y con desechar lo bello no me refiero únicamente a que su diseño no sea estéticamente agradable, sino a que carece de la cualidad de comunicar algo que conmueva al alma. Todas las ideas que vimos en la cabaña —hogar, pertenencia, arraigo, memoria— no tienen cabida en el “no-lugar”, pues al ser estéticas, le restan espacio a la dimensión de lo práctico.
Esto se explica de forma sencilla: el “no-lugar” es un espacio de tránsito, no está hecho para ser habitado.
Si regresas al inicio del texto, donde describimos la arquitectura fría que compone al “no-lugar”, verás que mencioné que los centros comerciales, hospitales, centrales de transporte y supermercados hacen uso de este tipo de diseño. Estos, los “no-lugares” por excelencia, no comparten características de diseño por coincidencia.
Son lugares de tránsito.
Están hechos para que permanezcamos ahí solo el tiempo necesario para cumplir una función. Es como si esas colosales torres de hormigón, las luces incandescentes y los muebles monocromáticos nos dijeran: “Mira, este lugar es lo suficientemente funcional como para que consumas aquí, pero lo suficientemente repelente como para que desees irte una vez finalizado tu consumo, dejando espacio libre para el que sigue.”
La arquitectura de los “no-lugares” comunica este mensaje de manera tan eficaz que su diseño se ha replicado en masa alrededor del mundo. Esta masificación también ha contribuido a la pérdida de identidad de los espacios.
Esta arquitectura repelente y fría no relata nada. No se supone que lo haga. Estar en un “no-lugar” es como ingresar a una cámara donde el espacio y el tiempo transcurren ajenos a la vida y al mundo real. Eso explica los sentimientos melancólicos y desoladores que nos invaden en el supermercado o en el centro comercial. Es como si nos envolviera una especie de extrañeza existencial. Ya lo advertía el filósofo Martin Heidegger: habitar consiste no solo en ocupar un espacio en el mundo, sino en cuidarlo, pertenecer a él y poetizarlo.
Si tú, como yo, consumes contenido de diseño de interiores en plataformas como Instagram, TikTok o similares, habrás visto quizá la crítica hacia los millennials, quienes optan por diseños más sobrios y minimalistas, llegando a restaurar artículos, muebles y estancias antiguas con este estilo.
A estas personas se les acusa justamente de arrebatarle la “personalidad” y el “alma” a estos objetos o espacios.
Alguna vez leí un comentario muy acertado en un video donde una mujer estadounidense convertía una cocina maximalista de los setenta, llena de color, en una cocina minimalista completamente blanca y con detalles cromados. El comentario acusaba a la autora de transformar un espacio acogedor en un lugar que parecía más bien una fotografía sacada de una revista.
Esto, que en principio podría parecer un cumplido, es en realidad una acusación grave. Delata la aspiración de vivir en lugares irreales, artificialmente perfectos, donde la intención es alcanzar tal nivel de pulcritud que parezca que nadie vive ahí. Se busca, con esa pulcritud, borrar la huella humana. De nuevo, la desolación, la sensación de extrañeza existencial.
Resulta interesante que esta preferencia por lugares impersonales, carentes de vida y que no relatan nada, haya pasado de ser un fenómeno individual a uno colectivo.
¿Qué sucede cuando los no-lugares se vuelven un paradigma global del diseño del siglo XXI?
En la Parte 2 de esta serie exploraremos precisamente el fenómeno en el que los no-lugares superan el espacio individual para invadir el espacio colectivo por excelencia: la ciudad.
Si te interesa este tema, te invito a permanecer atento a la publicación de la próxima entrega.
El primer día de este año, la cuenta de X @BRICSinfo hizo pública la noticia de que el uso público de prendas que cubran el rostro, incluyendo las burkas, ha quedado oficialmente prohibido en Suiza.
Inmediatamente me sentí en la necesidad de leer las respuestas de la publicación, y una en particular —cuya traducción cito a continuación— llamó mi atención.
“No veo ninguna razón por la que las burkas deban ser prohibidas mientras que los bikinis son permitidos. Sin embargo, si esto es lo que ellos ven como libertad de expresión y aplica equitativamente a todas las regiones, entonces respeto su decisión mientras esta mantenga el respeto y no cause daño a ninguna fe.”
Después de hacer las revisiones pertinentes para verificar que esta noticia es en efecto real y no mero sensacionalismo, me quedé meditando el comentario de este usuario de X. No cesaba de inquietarme la densa carga de condescendencia occidental en aquellas primeras palabras.
“No veo ninguna razón por la que las burkas deban ser prohibidas mientras que los bikinis son permitidos.” Una oración sencilla cuyas palabras parecieran cuidadosamente elegidas con el propósito de decir entre líneas “mi lucidez moral me imposibilita ver diferencias entre la burka y el bikini, Oriente y Occidente, extranjero y local.” Una frase que denuncia una actitud occidental que muy al estilo de la utópica Imagine de John Lennon llama a un mundo sin países, religión, posesiones… En general, al mundo carente de fronteras, pero también de identidad.
Es claro el sentido de estas palabras. Si a un sector de la población le prohíben la burka, signo del conservadurismo islámico, por qué al otro no le prohíben el bikini, signo del liberalismo occidental, y he ahí el mito de la igualdad.
Igualdad, que en Occidente denota necesariamente “si uno gana/pierde una libertad, los demás han de ganarla/perderla también, incluso si el segundo no ha hecho nada que merezca la pena tal ganancia/pérdida.” Un concepto de igualdad y de justicia que halla sus raíces profundas en el concepto de democracia.
C.S Lewis —que además de escribir la obra “Las crónicas de Narnia” fue un crítico de la política de su época— denuncia que la palabra democracia es un término ambiguo por carecer de un significado claro y definible. Basta preguntarse a uno mismo qué es la democracia para descubrir la verdad detrás de las palabras de Lewis. Creemos saber qué significa, pero no tenemos más que una vaga idea de que se trata de un sistema de votación, un sistema de mayorías. Pero el sentido profundo de la palabra se pierde en el limbo de la ambigüedad.
¿Y qué delata esta ambigüedad? Lo mismo que delatan los discursos pomposos de los intelectuales: afán de confundir a quien las escucha para que no comprenda qué se está diciendo realmente, pues es esta la semilla de la manipulación de las masas. No hay discurso tan decorado como aquel del hombre que desea esconder sus verdaderas intenciones.
Para Lewis, la fuerza del término democracia consiste en su éxito para vender el sentimiento de soy tan bueno como tú. Luego, afirma en su texto El diablo propone un brindis(1959):
“Fuera del campo estrictamente político, la declaración de igualdad es hecha exclusivamente por quienes se consideran a sí mismos inferiores de algún modo. La afirmación expresa, precisamente, la lacerante, hiriente y atormentadora conciencia de una inferioridad que se niega a aceptar el que la padece. […] Sospecha, incluso, que las meras diferencias son exigencias de superioridad. Nadie debe ser diferente de él ni por su voz, vestidos, modales, distracciones o gustos culinarios.”1
La actitud que describe esta párrafo sigue vigente hoy en día, y la encontramos en el comentario de la burka y el bikini. La pregunta “¿Por qué prohíben la burka y no el bikini?” coloca ambos objetos en igualdad de condiciones. Pretende que burka=bikini, pues “todos somos iguales”. Pero no es así.
El hombre occidental teme a la diferencia, pues, tal y como afirma Lewis, la diferencia requiere necesariamente una superioridad. Si tu cultura es diferente a la mía, eso implica necesariamente que una es mejor que la otra bajo unos determinados criterios. Pero Lewis delata que este temor a la diferencia proviene de un sentimiento de inferioridad. Quiero que el otro sea igual a mí porque yo me sé menos que él, y si establecemos una condición de igualdad, entonces ya no soy menos que nadie. Lewis describe la sociedad del siglo XX, sin embargo, en el marco del siglo XXI sería quizá más correcto afirmar que este temor a la diferencia proviene de un miedo a ser opresor.
El hombre occidental del que hemos venido hablando tiene un determinado perfil. No hablamos de cualquier hombre procedente de un país de occidente, sino más bien del hombre blanco europeo o norteamericano —véase que el usuario de X que escribe el comentario que apertura este texto es precisamente estadounidense—. Esta clase de hombre es el actor principal de la corrección política de nuestros tiempos: quien encabeza los cargos en las Naciones Unidas y entidades derivadas, las luchas sociales y ambientales, los diversos colectivos de izquierda, etc.
Este fenómeno se explica como el cargo de conciencia generacional del hombre occidental, cuyos ancestros aún son señalados por su protagonismo en los diversos cataclismos sociales que ostenta la historia universal: guerras mundiales, intervencionismos, conquistas, invasiones, evangelizaciones sangrientas, etc. El hombre occidental carga esta pesada cruz en su espalda, y para redimirse, se pone en cada oportunidad del lado del oprimido como diciendo “miren, soy diferente a mis antepasados. Yo estoy del lado de los buenos”, y coloca los términos “oprimido” y bueno” en igualdad de condiciones. El hombre occidental es como el padre que habiendo sido severo, busca redimirse y ganar la simpatía de los hijos —el tercer mundo— a través de la permisividad.
Volvamos entonces al caso de Suiza. No es secreto para nadie que cuando se trata de bienestar social, económico y político, Suiza tiene las de ganar ante el mundo entero. Desde 2013 hasta 2024 —y probablemente más atrás de 2013, pero no poseo la cifra ahora—, ha oscilado entre los nueve primeros lugares del índice global de la felicidad realizado anualmente por las Naciones Unidas. Este censo se levanta tomando en cuenta los testimonios de los ciudadanos de ciento cincuenta y siete países en relación a su calidad de vida. Tampoco es secreto que Suiza, a diferencia de los países de la Unión Europea, es receloso de su cultura ante los extranjeros, y prioriza el estado de bienestar que ha alcanzado para sus cuidadanos por encima de atender la crisis humanitaria que padece Medio Oriente.
Suiza es un país que se ha cerrado al exterior, por lo que ha sido criticado. Este hecho se refleja en la medida adoptada para 2025 y que da origen a este texto. Suiza conserva los principios de identidad que forjan a cualquier nación, y no da la espalda a las ideas de tierra, posesión, frontera. Suiza ha tenido la valentía de rechazar lo que antes llamé condescendencia occidental, que no es más que esta actitud señalada por Lewis de “soy tan bueno como tú”, porque Suiza sabe que no todos son tan buenos como su país. Habría con esto que voltear a ver a los países de la UE y a Inglaterra; las condiciones en que se hallan al poner las culturas ajenas en condiciones de igualdad a la suya; el súbito disparo de los crímenes a manos de extranjeros.
