- Fundador de Alternancia Revista Digital.
- Licenciado en Derecho.
- Master en Liderazgo y Gestión Publica Responsable.
- Impulsor de proyectos que conectan arte, ciencia y pensamiento crítico.
- Apasionado por la divulgación cultural, la justicia social y la creatividad con propósito.
- Creador de espacios donde las ideas se transforman en acción.
2026
Hay algo extraño en los momentos que marcan un antes y un después, porque casi nunca se sienten así cuando están ocurriendo.
El lanzamiento de Artemis II no llega con la épica obvia de otras épocas. No hay una frase destinada a repetirse durante décadas, ni una imagen lista para volverse símbolo inmediato. De hecho, si uno lo mira rápido, incluso podría parecer una misión discreta. No va a aterrizar en la Luna, no va a plantar nada, no va a “conquistar” nada. Va a orbitarla.
Y sin embargo, justo ahí empieza a volverse interesante. Porque orbitar no es quedarse a medias, es una forma distinta de acercarse. Es entender antes de intervenir. Es reconocer que el espacio no es un escenario que se pisa, sino un entorno que se aprende. Desde la astrofísica, moverse alrededor de la Luna implica dominar un equilibrio delicadísimo entre fuerzas que no vemos pero que están definiendo cada segundo de la misión. La gravedad deja de ser algo abstracto y se convierte en una presencia constante, casi tangible. La trayectoria ya no es una línea, es una negociación continua.
Y hay algo profundamente humano en eso. Quizá porque nos obliga a aceptar que no todo avance tiene que ser espectacular para ser significativo. Que hay momentos en los que la historia no avanza a través de gestos heroicos, sino de decisiones precisas, casi silenciosas, que preparan lo que todavía no ocurre.
Es inevitable pensar en el Programa Apolo. No como nostalgia, sino como referencia de lo que alguna vez fuimos capaces de hacer cuando decidimos mirar hacia arriba con seriedad. Apolo no solo nos llevó a la Luna, nos sacó, aunque fuera por un instante, de la idea de que todo terminaba en la Tierra. Nos obligó a ver nuestro planeta como algo contenido, frágil, suspendido en algo mucho más grande.
Y luego, de alguna forma, nos replegamos. No dejamos de avanzar, pero cambiamos el tipo de avance. Lo volvimos más técnico, más útil, más inmediato. Satélites, estaciones, misiones no tripuladas. Todo eso transformó nuestra vida diaria, sí, pero también diluyó un poco esa sensación de horizonte abierto. Como si hubiéramos decidido que era suficiente con observar el universo, en lugar de habitarlo.
Por eso Artemis II no se siente como un regreso, sino como una corrección. No está intentando repetir Apolo, está retomando una conversación que se había quedado incompleta. Porque si algo quedó claro desde entonces es que llegar a la Luna no era el final de nada, era apenas el inicio de una posibilidad que no supimos o no quisimos continuar en ese momento.
Ahora el contexto es distinto. La tecnología es distinta. Incluso la manera en la que entendemos el universo ha cambiado. Desde la astrofísica, hoy sabemos con más claridad que nunca que vivimos en un cosmos dinámico, en expansión, en constante transformación. Nada está quieto. Las galaxias se alejan, las estrellas nacen y colapsan, el espacio mismo se estira.
Y en medio de todo eso, nosotros empezamos apenas a movernos. Hay algo casi contradictorio en haber desarrollado una inteligencia capaz de comprender el universo y, al mismo tiempo, haber permanecido tanto tiempo atados a un solo punto dentro de él. Como si hubiéramos tardado en asumir las implicaciones reales de lo que significa saber dónde estamos.
Porque entender el universo no es solo describirlo, es responder a él. Artemis II, en ese sentido, es una respuesta. No espectacular, no definitiva, pero sí clara. Es la confirmación de que la exploración no fue un accidente histórico, ni una excentricidad de otra época. Es parte de una lógica más profunda: la de una especie que, una vez que entiende que no es el centro de nada, tiene que decidir qué hace con esa información.
Y tal vez la única respuesta posible es moverse. Cada lanzamiento espacial tiene un impacto que no siempre se puede medir en números. Claro que hay avances tecnológicos, aplicaciones prácticas, beneficios indirectos que terminan en la vida cotidiana. Pero hay algo más difícil de cuantificar, algo que tiene que ver con la forma en la que nos pensamos a nosotros mismos.
Porque cuando una nave deja la Tierra, no solo transporta astronautas. Transporta una idea.
La idea de que no estamos limitados a este lugar. Y eso cambia todo, aunque no sepamos exactamente cómo todavía. Tal vez por eso esta misión, que en apariencia solo rodea la Luna, tiene un peso distinto. Porque no está buscando cerrar una historia, está abriendo otra. Una en la que la exploración deja de ser un evento aislado y empieza a convertirse en una continuidad.
Una en la que la Luna ya no es el destino final, sino el primer punto de referencia.
Y en medio de todo eso, hay algo casi íntimo en reconocerlo. Como si estuviéramos presenciando un cambio que no termina de hacerse evidente, pero que, cuando miremos atrás, va a ser imposible ignorar.
No estamos viendo solo una misión. Estamos viendo el momento en el que la humanidad vuelve a tomarse en serio la idea de no quedarse.
Durante mucho tiempo el ser humano creyó que el universo era comprensible. No necesariamente sencillo, pero sí algo que tarde o temprano podríamos descifrar. Bastaría con observar con cuidado, medir con precisión y encontrar las fórmulas adecuadas. Bajo esa confianza nacieron muchas de las disciplinas que hoy consideramos pilares del conocimiento: la física, la astronomía y, sobre todo, las matemáticas. Todas partían de una misma intuición: que la realidad podía traducirse a un lenguaje que nuestra mente fuera capaz de entender.
Sin embargo, con el paso del tiempo ese mismo lenguaje comenzó a revelar algo inquietante. Las matemáticas, que durante siglos parecieron el territorio más seguro del pensamiento humano, empezaron a mostrar que existen regiones de la realidad que quizá nunca podremos abarcar del todo. No porque falte inteligencia o esfuerzo, sino porque nuestra forma de pensar parece tener límites inevitables.
Un buen ejemplo aparece cuando pensamos en el azar. Solemos imaginarlo como desorden, como ausencia de estructura. Cuando algo ocurre al azar pensamos que simplemente no hay un patrón detrás. Pero muchos matemáticos sospechan que esa idea podría estar equivocada. Tal vez el azar no sea caos, sino un tipo de orden demasiado complejo para que nuestra mente lo reconozca. Un patrón que existe, pero que todavía no sabemos ver.
En ese sentido, lo que llamamos azar podría ser solo una palabra provisional para aquello cuya lógica todavía se nos escapa.
Algo parecido ocurre con los números. A primera vista parecen el territorio más familiar del pensamiento humano. Desde niños aprendemos a contarlos y sentimos que, si tuviéramos suficiente tiempo, podríamos escribirlos todos. Pero las matemáticas modernas mostraron que esa intuición es engañosa.
La inmensa mayoría de los números jamás podrán escribirse, ni siquiera si utilizáramos cada átomo del universo como una diminuta gota de tinta.
Entre el número cero y el número uno existe una cantidad de números tan grande que resulta imposible representarlos todos. Ni con todos los libros que podrían imprimirse, ni con todas las computadoras que podrían construirse, ni con todo el tiempo que podría existir en el universo.
Es una idea difícil de asimilar. Dentro de ese pequeño intervalo, aparentemente simple, hay más números de los que podríamos nombrar en toda la historia de la humanidad.
Y cuando uno empieza a explorar esa región aparece otra sorpresa todavía más extraña: no todos los infinitos son iguales.
Durante mucho tiempo se pensó que el infinito era simplemente una cantidad sin límite, algo indefinidamente grande. Pero las matemáticas demostraron que existen distintos tamaños de infinito. El infinito de los números naturales, esa secuencia interminable que empieza en uno y continúa para siempre, es en realidad más pequeño que el infinito que existe entre dos números cualquiera.
Nuestra intuición cotidiana simplemente no está hecha para entender algo así. El cerebro humano evolucionó para reconocer formas, rostros, trayectorias y peligros, para sobrevivir en un entorno inmediato, no para imaginar estructuras que superan cualquier escala física imaginable.
Pero lo más inquietante aparece cuando uno mira hacia el interior de las propias matemáticas.
En 1931 el lógico Kurt Gödel demostró algo que cambió la manera en que entendemos el conocimiento. Probó que en cualquier sistema lógico suficientemente complejo siempre existirán afirmaciones verdaderas que no pueden demostrarse dentro de ese mismo sistema.
Es decir, incluso dentro de las matemáticas existen verdades que jamás podremos probar utilizando sus propias reglas.
Durante siglos se creyó que las matemáticas eran el territorio perfecto de la certeza, un lugar donde todo podía demostrarse de forma definitiva. Gödel mostró que incluso allí existen fronteras inevitables.
Cuando uno reúne todas estas ideas empieza a aparecer una intuición difícil de ignorar: el azar que podría esconder patrones invisibles, los infinitos que superan nuestra intuición, los números que jamás podrán escribirse, las verdades que no pueden demostrarse.
Todo apunta a la misma dirección.
Tal vez el universo no sea incomprensible. Tal vez simplemente sea demasiado grande para el tipo de mente que tenemos.
La inteligencia humana es poderosa, sin duda. Hemos descubierto galaxias, descifrado el ADN y construido máquinas capaces de calcular millones de operaciones por segundo. Pero seguimos siendo una especie que evolucionó para sobrevivir en un pequeño planeta, no para abarcar toda la profundidad de la realidad.
Quizá nuestra relación con el conocimiento se parezca más a la de un explorador que a la de alguien que pretende poseer un mapa completo. Podemos avanzar, descubrir nuevas estructuras, comprender fragmentos cada vez más complejos del universo. Pero siempre habrá un horizonte que se aleja un poco más.
Y quizá eso no sea una derrota para la inteligencia humana.
Tal vez sea precisamente lo que vuelve fascinante al universo.
Porque si todo pudiera comprenderse por completo, si cada patrón estuviera ya descubierto y cada verdad demostrada, el mundo sería un lugar mucho más pequeño.
Las matemáticas nacieron como el intento más ambicioso de describir la realidad con precisión. Pero cuanto más avanzan, más parecen recordarnos algo sencillo y perturbador al mismo tiempo: que el universo es mucho más grande que nuestra mente.
Si se observa con atención a las personas más creativas del mundo, tanto del pasado como del presente, aparece una coincidencia que rara vez se dice en voz alta. No es la genialidad entendida como destreza, ni la productividad, ni siquiera la inteligencia en su sentido clásico. Lo que comparten es una relación particular con la incertidumbre. Una intimidad con aquello que no está resuelto.
En 1817, John Keats escribió una carta a sus hermanos intentando nombrar esa cualidad casi invisible que, según él, distinguía a los grandes creadores. La llamó capacidad negativa. Con ello se refería a la facultad de existir en las incertidumbres, los misterios y las dudas sin una búsqueda inmediata del hecho y la razón. No hablaba de una técnica literaria, sino de una disposición interior. De un modo de estar.
La radicalidad de la idea de Keats no reside solo en su definición, sino en el momento histórico en que aparece. La modernidad había convertido a la razón en el instrumento privilegiado para conocer el mundo. Todo debía ser explicado, clasificado, probado. Frente a ese impulso, Keats propuso algo profundamente contracultural: permanecer abiertos. No cerrar la experiencia demasiado pronto. No apresar lo vivo dentro de una respuesta.
La capacidad negativa no es una renuncia al pensamiento, sino una ampliación de este. Supone tolerar la ambigüedad sin ansiedad, sostener la contradicción sin necesidad de resolverla, aceptar que no todo sentido es inmediato. Es un pensamiento que no coloniza lo desconocido, sino que lo habita.
Sin proponérselo, Keats abrió una grieta por la que se colaron nuevas formas de comprender el arte, la ciencia y la subjetividad. Durante siglos, estas dimensiones habían convivido, pero la razón moderna las separó, asignando a la ciencia la verdad y al arte la emoción. La capacidad negativa restituye una simbiosis más antigua. Muestra que el conocimiento no nace solo del control, sino también de la espera. No solo del análisis, sino de la escucha.
Décadas después, esta intuición encontró un terreno fértil en el psicoanálisis. Freud comprendió que el acceso a lo inconsciente exigía suspender la vigilancia constante de la razón. La asociación libre y la atención flotante no son procedimientos mecánicos, sino actitudes existenciales. Ambas descansan sobre la misma base que Keats había intuido: la confianza en lo que emerge cuando el control se relaja.
El analista no fuerza el sentido. Escucha. Tolera el silencio. Permite que lo fragmentario y lo contradictorio se expresen sin ser corregidos de inmediato. En ese gesto hay una ética del no saber que rompe con la obsesión moderna por la certeza. No se trata de ignorar, sino de aceptar que la verdad no siempre se deja capturar por el camino recto.
Algo similar ocurre en la ciencia cuando se observa su historia sin idealizaciones. Einstein lo dijo con una honestidad que incomoda: no llegó a las leyes fundamentales del universo mediante la mente racional. Para él, lo misterioso no era un obstáculo, sino la fuente de todo arte verdadero y de toda ciencia. Antes de la ecuación hay intuición. Antes del concepto hay asombro.
Esta genealogía del no saber no se detuvo en el siglo veinte. Sigue viva, respirando en los discursos contemporáneos sobre la creatividad. Rick Rubin, uno de los productores musicales más influyentes de nuestro tiempo, ha insistido en que el acto creativo no consiste en imponer una visión, sino en despejar el canal para que algo pueda pasar a través del creador. Para Rubin, el trabajo no es fabricar, sino retirar los obstáculos internos. Silenciar la mente que quiere controlar el resultado.
Stephen Nachmanovitch, músico y pensador, ha desarrollado esta misma idea desde la improvisación. Para él, crear es un acto de confianza radical. La improvisación no es desorden, es una escucha extrema del presente. Exige estar dispuesto a no saber qué sigue, a responder desde el cuerpo, desde una inteligencia que no pasa por el cálculo previo. La creatividad, en este sentido, es una práctica de presencia.
