- Abogada litigante orgullosamente zacatecana, apasionada por la justicia, la educación y la transformación social. Creo firmemente que el conocimiento es la herramienta más poderosa para construir un mundo más justo e incluyente.
- Cuento con una Maestría en Humanidades con línea en Formación Docente y actualmente soy maestrante en Ciencias Políticas, convencida de que el pensamiento crítico y la reflexión son pilares indispensables para el cambio social.
- Me desempeño en el ámbito de la investigación social, donde he dedicado mi trabajo a estudiar fenómenos relacionados con la exclusión social, las actitudes políticas y jurídicas, y la educación como vía de emancipación y equidad.
- Como maestra de nivel medio superior y fundadora de Asesoría Educativa en Línea EDUCA, promuevo una educación accesible, humana y transformadora. Cada proyecto que emprendo nace de la convicción de que la enseñanza debe inspirar, acompañar y empoderar.
- En el terreno jurídico, ejerzo como litigante en IUS IMPERIUM, donde defiendo causas con la misma pasión con la que enseño: con entrega, ética y esperanza. Además, participo activamente en iniciativas altruistas y en causas consideradas “perdidas”, porque creo que ninguna lucha por la dignidad humana está verdaderamente perdida.
2025
Diciembre no llega en silencio. Llega cargado de fechas, de expectativas y de emociones que no siempre se dicen en voz alta. Es un mes que el calendario presenta como festivo, pero que el corazón vive de formas muy distintas. Mientras para algunos es alegría y encuentro, para otros es recuerdo, ausencia o simple resistencia. Y todas esas maneras de sentir son válidas.
El 12 de diciembre abre el mes con un sentido profundo de fe para muchas personas. No se trata solo de una celebración religiosa, sino de un acto de esperanza. Hay quienes caminan, quienes oran, quienes agradecen y quienes siguen esperando. Para algunos, esta fecha es multitud y devoción compartida; para otros, es una conversación íntima con aquello en lo que creen, un momento de silencio donde se pide fuerza más que milagros.
Después llegan los días que socialmente se asocian con la Navidad: el 24 y el 25 de diciembre. Para muchas familias, son fechas de unión, de mesas largas y palabras que reconcilian. Son días que parecen abrazar. Pero también son fechas que confrontan. Hay quienes sienten con más fuerza la ausencia, quienes recuerdan a quien ya no está o a quien está lejos. En esos hogares, diciembre no siempre es risa; a veces es nostalgia, y a veces es simplemente aprender a sostener el día.
El 28 de diciembre aparece como una pausa distinta. Para algunos es risa y ligereza; para otros pasa casi desapercibido. Incluso hay quienes prefieren mirar más allá de la broma y recordar que cada fecha tiene un origen y una historia que invita a pensar. Es otro recordatorio de que un mismo día puede significar cosas completamente distintas según la vida que se lleve.
Y cuando el año se acerca a su final, el 31 de diciembre no solo cierra un ciclo, también abre heridas y esperanzas. Para muchos es celebración y brindis; para otros es balance y silencio. Hay quienes hacen propósitos y quienes solo desean descansar del peso del año que termina. No todos reciben el nuevo año con alegría; algunos lo reciben con cansancio, con miedo o con una esperanza discreta, casi tímida.
Diciembre nos enfrenta a una verdad profunda: no todos sentimos igual, no todos celebramos igual, no todos estamos en el mismo punto de la vida. Y eso no nos separa, nos humaniza. Respetar la forma en que otros viven este mes es un acto de empatía. Porque más allá de las fechas y las tradiciones, diciembre es un espejo del corazón. Y cada corazón lo atraviesa a su manera.
Dedicado con todo mi cariño a mi mamá, quien entregó su vida al servicio de los demás como enfermera.
La jubilación suele pintarse como la meta final, el momento dorado en el que por fin llega el descanso después de una vida de esfuerzo. Para muchos, representa libertad, tiempo para uno mismo y la oportunidad de disfrutar lo que antes se posponía. Pero también existe otra cara, una que pocas veces se menciona: la de quienes viven esta etapa como un calvario emocional, un territorio desconocido que puede convertirse en un periodo de depresión y desorientación.
Después de décadas de trabajo, disciplina y rutinas, dejar de ejercer no siempre se siente como un premio. Para algunas personas es una pérdida de identidad, de propósito y de pertenencia. Especialmente en profesiones tan humanas y tan intensas como la enfermería, retirarse significa desprenderse de un papel que marcó profundamente la vida personal y emocional.
Este artículo es para mi mamá, quien cumplió con sus años de servicio en el noble oficio de cuidar a otros. Ella, como muchos trabajadores de la salud, entregó días, noches, fuerza, paciencia y corazón. Su trabajo no solo fue una profesión, fue una vocación. Verla llegar a la etapa de jubilación debería ser motivo de celebración, pero también reconozco que no es un cambio sencillo.