El occidental pretende ver al extranjero con ojos de hermano y espíritu de igualdad, pero el extranjero no devuelve esta mirada simplemente porque ni su historia ni su cultura lo llevan a la conclusión de que es esta clase de hombre su hermano. El extranjero, el oprimido, está del otro lado de la historia: del lado de los vencidos. “¿Cómo vas a decirme que somos iguales a mí, que he padecido tu crueldad y he vivido merced de las murallas que levantaste entre nosotros?” diría Oriente si pudiera hablar a Occidente. Para colmo de males, ni en su propia tierra —de la que ahora huye— ha encontrado el abrazo fraternal y protector del Estado. ¿Por qué ha de confiar en Estado alguno, sea este local o extranjero?
Quizá el mito de la igualdad consiste precisamente en esta disonancia de visiones; en una rivalidad irreconciliable entre los dos bloques mundiales. No se trata de que apoyemos un mundo sin fronteras ni diferencias, sino de que esta idea es simple y sencillamente eso: una idea, y se encuentra más allá de cualquier posibilidad política.
2024
La muerte es quizá el enigma más importante al que se enfrenta el hombre. Ha causado tormento y angustia desde la Antigüedad hasta nuestros tiempos, y hasta da significado y sentido a nuestras vidas. Por eso, el hombre que da la vida por los que ama, trasciende. La muerte no lo derrota de manera absoluta, pues su propia vida, a la cual renuncia voluntariamente, se convierte en nueva vida: la vida de aquel a quien salva.
Algo similar sucede con el hombre que da la vida por sus ideales. Pasa a la posteridad como magnánimo, y queda inmortalizado en la memoria colectiva como héroe. Pero veamos que el hombre que muere por un ideal no muere por nadie, sino por algo; un algo que puede tomar diversas formas: justicia, verdad, soberanía, libertad… La lista es larga y variada. Pero si el hombre que da la vida por el otro regala nueva vida, ¿qué regala el hombre que muere por un ideal? Y más importante aún, ¿morirá en realidad por algo el hombre que muere por un ideal? La justicia no se toca, la verdad no se come, la soberanía no compra bienes, y la libertad no produce. ¿Valdrá la pena, pues, el sacrificio? Esto es un poco de lo que exploraremos en los siguientes artículos de Mikrós, analizando las muertes de algunos filósofos que dieron sus vidas por los ideales en que creyeron.
En este primer artículo analizaremos la muerte Sócrates, una de las más célebres en la historia de la filosofía. Este filósofo griego murió hacia el año 399 a.C. tras ser sentenciado a muerte por la Asamblea de Atenas. Los cargos que se le imputaron fueron los de hablar contra los dioses y corromper a la juventud.
Sócrates deambulaba por las calles de Atenas interrogando a los atenienses sobre temas como el amor, la justicia, la amistad, la belleza, la verdad, entre otros. Preguntaba qué eran estos ideales, qué no eran, en qué consistían, cuál era su valor, entre otras cosas. Para esto utilizó su propio método, que conocemos hoy como mayéutica, y que consiste en ir guiando la reflexión a través de preguntas. La respuesta obtenida es igualmente sometida a cuestionamiento, lo que produce una nueva pregunta y una nueva respuesta que también será cuestionada, y así indefinidamente. El fin de este método es la reflexión profunda y exhaustiva.
En esta labor filosófica radica el verdadero delito de Sócrates, pues mediante sus preguntas —y mediante las reflexiones que ellas suscitaban— llegó a poner en tela de juicio las tradiciones atenienses, principalmente, su manera de gobernar. Así, por ejemplo, de un tema simple como la virtud, Sócrates elevaba la reflexión a cuestiones como la siguiente:
“A causa de este desorden [la falta de educación en la virtud] y de esta inconveniencia […] tiene lugar la falta de acuerdo y armonía […] entre Estados y Estados, y en sus divisiones y en sus guerras sufren el cúmulo de males que mutuamente se causan.”1
Eran precisamente este tipo de aseveraciones las que provocaron la alarma del restaurado partido democrático ateniense, cuyos dirigentes comenzaron a calumniar al amado filósofo —que se hacía cada vez con más discípulos— para poner a los atenienses en su contra. En realidad, Sócrates sí movía la curiosidad de los jóvenes atenienses a través de la mayéutica, pero decir que “corrompía a la juventud” fue la medida desesperada de los gobernantes para ensuciar su labor. Y en el caso de la acusación de “hablar contra los dioses”, esta era una acusación que se solía imputar a los obstáculos políticos de Atenas luego de la Guerra del Peloponeso. Sócrates era en realidad creyente de los dioses, hecho que él mismo defendió ante la Asamblea ateniense.
Podemos seguir la defensa del filósofo en las obras que Platón escribió, particularmente en La apología de Sócrates y en Critón. En la primera, podemos darnos una idea de cómo fue la defensa de Sócrates ante la Asamblea de Atenas, y de cómo habló a sus acusadores para desmentir lo que se decía de él. En la segunda obra vemos a un Sócrates encarcelado pero tranquilo dialogar con su amigo y discípulo Critón, quien lo exhorta a aceptar su ayuda para huir de la cárcel y escapar de Atenas.
Es particularmente interesante esta segunda obra, donde Sócrates rechaza a Critón y al resto de sus discípulos, quienes se declaran dispuestos a donar grandes fortunas con tal de salvar a Sócrates. Critón, perdiendo la paciencia, dice lo siguiente a su maestro:
“[…] intentas una acción que no es justa: entregarte, cuando puedes salvarte […]. Además de estas cosas, me parece a mí que traicionas a tus propios hijos, a los que, siéndote posible criarlos y educarlos, dejas abandonados al marchar. […].2”
Luego de esto, Critón remata con la frase “a mí me parece que tú eliges lo más sencillo2”. En su defensa, Sócrates responde así a su discípulo:
“Los razonamientos que decía anteriormente no soy capaz ahora de desecharlos, una vez que me ha venido esta adversidad […]. Si no somos capaces de exponer ahora otros mejores, has de saber que no cederé ante ti, ni aunque la fuerza de la mayoría nos asuste […] imponiéndonos prisión, muerte y privación de bienes.”
Con esto, Sócrates deja claro a Critón que, habiendo dedicado su vida a la búsqueda de la verdad a través de la razón, se niega ahora a dar marcha atrás. Sócrates cree en la obediencia a las leyes, y para él, si ha sido la ley la que lo ha condenado, es su deber ahora cumplir con tal mandato. Su huída representaría dar la espalda a lo que él predicó toda su vida, incluso si se sabe calumniado.
A esto habría que agregar que en La apología de Sócrates podemos ver que al filósofo se le otorga una alternativa para salvarse de la pena de muerte. La Asamblea determina que el filósofo tiene dos opciones: aceptar la pena de muerte o retractarse de sus declaraciones anteriores y abandonar la vida filosófica. Entre ambas alternativas, Sócrates elige la pena capital; rechaza aceptar pasivamente el silencio que le impone el sistema aparentemente democrático, sobretodo porque sabe que él es portavoz de la verdad misma.
Es por estas razones que acepta su condena con honor. Pero vemos también que Critón quiere convencer a su maestro de que tiene un deber con sus hijos que le obliga a salvar su vida. Sobre esto responde Sócrates lo siguiente imaginando que las leyes le hablan a él:
“Sócrates, obedécenos a nosotras [las leyes], que te hemos criado, y ni a tus hijos ni a tu vida ni a ninguna otra cosa estimes en más que a la justicia […]2”.
Esto arroja cierta luz sobre las primeras preguntas que pusimos sobre la mesa. ¿Morirá en realidad por algo el hombre que muere por un ideal? Esta última respuesta de Sócrates apunta a que sí. Mientras que la justicia es un concepto inestable en tanto que cambia dependiendo del contexto sociocultural y político que lo enmarque, Sócrates nos habla de unas determinadas leyes. Para él, estas leyes están por encima de los mismos hijos, pues mantienen la estabilidad y el orden en la polis.
Sócrates murió con aproximadamente setenta y dos años de edad. Su condena fue beber una copa de cicuta, con lo que su corazón se detuvo antes de pronunciar las que presuntamente fueron sus últimas palabras: “¡Debemos un gallo a Asclepio3”, en clara referencia al semidios Asclepio, que en la mitología griega tiene el poder de resucitar a los muertos. Esto posiblemente se deba a la creencia de Sócrates en una vida después de la muerte. Su muerte pasa a la posteridad como un acto de rebeldía que nos enseña a la renuncia de la última de las posesiones terrenas: el cuerpo y la propia vida, todo en defensa de la verdad.
En atención a la última pregunta que planteamos, ¿vale la pena el sacrificio?, yo respondería que sí. La muerte de Sócrates lo inmortalizó en la historia de la filosofía como aquel que decidió encarar la muerte antes de darle la espalda a la verdad. Su muerte, lejos de quedar en el olvido, queda como testimonio de deber y honor, y de que la justicia está por encima de todas las cosas. Y para cerrar, dejemos sobre la mesa esta frase con la que el filósofo se despide de los jueces que lo acaban de condenar, palabras inmortales que nos regala junto con su propia vida para reflexionar sobre la muerte y sus vicisitudes:
“Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, ustedes para vivir. ¿Entre ustedes y yo quién lleva la mejor parte? Nadie lo sabe, excepto Dios.1”
1. Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, y tomo 11, Madrid 1872
2. Platón, Critón, p. 5.
3. Carlos García Gual, Un suicidio democrático. Cuando Sócrates fue condenado a muerte. National Geographic.
- Me queda claro luego de cuatro años estudiando filosofía que este campo no goza profesionalmente del prestigio que ostentan otras carreras más técnicas. A menudo a quienes optamos por seguir esta senda se nos reprocha el no elegir algo más rentable; sin embargo, me atrevo a dar cuenta de lo sedienta de filosofía que se encuentran nuestras sociedades y culturas actuales. ¿Cómo saciar esta sed siendo que la filosofía se halla encerrada en las aulas universitarias, fuera del alcance de la población? No es tarea fácil, pero por mi parte, he decidido comenzar a escribir esta nueva columna, llamada Mikrós.
Mikrós, del vocablo griego μικρός, significa “pequeño”. Hace alusión a la idea central de esta columna, que ofrecerá una vez al mes una entrada corta sobre temas filosóficos que pueden interesar a los lectores no versados en filosofía. Básicamente, un proyecto de divulgación filosófica que busca poner la filosofía al servicio de los lectores y fomentar en él el pensamiento crítico encaminado hacia la verdad. Para esta primera entrada, quisiera exponer en breve un poco de lo que es la filosofía, su origen, para qué sirve y por qué es imprescindible para nosotros.
Acuñamos el término “filosofía” a Pitágoras, que nació hacia el año 580 a.C. en la isla griega de Samos. Según cuenta el relato, un célebre militar de la ciudad de Atenas elogió a Pitágoras llamándolo “sabio”, a lo que el matemático y filósofo contestó con su característica sencillez que no era un sabio, sino tan solo un amante de la sabiduría. Cuando pasamos al griego antiguo esta expresión, “amante de la sabiduría”, es cuando obtenemos el término “filósofo”, que viene de los vocablos griegos philos (amor) y sophia (sabiduría).