Julia Cameron, desde otro registro, ha llevado esta intuición al terreno cotidiano. Su propuesta no gira en torno al talento excepcional, sino a la disposición interior. Crear implica, para ella, desactivar al censor interno, ese guardián de la conciencia que exige sentido inmediato, coherencia perfecta, resultados visibles. La creatividad florece cuando esa vigilancia se retira y se permite escribir, pintar o pensar sin garantías.
Lo que une a estos representantes contemporáneos no es un método común, sino una misma comprensión de fondo. La creatividad no surge del dominio absoluto, sino de la apertura. No del control, sino de la disponibilidad. No del saber acumulado, sino de la capacidad de permanecer en contacto con lo que aún no se sabe.
Resulta revelador que esta idea, que en Occidente aparece una y otra vez como una conquista tardía, haya sido durante siglos un pilar cultural en Oriente. En el zen japonés y en el taoísmo chino, habitar el no saber no es una deficiencia, sino una virtud. El vacío no es ausencia, es potencia. El silencio no es falta de sentido, es su condición.
Allí, el pensamiento no busca dominar la realidad, sino acompasarse con ella. Las paradojas no se resuelven, se contemplan. El lenguaje acepta su propia insuficiencia. Desde esa perspectiva, la obsesión occidental por la certeza aparece como una forma de ansiedad, una incapacidad para permanecer en lo abierto sin angustia.
Quizá por eso, ya en el siglo dieciocho, Schiller advertía que las facultades imaginativas solo florecen cuando la vigilancia de la conciencia se retira. Allí donde el control se relaja, algo más profundo comienza a hablar. No es caos lo que emerge, sino un orden distinto, más orgánico, menos impuesto.
Si algo tienen en común las personas más creativas del mundo es esta valentía silenciosa. La valentía de no apresurarse. De no clausurar el sentido antes de tiempo. De confiar en que la comprensión no siempre llega cuando se la exige, sino cuando se le da espacio.
En una época obsesionada con la respuesta rápida, la productividad constante y la explicación inmediata, la capacidad negativa se vuelve un gesto radical. Permanecer en la duda no como parálisis, sino como forma de fidelidad a lo real. Escuchar antes de nombrar. Esperar antes de definir.
Tal vez la creatividad no sea otra cosa que eso. La capacidad de quedarse un poco más en la pregunta. De no huir cuando el suelo se vuelve inestable. De confiar en que, en ese no saber sostenido, algo verdadero termina por revelarse.
Y quizá, solo quizá, ahí comienza no solo el arte, sino una forma más honesta, más humana y más viva de estar en el mundo.
Hay momentos en los que la universidad se parece a un museo que olvidó que la cultura sigue respirando. No por falta de talento ni de historia, sino por una torpeza creciente para leer cualquier cosa que no venga ya legitimada por un formato, una rúbrica o un comité. La institución que debería enseñarnos a pensar termina muchas veces entrenándonos para obedecer estructuras que ya no alcanzan a nombrar el mundo.
Hace poco, Jonathan Anderson, director creativo de Dior, abrió su proceso creativo a una práctica que todavía se nombra con sospecha: el tarot. La lectura fue realizada por Trevor Balin, investigador contemporáneo formado en tradiciones herméticas, cuya aproximación no tiene nada que ver con la adivinación popular. No se trataba de consultar el futuro ni de buscar respuestas mágicas, sino de dialogar con símbolos, de leer la psique como se lee un mapa antiguo. Balin no lanzó predicciones. Hizo algo más inquietante: trazó una cartografía interior.
Aquí es donde la lectura se vuelve peligrosa para ciertos discursos académicos. Porque el tarot no es un sistema pagano de predicción, como se ha difundido en la cultura de consumo, sino un mapa alquímico del alma. Un lenguaje visual construido para acompañar procesos de transformación, para permitir que la conciencia se observe a sí misma a través de imágenes arquetípicas. El tarot no promete destinos, propone recorridos. No responde preguntas, las fabrica en lugares donde antes no había palabras.
Durante el Renacimiento, estas cartas no se entendían como oráculos sino como artefactos filosóficos. Cada arcano condensaba tensiones morales, políticas y espirituales. Era una enciclopedia simbólica portátil, una forma de pensar el mundo cuando todavía no existía la psicología como disciplina. Mucho antes de que se hablara de inconsciente, ya se exploraban sus paisajes con figuras, escenas, cuerpos que caen, torres que se derrumban, soles que iluminan después de la noche más larga.
Por eso los artistas regresan a estas imágenes una y otra vez. No porque busquen respuestas sobrenaturales, sino porque reconocen en ellas una arquitectura de sentido. El tarot funciona como una tecnología poética del pensamiento. Es una máquina simbólica que traduce la experiencia humana a formas legibles. Y leer, en este contexto, no es interpretar datos sino atravesar umbrales.
Sin embargo, todavía existen espacios formativos incapaces de mirar esto sin miedo. Confunden símbolo con charlatanería, interpretación con ignorancia, y pensamiento vivo con algo que no cabe en el programa. No se trata de que falte tradición intelectual, sino de que se ha perdido la capacidad de reconocer conocimiento fuera del molde autorizado.
Tal vez lo que realmente incomoda no es que el tarot aparezca en la alta costura, en redes sociales o en procesos creativos contemporáneos. Lo incómodo es aceptar que hoy la producción de sentido ocurre fuera del aula. Que las personas están leyendo símbolos, construyendo narrativas y pensándose a sí mismas sin pedir validación institucional.
No era adivinación.
Era alquimia.
No era superstición.
Era lectura.
2025
Dicen que el 27 de octubre los animalitos regresan. Que vuelven a casa desde ese rincón del universo donde descansan las almas puras, para visitarnos aunque sea por un momento. No traen palabras, pero su presencia se siente: en un silencio más suave, en una sombra que parece familiar, en esa paz que llega sin motivo. Quizá no los veamos, pero sabemos que están ahí, cuidándonos como siempre lo hicieron, fieles incluso más allá del tiempo.
Los animales tienen una forma de amar que no entiende de condiciones ni de promesas rotas. Nos enseñan lo esencial: la entrega, la gratitud, la ternura, la lealtad. En su mirada encontramos una verdad que muchas veces olvidamos en la prisa del mundo: que la vida vale por lo que se da, no por lo que se tiene. Cuando se van, dejan un silencio lleno de significado. Y cuando regresan, vienen a recordarnos que nada se pierde cuando fue amor de verdad.
Cada perro, cada gato, cada ser que alguna vez compartió con nosotros su inocencia y su alegría sigue existiendo en algún plano, cuidándonos a su manera. Son guardianes del alma, compañeros eternos que se convierten en parte de nuestra historia. Su regreso, más que una visita, es un acto de amor: vienen a recordarnos lo que fuimos juntos, pero también a guiarnos en lo que aún nos falta aprender.
Este día también nos invita a mirar hacia los que todavía están aquí, pero no tienen a nadie. A los callejeritos que caminan con hambre y frío, buscando en los ojos de la gente un poco de cariño, un lugar donde descansar. Ningún perro ni gato debería conocer el abandono, el golpe o el desprecio. Son seres que solo saben dar amor, aunque el mundo muchas veces les haya dado la espalda. Por eso, cuando la vida nos regale la oportunidad de acariciar a uno, de compartir un instante con él, no la dejemos pasar. Tal vez ese momento sea su único refugio… y tal vez también sea el nuestro.
Ellos siempre regresan, porque el amor no muere, solo cambia de forma. Regresan en los sueños, en los recuerdos, en los destellos de ternura que siguen apareciendo cuando menos lo esperamos. Regresan para enseñarnos a cuidar mejor, a mirar distinto, a agradecer más. Y mientras existan corazones dispuestos a amar y manos dispuestas a ayudar, siempre tendrán un lugar al que volver.
Para: Ximena, Becky, Valqui, Odette, Lepiu, Dante, Lautrec, Otilia y Laika.
Hay frases que, más que leerse, se sienten. Una de ellas me encontró en el Bhagavad Gita: “todo lo que nace debe morir, y de la muerte procede la vida.”
La primera reacción es de asombro, incluso de temor. Nos han enseñado a pensar la muerte como un enemigo, como un final absoluto que corta la continuidad del existir. Pero, cuando se mira con calma, esta frase abre un horizonte distinto: no habla de un final, sino de un ciclo.
Vivimos obsesionados con prolongar lo que tenemos, con resistirnos a que algo acabe, como si la vida se tratara de acumular y preservar. Sin embargo, lo único que en verdad permanece es el cambio. Cada instante que pasa muere en el mismo segundo en que nace. El tiempo es una danza de apariciones y desapariciones, y nosotros somos parte de ese ritmo. Negarlo es negarnos a nosotros mismos.
Morir no es solo el acto de abandonar el cuerpo. Morimos a diario en fragmentos: mueren los pensamientos que ya no nos sostienen, mueren los afectos que dejaron de florecer, mueren las versiones de nosotros que ya no tienen sentido en el presente. En esas pequeñas muertes hay un espacio para el renacer. Cada transformación exige la valentía de dejar atrás algo, de permitir que lo que ya cumplió su propósito se disuelva.
Es curioso: buscamos la vida eterna, pero olvidamos que lo eterno no es permanecer fijo, sino renovarse siempre. La naturaleza nos lo enseña con una claridad brutal. El árbol que pierde sus hojas no está muriendo, se está preparando para un renacimiento más fuerte. La semilla que se entierra en la tierra debe deshacerse para convertirse en árbol. La ola que rompe contra la orilla muere en su forma, pero da vida a la espuma y al mar que nunca se agota.
Aceptar que todo lo que nace debe morir es reconciliarnos con la fragilidad, pero también con la plenitud. Porque si comprendemos que nada es eterno, cada momento adquiere un valor infinito. El abrazo, la risa, el encuentro, el error, todo se vuelve más precioso cuando sabemos que no volverá de la misma manera. La muerte, lejos de ser enemiga de la vida, es la condición que le da sentido.
Quizá lo más profundo de esta enseñanza es que nos obliga a mirar hacia dentro. ¿Qué partes de mí necesitan morir para que algo nuevo nazca? ¿Qué apegos, qué miedos, qué viejas ideas estoy cargando como cadáveres en mi presente? Resistirse es alargar la agonía; soltarlos es abrir la puerta a lo que puede crecer.
De la muerte procede la vida. No como una metáfora forzada, sino como una verdad esencial. La tierra fértil está hecha de lo que ya murió, y gracias a ello nacen nuevas formas. Así también nosotros: nuestras pérdidas nos vuelven fértiles para la creación, nuestras despedidas abren paso a otros encuentros, nuestras heridas son terreno para un renacer más consciente.
La invitación es clara: no huyas de la muerte, mírala como maestra. Permite que te recuerde que el tiempo es breve y que, justamente por eso, cada instante es inmenso. Vive con la intensidad de quien sabe que todo es finito, pero también con la serenidad de quien entiende que lo finito es parte de lo infinito.
Porque al final, lo que somos es un tránsito entre comienzos y finales, un río que fluye sin detenerse. Y en cada giro de ese río, la vida y la muerte se abrazan en un mismo movimiento. Lo que nace muere, y lo que muere se transforma en vida. Ese es el verdadero misterio, y también, la verdadera belleza de existir.
Hay una pregunta que nos ronda más de lo que admitimos:
¿Cuánto tiempo se necesita para que algo valga la pena?
Vivimos con una urgencia silenciosa.
Queremos resultados inmediatos, transformaciones exprés, reconocimientos rápidos.
Pero la vida —esa gran maestra de los ritmos lentos— parece tener otros planes.
MrBeast tardó 12 años en hacer que el mundo lo notara.
Elon Musk necesitó 26 años para que su sueño de tocar el espacio fuera real.
Messi, ese genio que parecía destinado a triunfar desde niño, tuvo que esperar 17 años para levantar la Copa del Mundo.
Y la NASA, con miles de mentes brillantes y recursos casi infinitos, requirió 11 años para pisar la luna.
Entonces… ¿por qué esperamos que lo nuestro llegue en unos meses?
¿Desde cuándo nos convencimos de que si algo no ocurre rápido, es porque no va a pasar?
Tal vez porque hemos confundido inmediatez con valor.
Tal vez porque el mundo moderno nos enseñó a medir el éxito con relojes ajenos.
Pero todo lo verdaderamente importante —lo que transforma, lo que deja huella, lo que cambia la vida— tiene algo en común:
requiere tiempo.
Y ahora quiero preguntarte algo con toda la honestidad posible:
¿Hace cuánto sueñas con una vida distinta?
¿Hace cuánto piensas en ese proyecto que no has comenzado, esa decisión que sigues posponiendo, esa versión de ti que aún no ves, pero que ya imaginas?
No te falta capacidad.
No te falta talento.
No es una cuestión de suerte, ni siquiera de dinero o de contactos.
A veces lo único que falta… es confianza.
Y paciencia.
La perseverancia no es una virtud romántica, es una decisión radical:
La de no claudicar.
La de seguir aun cuando no hay garantías.
La de creer en ti incluso cuando nadie más lo hace.
Porque si algo enseña la historia —la tuya, la mía, la del mundo— es que todo lo grande empieza siendo invisible.
Un ensayo fallido.
Un canal sin vistas.
Un negocio sin clientes.
Un sueño en voz baja.
Y, sin embargo, todo eso vale.
Vale porque está construyendo algo que todavía no ves.
Algo que, si no abandonas, algún día se revelará con claridad.
No hay fórmula mágica.
Solo hay una verdad que pocos quieren aceptar:
El éxito es una consecuencia del tiempo y la constancia.
Y los que llegan no son siempre los mejores, sino los que no se rinden.
Los que entienden que la espera también es parte del camino.
Los que caminan, incluso cuando no hay aplausos, ni luz, ni certezas.
Quizá este no es el año donde todo cambie.
Quizá este es el año donde te transformas por dentro para que el próximo no te quede chico.
Porque a veces la vida te prepara en silencio…
para que cuando llegue lo tuyo, lo sepas sostener.
Así que no te compares.