La rutina desaparece de un día para otro y el silencio empieza a hacerse presente. Donde antes había pasillos llenos de vida, turnos, compañeros y pacientes agradecidos, ahora hay tiempo… demasiado tiempo. Algunas personas manejan bien ese espacio, pero otras sienten que se enfrentan a un vacío inesperado.
La sociedad rara vez habla de ello, pero la jubilación puede traer consigo ansiedad, tristeza y un sentimiento de inutilidad. No porque ya no se valga, sino porque el rol que se desempeñó durante tantos años deja una huella profunda, como si fuera parte del alma. Y renunciar a él cuesta.
Por eso, este artículo es también un recordatorio: la jubilación no borra el valor de lo vivido. No disminuye la grandeza de quienes dedicaron su vida a servir. No apaga su vocación, ni su experiencia, ni su espíritu. Mi mamá, y todas las personas que pasan por esta transición, merecen acompañamiento, comprensión y amor, no solo aplausos por los años trabajados.
La jubilación es una nueva etapa, sí, pero no todos la viven igual. Y está bien. Hablar de ello, reconocerlo y abrazarlo sin juicio puede hacer la diferencia entre una etapa solitaria y una etapa acompañada.
A ti, mamá: gracias por cada sacrificio, por cada desvelo, por cada paciente atendido con corazón. Gracias por tu fuerza, tu dedicación y por enseñarnos que la vida está hecha de servicio, pero también de ciclos. Tu trabajo dejó huellas que no se borran, y tu historia sigue escribiéndose, ahora con más calma, pero con el mismo valor.
Ojalá encuentres en esta nueva etapa no solo descanso, sino también nuevas ilusiones, nuevas formas de sentirte viva, útil y amada. Y que nunca olvides que tu trayectoria sigue siendo motivo de orgullo, hoy más que nunca.
Durante años se ha difundido la idea de que estudiar una carrera universitaria garantiza un futuro estable. Sin embargo, en Zacatecas esta promesa se ha debilitado al punto de fracturarse. Hoy, miles de profesionistas se enfrentan a una realidad en la que la preparación académica ya no se traduce en salarios dignos ni en oportunidades de crecimiento. López (2024) sostiene que los datos recientes sobre el empleo profesional en México evidencian un fenómeno preocupante: incluso quienes poseen estudios superiores enfrentan dificultades para encontrar trabajos bien remunerados. Esta situación se intensifica en estados con estructuras económicas limitadas, como Zacatecas, donde muchos profesionistas terminan aceptando trabajos fuera de su área o con ingresos insuficientes para sostener un nivel de vida adecuado.
En esa misma línea, Márquez (2023) advierte que los jóvenes recién egresados son especialmente vulnerables, pues suelen integrarse al mercado laboral bajo condiciones salariales que no reflejan su formación ni su especialización. Esto no solo afecta su estabilidad económica, sino también su capacidad de construir un proyecto de vida sólido. A nivel estatal, sectores como la docencia, el derecho, la psicología y el trabajo social muestran con mayor crudeza este panorama. Las plazas son escasas, la competencia aumenta y los salarios permanecen estancados. Herrera (2024) explica que, aunque en los últimos años se han aplicado incrementos al salario mínimo, estos no han logrado corregir el rezago histórico en los ingresos de profesionistas y trabajadores calificados. El aumento general beneficia a la base laboral, pero no resuelve la falta de empleos especializados ni la brecha entre formación y remuneración.
Pero esta precariedad no afecta únicamente el bolsillo; también deteriora la motivación, la autoestima y la salud emocional de quienes invirtieron tiempo, dinero y esfuerzo en prepararse. Rivera (2024) señala que, cuando el mercado laboral no reconoce el conocimiento y las competencias de sus profesionistas, se erosiona el valor social del trabajo académico y se acelera la fuga de talento hacia otras regiones o países. Y Zacatecas, lamentablemente, está viviendo esta pérdida silenciosa.
Esta realidad invita a reflexionar más allá de las cifras. Se trata de profesionistas que sostienen instituciones educativas, empresas, oficinas públicas, consultorios y servicios esenciales; personas que realizan tareas fundamentales para el funcionamiento del estado, pero que rara vez reciben una compensación acorde con su labor. El crecimiento económico no puede darse si quienes impulsan el desarrollo viven con incertidumbre, múltiples empleos o salarios que apenas alcanzan para cubrir lo básico.
Repensar el valor del conocimiento en Zacatecas es urgente. Reconocer la importancia del trabajo profesional no es un lujo, sino una condición indispensable para construir un futuro más justo, competitivo y humano.
Porque ningún estado prospera cuando quienes lo hacen funcionar viven en condiciones precarias. La dignidad laboral de los profesionistas es, en realidad, la dignidad del propio Zacatecas.
Bibliografía
Herrera, P. (2024). Desigualdades salariales en la economía mexicana. Fondo Laboral.