Pero el ejercicio de la filosofía es tan antiguo como el de la razón misma, por lo que antes de que Pitágoras diera nombre a esta expresión del pensamiento, la filosofía ya existía, sólo que no la llamábamos así; lo que es más, no la llamábamos de ningún modo en particular. Es decir, Pitágoras inventó el término, pero antes de él ya se hacía filosofía. ¿Cómo es esto posible? Pues esto se debe a que la filosofía es una actividad propia de la naturaleza humana. Todo hombre tiene afán de saber, lo que lo lleva a hacerse preguntas complejas sobre la existencia.
Para el filósofo alemán Immanuel Kant hay tres ideas sobre las que la razón se pregunta: Dios, el alma y el mundo. Hay quienes no están de acuerdo con Kant, pero a mi parecer, esta división cubre en términos generales todas las preocupaciones filosóficas del hombre. Preguntarse por Dios o por lo divino —sin hacer referencia a ninguna religión en particular— es preguntarse quién o qué causa la existencia de todo. Preguntarse por el alma es preguntarse qué es la vida y de dónde proviene, si hay vida después de la muerte, por qué nosotros razonamos y los animales no, cuáles son el origen y la finalidad del hombre… En general, cualquier pregunta sobre la naturaleza humana. Por último, preguntarse por el mundo es preguntarse sobre la realidad en general: ¿cuáles son sus reglas? ¿Por qué existen las cosas en lugar de que simplemente no haya nada? ¿La nada existe?
El hombre se cuestiona estas y otras cosas en un sentido histórico e individual. En un sentido histórico, hay que pensar en nuestros ancestros homínidos, hombres de las cavernas, que por alguna razón desconocida superaron la animalidad y adquirieron conciencia de sí mismos y de su condición humana, de ser seres que se encontraban un momento en el mundo y que al día siguiente podían dejar de existir, y de que ese mismo mundo debía tener un principio y un final. Así, en un acto tan antiguo como la inteligencia misma, comenzaron a filosofar. En el sentido individual, hay que pensar en cada individuo que ha habitado este planeta. Cada uno tiene la capacidad de hacerse estas mismas preguntas, pues indagar en el porqué de las cosas y buscarles sentido es propio de la condición humana, y no importa cuántos sistemas filosóficos hayan surgido a lo largo de la historia de la humanidad, no importa cuántas respuestas diferentes existan para las preguntas filosóficas, todo individuo buscará por sí mismo sus propias respuestas, todo individuo se hará las mismas preguntas que se han hecho sus ancestros. Claro que la filosofía posee un acervo vasto de sabiduría, lleno de las especulaciones de filósofos que a lo largo de la historia han encontrado sus propias respuestas y levantado sus propios sistemas y escuelas de pensamiento. Es importante estudiar estos sistemas, pues arrojan luz sobre nuestras propias reflexiones y las orientan.
Ahora bien, existe una creencia generalizada de que la filosofía es “algo superado”. El rigor que ofrece el método científico seduce al hombre, pues sus mecanismos de prueba y error dan la ilusión de verdades irrefutables. Después de todo, ¿quién puede obtener una prueba científica de cuestiones filosóficas como Dios y el alma? Pero aún la ciencia tiene sus límites, y ahí donde la luz de la ciencia no alcanza a llegar, nos ilumina la filosofía. La realidad material e inmaterial es tan vasta que es imposible reducirla de manera completa y definitiva a lo experimental. No hablemos ya de Dios, del alma y del mundo, vayamos a cosas más específicas y familiares: la belleza, la justicia, la verdad, el amor, el bien, el mal… No podemos negar que este tipo de cosas existen, y sin embargo, es imposible medirlas o someterlas a experimentación.
En otro extremo tenemos a la religión. Para mí, la religión es una de las expresiones humanas más sublimes, elevadas y nobles. No obstante, es deber del filósofo separar sus propias creencias del terreno de la razón, pues la fe no es un criterio de verdad en la filosofía. Esto no quiere decir que una persona racional o con “espíritu filosófico” deba ser atea, pero hay que entender que la filosofía avanza observando la realidad y especulando sobre sus causas. Esto no lo hace la fe. Sí existe un estudio sobre la fe. En el caso de la religión católica es la teología, pero la teología toma como criterio de verdad a la Palabra de Dios, que le es dada al hombre por medio de Revelación divina. Esto es algo que creemos por la fe, pero no es algo que podamos deducir de la mera observación racional de la realidad. Así, del mismo modo que sucede con la ciencia, la filosofía es consciente de las limitaciones propias de la religión, por lo que extiende su campo de acción sobre aquello que la fe no alcanza a cubrir.
Con lo anterior no se pretende decir que la filosofía es superior a la ciencia o la religión. De hecho, la ciencia nace de la filosofía. Todavía en 1687, cuando Isaac Newton —padre de la física— publicó su revolucionaria Philosophiae naturalis principia mathematica donde expone sus postulados sobre mecánica y cálculo, el mismo libro llevaba en el nombre el término philosophiae naturalis —filosofía natural—, pues lo que hoy llamamos “ciencia” no era entonces más que la rama de la filosofía que se dedicaba al estudio de la naturaleza. Toda ciencia proviene de la filosofía, pero tanto se ha especializado el saber, que para seguir avanzando ha tenido que independizarse de su raíz filosófica para desarrollar su propio campo con sus propios métodos.
Por ello, es más correcto decir que la filosofía y la ciencia van siempre de la mano, y que cada una debe tomar conciencia de sus propias limitaciones —pues no hay que despreciar para nada el rigor que ofrece el método científico—, apoyándose de los puntos fuertes de la otra para avanzar. Y por su parte, la religión, sea cual sea, nos permite religarnos a nuestro creador y origen —esto significa la palabra “religión”—, con lo que damos un sentido más profundo a nuestra vida y podemos orientarla hacia él.
Y para concluir, habiendo aclarado qué es la filosofía, cómo nace y cuál es su valor en el saber, aclaremos por qué el hombre tiene el deber de hacer filosofía; por qué le conviene filosofar. Para esto, citaré a un filósofo que no estimo demasiado, pero que habló algunas verdades valiosas que le aplaudo.
Dice Nietzsche lo siguiente:
Llega el momento en que el hombre no dará ya a luz ninguna estrella; se acerca el tiempo del más abominable de los hombres […]. ¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella? Se interroga el último hombre y entorna los ojos. Entonces, se hará más chica la tierra, y a saltos se desplazará sobre ella el último hombre, que todo lo empequeñece. […] ¡He aquí un rebaño sin pastor! Quieren todos lo mismo, todos son iguales y el que piensa de forma diferente se recluye voluntariamente en el manicomio (pp. 14-15).
Nietzsche llama “último hombre” al hombre moderno común, al que ya nada asombra, y para quien ni el cosmos ni él mismo son dignos de contemplación; ni qué decir de lo divino… El último hombre no echa raíces en el mundo porque para él nada vale lo suficientemente la pena como para comprometerse con ello. Todo le da igual, todo le aburre, todo le es insignificante. Nada le admira ni le conmueve. Suele carecer de convicciones e ideales, y en caso de que los tenga, no significan demasiado, pues no es capaz de arriesgar ni sacrificar nada por ellos. Por ello, el último hombre aspira a una gran nada.
Corremos el riesgo de convertirnos en hombres de esta clase. Pero en un mundo donde caemos presas constantemente de la indolencia y la apatía, la filosofía viene a despertar esa curiosidad primitiva que subyace oculta en nuestro interior. La ciencia ha avanzado tanto que tenemos la ilusión de saber toda clase de cosas sobre los organismos vivos, el universo, la mente humana, entre otras cosas, ¿pero nos pertenece realmente tal conocimiento? Lo que tenemos es un gran acervo de conocimiento recabado a lo largo de los siglos, pero no somos capaces de adueñarnos de él. El hombre moderno presume saber de qué están hechas las estrellas, pero pregúntale y verás si sabe. Lo sabrá la comunidad científica, pero el individuo común se sienta a la mesa de este festín de conocimiento y no prueba ni un bocado.
De nosotros depende la clase de hombres que queremos ser. No es que todas las personas estén obligadas a ser filósofos, pero lo cierto es que en la medida en que hacemos filosofía nos hacemos un poco más humanos, y con ello, un poco más libres.
Bibliografía
Nietzsche, F. (2018) Así hablaba Zaratustra. México: Ediciones Leyenda. pp. 14-15.
2023
Quiero que medite dos preguntas. En primer lugar, si estuviera en sus manos salvar la vida de un desconocido o la de un animal, ¿cuál salvaría? En segundo lugar, si usted tiene mascotas y fuera su mascota el animal cuya vida se encuentra en peligro, ¿a quién salvaría?
Si a mí me lo preguntaran, diría sin dudarlo que salvaría la vida de la persona, incluso por encima de la vida de mi propio gato. Es la respuesta más lógica, pues valoramos la vida humana por encima de la vida animal. Al fin y al cabo somos humanos, y la tendencia natural en nuestro corazón se dirige hacia los de nuestra misma especie, en parte por poseer ellos facultades superiores a las de los animales, pero ante todo, por ser nuestros semejantes. Por ello nos conmociona más la pérdida de un ser querido que la de una mascota por más amada que ésta haya sido, y tiene más impacto para la humanidad la muerte de una persona, por más irrelevante que nos sea, que la de un animal de gran valor, por ejemplo, la de un perro rescatista.
Con esto no quiero decir que la vida de un animal carezca de valor. De hecho, me parece que la institución de los derechos animales es un notable logro de nuestra época, y que es un bien no solo para el animal en sí, sino para el hombre mismo en tanto que el cuidado del mundo que lo rodea y los seres que lo habitan lo hacen más humano. La vida es preciosa en cada una de sus manifestaciones y todos los seres vivos merecen amor y respeto, pero es indudable que la vida humana, por sus grandes potencias, es la más compleja y sublime de todas. Ninguna vida, a saber, tiene dignidad de la misma manera en que el hombre la tiene, y es por esto que podemos hablar con tanta riqueza del concepto de dignidad humana.
Con todo y esto, quisiera compartir algo que me sucedió el día de hoy y que da origen al presente texto. Tengo la fortuna de ser dueña de un bello gato atigrado llamado Chihiro. Hoy tuvo que ser internado en el hospital veterinario, y entre la consulta de emergencia, análisis, procedimientos y demás atenciones que requirió, se pagó una suma exorbitante que podría aumentar en los siguientes días dependiendo de su progreso. De entrada, me sorprendió que la atención para un gato pueda ser tan cara, pero por encima de todo, me llevó a preguntarme cuál es la suma de dinero más alta que he donado para el tratamiento médico de una persona. En un país tan empobrecido como el nuestro y con un sistema médico con tantas carencias, no es difícil toparse con gente pidiendo donaciones para situaciones de vida o muerte. Y sin embargo, entre tantas oportunidades que están ahí constantemente, mi donación más generosa equivale a la cuenta del veterinario dividida entre once.