No te desesperes.
Y, por favor, no te detengas.
Confía en el tiempo.
Confía en tu proceso.
Confía, sobre todo, en ti.
LO VAS A LOGRAR.
Y cuando lo hagas, vas a entender que cada paso lento,
cada día incierto y
cada momento difícil… también eran parte del milagro.
“No te desvíes.
Sigue el curso de la naturaleza y de la razón.
Y sé constante. Aunque nadie te vea. Aunque nadie te aplauda.”
— Marco Aurelio
Hay épocas en las que el alma se desorienta. No por falta de caminos, sino por exceso de voces. Todo el mundo parece saber hacia dónde ir, pero pocos saben desde dónde parten. Se confunde el éxito con el sentido, la velocidad con el destino, la novedad con la verdad.
Y, sin embargo, en medio de este vértigo, hay algo que permanece. No en los titulares ni en las tendencias, sino en un lugar más profundo, más silencioso: la memoria espiritual de la humanidad.
A lo largo de los siglos, han caminado por esta tierra hombres y mujeres que no buscaron ser seguidos, sino comprendidos. No hablaron para convencer, sino para despertar. No fundaron religiones: provocaron temblores interiores. Lo que dijeron no era nuevo, pero sí eterno. Y por eso aún arde.
No fueron solo profetas o místicos. Fueron testigos del fondo. Seres que, al tocar lo real, se volvieron espejo:
El Buda, que no predicó una salvación futura, sino una liberación presente.
Jesús, que no exigía fe ciega, sino apertura radical al amor.
Sócrates, que no ofrecía respuestas, sino el valor de la pregunta bien hecha.
Rumi, que convirtió la ausencia en fuego.
Teresa, que descubrió a Dios en la oscuridad.
Lao Tsé, que enseñó que el Tao no se puede atrapar con palabras, pero sí seguir con humildad.
No se trata de adorarlos, sino de escucharlos. No porque ellos tengan el poder, sino porque supieron perderlo todo sin perderse a sí mismos. En una época que celebra el ruido, ellos son silencio. En un tiempo que aplaude el yo, ellos se disolvieron en el todo. En una cultura que premia la estrategia, ellos se rindieron al misterio.
A veces pensamos que tenemos que inventarlo todo desde cero. Pero eso es soberbia disfrazada de modernidad. Hay preguntas que ya fueron hechas, dolores que ya fueron nombrados, luces que ya fueron encendidas. Volver a ellas no es retroceder, sino profundizar.
Por eso, cuando te sientas perdido, no te burles del pasado. Escúchalo. No para obedecerlo ciegamente, sino para encontrar en él los ecos de lo esencial. Porque lo esencial no cambia. Cambian los lenguajes, las formas, los rostros… pero la verdad, cuando es verdad, no necesita novedades. Solo almas dispuestas a reconocerla.
Y tal vez ahí está todo: en aprender a seguir sin entregarse, a admirar sin depender, a caminar tras los pasos de otros no por debilidad, sino por sabiduría. Porque quien ha despertado antes que tú puede mostrarte que no estás solo. Y que el camino, aunque sea tuyo, no lo abres tú solo.
Hay huellas que no se borran porque no fueron hechas en la tierra, sino en la conciencia. Hay nombres que siguen ardiendo no porque los recordemos, sino porque siguen siendo faro.
Y si alguna vez te extravías —no en el mundo, sino en ti mismo—, no corras. No huyas. Detente. Mira hacia atrás con humildad. Escucha sin prejuicio. Hay quienes ya cruzaron este bosque antes que tú, y dejaron señales.
Porque si no te quieres perder…
sigue a los grandes avatares que han pisado este mundo,
y sigue sus palabras.
Nos enseñaron a vivir con reloj.
A dividir la existencia en tramos que deben cumplirse como cuotas. A correr. A llegar. A decidir con urgencia. A no mirar atrás.
Desde pequeños nos programaron con frases peligrosamente dulces: “no pierdas el tiempo”, “aprovecha tu momento”, “ya deberías saber quién eres”.
Como si el tiempo fuera una cuerda tensa, finita, dictatorial.
Como si la vida tuviera que ser medida en entregas puntuales y no en descubrimientos libres.
Pero ¿qué pasa cuando no llegas “a tiempo”?
¿Qué pasa cuando tus pasos no coinciden con el ritmo del mundo?
La mayoría de las personas no fracasan por falta de talento, sino por ansiedad.
Porque sienten que van tarde. Porque creen que están “retrasadas” respecto a la narrativa que alguien más escribió para ellas.
Y en esa desesperación por cumplir, se alejan de lo más sagrado: la autenticidad.
El tiempo, como lo entendemos, es un contrato social.
Una convención que le dio orden al caos, sí. Pero también una prisión simbólica que nos vuelve esclavos de relojes invisibles.
Y lo más doloroso es que ni siquiera nos preguntamos si ese tiempo —el de la carrera, el del matrimonio, el del éxito, el de la estabilidad— era realmente nuestro.
No hay edad para florecer.
No hay edad para despertar.
El alma no sigue cronogramas.
Vivimos como si la vida fuera un calendario que hay que llenar con logros.
Pero los momentos más importantes nunca llegan con puntualidad:
llegan cuando estamos listos para recibirlos.
Y muchas veces, esa preparación se gesta en el silencio, en la pausa, en lo invisible.
¿Y si dejáramos de correr?
¿Y si dejáramos de medirnos con la vara ajena?
¿Y si aceptáramos que no hay tarde ni temprano cuando se trata de lo esencial?
La filosofía nos enseña que el tiempo no es absoluto.
Que hay kairós —el tiempo oportuno, sagrado— y no solo chronos, el que avanza sin detenerse.
Kairós es ese instante que no se puede forzar, que solo se reconoce con el corazón.
Tal vez ese sea el mayor acto de libertad: honrar tu propio tiempo.
Escuchar el ritmo interno que no grita, pero guía.
Hacer las paces con tu camino, aunque no luzca como el de nadie más.
No es tarde para volver a empezar.
No es temprano para cambiar.
No estás retrasado. Estás vivo.
Y mientras estés vivo, estás a tiempo.
Siempre.
Hay ideas que se sienten tan verdaderas que apenas las cuestionamos, como esa que dice que el futuro llega solo. Que basta con vivir, con respirar, con dejarse llevar por el cauce de los días y eventualmente, sin hacer mucho, llegaremos a ese “mañana” prometido.
Pero la verdad es que no.
El futuro no llega. El futuro se fabrica y quien no lo construye, lo hereda.
No hay autopista que te lleve directo a tus sueños, no hay piloto automático que se active mientras sigues rutinas prestadas, no hay destino sin decisión, el que quiera cambiar el mundo o tan solo su mundo tiene que bajarse del vagón cómodo de lo establecido y ensuciarse las manos.
Y ahí aparece Elon Musk.
No como el genio inalcanzable de los titulares, no como el multimillonario excéntrico de los memes, sino como alguien que se negó a vivir con miedo.
No lo tuvo fácil, no siempre ganó, pero siempre avanzó.
Y eso, por sí solo, ya es un acto de rebeldía.
Dijo una vez: “Si tú quieres que el futuro sea bueno, debes hacer algo al respecto.” Y no lo dijo como consigna de campaña, lo dijo como quien ha estado al borde, como quien se ha jugado todo y aún así ha seguido, como quien entendió que los sueños valen más que la estadística.
Elon no esperó condiciones ideales, no esperó a tener el dinero, los aliados, ni la certeza. Lo único que necesitó fue una razón.
Y una vez que la tuvo, el resto fue impulso.
Pensar que fallar es lo contrario de avanzar es una trampa.
Porque fallar, si se hace con conciencia, es otra forma de construir.
Y Elon Musk lo entendió en carne propia: cuando SpaceX fracasó tres veces seguidas;
cuando Tesla estuvo a un suspiro de quebrar;
cuando los inversionistas lo daban por loco, por temerario, por un chiflado más.
Él apostó todo, no porque supiera que iba a salir bien, sino porque sabía que no podía dejar de intentarlo.
Y es que hay momentos en los que uno no apuesta por ganar.
Apuesta por no traicionarse.
Para Musk, fallar no fue una derrota, fue una cartografía, cada error fue una coordenada, cada obstáculo, una señal, no romantizó el fracaso, lo estudió.
Y desde esa tierra inestable, esa donde los cohetes explotan y las acciones cae, construyó.
Pensar diferente no es una estrategia, es una condena y una bendición, porque pensar diferente significa no encajar y no encajar duele.
Significa incomodar, significa ir contra la corriente, significa que te llamen exagerado, difícil, ególatra, arrogante.
Pero también significa ver caminos donde otros solo ven paredes, ver puentes donde otros solo ven abismos, significa tener el coraje de hacer preguntas imposibles… y luego construir la respuesta.
Y eso es Elon, un hombre que no busca agradar. Que no teme ser impopular, que puede decir:
“Diré lo que quiera, y si la consecuencia es perder dinero, que así sea.”
No es soberbia, es libertad, es el precio de no estar a la venta.
Porque cuando ya no necesitas aprobación, todo se vuelve más claro, más crudo, más real y más poderoso.
Tener una mente como la de Musk no es glamoroso, es vivir con dudas constantes, con presión brutal, con expectativas monstruosas, es construir mientras otros critican, es ser primero objeto de burla, después de sospecha… y finalmente, de estudio.
El futuro no es para los tibios.
Es para los que se arriesgan a parecer locos un rato…
con tal de tener razón después.
Y ese tipo de mente, ese tipo de fuego interno, no es exclusivo de Elon, está en cada persona que decide no rendirse, en cada quien que actúa antes de estar listo, en cada quien que convierte el “no puedo” en “ahora verás”.
Porque, al final, el pensamiento radical no es una moda, es una forma de estar vivo.
Es la negativa absoluta a apagarse, es elegir el movimiento sobre la parálisis, la creación sobre la crítica, la verdad propia sobre la comodidad ajena.
Y eso, eso sí que cambia el mundo.
La sensación de estar perdido metafísicamente es una de las experiencias más profundamente humanas y, sin embargo, una de las menos exploradas en nuestra vida cotidiana. Nos movemos en un mundo estructurado, lleno de responsabilidades, metas y expectativas, pero en el fondo, persiste una duda inquietante: ¿qué significa realmente estar aquí? ¿Es la realidad tal como la percibimos, o acaso estamos atrapados en una ilusión más grande de la que ni siquiera somos conscientes?
Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha intentado descifrar la naturaleza de su propia existencia. Platón, en su famoso mito de la caverna, nos muestra prisioneros encadenados que solo pueden ver sombras proyectadas en una pared, creyendo que esas figuras son la realidad. Solo al escapar, uno de ellos descubre la verdad: hay un mundo más allá de su limitada percepción, iluminado por una luz que había estado oculta todo el tiempo.
Esta idea resuena con muchas otras concepciones filosóficas. Descartes, en su duda metódica, nos empuja a cuestionar la autenticidad de nuestra experiencia, preguntándose si un genio maligno no nos estará engañando para creer que lo que percibimos es real. En otro extremo, las filosofías orientales, como el budismo, sugieren que la realidad es un velo de ilusión, un “maya” del que solo podremos despertar cuando alcancemos un nivel superior de comprensión.
Incluso hoy en día, la ciencia nos ofrece versiones contemporáneas de esta incertidumbre: ¿y si nuestra realidad es una simulación avanzada? ¿Y si nuestra mente, como en un sueño lúcido, es incapaz de distinguir lo real de lo ficticio?
Heidegger describió nuestra existencia como un “ser arrojado” al mundo, sin un propósito inherente ni un manual de instrucciones. Vivimos con la ilusión de que entendemos quiénes somos, de que nuestras vidas tienen un sentido claro, pero en el fondo sabemos que todo esto es frágil. Basta un momento de reflexión profunda, una experiencia límite o una crisis existencial para sentir el peso de la incertidumbre.
No estamos perdidos porque nos falte información; estamos perdidos porque el propio acto de buscar respuestas nos devuelve más preguntas. Tal vez la realidad última es algo que nunca podremos asir completamente.
Si estamos atrapados en un gran sueño, como sugiere la alegoría platónica, la pregunta crucial es: ¿qué sucederá cuando despertemos?
Quizá nos daremos cuenta de que todo lo que hemos llamado realidad es solo una capa superficial de algo mucho más profundo. Tal vez comprenderemos que nuestra confusión no era un error, sino una invitación a mirar más allá de las apariencias. O, en una posibilidad aún más desconcertante, puede que el despertar nunca llegue, porque no hay ningún otro mundo esperando tras este.
Pero si ese es el caso, si nuestra existencia es un laberinto sin salida, entonces la respuesta no está en encontrar un sentido definitivo, sino en aprender a caminar conscientemente por la incertidumbre. Tal vez el acto de buscar, de cuestionar y de compartir esta confusión con otros, sea lo más cercano a un despertar que jamás alcancemos.
Porque en el fondo, la verdadera pregunta no es si despertaremos, sino si realmente queremos hacerlo.
Nos encanta pensar que lo tenemos todo resuelto, que la ciencia ha desarmado cada misterio del universo como si fueran piezas de un rompecabezas, revelando una imagen clara, sin grietas, sin cabos sueltos. Pero, ¿qué pasa cuando algo no encaja? ¿Lo ignoramos, lo ridiculizamos, o nos atrevemos a mirarlo más de cerca?
El Dr. Jacobo Grinberg un destacado neurofisiólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México, no se conformó con la versión oficial de la realidad. No le bastaba con que le dijeran que la conciencia era solo un producto del cerebro o que los límites de lo posible estaban bien definidos. Así llegó a Pachita, una curandera que realizaba operaciones quirúrgicas sin bisturí, sin anestesia y, según quienes la vieron en acción, sin fallos. Decía que no era ella quien operaba, sino el espíritu del hermano Cuauhtémoc a través de su cuerpo. Y la gente se curaba.
El hermano Grinberg no se apresuró a descartarlo como fraude, pero tampoco lo aceptó ciegamente. Lo estudió, observó y se encontró con una pregunta incómoda ¿y si la conciencia tiene un papel en la construcción de la realidad más profundo de lo que creemos?