López, A. (2024). Tendencias del empleo profesional. Centro de Estudios Económicos.
Márquez, S. (2023). Juventud, empleo y vulnerabilidad laboral. Universidad Nacional Autónoma de México.
Rivera, L. (2024). Mercado laboral y brechas profesionales en México. Editorial Horizonte.
En el camino del aprendizaje siempre encontramos dos tipos de personas: quienes enseñan con el alma y quienes simplemente ocupan un puesto. Los primeros son aquellos que dejan huellas imborrables; los segundos, lamentablemente, dejan vacíos que apagan la vocación de quienes llegan con ilusión.
Un buen maestro no solo transmite conocimientos: enseña con el ejemplo, con empatía y con humildad. Un buen guía no abandona, acompaña; no compite, impulsa; no presume lo que sabe, comparte lo que ha aprendido. Y un buen líder no busca reconocimiento, sino crecimiento —el propio y el de los demás—.
Sin embargo, hay realidades tristes que no pueden ignorarse. En muchas instituciones, especialmente dentro del gobierno, la enseñanza se ve opacada por el ego, la envidia y la indiferencia. Jóvenes que llegan llenos de energía, con ganas de aprender y aportar, se encuentran con un muro de apatía. Les asignan tareas vacías o, peor aún, los dejan sentados, invisibles, como si su presencia no significara nada. Poco a poco, esa chispa con la que entraron se apaga; su entusiasmo se convierte en decepción, y su deseo de aprender se diluye entre la indiferencia de quienes deberían guiarles.
Ser maestro, guía o líder no es un título ni un privilegio: es una responsabilidad. Es entender que cada aprendiz deposita su confianza y su esperanza en quien lo orienta. Y cuando esa guía no llega, no solo se pierde una oportunidad de enseñanza: se apaga una vocación, se desmotiva a una mente brillante y se rompe una cadena de conocimiento que pudo transformar realidades.
Por eso, este texto también es un llamado. A los verdaderos maestros, gracias por su entrega, su paciencia y su pasión. A los jóvenes que hoy realizan su servicio social o prácticas profesionales: no permitan que la indiferencia les quite el deseo de aprender; incluso del mal ejemplo se aprende lo que no se debe repetir. Y a aquellos que ostentan el nombre de “guías” sin cumplir su misión, que recuerden que el conocimiento que no se comparte se marchita.
El buen maestro enseña con el corazón; el buen guía camina junto a sus aprendices; y el buen líder forma más líderes, no subordinados. Porque enseñar no es un acto de poder, sino de amor, humildad y compromiso con el futuro.
“Un líder es aquel que conoce el camino, anda el camino y muestra el camino.”
— John C. Maxwell.
Hablar de exclusión social es enfrentarse a una realidad tan cotidiana que a menudo pasa desapercibida. No se trata solo de la carencia material o de la falta de acceso a recursos; se trata, sobre todo, de una herida invisible que atraviesa la dignidad, la identidad y el sentido de pertenencia de las personas.
La exclusión no siempre grita: a veces se disfraza de silencio. Se oculta en las aulas donde ciertos estudiantes se sienten menos capaces, en las comunidades donde algunos ciudadanos pierden la fe en la justicia, o en los espacios políticos donde las decisiones se toman sin escuchar las voces de quienes más la padecen.
No es solo una condición social: es una experiencia emocional y simbólica que moldea el modo en que las personas se perciben a sí mismas y al mundo que las rodea.
En la educación, la exclusión adopta formas sutiles pero devastadoras. Se manifiesta en la mirada que juzga, en la palabra que descalifica o en la indiferencia que margina. Cuando un sistema educativo deja de reconocer la diversidad y la igualdad de posibilidades, se convierte en un mecanismo que perpetúa la desigualdad bajo la apariencia de neutralidad.
En el ámbito jurídico y político, la exclusión se vuelve aún más estructural. Quienes han sido históricamente marginados no solo enfrentan la falta de oportunidades, sino también la falta de reconocimiento. Cuando las leyes no se sienten propias y la representación política se percibe lejana, se genera una fractura profunda entre la ciudadanía y las instituciones.
La exclusión social no es una condición aislada ni ajena; es un fenómeno que atraviesa la vida cotidiana, las instituciones y las emociones colectivas. Por eso, combatirla no implica únicamente cambiar políticas o diseñar programas, sino reconstruir los lazos humanos desde la empatía, la justicia y la solidaridad.
Reconocer la exclusión es el primer paso para transformarla. Solo cuando una sociedad es capaz de mirar de frente sus propias sombras, puede aspirar a construir una realidad más equitativa, donde cada persona —sin importar su origen, condición o pensamiento— tenga un lugar digno en el relato común de la humanidad.
“Donde hay pobreza y exclusión, la libertad es solo una palabra hermosa sin contenido.”
— Amartya Sen