Esto da mucho en qué pensar, en primera instancia, porque no considero que sea un caso aislado. Es recurrente que las familias inviertan grandes cantidades de dinero en salvar la vida de una mascota. Y al mismo tiempo, presentamos cierta resistencia hacia los actos de caridad. Dígase aparte, la módica cantidad de la que hablé antes en mi experiencia personal me pareció al momento de mi donación bastante generosa, porque en un intento de ser prudentes, hemos normalizado ser moderados en nuestras obras de caridad. La cifra que creemos prudente donar a los actos de caridad son ínfimamente bajas al lado de la cifra que estamos dispuestos a pagar para salvar la vida de la mascota de la casa. Entonces, atendiendo a lo usual de este fenómeno, me pregunto qué nos llevará a actuar así siendo que lo más razonable —por las razones que ya expusimos— sería ser más solidario con el prójimo antes que con una mascota.
De entrada, creo que nos conmueve con facilidad lo indefenso que puede llegar a ser un animal. A diferencia del animal, la persona puede enviar señales de auxilio y comunicar si necesita ayuda. Tener una mascota significa hacerse intérprete y estar en observación constante. Cualquier irregularidad en el comportamiento del animal levanta sospechas sobre su estado de salud. Es una cuestión que debe adivinarse, por lo que no es raro que cuando se lleve a una mascota enferma al veterinario sea ya demasiado tarde, y esa es una responsabilidad enorme qué cargar. La mascota depende de uno, y ante esta indefensión hay que convertirse en el más arduo de los protectores, pues la mascota no pide que la adopten, sino que es capricho de la familia que así sea, y si por un capricho hemos de conservarla, la diligencia que hay que poner para su cuidado ha de ser proporcional.
Ahora bien, si acude a nosotros una persona pidiendo una donación económica para la salud de un ser querido, nos es más fácil desprendernos porque esa persona que padece no está bajo nuestra tutela. Además de que el lazo afectivo es nulo —en el caso que se trate de una persona desconocida o muy poco frecuentada—, no sentimos que la responsabilidad de esa persona corre por nuestra cuenta.
Esta es la lógica que puedo encontrar en esta situación, pero el hecho de que haya algún modo de entenderla no la hace correcta. Por el contrario, me atrevo a decir que delata un área de oportunidad gigante para la humanidad. Habría que replantearnos hasta dónde se extiende la responsabilidad de la que hablamos anteriormente: ¿es una cuestión de tutela, o de humanidad? En el primer caso, que es el que de hecho ocurre, habría que preocuparnos tanto más por aquello de lo que somos responsables —sean personas, mascotas, propiedades u objetos— que por cualquier otra cosa. En el segundo caso, que es el que me parece que debería darse, habría que dar su respectivo lugar a nuestras pertenencias —propiedades y objetos— para evitar colocarlas por encima de nuestras mascotas, lo cual no veo demasiado difícil porque sucede ya; pero, a su vez, tendríamos que reconocer la primacía de la persona sobre todas estas cosas, de manera que no valgan más ni las pertenencias ni las mascotas que el prójimo, sea conocido o desconocido.
El sentido de proteger exclusivamente aquello que nos pertenece no es malo. Lejos de eso, diría que es algo inherente a la naturaleza, tanto la animal como la humana, pero es nuestro deber ser críticos ante este sentido de responsabilidad para que él no pase por encima de la dignidad humana. Es inhumano pensar que puedan coexistir en una misma comunidad perros que viven como reyes y personas que viven asediadas por la incertidumbre del hambre. Este sentido de “yo me hago cargo solo de lo que me toca” nos ha vuelto ciegos e insensibles ante aquellas realidades que suceden bajo un techo que no es el nuestro, pero que al fin y al cabo suceden a personas como nosotros, como nuestros hermanos, como nuestros padres, como nuestros hijos.
Y por último, me surge una segunda idea al preguntarme por qué el hombre actúa como actúa. ¿Será que falta amor? ¿Será tan terrible el hombre? Así podríamos pensarlo en primera instancia, pero la respuesta que he encontrado va más allá de estas suposiciones. Creo que esta situación delata un exceso de amor; un amor nocivo que se entrega incondicionalmente a la mascota, y que es nocivo en tanto que pasa por encima del amor al prójimo, pero al fin y al cabo, amor. Amor a la naturaleza, amor a los animales, amor a las mascotas. El amor ahí está, y si permitimos que pase por encima de nuestro amor al prójimo no es porque odiemos a la humanidad, es por indiferencia y por falta de empatía. Pero creo que el hombre, aunque constantemente se deje dominar por la irracionalidad y tienda a hacer el mal, en el fondo de su corazón es bueno, y solo hace falta el correcto ejercicio de sus facultades y una obediencia disciplinada a la recta razón para que sus acciones reflejen tal bondad.
He aquí la clave y hay que tener cuidado de no malinterpretarla, pues la propuesta no es dejar de cuidar a las mascotas con el mismo amor con el que lo hacemos. Considerando al amor como un bien sublime del que el hombre vive y al cual aspira, la propuesta no es disminuir el amor hacia un lado, sino aumentarlo proporcionalmente hacia el otro, hacia ese punto ciego que hemos descuidado aún siendo tan esencial para nosotros: el prójimo. Démosle a la mascota, pero seamos coherentes en el dar. Como dice uno de mis maestros: “si vamos a dar, hay que ser parejos”. La indiferencia y falta de empatía que mencionamos antes son vencibles si así disponemos nuestra voluntad a actuar. No falta amor. El hombre es un ser que se mueve por el amor, y tan solo hace falta una distribución más humana de ese amor no para resolver los problemas del mundo, sino para ser más humanos desde adentro y hacia afuera.
El mejor libro que leí este mes ha sido Teología Cuántica de Shahen Hacyan. Como bien lo describe su portada, este libro trata los misterios de la fe cristiana explicados por la mecánica cuántica. Comencemos por hablar de su autor.
Shehen Hacyan nació en 1947 en Estambul. Siendo aún menor de edad, su familia se trasladó a México por el trabajo de su padre. Estudió la licenciatura en física en la Facultad de Ciencias de la UNAM, y posteriormente se trasladó a Inglaterra para doctorarse en teoría cuántica de campos en la Universidad de Sussex. A su regreso a la UNAM —en 1973—, volcó su atención sobre la astrofísica relativista, y paralelamente se convirtió en investigador, primero en el Instituto de Astronomía y después en el Instituto de Física. Con esta vasta trayectoria, Hacyan se ha convertido en un divulgador científico galardonado con varias obras en su haber que se han encargado de llevar la ciencia hasta nosotros, mortales, que no tenemos una preparación para la ciencia pero que estamos ávidos de ella.
Además de la física, le apasionan el arte y la filosofía. En cuanto a la teología, no diría yo que le apasiona, pero sí que tiene un conocimiento amplio en el campo, como veremos a lo largo de su obra. Para describir su relación con la teología, me gustaría citar la frase de Borges que el mismo Hacyan utiliza al principio de su libro: “Creo en la teología como literatura fantástica. Es la perfección del género.”
Si bien no puedo decir a ciencia cierta si Hacyan es creyente o no, al menos puedo describir de buena fuente cuál es su postura sobre la teología. En una entrevista, el mismo Hacyan declara, en sus propias palabras, que le gusta la teología como una ficción; y dando mi propia interpretación a sus palabras a la luz de su obra, pienso que la teología cristiana es la manera alegórica en que este autor comprende los fenómenos de nuestro mundo, lo que no me hace descartar que quiźa sea creyente, pues debemos recordar que las Escrituras poseen, en una parte y en cierta medida, un rico sentido alegórico que encontramos expresado en un lenguaje metafórico. Dicho esto, pasemos a hablar de la obra como tal.
Teología Cuántica nos habla de lo que hemos venido tratando hasta ahora: los fenómenos de la teología cristiana explicados a partir de los preceptos de la mecánica cuántica. Como hemos dicho antes, Hacyan es un notable divulgador científico, por lo que el libro presenta un lenguaje claro y fácil de entender. Está escrito a manera de diálogo, y sus personajes —ficticios, hasta donde mi breve investigación alcanza a ver— son Teodicio e Hylasfos, teólogo uno y físico el otro. Ellos irán desarrollando el diálogo por medio de preguntas generalmente iniciadas por Teodicio. La obra está dividida en días que fungen como capítulos, y suma un total de nueve días a lo largo de los cuáles, a reserva del noveno día, se irá dando tratamiento a un tema diferente. Aunque más correcto sería hablar de dos temas diferentes, pues Hacyan, de manera muy inteligente para dar orden a las ideas y no perderlas en un intento de abarcar demasiados temas, escribió los días de manera que se dé tratamiento a un misterio de fe y a un tema de mecánica cuántica, que será el encargado de explicar tal misterio. Así, logra Hacyan la siguiente organización:
El 8 de marzo de 2020, con la pandemia a punto de despuntar, acudí a mi primera marcha del 8 de marzo sin saber que sería la última. Mediáticamente, el tema de los feminicidios estaba más encendido que nunca, e invitaba a la lucha colectiva y a la rebeldía contra los sectores opresores que invisibilizan y acrecentan el problema. Nos manifestábamos centralmente por los feminicidios, y periférica o complementariamente por la despenalización delaborto, objeción de la cual no participé, pero que pertenecetambién a la agenda feminista. Pancartas inteligentes eran expuestas en su mayoría por jóvenes alrededor de los dieciocho años que yo entonces ostentaba también; feministas radicales, entendiendo el sentido positivo de la radicalidad como esa condición de la cual surge el activismo auténtico, y no como la cualidad de lo violento. Había mujeres contando los testimonios de sus hijas, hermanas o amigas; desaparecidas o víctimas de feminicidio. Las demás escuchábamos con el mayor respeto. Y entre tanto dolor, yo comprobaba que la indiferencia al dolor humano no era tan absoluta como yo sospechaba.
Pronto, una pancarta hizo fruncir mi ceño. Una pancarta con aires cómicos que ilustraba un personaje animado y usaba una frase que, aunque era a favor del movimiento, tenía la intención de hacer reír. Entre toda esa solemnidad que exhalaba protesta y unidad, esa muestra parecía grosera, extranjera entre las frases sagaces que compartían las demás mujeres. Un meme —porque, literalmente, eso es lo que era— quedaba completamente fuera de lugar. Para quien hace activismo desde la integridad de su espíritu —que no solo abarcará sentimentalismos, sino que irá acompañado también de la razón—, la causa por la cual levanta su voz es objeto de seriedad y respeto. Luego me crucé con otro inconveniente. Quería recordar aquel día, y, sin embargo, hacer una foto parecía imprudente, casi una falta. Resolví en hacerlo sin sonreír para mantener la seriedad y el respeto. No quería cruzar la delgada línea que lleva de la documentación a convertir el momento en espectáculo. Considero tanimpropio ir a una manifestación a sacarse fotos como lo es realizar un acto de servicio y luego difundirlo. En estos dos casos se pierde la autenticidad del acto en tanto que quitamos del centro al servicio por el servicio mismo para colocarnos a nosotros mismos como protagonistas. “Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”, dice el evangelio. Entretanto, dos funcionarias públicas llegaron.Dos ovejas negras que se diferenciaban del rebaño por suconversación amena y divertida, impropia a la ocasión. Justo en contra de aquello que yo había reflexionado, se tomaron varias fotos sonrientes con sus pancartas y continuaron si prestar demasiada atención a los testimonios o a ninguna cosa referente al movimiento. Y habiendo chocado con estas dos conductas, una estúpida y otra hipócrita, decidí enfocarme en lo bueno, pues eran incidentes aislados.