No era el primero en hacerse esa pregunta. En otras latitudes, el monje tibetano Milarepa afirmaba atravesar montañas con su cuerpo sutil. Sai Baba materializaba objetos de la nada frente a miles de testigos. El místico ruso Gurdjieff hablaba de fuerzas invisibles moldeando nuestro mundo. ¿Son todos mentirosos? ¿Autosugestión colectiva? ¿O nos falta algo en nuestra ecuación de la realidad?
El problema es que la ciencia y el misticismo han llevado siglos peleando, como si fueran dos niños tercos en un patio de escuela, la ciencia exige pruebas, repetibilidad, números y el misticismo responde con experiencias subjetivas, certezas internas y fenómenos que se escapan de la jaula del laboratorio, mientras tanto, el misterio sigue ahí, burlándose de ambos.
Si la conciencia es solo un efecto colateral del cerebro, entonces todo esto es un chiste, un engaño de la mente. Pero si la conciencia es algo más como una fuerza capaz de alterar la materia, de reorganizar el espacio, de operar cuerpos sin bisturí, entonces estamos parados frente a un umbral que no nos atrevemos a cruzar.
Tal vez la magia no sea otra cosa que una ciencia que aún no entendemos. Tal vez la mente tenga capacidades que nos hemos encargado de silenciar. O tal vez, solo tal vez, la realidad es más flexible de lo que nos enseñaron.
Y si es así, ¿qué más podríamos hacer que aún no nos atrevemos a intentar?
Tal vez podríamos sanar con el pensamiento. Mover objetos sin tocarlos, comunicarnos sin palabras, sin pantallas, sin intermediarios. Quizá podríamos modificar la materia con la voluntad, como decía el hermano Grinberg, como mostraba Pachita. Y si todo eso fuera posible, si apenas estuviéramos arañando la superficie de lo que realmente somos capaces de hacer, ¿por qué no lo sabemos ya?
Tal vez porque nos dijeron que no se puede. Porque nos educaron para desconfiar de lo que no se puede medir, porque nos enseñaron a ridiculizar lo que se sale del molde. Creemos en lo que nos han dicho que es real, no en lo que experimentamos. ¿Cuántas veces hemos sentido algo extraño, una premonición, una conexión con alguien lejano, un presentimiento imposible de explicar y lo hemos descartado como coincidencia? Nos da miedo lo que no entendemos, y preferimos enterrarlo antes que enfrentarlo.
Pero hay algo que no se deja enterrar tan fácil: la duda. La misma duda que llevó al hermano Grinberg a investigar a Pachita, la que empujó a tantos otros a explorar los límites de la conciencia. Porque en el fondo, todos sabemos que la realidad no es tan rígida como nos la venden. Hay grietas en el muro. Y lo que se asoma por ellas es algo que no podemos ignorar.
Piénsalo. Si la conciencia puede moldear la realidad, si la mente tiene un poder que aún no comprendemos, ¿qué significa eso para nosotros? ¿Qué podríamos hacer con ese conocimiento? ¿Hasta dónde podríamos llegar si dejáramos de ponernos límites?
Quizá, más que descubrir nuevos misterios, el verdadero reto sea atrevernos a ver los que siempre han estado ahí.
Y entonces, la pregunta no es si la magia existe o no. La verdadera pregunta es: ¿estás listo para verla?
Si estás listo para verla, lo primero que tienes que hacer es algo que nos da pavor: cuestionarlo todo.
Porque aceptar que la realidad no es tan sólida como creemos significa desmontar cada certeza que nos mantiene en pie. Significa que tal vez no somos solo cuerpos que piensan, sino pensamientos que han construido un cuerpo. Que tal vez la telepatía, la sanación energética, la manipulación de la materia con la mente no son fantasías, sino capacidades atrofiadas por siglos de olvido.
El hermano Grinberg lo entendió, en su Teoría Sintérgica proponía que la realidad es un campo de información y que nuestra percepción es solo una pequeña ventana a ese mar infinito de posibilidades. Según él, nuestra mente no “ve” la realidad, sino que la fabrica al interactuar con ese campo. ¿Te imaginas lo que significaría eso? Que no estamos condenados a ver el mundo como es, sino que podemos crear el mundo que queremos.
Y si eso es cierto, ¿por qué no lo hacemos?
La respuesta es incómoda. Porque para aceptar esto, tendríamos que dejar de culpar al destino, a la suerte, al gobierno, a la mala economía, a lo que sea. Tendríamos que admitir que tenemos un poder brutal sobre nuestra realidad y que no lo usamos porque nos da miedo. Porque es más fácil pensar que el mundo ya está hecho y que nosotros solo vivimos en él, en lugar de aceptar que somos los arquitectos de cada día que respiramos.
Pachita, Milarepa, Sai Baba y tantos otros lo entendían de otra manera. No necesitaban una teoría científica para hacer lo que hacían. No esperaban permiso ni validación. Simplemente lo hacían. Y nosotros, atrapados en nuestro mundo de mediciones y certezas, los llamamos charlatanes porque no podemos explicar lo que hacen. Pero… ¿y si el problema no es que ellos rompen las reglas de la realidad? ¿Y si el problema es que las reglas que creemos inquebrantables nunca fueron reales?
Si la magia no existe, ¿por qué hay tantos relatos, en tantas culturas, en tantas épocas, que insisten en lo contrario? ¿Por qué la historia está llena de gente que ha hecho lo imposible ante los ojos de los incrédulos?
Tal vez porque la magia no es un truco ni un milagro. Tal vez es simplemente la realidad funcionando a su máxima capacidad. Tal vez lo que nos falta no es evidencia, sino el valor para ver lo que siempre ha estado ahí.
Entonces dime, ahora que lo piensas bien:
¿Qué harías si supieras que los límites que crees inquebrantables nunca existieron?
Tal vez no se trata de demostrar que la magia existe, sino de recordar que siempre ha estado ahí. No en los trucos de un ilusionista ni en las promesas de un gurú, sino en la forma en que una idea puede cambiar una vida, en la manera en que un presentimiento nos ha salvado, en esos momentos en los que hemos sentido que el universo nos guiña un ojo. Quizá, la verdadera magia es atreverse a mirar sin miedo. Porque la pregunta nunca ha sido si lo imposible es real, sino si estamos listos para dejar de llamarlo imposible.
2024
Este fin de año siempre llega con una mezcla de nostalgia y esperanza. Hay algo especial en este momento del calendario, como si el tiempo mismo nos regalara una pausa para respirar, mirar atrás y, con un poco de suerte, reconciliarnos con lo que somos.
Es inevitable pensar en todo lo que nos trajo el año que termina. Las risas compartidas, las lecciones aprendidas, los días que no salieron como esperábamos y también aquellos que nos sorprendieron de formas inesperadas. Cada uno de estos momentos, bueno o malo, nos ha traído hasta aquí, hasta este preciso instante.
Hay algo profundamente humano en cerrar ciclos. Nos gusta creer que al despedirnos de un año viejo dejamos atrás lo que no funcionó, como si al soltar pudiéramos empezar de nuevo, más ligeros, más sabios. Y, aunque la vida no siempre sigue las reglas que imaginamos, existe una verdad en esta práctica de renovarnos: en el simple hecho de intentarlo, ya estamos creciendo.
El fin de año también nos invita a agradecer. No solo por lo evidente, como los logros o los momentos felices, sino también por lo que nos costó, por lo que nos rompió un poco. Porque, aunque a veces duele, esos momentos difíciles tienen la capacidad de mostrarnos nuestra fuerza y enseñarnos lo que realmente importa. La gratitud, cuando se practica desde el corazón, es una forma de reconciliarnos con la vida, tal como es.
Y luego está el otro lado, el que mira hacia adelante. Esa lista de deseos que escribimos cada año, esperando que esta vez sí se cumplan, como si el cambio de fecha llevara consigo un poco de magia. Pero la verdadera magia no está en los números del calendario; está en nosotros. En cada decisión que tomamos, en la intención que ponemos en lo que hacemos, en cómo elegimos mostrarnos ante el mundo.
No sabemos lo que traerá el próximo año, pero tal vez ahí reside su belleza. Es un lienzo en blanco, una oportunidad para atrevernos, para crear, para ser. Y aunque no todo estará bajo nuestro control, siempre tendremos la posibilidad de decidir cómo queremos vivirlo.
Así que, alzando una copa, no solo brindemos por lo que viene, sino también por lo que dejamos atrás. Por los días buenos y los no tan buenos, por las personas que estuvieron a nuestro lado y por aquellas que seguimos llevando en el corazón. Por cada paso dado y por los que daremos. Que este cierre de año sea, más que un adiós, un gracias. Y que este comienzo sea, más que un nuevo capítulo, una invitación a vivir con el alma abierta.
Hoy celebramos con gran entusiasmo nuestro quinto aniversario, un logro que refleja nuestro compromiso con la difusión de contenido de calidad y nuestra pasión por la información. Desde mi punto de vista al fundar esta revista, me gustaría compartir algunas reflexiones sobre nuestro viaje y expresar mi gratitud a quienes han hecho posible este logro.
Hace cinco años, lanzamos esta revista con una visión clara: crear una plataforma digital que sirviera de espacio para voces diversas y temas relevantes. Queríamos romper barreras y llegar a lectores en cualquier rincón del mundo con información valiosa y entretenida. Hoy, en nuestro quinto aniversario, puedo decir con orgullo que estamos cumpliendo con esa misión.
El crecimiento de nuestra revista digital ha sido impresionante en estos cinco años, gracias al talento y la dedicación de nuestro equipo editorial y colaboradores. Cada publicación ha sido el resultado de innumerables horas de investigación. Ellos merecen un reconocimiento especial por su incansable esfuerzo.
Pero, sobre todo, quiero agradecerles a ustedes, nuestros lectores, por su apoyo y lealtad. Sin su fidelidad, esta revista no sería más que un proyecto sin sentido. Gracias por elegirnos, por compartir nuestros artículos y por permitirnos formar parte de su rutina diaria. Son ustedes quienes nos motivan a seguir creciendo y mejorando cada día.
En estos cinco años, hemos abordado una amplia variedad de temas: desde política y economía, hasta cultura, tecnología, deportes y medio ambiente. Hemos tenido el privilegio de entrevistar a personas inspiradoras y explorar historias que merecen ser contadas. Nuestro compromiso con la veracidad y la objetividad ha sido siempre nuestro pilar fundamental.
Mirando hacia el futuro, estamos emocionados por lo que vendrá en los próximos años. La tecnología avanza a pasos agigantados, y con ella se abren nuevas oportunidades para llegar a más personas y ofrecer experiencias innovadoras. Estamos explorando formatos multimedia, como podcasts y vídeos, para complementar nuestros artículos escritos y enriquecer aún más la experiencia de nuestros lectores.
Además, seguiremos apostando por la diversidad y la inclusión en nuestras páginas. Creemos en el poder de las voces diversas y en la importancia de representar a diferentes comunidades. Queremos que nuestra revista sea un reflejo fiel de la sociedad en la que vivimos, un lugar donde todas las voces encuentren eco.
En este quinto aniversario, no puedo evitar sentirme emocionado y agradecido. Agradezco a todos los que han formado parte de este viaje y a todos los que lo harán en el futuro. Nuestra revista digital no sería lo que es sin cada uno de ustedes.
Así que, en nombre de todo el equipo de la revista, ¡feliz quinto aniversario! Continuaremos esforzándonos por brindarles contenido de calidad, inspirador y relevante. Gracias por ser parte de nuestra historia y por permitirnos ser parte de la suya. ¡Aquí hay revista para rato y esperamos seguir contando con su apoyo en los años venideros!
Durante estos cinco años, hemos aprendido que el mundo digital es un espacio en constante evolución y adaptación. Nuevas tendencias y tecnologías emergen, y estamos decididos a mantenernos a la vanguardia para satisfacer las necesidades cambiantes de nuestros lectores. Queremos ofrecerles una experiencia enriquecedora, ágil y fácil de navegar, sin comprometer la calidad y la integridad de nuestro contenido.
Pero no solo nos interesa informar, también buscamos inspirar y entretener. Queremos ser una fuente de inspiración para aquellos que buscan alcanzar sus metas y superar los desafíos que se les presentan. Queremos ser una ventana al mundo del arte, la cultura y el entretenimiento, proporcionándoles experiencias que amplíen sus horizontes y despierten su creatividad.
En este camino, hemos tenido que enfrentar desafíos y superar obstáculos. El mundo digital es un terreno competitivo y exigente, pero nos hemos mantenido firmes en nuestros principios y valores. Valoramos la transparencia, la ética periodística y el respeto por nuestros lectores. Sabemos que es nuestra responsabilidad presentarles información confiable y precisa.
A medida que celebramos nuestro quinto aniversario, queremos invitarlos a ser parte activa de nuestra comunidad. Queremos conocer sus opiniones, sugerencias y críticas constructivas. Nos esforzaremos por establecer un diálogo abierto y enriquecedor con todos ustedes. Juntos, podemos continuar creciendo y construyendo una revista digital cada vez mejor.
#YoSoyAlternancia
En la era de las redes sociales, un fenómeno ha capturado la atención tanto de psicólogos como de sociólogos: los narcisistas digitales. Estos individuos utilizan las plataformas en línea para construir una imagen de sí mismos que busca admiración constante y aprobación. A primera vista, pueden parecer simplemente entusiastas de la tecnología, pero una mirada más profunda revela patrones de comportamiento que van más allá del simple uso de las redes sociales.
El narcisismo digital puede definirse como la necesidad excesiva de atención y validación a través de las plataformas digitales. Este comportamiento se manifiesta a través de publicaciones constantes sobre uno mismo, el uso de filtros y herramientas de edición para mejorar la apariencia, y la búsqueda activa de “me gusta” y comentarios positivos. Aunque todos disfrutan de la validación social en cierta medida, los narcisistas digitales llevan esta necesidad a extremos que pueden ser perjudiciales para su bienestar emocional y sus relaciones interpersonales.