A la marcha siguió la explosión de la pandemia. En 2021 y 2022 decliné de las manifestaciones atendiendo a las indicaciones sanitarias, de modo que en 2021 seguí el 8 de marzo desde casa, con algunas dudas gestándose en mí sobreel movimiento. A principios de 2022 comencé auténticamente a desencantarme de él, y concluido el año,me era por completo ajeno. El feminicidio fue, es y será uncáncer contra el que levantaré la voz, pero este es mi testimonio. He presenciado la caída en picada del 8M, y estoy asqueada. Las estupideces e hipocresías antañoaisladas han tomado el control de esta barca que navega sin rumbo.
Para ilustrar a lo que me refiero, no podría usar mejores palabras que las declaradas por el Colectivo Feminista de la Universidad Autónoma del Estado de México, a cuyas integrantes agradezco grandemente por permitirme usar tan sabias palabras.
<<[…] cuando ustedes desaparecen no es en una canción en donde las buscamos, tampoco en las estrellas ni en los libros, porque sus mamás ya no ven al cielo por estar ocupadas con la mirada en el piso buscándolas en fosas clandestinas, en zanjas, en drenajes o en cualquier bolsa de basura que haya por las calles, porque tienen la mirada clavada en las prostitutas de las calles para ver si entre esas niñas con el maquillaje cargado para hacerlas ver mayores se encuentra su carita, no las buscan en un recuerdo porque se encuentran mirando sus fichas de búsqueda para tapizar las calles con su cara, […] porque su familia y amigos se la pasan en la fiscalía exigiendo ayuda para encontrarlas, porque las buscamos rogando que estén vivas, porque a las que ya no vuelven las recordamos gritando sus nombres en las calles, gritando justicia abrazando a sus familiares mientras se desmoronan del dolor.>>
La crudeza de estas líneas, por desalentadora que sea, es la realidad que cientos de familias mexicanas viven día a día. Recordemos a las madres buscadoras en el norte del país, organizando búsquedas por su cuenta para encontrar los restos de sus propias hijas habiendo perdido la esperanza de hallarlas con vida. Recordemos a Marisela Escobedodesgarrándose en llanto en el juzgado tras el fallo contra la aprensión del feminicida de su hija, Rubí. Recordemos que ella murió pidiendo justicia para Rubí como sucede con tantos otros padres y hermanos. Recordemos a Debanhi, aFátima, a Susana; a nuestras propias conocidas, porque incluso en la cercanía está ese dolor compartido. Ellas son el espíritu de esta lucha, que debe salir de la activista para proyectarse en la víctima. Pero parece que nos hemos hecho indolentes a su sufrimiento. ¿Será que la sobreinformación ha vuelto a hacer de las suyas y nos ha arrebatado la sensibilidad?
El 8 de marzo de 2023 fue el año de la frivolidad en esta lucha perdida no ante la autoridad ni ante el feminicida, sino ante nosotras mismas, manifestantes. Muchas de las mujeres del movimiento ya no se mueven desde su propio activismo hacia la víctima para la apología de ésta, sino todo lo contrario: se mueven desde la víctima hacia ellas mismas, colocándose como protagonistas de un dolor que les es ajenono porque no lo lamenten, sino porque no son ellas las víctimas directas. Quienes están exentas de este caso son aquellas manifestantes que han vivido en carne propia la pérdida de una mujer querida a manos del feminicidio. Las que restan y que tienen la fortuna no marchar por las suyas, deberían mantener la apertura de la escucha y la virtud de la ayuda hacia las verdaderas víctimas. Pero no. Y lejos de empatizarse, se victimizaron y se enfriaron. Cambiaron los carteles inteligentes por los carteles bonitos, los argumentos por los memes, la apología de las indefensas por la victimización de las manifestantes, la racionalidad por la visceralidad, y la lucha por el festival.
Aunado a todo esto, nos enfrentamos a la romantización del movimiento, problema al que principalmente alude el Colectivo Feminista de la Universidad Autónoma del Estado de México. ¿En qué momento permitimos como colectivo que nuestra lucha se convirtiera en este festival de performance artístico y manifestaciones aesthetic? La poetización del feminicidio no lleva al progreso precisamente porque coloca un velo sobre la realidad deestos crímenes para que podamos ver su parte más bella y positiva. Y justamente esa es la esencia del problema, que nada de poético, de bello o de positivo podemos sacar del feminicidio. No tarda, ahora, la capitalización masiva del movimiento al estilo estadounidense, donde comercializanmercancía alusiva al feminismo las mismas corporaciones que el resto del año continúan cosificando a la mujer, y con ello, aportan al problema medular que lleva al feminicidio.¿Dónde quedó la rebeldía transformadora e inteligente? El 8 de marzo consiste ahora en un colectivo más; un colectivo difuso y de objetivos inciertos y vacilantes. Un colectivo cómodo carente de ideales de justicia. Ya no existe esa lucha racional y centrada que consiguió aquella ilustre victoria en los juzgados de Olimpia Coral Melo a favor de la mujer.
Yo elijo desentenderme de esta lucha, cuya violenta caída considero irrefrenable por culpa de las descerebradas y blandengues que se han sumado a sus filas. Porque no, no es que cada quien tenga la libertad de llevar la lucha como quiere, así no son las cosas. Más bien, al unirse a la lucha, cada una adquiere el compromiso de llevarla a cabo como es debida, y es debida desde la razón, la empatía y la humanidad, pero los ideales de esta nueva generación de pseudofeministas son demasiado endebles como para sostener cualquier cosa que valga la pena. Ojalá que las quesí continúen en esta lucha logren reformar su movimientotibio, tan tibio que no incomoda a nadie. Dense cuenta decómo ha sido adoptado por las mismas autoridades contra las que originalmente protestaba, y dense cuenta que cuando algo es canonizado por el mismo tirano contra el que se revela, es un síntoma de que el movimiento está mal orientado. Solo basta que nos detengamos en la reflexión de la manera en que los sectores corporativo y gubernamental les endulzan el oído diciendo que empatizan con su lucha, y,sin embargo, ¿qué han hecho por su lucha? Pero no los culpo a ellos, sino a ustedes, que ni siquiera conocen cuál es esta lucha.
Este 18 de diciembre, la Copa del Mundo celebrada en Qatar llegó a su fin, coronándose Argentina como la actual campeona del mundo.
Hace doce años, en diciembre de 2010, la FIFA eligió a Qatar como sede para la Copa del Mundo de 2022, y con ello dio el banderazo de inicio al más polémico evento futbolístico de nuestra época. Desde esa fecha, una burbuja de controversia fue inflándose progresivamente en torno a las autoridades qataríes, reventando finalmente el 20 de noviembre del presente año con el comienzo de la Copa del Mundo Qatar 2022. Es menester ahora hacer un recuento de algunas polémicas.
En un principio, Qatar y la FIFA se vieron implicados en acusaciones de corrupción cuando varios medios sacaron a la luz especulaciones de acuerdos millonarios entre el país y la federación para que este país fuera electo como sede. Luego, las muertes de miles de migrantes implicadas en la construcción del estadio mundialista, que delata la explotación laboral y la violación a los derechos humanos que sufrieron estos trabajadores. Y, por último, agrupo las que nos conciernen para el tema de hoy: la discriminación de los colectivos LGBTQ, el control en la ingesta de alcohol, el trato hacia la mujer, entre otros.
Serán estas últimas tres controversias las centrales en la exposición de este artículo, pues son las concernientes a las normas morales de la cultura qatarí. Queda de manifiesto en estas líneas que son las normas morales en la cultura de Medio Oriente, y no la corrupción ni el abuso laboral, el objeto de mis ideas.
Las semanas previas al inicio de la Copa del Mundo, el creciente descontento sembrado por los medios ya comenzaba a manifestarse entre los fanáticos del fútbol que con ansias esperan este evento por cuatro largos años. No cupo duda que la opinión pública ya había sido moldeada por los medios, y la difamación —o denuncia, según fuera el caso— que llevaron a cabo por doce largos años era reproducida de boca en boca, centrándose en las normas morales qataríes con respecto a los colectivos LGBTQ, las mujeres, el consumo de alcohol y las muestras públicas de afecto, ya fueran heterosexuales u homosexuales; esto por mencionar solo algunos de los temas que con más frecuencia ocupaban a los detractores de esta Copa del Mundo.
Previo al evento, en los equipos europeos de futbol incluso comenzó un movimiento en que algunos futbolistas portaron brazaletes alusivos a la comunidad LGBTQ para protestar contra la discriminación que sufre este colectivo en Qatar —y en las cultura islámica en general—. La selección alemana fue un elemento clave en este movimiento, ya que su arquero pertenece a dicho colectivo. Y entonces, comenzó el mundial, entre las quejas y la incertidumbre de quienes por tanto tiempo habían esperado con anhelo esta justa deportiva; y la vulgaridad que caracteriza al hombre de Occidente, ni tarde ni perezosa, se hizo presente.
Existe una delgada línea entre la defensa de los propios ideales y el ataque a lo diferente, y varios de los extranjeros que llegaron a Qatar se apresuraron —incluso con satisfacción, me atrevo a decir— a cruzar dicha línea, opacando el movimiento pacífico y ya visibilizado que acertaron los equipos europeos. En redes sociales fuimos testigos de la diversión con que varios aficionados infiltraron alcohol, evadiendo las regulaciones qataríes con respecto a su ingesta; del descaro de Ivana Knoll, la modelo croata que vistió su escote distintivo a pesar de las invitaciones de parte de Qatar hacia los civiles para vestir ropa discreta, tal y como lo dictan sus normas; del desorden que se vivió en las calles a pesar de la petición de Qatar para mantener el recato; y de las infinitas provocaciones que una y otra vez se cometieron contra un país que abrió sus brazos para demostrar que, en un mundo de valores predominantemente occidentales, ellos también tienen una voz, aunque sea diferente a la de Occidente.