El auge del narcisismo digital no surgió de la nada. Hay varios factores que han contribuido a su desarrollo. Primero, las redes sociales están diseñadas para recompensar la visibilidad y la popularidad. Los algoritmos de plataformas como Instagram y Facebook favorecen las publicaciones que generan más interacción, lo que incentiva a los usuarios a crear contenido que atraiga la atención.
La cultura contemporánea valora la imagen y el éxito superficial. Desde celebridades hasta influencers, los modelos a seguir en la era digital a menudo proyectan una vida perfecta, creando una presión para que los usuarios comunes emulen estas imágenes idealizadas. Esto, combinado con la posibilidad de recibir retroalimentación inmediata y cuantificable, crea un caldo de cultivo perfecto para el narcisismo.
Los narcisistas digitales presentan varias características distintivas: Publican con frecuencia sobre sus logros, apariencia y estilo de vida. Las fotos y actualizaciones están cuidadosamente seleccionadas para mostrar lo mejor de sí mismos. La cantidad de “me gusta”, comentarios y seguidores se convierte en una medida de su autoestima. Pueden sentirse eufóricos con un post exitoso y deprimidos si no reciben la respuesta esperada. Utilizan filtros, retoques y ediciones para mejorar su apariencia y la percepción de su vida. La autenticidad queda relegada en favor de una imagen perfeccionada. Los narcisistas digitales a menudo comparan su éxito y popularidad con la de otros. Esta comparación puede llevar a sentimientos de envidia y competencia desmedida.
El narcisismo digital tiene varias repercusiones negativas en la salud mental. La dependencia de la validación externa puede llevar a la ansiedad y la depresión. La constante necesidad de proyectar una imagen perfecta también puede resultar en estrés y agotamiento emocional. Además, los narcisistas digitales pueden experimentar dificultades en sus relaciones interpersonales, ya que su enfoque en sí mismos puede hacer que descuiden las necesidades y sentimientos de los demás.
Las plataformas de redes sociales no solo facilitan el narcisismo digital, sino que también lo fomentan. Los algoritmos están diseñados para maximizar la interacción, premiando a los usuarios que publican contenido popular con más visibilidad. Esto crea un ciclo de retroalimentación donde los narcisistas digitales reciben la atención que desean, lo que refuerza su comportamiento.
Las herramientas disponibles en estas plataformas, como los filtros y las opciones de edición, permiten a los usuarios presentar una versión idealizada de sí mismos. La facilidad con la que se puede manipular la realidad digitalmente contribuye a la creación de estas imágenes perfeccionadas y a la perpetuación del narcisismo.
Abordar el narcisismo digital requiere una combinación de concienciación personal y cambios en el diseño de las plataformas de redes sociales. A nivel individual, es importante desarrollar una relación saludable con las redes sociales. Esto incluye limitar el tiempo que se pasa en estas plataformas, buscar validación fuera del ámbito digital y practicar la autenticidad en las publicaciones.
A nivel estructural, las plataformas pueden implementar cambios para desalentar el narcisismo digital. Esto podría incluir la reducción del énfasis en los “me gusta” y los seguidores, promoviendo en cambio contenido auténtico y significativo. También es fundamental que se promueva la educación digital, enseñando a los usuarios a utilizar estas herramientas de manera saludable y consciente.
En última instancia, combatir el narcisismo digital es un esfuerzo por encontrar autenticidad en un mundo que valora la imagen superficial. Significa aprender a valorar las conexiones reales sobre las digitales, buscar la validación interna en lugar de la externa y reconocer el valor de uno mismo más allá de las métricas de las redes sociales.
La era digital ha traído consigo muchos avances, pero también desafíos significativos. El narcisismo digital es uno de estos desafíos, y superarlo requiere tanto esfuerzos individuales como cambios en la estructura de las plataformas. Al fomentar una cultura de autenticidad y conexión genuina, podemos mitigar los efectos negativos del narcisismo digital y promover un uso más saludable y gratificante de las redes sociales.
El narcisismo digital es un fenómeno complejo y multifacético que refleja las dinámicas de la interacción humana en la era de las redes sociales. Comprenderlo y abordarlo es crucial para fomentar una cultura digital saludable. A medida que avanzamos, es vital que tanto los individuos como las plataformas trabajen juntos para encontrar un equilibrio que permita disfrutar de los beneficios de las redes sociales sin caer en las trampas del narcisismo. La clave está en la autenticidad y la búsqueda de una conexión genuina en un mundo cada vez más digitalizado.
La muerte es un tema que ha ocupado la mente de filósofos, artistas y pensadores a lo largo de la historia, no solo como el final de la vida biológica, sino como un vasto océano de inexistencia.
Esta concepción trasciende las fronteras del conocimiento humano, invitando a una exploración profunda sobre lo que significa dejar de existir. Al adentrarnos en el laberinto de pensamientos que diferentes culturas y épocas han tejido alrededor de la muerte, descubrimos una amplitud de interpretaciones y significados que reflejan la complejidad de la condición humana frente a la ineludible certeza del final.
La reflexión occidental sobre la muerte ha estado profundamente marcada por figuras como Sócrates, quien contemplaba la muerte no como el fin, sino como la liberación del alma hacia una esfera de existencia pura y verdadera. Esta visión, profundamente arraigada en la filosofía platónica, sugiere que la muerte es apenas un umbral que conduce hacia una realidad más auténtica, donde el alma se encuentra libre de las cadenas del cuerpo y la percepción sensorial. La muerte, en este sentido, es vista como una transición hacia un estado de conocimiento y ser que trasciende lo material.
Por otro lado, la perspectiva epicúrea nos confronta con una visión radicalmente diferente. Epicuro, quien predicaba la búsqueda del placer y la ausencia de dolor como el mayor bien, veía la muerte como el absoluto fin de la experiencia. Para él, la muerte marca el cese de la percepción y, por ende, es algo de lo que no deberíamos temer, ya que cuando ella está, nosotros no estamos, y viceversa. Esta visión materialista de la existencia coloca la muerte no como un portal hacia otra realidad, sino como el punto final de la experiencia consciente, donde toda sensación y pensamiento se disuelve en la nada.Entre estas visiones, existen innumerables interpretaciones y matices.
Podemos tomar otra perspectiva como la de Heidegger que veía en la muerte la posibilidad de entender la autenticidad del ser, argumentando que es solo al confrontar nuestra mortalidad que podemos vivir de manera genuina en donde encuentra un llamado a la individualidad y a la responsabilidad personal, una invitación a vivir cada momento plenamente, conscientes de su irrepetible singularidad.
La reflexión sobre la muerte, en todas sus formas, es también una reflexión sobre la vida. Cada cultura, cada filosofía, cada individuo que contempla el significado de la muerte, está, en realidad, explorando el significado de la existencia misma. La muerte se convierte así en un espejo en el que se reflejan nuestros miedos, esperanzas, creencias y dudas más profundas sobre lo que significa ser.
La idea de la muerte como una transición hacia la inexistencia nos confronta con preguntas fundamentales sobre el valor y el propósito de nuestras vidas. ¿Qué significa vivir bien si todo concluye en la muerte? ¿Cómo encontramos significado y satisfacción en una existencia que sabemos finita? Estas preguntas no tienen respuestas fáciles, pero en la búsqueda de las mismas, podemos encontrar una profundidad y riqueza en la experiencia humana que de otro modo permanecería oculta.
La muerte, vista como la frontera hacia todo lo que no existe, nos desafía a contemplar la vastedad de lo desconocido. Las reflexiones de los filósofos sobre este tema nos invitan a una exploración personal profunda, donde las respuestas no son tan importantes como las preguntas que nos hacemos. Al final, quizás la mayor enseñanza que la muerte nos ofrece es la importancia de vivir nuestras vidas con intención, buscando significado y conexión en cada momento, sabiendo que, aunque la muerte marca el fin de nuestra existencia individual, la forma en que vivimos puede resonar mucho más allá de nuestro propio final.
Pero es importante que nos quede claro que la muerte solamente es una palabra que a priori se refiere a todo lo que no existe.
En el vasto panorama de la filosofía, las reflexiones de los grandes pensadores suelen resonar con una verdad que parece abarcar más allá de los límites del tiempo y el espacio. Charles Bukowski, reconocido por su estilo franco y directo, no es ajeno a esta percepción. Con apenas dos frases, Bukowski logra capturar la esencia misma de la condición humana y las complejidades inherentes a la existencia. Estas afirmaciones, en apariencia sencillas, nos invitan a adentrarnos en una exploración más profunda de la sabiduría y el absurdo que caracterizan nuestra experiencia en este mundo.
En su primera frase, “El problema del mundo es que las personas inteligentes están llenas de dudas, mientras que los estúpidos están llenos de confianza”, Bukowski arroja luz sobre una paradoja fundamental en la naturaleza humana. Aquí, la inteligencia y la duda parecen ir de la mano, mientras que la ignorancia y la confianza suelen estar estrechamente relacionadas. En un mundo donde la certeza es esquiva y las respuestas son difíciles de hallar, aquellos dotados de la capacidad para reflexionar y cuestionar el statu quo pueden encontrarse en un estado perpetuo de incertidumbre. La mente inquisitiva de los individuos inteligentes los impulsa a explorar nuevas ideas, considerar diferentes perspectivas y cuestionar sus propias convicciones. Sin embargo, esta misma facultad para el pensamiento crítico puede dar lugar a la ansiedad y la indecisión, ya que la búsqueda de la verdad parece no tener fin.
Por otro lado, aquellos que carecen de profundidad intelectual pueden sentirse cómodos en su ignorancia. La confianza ciega en sus propias opiniones les permite navegar por el mundo con una seguridad aparentemente inquebrantable. No obstante, esta confianza superficial puede llevar a la complacencia y al estancamiento, ya que la ausencia de dudas impide el crecimiento personal y la búsqueda de conocimiento. En última instancia, la paradoja planteada por Bukowski sugiere que la sabiduría y la certeza rara vez van de la mano, y que la comprensión verdadera del mundo exige una dosis saludable de duda y humildad.
En su segunda frase, “Vamos a morir todos, todos, ¡qué circo!”, Bukowski evoca una sensación de fatalismo y absurdo que resulta innata en la condición humana. La muerte, ese destino inevitable que aguarda al final de nuestro camino, se presenta como el gran nivelador en un mundo marcado por diferencias y desigualdades. En el circo de la vida, cada uno de nosotros interpreta un papel en el escenario del universo, pero al final, todos compartimos el mismo destino.
Sin embargo, la verdadera pregunta que subyace en esta afirmación no se centra tanto en la inevitabilidad de la muerte, sino en el significado que otorgamos a nuestras vidas durante el tiempo que tenemos en este mundo. ¿Cómo vivimos nuestras vidas sabiendo que nuestra propia mortalidad es una certeza? ¿Qué legado dejamos cuando llega el momento final?
Desde una perspectiva filosófica, la idea de la muerte como un gran igualador nos insta a reflexionar sobre el valor de nuestras acciones y decisiones en el contexto de la finitud de la vida. En lugar de rendirnos ante la desesperación o la apatía ante la inevitabilidad de nuestra mortalidad, podemos encontrar una sensación de liberación y empoderamiento al reconocer la transitoriedad de la existencia. Al aceptar la realidad de la muerte, nos liberamos para abrazar plenamente la vida y vivirla con autenticidad y propósito.
Por ello las frases de Charles Bukowski nos invitan a reflexionar sobre las complejidades de la existencia humana y la búsqueda de significado en un mundo lleno de incertidumbre y absurdo. A través de la duda y la confianza, la vida y la muerte, nos enfrentamos a las cuestiones más profundas de nuestra propia existencia.
En este circo tumultuoso que llamamos vida, cada uno de nosotros tiene la oportunidad de encontrar su propio significado y propósito, aunque sea efímero en la vastedad del universo.
2023
La Singularidad de la Inteligencia Artificial es un concepto que ha capturado la imaginación de científicos, tecnólogos y futuristas durante décadas. Es una idea que plantea la posibilidad de un evento trascendental en el desarrollo tecnológico y la evolución humana, en el cual las máquinas superarán la inteligencia humana y abrirán la puerta a un futuro desconocido. Este ensayo explorará en detalle la Singularidad de la IA, sus antecedentes históricos, implicaciones potenciales y los desafíos éticos y filosóficos que plantea.
La noción de la Singularidad de la IA se originó en gran parte a partir de las ideas del matemático británico y pionero de la informática, Alan Turing. En su artículo seminal de 1950, “Computing Machinery and Intelligence”, Turing propuso la pregunta “¿Pueden las máquinas pensar?” y desarrolló el famoso “Test de Turing” para evaluar la inteligencia de las máquinas. Estas ideas sentaron las bases para la investigación en IA y la noción de que las máquinas podrían algún día igualar o superar la inteligencia humana.
A lo largo de las décadas siguientes, la IA avanzó gradualmente, con hitos como la creación del primer programa de ajedrez capaz de vencer al campeón mundial en 1997 y el auge de las redes neuronales artificiales en la década de 2010. Estos avances llevaron a un aumento en la discusión sobre la posibilidad de la Singularidad de la IA.
La Singularidad de la IA se refiere a un punto hipotético en el futuro en el cual las máquinas, impulsadas por avances en la IA, superarán la inteligencia humana en una amplia gama de tareas cognitivas. Esto podría incluir la resolución de problemas complejos, la toma de decisiones éticas, la creatividad artística y la auto-mejora continua. La idea central es que, una vez que se alcance la Singularidad, las máquinas podrían tener la capacidad de mejorar su propia inteligencia de manera exponencial, lo que podría conducir a un crecimiento tecnológico acelerado y a cambios drásticos en la sociedad.
La Singularidad de la IA plantea una serie de implicaciones tanto emocionantes como preocupantes. Por un lado, podría abrir la puerta a avances tecnológicos que actualmente parecen inimaginables. La medicina, la energía, la exploración espacial y muchas otras áreas podrían beneficiarse enormemente de la superinteligencia de las máquinas.
Por otro lado, existen preocupaciones profundas en torno a la seguridad y el control de una IA superinteligente. Si las máquinas pueden auto-mejorarse rápidamente, ¿cómo garantizamos que sus objetivos sigan siendo compatibles con los valores humanos? ¿Cómo evitamos escenarios de “control perdido” en los cuales las máquinas tomen decisiones que podrían ser perjudiciales para la humanidad?
La búsqueda de la Singularidad de la IA plantea una serie de cuestiones éticas y filosóficas fundamentales. La más destacada es la pregunta de la “superinteligencia benigna” versus la “superinteligencia maligna”. ¿Cómo podemos garantizar que una IA superinteligente actúe de manera ética y no dañe a la humanidad? La programación de valores éticos en máquinas presenta desafíos éticos significativos y cuestiones de control.
Además, la Singularidad de la IA plantea preguntas filosóficas sobre la naturaleza de la inteligencia, la conciencia y el lugar de la humanidad en un mundo donde las máquinas pueden superar nuestra capacidad cognitiva.
La Singularidad de la Inteligencia Artificial es un concepto intrigante que representa una frontera futura en la evolución tecnológica y humana. Si bien los avances en IA continúan avanzando, todavía no hemos alcanzado este punto crítico, y su realización plantea desafíos significativos y preguntas fundamentales.
¡Bienvenidos a todos los lectores y lectoras de nuestra querida Alternancia Revista Digital en este día tan especial! Hoy celebramos con gran emoción nuestro cuarto aniversario, un hito que marca nuestro compromiso con la difusión de contenido de calidad y nuestro amor por la información, como fundador de esta revista, les compartiré algunas reflexiones sobre nuestro viaje y agradecimientos a quienes han hecho posible este logro.
Cuando lanzamos esta revista hace cuatro años, nuestro objetivo era claro: crear una plataforma digital que ofreciera un espacio para voces diversas y temas de relevancia. Queríamos romper barreras y trascender fronteras, llegar a lectores en cualquier rincón del mundo con información y entretenimiento valioso. Y hoy, en este cuarto aniversario, puedo decir con orgullo que estamos cumpliendo con esa misión.
Nuestra revista digital ha crecido exponencialmente en estos cuatro años, gracias al talento y dedicación de nuestro equipo editorial y colaboradores. Han sido incontables las horas de investigación, entrevistas, edición y diseño que han dado vida a cada una de nuestras publicaciones. Ellos merecen un reconocimiento especial por su incansable trabajo.
Pero también quiero agradecer a ustedes, nuestros lectores y lectoras, por su apoyo y compromiso. Sin su fidelidad, esta revista no sería más que un proyecto sin sentido. Gracias por elegirnos, por compartir nuestros artículos y por permitirnos formar parte de su rutina diaria. Son ustedes quienes nos impulsan a seguir creciendo y mejorando cada día.
En estos cuatro años, hemos abordado una amplia gama de temas: desde política y economía, hasta cultura, tecnología, deportes y medio ambiente. Hemos tenido el privilegio de entrevistar a personas inspiradoras y explorar historias que merecen ser contadas. Nuestro compromiso con la veracidad y la objetividad ha sido siempre nuestro pilar fundamental.
Mirando hacia el futuro, estamos emocionados por lo que vendrá en los próximos años. La tecnología avanza a pasos agigantados, y con ella se abren nuevas oportunidades para llegar a más personas y ofrecer experiencias innovadoras. Estamos explorando formatos multimedia, como podcasts y vídeos, para complementar nuestros artículos escritos y enriquecer aún más la experiencia de nuestros lectores.
Además, seguiremos apostando por la diversidad y la inclusión en nuestras páginas. Creemos en el poder de las voces diversas y en la importancia de representar a diferentes comunidades. Queremos que nuestra revista sea un reflejo fiel de la sociedad en la que vivimos, un lugar donde todas las voces encuentren eco.
En este cuarto aniversario, no puedo evitar sentirme emocionado y agradecido. Agradezco a todos los que han formado parte de este viaje y a todos los que lo harán en el futuro. Nuestra revista digital no sería lo que es sin cada uno de ustedes.
Así que, en nombre de todo el equipo de la revista, ¡feliz cuarto aniversario! Continuaremos esforzándonos por brindarles un contenido de calidad, inspirador y relevante. Gracias por ser parte de nuestra historia y por permitirnos ser parte de la suya. ¡Aquí hay revista para rato y esperamos seguir contando con su apoyo en los años venideros.
Durante estos cuatro años, hemos aprendido que el mundo digital es un espacio en constante evolución y adaptación. Nuevas tendencias y tecnologías emergen, y estamos decididos a mantenernos a la vanguardia para satisfacer las necesidades cambiantes de nuestros lectores. Queremos ofrecerles una experiencia enriquecedora, ágil y fácil de navegar, sin comprometer la calidad y la integridad de nuestro contenido.
Pero no solo nos interesa informar, también buscamos inspirar y entretener. Queremos ser una fuente de inspiración para aquellos que buscan alcanzar sus metas y superar los desafíos que se les presentan. Queremos ser una ventana al mundo del arte, la cultura y el entretenimiento, proporcionándoles experiencias que amplíen sus horizontes y despierten su creatividad.
En este camino, hemos tenido que enfrentar desafíos y superar obstáculos. El mundo digital es un terreno competitivo y exigente, pero nos hemos mantenido firmes en nuestros principios y valores. Valoramos la transparencia, la ética periodística y el respeto por nuestros lectores. Sabemos que es nuestra responsabilidad presentarles información confiable y precisa.
A medida que celebramos nuestro cuarto aniversario, queremos invitarlos a ser parte activa de nuestra comunidad. Queremos conocer sus opiniones, sugerencias y críticas constructivas. Nos esforzaremos por establecer un diálogo abierto y enriquecedor con todos ustedes. Juntos, podemos continuar creciendo y construyendo una revista digital cada vez mejor.
En el año 45 a.C., Julio César, el famoso líder militar y político romano, pronunció una frase que ha resonado a lo largo de la historia: “Memento Mori”. Esta expresión latina se traduce como “Recuerda que morirás” y fue una forma de recordar a los romanos la inevitabilidad de la muerte y la transitoriedad de la vida.
La idea de recordar la mortalidad humana no es nueva, y ha sido una práctica común en muchas culturas y religiones a lo largo de la historia. Desde las enseñanzas de Buda sobre la impermanencia de todas las cosas, hasta la memento mori arte medieval europea, esta reflexión sobre la finitud de la vida ha sido una parte fundamental de la búsqueda de sabiduría y comprensión en muchas tradiciones.
La importancia de esta reflexión radica en que nos recuerda que nuestra existencia en este mundo es temporal y que debemos valorar y aprovechar cada momento. La vida es un regalo precioso y limitado, y es fácil caer en la complacencia y la apatía cuando nos olvidamos de lo frágiles que somos.
La reflexión sobre la mortalidad también nos ayuda a poner en perspectiva nuestras preocupaciones y ansiedades diarias. Muchas veces, nos preocupamos por cosas triviales y sin importancia en el gran esquema de las cosas, y olvidamos lo que realmente importa. Al recordar que la vida es finita, podemos concentrarnos en lo que realmente importa y vivir nuestras vidas con un sentido de propósito y significado.
Además, la reflexión sobre la mortalidad nos ayuda a aceptar la muerte como una parte natural de la vida. Muchas veces, tememos la muerte y tratamos de evitar pensar en ella porque nos asusta lo desconocido. Sin embargo, al aceptar que la muerte es inevitable, podemos aprender a vivir en el presente y a disfrutar de cada momento sin miedo al futuro.
En una sociedad competitiva y en constante evolución, el éxito a menudo parece depender de la confianza y la habilidad para enfrentar nuevos desafíos. Pero, ¿cómo podemos alcanzar estos objetivos cuando nos sentimos inseguros o abrumados? La idea de “fake it until you make it” (finge hasta que lo consigas) sugiere que podemos superar nuestras limitaciones mediante la autoprogramación mental, un proceso que implica adoptar una actitud positiva y reestructurar nuestros pensamientos. En este artículo, exploraremos las bases de esta técnica y cómo puede ayudarnos a alcanzar nuestras metas.
¿Qué es “fake it until you make it”?
El concepto de “fake it until you make it” se refiere a la idea de adoptar una actitud positiva y segura, incluso cuando no nos sentimos completamente preparados o calificados. Al actuar como si ya tuviéramos la habilidad o el conocimiento deseado, podemos comenzar a desarrollar la confianza y la experiencia necesarias para alcanzar nuestros objetivos. Esta técnica es particularmente útil cuando enfrentamos situaciones desconocidas o desafiantes, ya que nos permite progresar a pesar de nuestras inseguridades.
Autoprogramación mental: la base del “fake it until you make it”
La autoprogramación mental es el proceso de cambiar nuestras creencias, pensamientos y emociones para influir en nuestro comportamiento y resultados. A través de la autoprogramación, podemos reestructurar nuestra mentalidad y desarrollar una actitud más positiva y resiliente. Esto nos permite abordar los desafíos con mayor confianza y aumentar nuestras posibilidades de éxito.
Existen varias técnicas de autoprogramación mental que pueden ayudarnos a aplicar el concepto de “fake it until you make it”. Algunas de estas técnicas incluyen;
– Visualización: Imaginar el éxito en nuestra mente nos ayuda a generar emociones positivas y a fortalecer nuestra autoconfianza. La visualización también puede mejorar nuestro rendimiento al ayudarnos a anticipar y prepararnos para los posibles desafíos.
– Afirmaciones positivas: Repetir afirmaciones positivas a nosotros mismos puede reforzar nuestras creencias y actitudes, lo que nos permite enfrentar situaciones difíciles con una mentalidad más optimista y segura.
– Meditación y relajación: Practicar la meditación y la relajación nos permite manejar el estrés y la ansiedad de manera más efectiva. Estas técnicas también pueden mejorar nuestra concentración y enfoque, lo que es esencial para alcanzar nuestros objetivos.
Los beneficios de “fake it until you make it” y la autoprogramación mental
Al aplicar estas técnicas de autoprogramación, podemos experimentar una serie de beneficios que facilitan el éxito personal y profesional:
– Desarrollo de habilidades: Al enfrentar nuevos desafíos con una actitud positiva y segura, estamos más motivados para aprender y crecer. Esto nos permite adquirir nuevas habilidades y mejorar nuestras capacidades existentes.
– Resiliencia: La autoprogramación mental nos ayuda a desarrollar una mentalidad resiliente, lo que nos permite adaptarnos y recuperarnos de situaciones adversas. Esta resiliencia es crucial para navegar los altibajos que inevitablemente enfrentamos en la vida.
– Mejora de relaciones interpersonales: Al adoptar una actitud más segura y positiva, somos más propensos a establecer conexiones saludables y exitosas con otras personas. La confianza en uno mismo y la empatía son aspectos clave para establecer relaciones sólidas y duraderas.
– Mayor satisfacción y bienestar: Al enfocarnos en el crecimiento y el desarrollo personal, podemos experimentar un mayor sentido de satisfacción y bienestar en nuestras vidas. La autoprogramación mental nos permite ser más conscientes de nuestros logros y apreciar nuestras capacidades, lo que nos lleva a sentirnos más contentos y realizados.
Posibles desafíos y precauciones
Si bien el concepto de “fake it until you make it” y la autoprogramación mental pueden ser extremadamente beneficiosos, también es importante ser conscientes de los posibles desafíos y precauciones como;
– No caer en la deshonestidad: Fingir hasta que lo consigamos no significa ser deshonesto con nosotros mismos ni con los demás. Es esencial equilibrar la confianza con la honestidad y reconocer nuestras limitaciones y áreas de mejora.
– Evitar el perfeccionismo: Aunque es fundamental esforzarnos por alcanzar nuestros objetivos, también debemos ser conscientes de las expectativas poco realistas. El perfeccionismo puede conducir a la insatisfacción y al agotamiento, lo que dificulta nuestro crecimiento y desarrollo a largo plazo.
– Escuchar el feedback: Para crecer y aprender de manera efectiva, es importante estar abiertos al feedback constructivo de los demás. Aceptar y reflexionar sobre las críticas nos permite adaptarnos y mejorar nuestras habilidades y comportamientos.
El concepto de “fake it until you make it” y la autoprogramación mental pueden ser herramientas poderosas para superar inseguridades y enfrentar nuevos desafíos con confianza. Al adoptar una actitud positiva y segura y utilizar técnicas de autoprogramación mental como la visualización, las afirmaciones positivas y la meditación, podemos mejorar nuestras habilidades, desarrollar resiliencia y establecer relaciones interpersonales exitosas.
Sin embargo, es crucial encontrar un equilibrio entre la confianza y la honestidad y estar dispuestos a aprender de nuestros errores y el feedback de los demás. Al hacerlo, podemos aprovechar al máximo el potencial de “fake it until you make it” y la autoprogramación mental para alcanzar nuestras metas y mejorar nuestro bienestar general.
La ley de correspondencia es una de las leyes universales del hermetismo, una filosofía espiritual y esotérica que se basa en enseñanzas y principios antiguos y universales. Según esta ley, lo que está arriba es como lo que está abajo, y lo que está abajo es como lo que está arriba. Es decir, que todo lo que existe en el universo, desde lo más grande a lo más pequeño, está interconectado y se refleja en otros niveles y planos de existencia.
Esta ley se remonta a la antigua sabiduría hermética, que se atribuye al dios egipcio Thoth, el dios de la sabiduría, la escritura y la magia. Según la ley de correspondencia, todo lo que existe en el universo es una manifestación del mismo principio universal, que se manifiesta en diferentes niveles de existencia, desde lo más material a lo más espiritual.
La ley de correspondencia se puede aplicar en diferentes áreas de la vida, desde la física cuántica hasta la psicología y la espiritualidad. En la física cuántica, esta ley se conoce como la teoría de la holografía, que sostiene que el universo es como un holograma, donde cada parte contiene información sobre el todo. En la psicología, la ley de correspondencia se aplica en la teoría de la resonancia mórfica de Rupert Sheldrake, que sugiere que los patrones de comportamiento y pensamiento se transmiten a través de la resonancia en campos mórficos, que se extienden más allá del individuo.