El Medio Oriente es un mundo completamente distinto al occidental. Esta parte del planeta —que más que un lugar geográfico o una “parte” en sentido estricto es una cultura específica— es mayormente atea. En Occidente, incluso los creyentes viven inmersos en un mundo de valores ateos. Quien analice la historia de la filosofía en Europa, que es el eje rector de Occidente, sabrá que hace tiempo Occidente abandonó sus ideales religiosos para optar por otros de corte materialista. Occidente estuvo marcado, desde la Antigüedad hasta cierta parte de la Modernidad, por valores religiosos que regían todo cuanto pensábamos, sobretodo la moralidad. Entrada la Modernidad, abandonamos estos valores, de modo que actualmente nos encontramos en pañales en el terreno de la ética. Somos una sociedad sin valores éticos bien delimitados, hemos abandonado la tradición de la que provenimos y esto nos pone en la obligación de repensar enteramente nuestro sistema de valores morales. Es por ello que nuestras normas morales son ambiguas. Por otro lado, Medio Oriente es aún un lugar sacro, regido por la antiquísima tradición islámica que los forjó como cultura. Así, queda explicado cómo el Medio Oriente se convierte en la antítesis de Occidente, pues según los valores occidentales, lo tradicional y lo sacro equivalen a lo retrógrada.
Entonces, vale la pena replantearse qué es lo retrógrada. Durante los cuartos de finales de la Copa del Mundo, la selección alemana decidió continuar con sus protestas, y previo a uno de los partidos, sus jugadores posaron cubriéndose la boca con la palma de la mano aludiendo de nueva cuenta al problema de Qatar en materia de derechos humanos. Esto provocó la reacción de la afición qatarí en la tribuna en un juego posterior, imitando el gesto de los jugadores alemanes a la vez que mostraban fotografías de Mesut Özil, futbolista alemán de ascendencia turca que abandonó la selección alemana tras la Copa del Mundo Rusia 2018 alegando el racismo y la xenofobia de que era objeto. “Cuando gano soy alemán, cuando pierdo soy inmigrante”, denunció el centrocampista. Y como este caso hay otros: Hugo Sánchez, futbolista mexicano llamado “indio” y “sucio” por la afición del Atlético de Madrid cuando llegaba al campo; Mario Balotelli, delantero italiano que soportó las denigraciones de la afición de la Juventus de Turín cuando afirmaban, en sus propias palabras, que “no hay italianos negros”, o cuando imitaban sonidos de simio claramente racistas cuando él aparecía en la cancha; y todavía más, en estos días posteriores a la Copa del Mundo 2022, los ataques racistas contra los futbolistas franceses Aurélien Tchouaméni y Kingsley Coman ante los penaltis que cada uno falló en la final del 18 de diciembre, e incluso contra Kylian Mbappé, como si no hubiera anotado un Hat-Trick en la reñidísima final de ese día y después acertara el penalti que le correspondía tirar.
Entonces, ¿qué es lo retrógrada para Occidente? ¿No convendría a Europa señalar menos la cultura de otros países y concentrarse en la propia? Nos dice Carolina Valdebenito que “cuando una sociedad o grupo humano presenta un problema o vive una crisis se busca a un culpable, que suele ser un extranjero-cercano, alguien que es parcialmente aceptado como miembro de la sociedad pero suficientemente extranjero como para culparlo de las desgracias del grupo. Luego de identificado y culpado, se sacrifica, se mata al chivo expiatorio y con ello termina la crisis del grupo.” (Valdebenito, C., 2007). En este trabajo, Valdebenito habla de la naturaleza de la violencia en la humanidad; y a su vez, explica con exactitud la actitud del hombre occidental hacia el hombre oriental, antitético a sus ojos, como ya hemos dicho. Ciertamente, Occidente no puede simplemente asesinar a Oriente, pero se encargó a todas luces de satanizarlo de manera masiva en los medios. Si se da una mirada somera —que es la única que pueden ofrecer las masas— a esto que para mí es una campaña propagandística políticamente xenófoba, dicha campaña ha instaurado con éxito su visión eurocéntrica, pero si indagamos en su sentido más profundo, es una campaña hipócrita movida por los vendavales de intolerancia que soplan en Occidente.
Como he declarado en artículos anteriores, estoy convencida que ni la historia ni la política son un juego de héroes y villanos. No intento victimizar a Qatar, que durante los doce años de preparación para la Copa del Mundo fue artífice de actos criminales contra los miles de trabajadores que padecieron injusticias bajo su dirección, pero tampoco pretendo creer que el resto del mundo puede simplemente agitar un estandarte de corrección política y quedar libre de pecado.
Es evidente que el hombre occidental —eurocéntrico por defecto— teme a lo diferente a él. En un mundo moldeado a su imagen y semejanza, el otro no es digno objeto de admiración por su autenticidad, sino de ataque por amenazar la estabilidad de su sistema. Tildamos de “cerradas” a las personas de Medio Oriente por adherirse tan afanosamente a sus principios, que terminen por constituir una sociedad cerrada y cuadrada, cerrada al exterior; pero el día en que deciden darnos la bienvenida a su territorio, les respondemos con un comportamiento irrespetuoso que muestra que somos igualmente cerrados, con la reserva de que somos capaces de aceptar la invitación pacífica de un país forastero para incomodarlos en su propia casa. A toda la afición extranjera que acudió al llamado de Qatar 2022 a pesar de sus inconformidades: ¿Qué no convenía quedarse en casa? ¿No habría sido esa una protesta más eficiente? ¿O son tan débiles sus convicciones como para ponerlas antes que el placer de unirse a la fiebre mundialista? Definitivamente, esta Copa del Mundo ha sido un golpe para Occidente, pues evidencia el fracaso del disparatado proyecto de corrección política forzada —lo que coloquialmente denominamos “lo políticamente correcto”— que se ha impuesto en nuestra sociedad; un proyecto con fines acertados y medios precarios.
Me pregunto ahora qué camino tomará este patético proyecto ante la encrucijada en que se halla: busca que Medio Oriente se “civilice”, que deje de “hacer el mal”; pero la única forma que tiene de hacerlo es mediante la imposición de sus propios valores. Occidente no puede atender sus intereses sin dejar de lado su nocivo neocolonialismo. ¿Acaso estaremos tan íntimamente ligados a la herencia ideológica hegeliana que anuncia que el hombre europeo es el responsable de dirigir a la humanidad hacia el punto más elevado de la “conciencia histórica”? Qué retrogrado, Occidente.
Bibliografía
Valdebenito, C. (2007). Definiendo homo sapiens-sapiens: aproximación antropológica. Acta bioethica.
2022
¿Qué hace al hombre magnánimo? Analicemos. Los valores bajo los cuáles se rige no son estáticos. Cambian en cada oportunidad, adaptándose a nuevas épocas y a las costumbres que ellas acarreen, así como al nuevo prototipo de hombre que habite el mundo en tal o cual momento. Y sin embargo, ¿algo de inmutable habrá en sus principios más allá de la ley natural que lo encadena a su estado de naturaleza? Sí. El hombre, dotado del espíritu político que en su racionalidad impera, es siempre el mismo para bien o para mal —aunque usualmente para mal—. “Nada hay realmente nuevo bajo el sol”, reza un proverbio antiguo. El hombre y su podredumbre se propagan con mayor frecuencia que él mismo y sus actos heroicos. Por ello reverenciamos con tanto ahínco a los ocasionales ídolos de la virtud que han surgido esporádicamente a lo largo de la historia de la humanidad.
Hay un género clásico de hombre que ha tenido gran incidencia a través de la historia, un género reductible para el fin de esta exposición al nombre de “plebe romana”. ¿Pero qué es esta analogía? La plebe romana, tal como la describía Cicerón, era la clase social más baja dentro de la República romana. No era gente culta ni demasiado inteligente. No les hubiera incomodado que tambalearan los sólidos muros de la naciente República con tal de permanecer inmersos en el ocio; por ello no les era agradable el trabajo comunitario, dato chocante considerando el comunismo —no en el sentido común de la palabra que designa este modelo económico, sino en tanto a “comunidad”— sobre el cual se erigieron los cimientos de lo que fue esta gran patria. Buena parte de este éxito radicó en el control y observación de las autoridades romanas sobre esta clase social, incluyéndola siempre en las labores y haciéndola pagar los justos impuestos al tiempo que les garantizaba una vida digna. La ley era clara y se hacía cumplir inflexiblemente bajo axiomas del tipo “no trabajas, no comes”; y así, la férrea aplicación de tal principio garantizó la grandeza de esta gran Roma que más tarde degeneraría en megalomanía.
Cicerón, nuestro punto de partida en esta columna, tuvo la desdicha de habitar la República romana tardía: cenizas de esta primera República virtuosa que tanto enorgulleció a los romanos incluso años después de su corrupción. Cicerón delata a las autoridades que en su época dieron el brazo a torcer ante las exigencias de la plebe romana. Al constituir esta plebe una extensa masa entre la población, los senadores, cónsules y magistrados debieron venderse a ella, teniendo siempre lista una despensa, un nuevo espectáculo en el circo, el más viril torneo deportivo y cualquier placer banal que a esta plebe descerebrada satisficiera a fin de garantizar su sucia colaboración en las elecciones próximas, todo esto mientras sus impuestos se mantenían bajos y en descenso. ¿Qué problema suponía esto? Que la clase media romana debía pagar los platos rotos.
Durante la República tardía todo el peso de sostener a la nación cayó sobre las espaldas de esta clase media que cumplía incansable sus tareas. Era esta clase la que hacía el trabajo práctico que movilizaba la economía: el arado y la siembra, el comercio, la construcción, y un largo etcétera. Por si fuera poco, los impuestos más altos eran también para ellos, y en cierto punto llegaron a ser no más que una clase media representativa, pues en realidad vivían condiciones mucho más precarias que la plebe misma. Así era la República de la que Cicerón renegaba: una República asistencialista que adulaba a la clase más estúpida e improductiva a la vez que desviaba la mirada de las incomodidades que aquejaban a la clase que la sostenía. Claro está que la plebe no era la única culpable. De hecho, me atrevo a decir que ni siquiera son los principales artífices de esta decadencia, ya que de no haber existido una clase patricia que gobernara en pos del enriquecimiento propio, esta corrupción no habría tomado lugar. Fue esta clase patricia la que realmente se vendió. Y como dijo Craso, más perniciosa es la clase de hombre que adule a una plebe como ésta, que la plebe misma. Si los patricios —que conformaban el obeso cuerpo del senado, consulado y demás cargos dirigentes de la política interna— hubieran sido iguales a las autoridades de la primera República, Roma no habría tenido que recurrir al placebo de la política imperial, que no hizo más que terminar de hundir todos sus principios en el estiércol de la cruda verdad: los romanos no pudieron contra ellos mismos. En tiempos de Cicerón, la clase media añoró con nostalgia el gobierno de esa primera República en que sus dirigentes no gozaban del fuero que tuvieron los senadores, cónsules y magistrados tardorrepublicanos. Previo al degenere, los dirigentes romanos eran colocados en el poder por su astucia e inteligencia, gobernando en aras al orden tan austeramente que durante su mandato no recibían estipendios más que los realmente justos para todo hombre; y tan pronto este poder terminaba, nada de ostentoso quedaba en ellos. Este gobierno era para el pueblo y no para el gobernante, que era mero siervo.
Por esto y más es la Antigua Roma una lección que ha quedado incrustada en la historia para no ser repetida, pero ya dijimos con anterioridad que el hombre siempre es el mismo y es aquí donde pasamos al tema medular. Ha surgido en las universidades privadas de México una nueva plebe romana cuyos horizontes y exigencias puedan ser quizá distintos a sus análogos históricos, pero cuya esencia es la misma. En este país la educación privada es usualmente presentada como algo deseable. Su prestigio, “networking”, intercambios y comodidades infraestructurales comprenden solo una fracción de la cultura de “privilegiado mediocre” que se respira en sus aulas y pasillos. Siendo justa, no puedo decir que la educación privada sea en sí mismo mala, pues yo misma habiéndome movido ya por dieciocho años dentro de este sistema puedo dar fe de que hay oportunidades invaluables para el desarrollo profesional y hasta personal. ¿Entonces qué pienso, que la educación privada es buena, o que es mala? Ninguna de las dos opciones, realmente no es a donde este tema se dirige. Para mí no hay objeto que sea bueno, sino útil. La naturaleza ontológica del cuchillo carece de moralidad —es decir, el cuchillo no es bueno ni malo por naturaleza—, pero su utilidad puede ser orientada a la preparación de alimentos o al asesinato y es aquí donde radica la moralidad, en el acto para el que se emplea el objeto, no en el objeto. Es así que la moralidad del objeto radica no en su naturaleza, sino en la utilidad que el sujeto le dé. Por ello me veo obligada a distinguir entre dos tipos de universitario en el sector privado: el sensato y el necio.
El primero da a su institución privada una utilidad de aprovechamiento: toma el prestigio y lo convierte en una ventaja curricular, aprovecha el networking para construir la red de contactos que lo guiará a la realización profesional, hace un intercambio y regresa nutrido de la sabiduría de una cultura ajena, goza de las comodidades infraestructurales para tener un estudio y una recreación más placenteros y rendidores. Tal es la utilidad que el sensato da a la educación privada, convirtiéndola en algo verdaderamente deseable. Luego está el necio, que reviste a la educación privada de una deseabilidad ilusoria que, irónicamente, es la que más atrae a quienes no pertenecen a ella. Toma el prestigio del nombre de su institución para engalanar su reputación; desaprovecha el networking, enfocándose únicamente en encontrar al compañero más ideal para pasar un buen y ocioso rato durante su etapa universitaria; va de intercambio a lugares cuyos idiomas ignora, resultándoles infructíferas muchas de las materias que ahí cursan pero siempre concentrados en sacarse las mejores fotos en los destinos más excéntricos; toman las instalaciones para dormir una siesta o beber café mientras sus clases toman lugar en algún otro edificio del campus. Que conste aquí de qué manera la educación privada puede hacer bien o mal dependiendo de a quién le sea concedida.
Las universidades privadas más deseables en este país no son aquellas que dan la mejor educación. La educación privada en este país se ha convertido en una carrera cuesta abajo por ver qué institución se asocia a más cadenas restauranteras de renombre para dar a sus estudiantes los más finos cafés y aperitivos; cuál hace la sala de descanso más cómoda y fastuosa. Por si fuera poco, sus estudiantes están siempre insatisfechos, sedientos de un nuevo incentivo que encarezca la colegiatura cada cierto tiempo. No hay en sus campus cafeterías tan lujosas ni salas tan cómodas como para acallar el vulgar ladrido de estas gentes. Para ellos siempre puede agregarse una cafetería más o un juego de sillones más moderno. Con una queja siempre en los labios, reniegan de las cosas más fútiles que uno se pueda imaginar. Harían cualquier cosa por tener una universidad ideal, a excepción de exigir mejores herramientas intelectuales. Desconocen el trasfondo de sus planes de estudio, las actualizaciones que se les han hecho y si acaso estas convienen a su preparación. Aunado a esto, la universidad en México —y ya no solo la privada— está repleta de estudiantes que al titularse colgarán el título en la pared para dar cuenta de los años estudiados, pero esos años quedarán vacíos en cuanto a conocimiento. A muchos jóvenes mexicanos poco le interesa el estudio, sino que les es impuesto por los padres como algo que los llevará al éxito. Incluso hay memes al respecto en nuestra cultura, en ellos se denuncia un eslabón perdido en el camino de la titulación al éxito. Quieren el éxito y les han prometido que la universidad es el medio para alcanzarlo, pero no saben cuál es ese gran paso. Pero no importa, pasará… ¿o no? No es por ello extraño que abunden los universitarios que acuden “para pasar la materia”, porque no les importa aprender, importa el título que es su divino conducto a la escurridiza cima áurea de la realización profesional. No obstante, mi fe en el hombre me hace teorizar que en el fondo del corazón del universitario subyace un deseo de conocimiento. Si pudiera este joven descubrir qué es eso que le apasiona y no tuviera ataduras para ir tras ello, acudiría dichoso al aula con una sincera disposición a conocer, pero ese es otro tema.
Claro está que toda plebe romana necesita su respectiva clase patricia para lograr revolcarse a plenitud en la porquería de su propia bajeza. Estamos hablando de las autoridades estudiantiles. Hace varios años tuve un profesor severo, mas detrás de su severidad habían verdades que nadie dice. En cierto pasaje de mi vida estudié en un colegio antaño prestigioso por la gran preparación intelectual de sus egresados. Hoy goza hoy de un prestigio referente a la alcurnia de muchas de las familias que ahí envían a sus hijos. Tras un examen que reprobamos casi todos sus alumnos, este profesor acusó con hondo disgusto la pusilanimidad de las autoridades estudiantiles que habían disminuido considerablemente el nivel académico de la escuela con tal de que reprobara la menor cantidad posible de alumnos. —Hace tiempo esta escuela tenía un gran nivel. No deberíamos tener que ajustarnos a ustedes. Solo haría falta que enserio se comprometieran a aprender y no solo a pasar el rato. Ustedes tendrían que ajustarse al nivel —dijo. Viendo la frustración sincera de sus palabras pude comprender mejor su mensaje, y es ahí donde me di cuenta de lo fácil que es dejarse conducir por los tantos placeres que ofrece el estudiar en una institución cómoda. Pero tomemos de su mensaje la acusación. En un primer momento no se torna en contra del alumno como tal, sino contra la escuela en sí, que permite la degradación de su nivel académico —aquello que la hace virtuosa— para que más padres de familia sigan pagando una colegiatura. Esas autoridades académicas que se prestan al circo del estudiante holgazán son los arquitectos de esta hedonista corrupción educativa que tiende en picada hacia la oferta de servicios más placenteros al alumno cuyos padres puedan pagarlos. Las autoridades educativas son la clase patricia de la que esta nueva plebe romana bebe hasta la última gota de sus vanos “beneficios”.
Por último, hace falta hablar de la clase media romana. ¿Quiénes son los que llevan sobre la espalda a la plebe y al Estado del sistema educativo privado? Los padres de familia. Cuando aumenta la limosna que se da a la plebe, suben los impuestos para la clase media, y análogamente, cuando aumentan los lujos que la escuela privada da a sus estudiantes, aumenta la colegiatura que los padres pagan. Estos nuevos patricios son inofensivos a comparación de los originales, pues si se dejan de pagar estas colegiaturas —que son como los impuestos para los romanos— no pueden ejecutar o esclavizar a la clase media, tal y como hacían los verdaderos patricios.
Hubo un periodo de la República tardía repleto de guerras civiles en que los pueblos anexados a Roma —que constituían gran parte de la clase media— se sublevaron contra el Estado ante la conciencia de su explotación y de los impuestos desmedidos que pagaban solo para solventar el próximo aumento de estos mismos impuestos. Es aquí donde podemos torcer el camino a nuestro favor, donde podemos cambiar la fórmula histórica que hemos ido empleando. Los padres de familia —nuestra clase media romana— deben volcarse ya no hacia los nuevos patricios, sino hacia esta nueva plebe romana que, a diferencia de la plebe romana original, está íntimamente subordinada a ellos. Sí, en la República la plebe romana también dependía de la clase media, pero lo hacía de forma más indirecta: una forma en que dejando de pagar los impuestos o producir bienes la plebe habría perecido de hambre. Los padres de familia tienen una potestad similar aunque mucho más directa sobre sus hijos: si dejan de pagar la colegiatura, no pueden ir más a clases; pero además, los padres de familia tienen la posibilidad de una intervención más activa sobre esta nueva plebe constituida por sus hijos. El padre de familia es guía y primer educador del hijo. Puede criarlo para ser hombre de bien, y reprenderlo —dentro de los límites de lo sano— cuando haga mal, así el hijo adquirirá límites que lo harán más sensato a la hora de aprovechar una oportunidad tan valiosa como lo es la educación privada. Otra virtud que valdría la pena inculcarles es la gratitud, pues por medio de ella valoraría esta nueva plebe romana el gran esfuerzo que su clase media paternal hace para velar por su prosperidad, y quizás así se conduelan un poco de ellos bajo la conciencia de que deben retribuir a dicho esfuerzo con un buen desempeño. Del mismo modo, cabe recalcar lo que igualmente los padres deben a los hijos, que es el respeto a su vocación con los debidos límites, claro está, ¿pues qué padre permitiría a sus hijos ir tras el sueño de dedicarse al crimen organizado, por ejemplo? Sí, los padres en su papel de guía deben restringir estas y otras falsas y dañinas “profesiones”. No obstante, debe distinguir el padre que el hijo debe tener libertad en su elección profesional. Si los padres de familia respetaran la vocación de sus hijos, las aulas estarían llenas de alumnos deseosos de conocer —como ya mencionamos antes—.