En la espiritualidad, la ley de correspondencia se refiere a la idea de que todo lo que existe en el mundo material tiene un equivalente en el mundo espiritual, y viceversa. Por ejemplo, la luz del sol es un símbolo de la iluminación espiritual, y la oscuridad representa la ignorancia. Las montañas son símbolos de la elevación y la fuerza, mientras que los ríos simbolizan el flujo de la vida. Las plantas y los animales también tienen significados simbólicos en diferentes culturas y tradiciones espirituales.
En la práctica espiritual, la ley de correspondencia se puede utilizar para entender cómo las diferentes prácticas y enseñanzas se relacionan entre sí. Por ejemplo, la meditación puede ayudar a calmar la mente y conectarse con el mundo interior, mientras que la oración puede ayudar a conectarse con una fuerza superior o divina. La práctica del yoga puede ayudar a equilibrar el cuerpo, la mente y el espíritu, mientras que la lectura de textos sagrados puede proporcionar conocimiento y guía espiritual.
La ley de correspondencia también se puede aplicar en la vida diaria, para entender cómo los diferentes aspectos de nuestra vida están interconectados. Por ejemplo, la forma en que tratamos nuestro cuerpo físico puede afectar nuestra salud mental y emocional, y viceversa. Nuestra relación con los demás y con el mundo que nos rodea también puede influir en nuestra salud y bienestar general.
Para aplicar la ley de correspondencia en la vida diaria, es importante tomar conciencia de cómo nuestras acciones y pensamientos pueden afectar a otros aspectos de nuestra vida. Si queremos
La inteligencia artificial (IA) es una de las tecnologías más importantes y disruptivas del siglo XXI. Desde su concepción en la década de 1950, la IA ha evolucionado rápidamente y ha tenido un impacto significativo en muchos aspectos de la sociedad, incluyendo la medicina, la industria, la finanzas y la vida cotidiana.
En medicina, la IA está ayudando a los médicos a tomar decisiones más informadas y a mejorar la eficiencia de los diagnósticos. Los algoritmos de IA están siendo utilizados para analizar grandes cantidades de datos médicos, incluyendo imágenes médicas, para ayudar a identificar patrones y a predecir enfermedades. Además, la IA está siendo utilizada para desarrollar nuevos tratamientos y para mejorar la eficacia de los tratamientos existentes.
En la industria, la IA está transformando la manera en que las empresas operan y compiten. Está automatizando muchas tareas manuales y repetitivas, lo que aumenta la eficiencia y reduce los costos. También está ayudando a las empresas a tomar decisiones más informadas sobre cómo producir y distribuir sus productos, lo que aumenta la eficiencia y mejora la satisfacción del cliente.
En finanzas, la IA está revolucionando la manera en que se lleva a cabo el trading y la inversión. Los algoritmos de IA están siendo utilizados para analizar grandes cantidades de datos financieros y para tomar decisiones de inversión en tiempo real. La IA también está ayudando a los bancos y a las instituciones financieras a detectar y prevenir el fraude y la actividad criminal.
Le damos la bienvenida al 2023 y con este año llegan nuevas oportunidades así como desafíos. Es importante tomarnos un momento para reflexionar sobre lo que hemos logrado hasta ahora para establecer tanto metas como objetivos para este nuevo año.
Cada primero de enero nos trae consigo una serie de nuevos retos y oportunidades. Al comenzar un nuevo año, es importante estar dispuestos a enfrentar cualquier obstáculo que pueda presentarse y también a aprovechar al máximo cada oportunidad que se nos presente.
Es fundamental tener en cuenta que el tiempo es un recurso valioso, limitado y tangible, por lo que debemos aprovecharlo al máximo; esto implica ser conscientes de nuestros propósitos, enfocarnos en todo aquello que realmente importa, pero también significa ser proactivos y tomar la iniciativa para hacer las cosas en lugar de esperar a que ocurran.
Es fácil decir que queremos hacer cambios significativos en nuestras vidas, pero llevar a cabo esos cambios puede ser mucho más difícil de lo que pensamos, es importante tener en cuenta que para lograr nuestras metas se requerirá dedicación, esfuerzo y es posible que tengamos que hacer sacrificios para alcanzarlas.
Otro reto común al comienzar un nuevo año es el de mantenernos motivados y enfocados, con tantas distracciones y demandas en nuestras vidas, puede ser fácil perder de vista nuestras metas a largo plazo pero es importante recordar por qué estamos haciendo ciertas cosas y mantenernos enfocados en nuestras metas.
Además de los desafíos personales, también podemos enfrentar retos externos al comienzar un nuevo año por ejemplo en 2020 tuvimos la pandemia por COVID-19 y esto ha presentado una serie de desafíos para todos, desde la salud, el bienestar personal hasta el impacto económico, enfrentar pero superar estos desafíos requerirá adaptabilidad y resiliencia.
A pesar de todos estos retos, el comienzo de un nuevo año también nos ofrece la oportunidad de comenzar de nuevo y hacer transformaciones en nuestras vidas.
Es importante recordar que los cambios no suelen ocurrir de la noche a la mañana y que es normal tener altibajos en el camino hacia nuestras metas.
En resumen, el 2023 es una oportunidad para ser conscientes de nuestro tiempo, nuestros propósitos y nuestra vida en general para tomar la iniciativa y hacer una diferencia positiva en el mundo ¡Aprovechemos al máximo este nuevo año y hagamos que cuente! Con determinación y perseverancia, podemos enfrentar cualquier reto para así como aprovechar al máximo cada oportunidad que se presente en este nuevo año.
2022
Qué tal si nuestra memoria solo crea memorias artificiales de una realidad que no existe y es que realmente ¿podemos confirmar que somos nosotros la persona que está viviendo nuestra vida en este momento? En lugar de un cerebro, y es que esto es lo que afirma Ludwig Boltzmann quien fue un físico austriaco.
Si el universo existe infinitamente, eventos extremos imposibles pasarán, combinaciones aleatorias de partículas aleatorias crean formas complejas, de la nada las partículas forman un cerebro lleno de memorias falsas y sensación de una vida hasta tu momento presente y es que a eso se le llama “Cerebro de Boltzmann”, en donde todas las partículas se concentran en un punto y espontáneamente un universo comienza a surgir.
El cuerpo es la manifestación física de la mente, pero mucha gente piensa que la mente es más importante que el cuerpo. En otras palabras, tendemos a priorizar nuestra salud mental sobre nuestra salud física. Las terapias que nos ayudan a sanar nuestras heridas físicas a menudo pueden hacernos sentir peor por nuestros problemas mentales. Debemos tratar de mantener ambos aspectos de nuestra salud comiendo bien, haciendo ejercicio y cuidando nuestra salud mental.
Los cerebros físicos tienen un poder computacional limitado por las reglas del procesamiento de la información. Por ejemplo, una computadora solo cobra vida cuando recibe y comprende las instrucciones de un programador.
Las computadoras analógicas carecen de esta capacidad, pero las computadoras digitales pueden programarse para realizar tareas específicas. A medida que crecen en número, los cerebros digitales superan con creces a los analógicos. Gracias a estas mejoras, hemos recorrido un largo camino desde que se fabricaron las primeras computadoras digitales en 1946.
Muchas cosas que nuestro cerebro no puede hacer no son relevantes para nuestra vida diaria. Por ejemplo, una computadora digital no es capaz de sentir nada, ni siquiera hambre o dolor. Esto significa que tenemos que controlar manualmente muchas de nuestras funciones mentales cuando estamos enfermos o lesionados. Nuestra salud mental es mucho más importante que nuestra salud física. Siempre debemos cuidar de ambos y hacer lo que podamos cuando están fuera de control. Incluso una simple técnica de meditación puede ayudarnos a mantenernos equilibrados, cuerdos y felices las 24 horas del día, los 7 días de la semana sin siquiera intentarlo.
Nuestra salud mental es mucho más importante que nuestra salud física. Es fácil solucionar problemas físicos graves comiendo bien y haciendo ejercicio. Pero solucionar los problemas mentales a menudo implica tratar los problemas emocionales subyacentes. Las personas no se dan cuenta de que han sufrido depresión o ansiedad hasta que han tenido una experiencia cercana a la muerte o han visto a un terapeuta por sus condiciones físicas. De hecho, muchas situaciones que amenazan la vida pueden despertarnos y fortalecernos mentalmente al mismo tiempo.
Los cerebros digitales pronto superarán en número a los analógicos gracias a los avances tecnológicos y la determinación humana. Sin embargo, los cerebros físicos no son tan poderosos como los nuestros, especialmente cuando se los trata bien. Mucho más importante es mantener la paz mental y la salud mental sin limitarnos o afectar negativamente nuestra salud física.
Es muy posible que seamos cerebros creando memorias con la realidad que hoy percibimos. En donde todo lo que conocemos es una ilusión, los científicos modernos afirman que existe una gran posibilidad de que seamos únicamente cerebros creando una ilusión. ¿Tú crees que vivimos en una ilusión generada por nuestro cerebro?
Cuando se habla de jóvenes políticos, la mayoría de las personas piensa en dos situaciones: la primera es de inexperiencia e irresponsabilidad, la otra sería de jóvenes que buscan un empleo y poder para hacerse de un nombre y de un capital monetario alto.
La verdad es que la mayoría de los jóvenes que estamos inmiscuidos en la política pensamos más en ella como una actividad que nos permite conocer los problemas de la sociedad y encontrar formas y estrategias para apoyar a la gente que más lo necesita. Esto es así porque tenemos la seguridad de que la inequidad es un freno para el desarrollo de sociedades como la nuestra. La función del político es la de un gestor para la sociedad, saber observar dónde están los problemas sociales y atacarlos de una manera eficaz y sin provocar daño en el tejido social.
La participación de los jóvenes debe ser un factor por el que debemos apostar. Hay que trabajar con todos los jóvenes por un mismo proyecto que se llama México; es tiempo de que los jóvenes hagamos historia, porque si de algo estoy seguro es que este es el tiempo para los jóvenes y que debemos sobresalir sin irnos a la grilla, sino hacerlo mediante el trabajo que habla por sí solo.
Necesitamos más jóvenes que participen, capacitados para involucrarse en una confrontación de ideas y argumentos, que correspondan a sus convicciones y a la sensibilidad que deriva del trabajo de base y del conocimiento de los puntos finos de la realidad social, jóvenes con la visión innovadora que exige el siglo XXI, dispuestos a ocupar el lugar que su edad y su ideología definen para ellos entre las nuevas generaciones.
La actividad política de la juventud es compleja y se desarrolla mediante formas que generan un ambiente donde gobierna la apatía. Esta se hace más notoria y problemática a partir de las constantes críticas hacia lo público, lo estatal y lo institucional.
La exigencia de justicia y de equidad, el protagonismo de las redes sociales y la emergencia de profesionales en la tecnología de esparcir rumores y crear expectativa que solo se pueden cumplir en el ciberespacio constituyen una nueva y compleja situación: desenmascarar a los revolucionarios virtuales que tiran la piedra y esconden el mouse, demostrar que se trata de falsos mesías, son tareas que las organizaciones políticas no pueden afrontar sin los jóvenes.
Por ello es nuestra generación la que tiene que lograr ese cambio generacional que tanto anhelamos, que se nos abran espacios en donde podamos trabajar por y para la sociedad, quien no esté dispuesto a cumplir esto último simplemente no debería estar en la política.
El escenario político que tenemos a menos de dos años es sin duda alguna complejo, existe un quebrantamiento social muy fuerte y una lucha de egos juveniles que debemos superar, nuestro país merece más que eso, por ello es que yo le apuesto al trabajo en equipo para consolidar una meta, la cual es servir a nuestra nación.
A esa participación debemos apostar, entender que sin ella la apatía de que hemos hablado terminará por imponerse. A las soluciones demagógicas opongamos la participación política, a la calumnia, el argumento, apostemo por un del debate de altura e informado.
No existe nada más hermoso como encontrar una letra que tenga distintos significados, que su significado sea sagrado y misterioso. Pues el lenguaje nos hace humanos y en una actividad simbólica el humano crea nuevos mecanismos para el lenguaje; no existe en la naturaleza otra especie que tenga la capacidad de crear significados abstractos, aunque las ballenas, los delfines y los perritos de la pradera tengan sonidos propios para cada tipo de situación natural; ninguna especie más que la humana ha creado la capacidad de explicar lo “bello” de un amanecer, lo “imponente” del mar o lo “doloso” de la ausencia. En esta medida es que el lenguaje nos crea, nos humaniza, pero también nos permite asignar un lenguaje secreto y entendible solo por aquellos que saben buscar.
Hoy profundizare acerca del significante y significado de la letra G, al adentrarnos a cualquier espacio en donde la fraternidad se reúne podemos encontrar dicha letra al centro de un triángulo, posada como probablemente uno de los símbolos más prominentes de dicha institución y el más importante para los que están en su quinto año de vida, ya que los rayos que de ella emana son las enseñanzas que nos deja ese grado simbólico.
Para mí la letra “G” representa a las ciencias que debemos aprender, significa también a ese faro luminoso que nos conduce y conducirá a descubrir los misterios y fenómenos de la naturaleza. Y es que tenemos que adentrarnos en la historia para comprender las diferentes razones para asignar la G.
Tanto a la ciencia como a la religión, inicialmente la G es la séptima letra del alfabeto greco romano, un número que como todos sabemos tiene un profundo significado en las costumbres y misterios de la fraternidad, pero más allá de la numerología podemos referirnos a las prácticas de la edad media en donde se dividieron las artes espirituales contra las artes vulgares o artesanías; aquellas que requerían de un estudio y proporcionaban un crecimiento intelectual no sólo al individuo sino a la especie misma, de ahí surgieron el trívium y el cuatrivium. Gramática como la dirigente del trívium y Geometría como el camino inicial del cuatrivium; son los caminos que nos alejaban de las denominadas malas artes o artes vulgares, realizadas por aquellos que no contaban con la experiencia para entender el orden del universo.
Pero ahora ¿Cómo una sociedad que se basa en los misterios de los constructores puede ponerle tanto interés a una teoría que ve la arquitectura como un misterio menor, como un arte simple? Sencillo, porque la geometría, y la gramática fueron las bases para comprender y explicar cómo un arco de piedra sin refuerzos internos (varilla) podían mantener toneladas de piedra sobre estas, utilizando la geometría, la matemática y la aritmética se podían develar estos grandes misterios.
En esta letra, en el orden gramatical se encuentra el secreto para transmitir el mensaje de nuestros antepasados operativos. Existen además misterios secretos en el mensaje y el medio, pero estos solo pueden ser descifrados como cualquier código con la “llave”.
Al adentrarnos más y más, en los tiempos venideros, podremos descubrir nuevos significados y enseñanzas, que nos brindara esta letra, así como sus aplicaciones y de más misterios ocultos que nos depara.
Recordemos que somos una sociedad filosófica de ciencia. No desesperes al no encontrar rápidamente una respuesta a alguna pregunta, recordemos la enseñanza que nos dejan los vinos tintos, “entre más añejados, se disfrutan más”, para llegar a saber su verdadero significado y significante hay que trabajar y terminar de pulir nuestra piedra en bruto.
Siempre a lo largo de la historia desde los antiguos filosofos griegos siempre a surgido la duda sobre ¿Cuál es nuestra misión en esta vida? Pero a mi me surge una pregunta todavía mayor ¿Cómo se qué realmente estoy vivo?
Puede ser que de pequeños hayamos fallecido o sí, simplemente después de aquel accidente automovilístico sobreviviste, puede ser que la “realidad” que conocemos pueda ser un producto de nuestros neurotransmisores en los últimos minutos de actividad cerebral; ya que está comprobado que el cerebro registra seis minutos de impulsos eléctricos tras morir. Quizá estamos en ese trance en donde el tiempo es diferente en otro plano existencial en que estamos, por ello la pregunta, quizás está vida sea solo una ilusión de mis neuronas recreando un mundo en el que estoy vivo, cuando realmente estoy muerto ó que esté en un estado de coma en donde siguen pasando eventos.
Según estudios científicos a perosonas que han despertado de un coma largo, ellos afirman haber estado en otra realidad, pero que algo no les cuadraba y es que no se ponen a pensar que a veces hay momentos en los que nos sentimos fuera de la realidad, quizás solo sean episodios de despersonalización que la mayoría de las personas hemos experimentado alguna vez.
En las teorías del origen de la vida, no sabemos con exactitud de donde vinimos y si no fuese por el invento de contabilizar el tiempo, realmente no tendríamos conciencia plena de los momentos, yo se que esto solo es un pensamiento vago de esos que te llegan en un momento de insomnio a las 3:00 am, pero si lo piensas bien no sabemos nada de nuestra existencia, ni siquiera sabemos con exactitud cómo llegamos a este punto de la historia. Existen teorías como la de la evolución, y es que en diversas culturas o civilizaciones existen relatos míticos o religiosos sobre la llegada del hombre a la tierra ¿Pero cuál es la la cierta? Lo más probable es que nunca sepamos con exactitud y que cada persona crea en la que más le convenga y eso es lo hermoso de la existencia, que tenemos el don del raciocinio que nos permite creer en lo que queramos creer.
Yo en lo personal me identifico con la teoría filosófica del existencialismo que nos dice que los humanos no somos una condición humana general, sino es la existencia propia de una persona lo que define su esencia, es decir somos capaces de existir desde el punto vista de que somos capaces de generar cualquier tipo de pensamiento.
El filósofo Sören Kierkegaard es el padre fundador de esta teoría; él determinó <Cada individuo es quien debe encontrarle un sentido a su existencia> pero es ahí en donde nosotros debemos de vivir nuestra vida de una forma pasional y sincera, sin importar las millones de variabilidades que puedan existir a lo largo de nuestro trayecto en este plano existencial.
En la obra literaria “Memorias del subsuelo” del literario Ruso Dostoyevsky nos da un ejemplo clarísimo, en el que un hombre está mentalmente fuera de su grupo, no puede encajar y es incapaz de encajar en la sociedad y de encontrarle sentido a su existencia, entre otros autores que han escrito obras sobre el existencialismo encontramos a Kafka, Sartre, Philip K. Dick o a Chuck Palahniuk.
Por eso hoy les dejo con este escrito para que hagan un análisis autocritico si ¿Realmente vivimos la vida con plenitud o solo estamos viviendo?
Hay cosas que nos superan física y mentalmente, faltan muchos años para realmente conocer una verdad clara, pero mientras pensemos que nuestra existir es como un sueño y que podemos hacer lo que queramos cuando queramos, solo es falta de encontrar ese propósito.
Pero ¿Realmente estoy vivo?
Dude mucho sobre escribir estas palabras y es que aunque ya ha pasado tiempo, todavía me duele y me hace sentir triste, tu dolor se alivió pero dejaste mucho duelo tras tú partida.
La raza humana se siente con el derecho de todo sobre todos en este planeta y por ello mismo nos ha llevado a la situación que atravesamos actualmente, nos creemos permanentes, inmortales, cuando la realidad es completamente otra, es la transitoriedad la que nos debería de definir porque al final de nuestra vida en este plano energético solo nos llevamos una cosa, los recuerdos de lo vivido, nada material, ninguna posesión que en vida fuera nuestro bien más preciado y es que no nos damos cuenta de que nada perdura, todo se destruye, todo cambia.
No importa si fuiste una de las personas más influyentes de la humanidad o si simplemente fuiste alguien “normal” te aseguro que en mil años lo más probable es que te hayan olvidado, pero todo se queda en la memoria de un plano energético universal y es ahí la gran ironía de la impermanencia en lo permanente, la vacuidad es lo más acercado a lo que dejamos aquí.
Y es que como los budistas profesan los tres sellos de la vida: La transitoriedad, la insustancialidad y el sufrimiento, que son los tres sellos presentes en nosotros mismos y todo lo que nos rodea.
El primer término nos hace referencia a que todo pasa, siempre estamos en un constante cambio en toda la expresión de la palabra. El segundo término señala que todo lo que nos ocurre es porque está ligado a las circunstancias, es decir que nada existe y nada sucede de forma independiente. Para el tercer término lo podríamos definir con una de las frases que se usan mucho en el día a día “todo es insatisfactorio”. En el budismo el sufrimiento se expresa literalmente de tres maneras: la primera es el sufrimiento físico en donde más dolor se genera; la segunda es en la pérdida de alguien que queremos como es el caso que deriva de estas palabras; y la tercera es aquella que va ligada con el dolor de nuestra existencia misma, por ello el sentido de la vida no existe.
Estás son leyes naturales para todos, no solo para los budistas, porque es tanto nuestro apego a las personas o a las cosas que nos olvidamos de nuestra propia existencia, de nuestra chispa y la mejor forma de llevar todo esto de dejando fluir, no resistirnos.
En la sociedad actual existen tantos estereotipos que al final del día solo generamos paradigmas que no nos dejan estar en ese estado de paz que todos deberíamos de tener.
Cuando alguien decide quitarse la vida lo estigmatízanos diciendo “era muy joven”, “tenia una vida por delante”, pero no nos ponemos a pensar en qué dependiendo de las creencias de cada quien esa persona ya está descansando, ya se encuentra en un plano energético que siempre estará presente de una u otra forma. Las personas no se quitan la vida porque no les gusta vivir; se la quitan porque quieren dejar de sufrir y es ahí en donde podemos hacer un autoanálisis y pensar en los tres sellos budistas; quizás todo es un círculo en el que naces, te desarrollas, mueres y te liberas de un cuerpo físico.
Cada día más jóvenes deciden quitarse la vida justamente por los paradigmas que se han generado, que acompañan el pedir ayuda, por el miedo de que su familia los haga sentir como mal agradecidos o como bichos raros, pero ahí es en donde está el problema, cómo sociedad debemos de hacer al suicido un tema fundamental, quitarle el tabú para que sientan la confianza de poder expresar, de poder enseñarles otros caminos distintos al auto sacrificio final.
Ninguno de nosotros somos eternos, todos somos parte de un sistema en el que llegamos para que las personas que nos rodean aprendan lecciones y nosotros también, para que al final podamos alcanzar el Nirvana.
Yo no te voy a decir que hiciste algo incorrecto, no te voy a juzgar porque fue tu decisión y hay que aceptarla; hay que liberar tu energía y convertirla en positivismo, sí es difícil, sí es doloroso, pero al final fue una decisión tuya que ninguno debemos de juzgar.
Te abrazo hasta donde estés mi querida Pao en donde sea que estes, espero que algún día nos encontremos en este plano existencial o en cualquier otro, porque se que así será.
Y si tú que estás leyendo esto sientes que ya no puedes más, jamás dudes en escribirme o buscarme para hablar porque siempre estaré ahí para escucharte sin juzgar.
Todos conocemos el dicho “el perro se parece a su dueño”, hasta conocemos personas que lo cumplen a la perfección y esto no es solo una casualidad ya que muchas veces cuando adoptamos o adquirimos un perro es porque encontramos ciertos rasgos morfológicos en ellos que se nos hacen familiares.
Al rededor de todo el mundo siempre se ha visto que los perros son el mejor amigo del hombre, así como los guardianes de nuestros hogares, ser su dueño significa el poder entenderlos con sólo una mirada y sus distintos tonos de ladridos. Son la compañía perfecta ya que pudiste haber tenido un día muy malo o muy bueno, podemos cantarles o incluso platicar con ellos y pareciera que nos entienden, siempre están dispuestos a escucharnos sin juzgarnos así como estar a nuestro lado incondicionalmente.
Con lo anterior no sería extraño comprender la antigua creencia griega de que los perros son poseedores de cierto espíritu elevado y es así como Platón fue el primero en postular que <son amantes del aprendizaje> y <bestias dignas de admiración> era una constante en filósofos de la época ya que la simplicidad de sus vidas los sorprendía.
Pero en nuestra época actual podemos ver su gran relevancia en la ciencia, diversas terapias se llevan acabo con perros que buscan traer bienestar, si eres un amante de los perros podrás ver cómo con un simple movimiento de cola puede sacarte una sonrisa.
Su incondicionalidad sorprende a más de uno, cuando una persona inhumana lo maltrata naturalmente el perro se aleja pero vuelve porque a pesar de no entender el maltrato su gran corazón hace que vuelven a su lado.
Así pues se deduce que son seres llenos de amor, de incondicionalidad, de afecto, honestos, leales y fieles en extremo.
Si tienes la fortuna de tenerlos en tu vida cuídalos y protégelos, porque ellos lo harán por ti sin importarles nada ya que lo único que piden es amor, comida y agua. No por nada los antiguos mexicas y otros pueblos originales de México creían que los Xoloitzcuintle acompañaba a sus dueños a transitar el camino hacia el Mictlán.
A lo largo de mi vida he tenido la fortuna de tener a perros adoptados y cada uno me ha enseñado diversas cosas así como me han acompañado en diversas travesías así que sí,
soy fiel creyente de que tienen una misión espiritual en nuestras vidas, llegan a nosotros para enseñarnos una gran lección de vida y acompañarnos durante nuestro procesos de crecimiento.
Cuando un artista crea una obra de arte, busca que su pieza sea única y que su reproducción sea controlada por él mismo pero, ¿qué pasa cuando esa obra es digital? Siempre existirá el riesgo latente de que se reproduzca sin autorización y sobre todo, sea plagiada sin su consentimiento. Todos conocemos las nuevas criptomonedas que han estado en un auge desde hace algún par de años, pues el cripto arte se convierte en una especie de moneda de cambio que busca combatir la piratería digital del arte. Con esta tendencia los artistas pueden controlar la reproducción de sus obras que son almacenadas en que no es nada más que un sistema informático que permite autentificar los procesos en una gran cadena que se almacenan como datos específicos sobre la red.
El poder sobresalir en el mundo tradicional del arte es muy difícil sobre todo más si eres un artista desconocido, a su vez la creación de obras de arte muchas veces son procesos complicados, largos y muchas veces costosos ya que los materiales pueden tener un costo elevado, también una desventaja es que normalmente están exhibidas en galerías de arte por un tiempo corto, lo que hace aún más difícil el despegue de su obra. Con el cripto arte esto cambia, ya que genera una gran huella de carbono (menor a la que se genera de la manera tradicional) existe todo un mercado en línea en el que los cripto artistas podrán exhibir sus piezas por un tiempo ilimitado, en todo el mundo y a cualquier hora.
El único material que necesitan es un dispositivo móvil, una aplicación de dibujo e inspiración, haciendo así más sencillo el proceso de creación y venta. ¿Cómo evitan que se falsifiquen las obras digitales? Si bien, es casi imposible lograrlo, lo que sí te aseguran es que al adquirir una pieza de cripto arte la recibirás en una resolución impresionante, también cada pieza cuenta con una firma digital que actúa como una marca de agua codificada, oculta a simple vista, esto les genera el valor monetario que no tendría un screenshot de la pieza. Se gesta una gran comunidad de cripto artistas alrededor del mundo, que buscan lograr la innovación tecnológica, la mayoría de estos personajes nunca han tenido la oportunidad para poder iniciar sus carreras.
Christie’s, una de las más reconocidas casas de subasta en el mundo, subastó por primera vez una obra de cripto arte titulada “Everydays: The First 5000 Days de Beeple” por €57 millones euros, es el resultado de un mosaico creado por fotos digitales creadas diariamente por 5,000 días del artista. Las obras de cripto arte también pueden tener reproducciones originales creadas y autorizadas por el artista, puede hacer una pieza única o bien una serie de réplicas, queda por demás explicar que para adquirir una pieza es necesario contar com una wallet de criptomonedas, pues todas las transacciones se realizan en criptos.
Con esta tendencia tenemos una oportunidad de llevar nuestras obras de arte a cualquier lado y con la ventaja de que también pueden ir incrementando su valor dependiendo del mercado actual. En pocas palabras, el crypto art nació de un movimiento social alrededor del globo el cual pelea por un internet abierto, transparente, con más libertad y privacidad. Solo nos queda esperar un tiempo para conocer si es una tendencia que llegó para quedarse o simplemente una burbuja más.