¿Qué hace al hombre magnánimo, entonces? Lo grande que su espíritu puede llegar a ser, y dicha grandeza solo se alcanza de la mano de una correcta educación. Dejemos de extrapolar el concepto educativo a la escuela y seamos conscientes del papel crucial y principal del padre de familia como educador del hijo. Formemos hombres conscientes que sean verdaderos merecedores de bienes provechosos, pues nadie se merece nada sin habérselo ganado primero. Quien esté familiarizado con el entorno educativo privado mexicano sabrá que este sistema está infestado de alumnos que no son dignos merecedores de tal bien, aunque los estudiantes del futuro pudieran llegar a serlo. Al estudiante sensato le ofrezco mis respetos. Al estudiante necio recomiendo la práctica de la gratitud, que valore lo que le es dado porque le fue dado por el azar, que tuvo la bondad de colocarlo bajo el ala protectora de padres amorosos. Que se haga con sus propios méritos, que rectifique en la utilidad que le da a cada bien que le es dado para que pueda sacar un provecho verdadero y no solo placentero a cada uno de ellos. Y a la nueva clase media romana recomiendo reivindicar sus derechos frente al patricio. ¡Qué debe el patricio tanto más a la plebe que a ellos, que financian las excentricidades que le son dadas absurdamente a la plebe en nombre de la educación! Por más radical que esta analogía resulte, hablan los hechos históricos a favor de su validez en la aplicación a este caso que nos ocupa, que es la educación privada. Véanse en el espejo de esta cultura antigua, pues el hombre, aunque cambie de época, es siempre el mismo. Nada hay realmente nuevo bajo el sol, pero, si quisiéramos, podría haberlo…
La plataforma multimillonaria Netflix estrenó recientemente la más nueva creación de Ryan Murphy: “Dahmer – Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer“, y con ello accedió a un prolífico nicho del entretenmiento que toma carnicerías criminales para convertirlas en exitos de ventas. La serie ya está entre los primeros puestos de contenidos más populares en la plataforma, valiéndose de 10 capítulos para contar la historia de Jeffrey Dahmer, necrófilo y asesino serial también conocido como “El caníbal de Milwaukee” por deborar a sus víctimas.
La adaptación de este caso a la pantalla no fue ninguna coincidencia. Predomina en nuestros días una sed de estas narrativas, por lo que no sorprende ver que las redes sociales estallen en oscura algarabía cada vez que se aproxima un nuevo estreno fílmico sobre el tema. Solo hace falta dirigir nuestras miradas a “Ted Bundy: durmiendo con el asesino”, película del cercano año 2019 que narra el caso de este asesino serial; o al boom que tuvo antes de la pandemia el podcast “Leyendas Legendarias” que, entre otras cosas, relata casos de asesinos seriales en base a arduas investigaciones ejecutadas por su host principal. Dichas investigaciones son elucubradas de manera que ningún detalle quede fuere del relato, esto con un toque de humor negro que tiende a bromear sobre el asesino o sus mismas víctimas. No considero necesario nombrar cada uno de los ejemplos, pues solo basta ir al catálogo de nuestras concurridas plataformas de streaming para caer en la cuenta de este fenómeno. En torno a este tema incluso ha surgido el género “true crime”, que investiga y analiza estos casos para exponerlos en producciones documentales que resultan atractivas para miles de espectadores.
Pero regresemos puntualmente al tema que aquí nos ocupa: la serie sobre Dahmer. Quien fue espectador de la serie debe dirigir su atención hacia los últimos capítulos. En ellos se expone el fanatismo que surgió en torno a Dahmer alrededor de 1991 tras la difusión de su caso, y vemos cómo durante su estancia en la cárcel recibió todo tipo de regalos, desde dinero hasta fotos íntimas. Durante esto que llamo “La fiebre Dahmer” —que alude a la fascinación de 2022 y no a la de 1991—, la opinión pública se polarizó en dos bandos: uno minúsculo —aunque no tanto— que retoma la veneración de 1991 a Dahmer, dedicándole tiktoks, fan arts y demás microcontenidos que combinan elementos alusivos al asesino con todas suerte de símbolos que revelan la admiración que hacia él profesan. El otro bando es el que presume de ser más sensato, señalando a Dahmer como el monstruo que era y llegando a mostrar indignación ante el surgimiento de su bando análogo, exponiendo la irracionalidad implícita en la adoración de tan vil personaje.
El hombre es ser de categorías, como señalaba Aristóteles. Mira al mundo —su inmenso regalo— y con horror vislumbra sus componentes dispersos, anhelando organizarlos en orden a su comprensión lógica. Del mismo modo hemos catalogado ambos bandos como malos y buenos respectivamente en el imaginario colectivo, pero bien dicen que cuando se apunta al otro con el dedo, tres dedos quedan apuntando hacia uno mismo. “Bueno y malo” es quizá la categoría favorita del hombre; la abraza desde el día que su discernimiento la descubrió, juega con ella y la emplea en complejas estrategamas —usualmente de naturaleza política— para separar aquello que nos es deseable por su bondad de lo indeseable. Pero hay un problema, y está implícito en el término “justificación”, pues el hombre se justifica de manera que al análisis individual uno siempre sea bueno, ya sea en su papel como individuo o bien como agregado a una sociedad. Pocos son los hombres capaces de pararse desnudos en medio de una multitud y decir “yo soy el malo”; porque la aceptación de la maldad propia es una desnudez, una transparencia en la que nos volvemos vulnerables en el instante que mostramos al otro nuestra naturaleza verdadera. Para Octavio Paz, el mexicano es un ser de máscaras por recurrir a ellas para esconderse, ya que mostrarse tal cual es significa la violación de su integridad. Quien se muestra a sí mismo estará en las condiciones perfectas para ser juzgado a plenitud. Yo diría que esta metáfora tan brillantemente elaborada por nuestro premio nobel es extrapolable al hombre posmoderno de cualquier nacionalidad —el hombre de nuestros días—.
Para Armando Fuentes Aguirre —escritor y periodista mexicano—, la historia debería ser un acervo común en vez de un ejercicio de heroizar y villanizar personajes, pues así hemos de conducirnos a un análisis más objetivo si consideramos que nadie es, en cuanto a sus actos humanos, totalmente bueno o malo. Los “buenos” pueden llegar a hacer el mal de manera aislada y viceversa. Dicho esto y volviendo al análisis de la serie, me permito disolver el binomio “bondad y maldad” que divide ambos bandos para quedar con uno solo: el espectador de la serie. La audiencia más purista no es aquella que reniega del culto a Dahmer, sino aquella que con golpes de pecho jura que jamás caería ella misma en tal ofensa a la moral. Ven inconcebible estar en la posición de los fanáticos que en 1991 donaban dinero a Dahmer, ¿pero acaso no constituímos todos los que vimos la serie una cifra minúscula que forma parte de los tantos millones de dólares que Netflix se está embolsando con cada reproducción de este contenido? No faltará quien busque invalidar este hecho bajo la premisa de no estar entregándole el dinero directamente a Dahmer —que falleció en 1994— tal como lo hicieron sus fans del 91′, y aunque yo les daría la razón mi argumento permanecería intacto.
La glorificación a Dahmer no debe ser observada únicamente a la luz del culto directo al asesino serial, pues tiene una dimensión que pasa inadvertida y se extiende hacia la víctima. No sería ninguna novedad que yo expusiera aquí el descontento que la serie ha desatado entre las familias de las víctimas, quienes por cierto no perciben un solo dólar de esta millonaria producción. Pero, recapitulando, Rita Isbell —hermana de Errol Lindsey, víctima de Dahmer— fue portavoz de dicho descontento. Asegura que no fueron avisados sobre la serie, del mismo modo que no autorizaron el uso de sus historias —ni mucho menos la de sus hermanos e hijos, quienes fueron las víctimas directas— para ser usadas en la producción. También afirma que la actitud que la empresa Netflix asume es la de lucrar con los casos y el dolor de las víctimas, tanto directas como indirectas, y yo estoy de acuerdo. Entre los familiares de las víctimas se ha expresado también el trauma de recapitular esos días de paralizante aflicción e impotencia ante las pérdidas irreparables de sus seres queridos. Nosotros no entendemos lo que es estar en los zapatos de ellos, ni siquiera los que hemos perdido personas que amamos, porque ni yo ni probablemente muchos otros espectadores de la serie han sufrido la larga desaparición de un familiar para meses o años después descubrir que fueron no simplemente asesinados, sino desmembrados, abusados, profanados e ingeridos. Ninguno que no haya pasado por esto está en condiciones de dimensionar el trauma que el lanzamiento de esta serie ha provocado para estas familias destrozadas. Esto empeora cuando consideramos que estas personas, quienes probablemente usen redes sociales —o internet en general—, deban toparse a cada navegación con todo tipo de contenidos alusivos a la serie, desde publicidad hasta memes estúpidos o ingeniosos, pero nunca inofensivos.
Del mismo modo que la obra del artista y el culto al rededor de ella no permanece únicamente en tanto al artista, los ruines delitos de un asesino no permanecen únicamente en tanto al asesino. El asesinato es un acto trascendente, pues no se limita al asesino: corrompe la vida de su víctima, y como una espesa oscuridad, se instala sobre las vidas de los seres queridos de la víctima de manera permanente. No hace falta halagar o ser benefactor del asesino mismo para ser partícipe de la glorificación de sus crímenes, basta con la contribución que hacemos al dolor de las víctimas, pues el acto del asesino tiene vida propia y halla su plenitud más allá del asesinato a través de la estela de dolor que se extiende detrás de su concreción. Podemos mirar a los actores que personifican a los familiares de las víctimas en la serie de Ryan Murphy e indignarnos todo lo que queramos al presenciar la escena que hace referencia a la serie de cómics que se estrenó entre 1991 y 1994 sobre los asesinatos de Dahmer. Podemos hacer una mueca de disgusto ante eso que la serie expone como el frívolo lucro mediático que en la época se hizo valiéndose del caso, pero nunca seremos diferentes a las personas que en la vida real consumieron dichos cómics. ¿Qué creías, Netflix; que al pasar treina y un años podías hacer lo mismo que hicieron los creadores del cómic que tanto atacaste en tu serie y así resultaría menos inhumano? Si Rita Isbell —o cualquier otra víctima indirecta— viviera otros mil años, serían mil años más que esa herida seguiría doliendo. El tiempo no es un factor que condicione la falta de empatía que recae en el lucro del dolor ajeno.
Yo misma, habiendo consumido la serie de principio a fin, no busco la satanización de los espectadores de la serie. No para resguardar mi propia culpa, pues sé que la tengo y lo admito: hice mal. Quizá tú, lector, te des cuenta hasta después de leída esta columna de la ofensa que es el consumo de esta serie, tal y como yo lo concebí reflexionando el contenido que acababa de ver cuando aparecieron los créditos finales. Habiendo finalizado la serie no puedo hacer más que comprometerme al futuro control de esta tentación llamada, en tanto que esta precaución me humanice. Repito la no intención de satanizar al lector, pues como Armando Fuentes Aguirre, decido anular la férrea y purista categorización del bien y del mal para dar paso a la aceptación del bien dentro del mal y viceversa. Entonces, ¿haber visto la serie de Jeffrey Dahmer te hace malo? No. Tómate, lector, esta columna como una invitación a hacer un consumo más conciente de tus contenidos, incluso de aquellos que son mera entretención, porque incluso más bajo resulta entretenerse con lo que aqueja al otro. A ti, que no has visto la serie aún, te invito a reflexionar qué es lo que en realidad estarás viendo más allá de una simple narración interesante, y con de esto ojalá desistas de tus intenciones de verla. Consumamos a conciencia y aceptemos las responsabilidades de lo consumido, tal vez así logremos quitarnos las máscaras que Octavio Paz nos acusa —con tanta verdad— de portar.
