ALEXA RAMÍREZ

  • Creación y Desarrollo de Empresas, una carrera que elegí porque me apasiona el mundo de los proyectos innovadores y el crecimiento empresarial.

  • Siempre he sido una persona inquieta, buscando algo que hacer, y me encanta aprender constantemente

  • Mi objetivo no es solo alcanzar metas personales, sino también dejar una huella en las personas que me rodean. Me motiva el poder influir de manera positiva en los demás, ya sea compartiendo lo que sé o transmitiendo mi energía y entusiasmo por seguir aprendiendo.

  • Creo que cada día es una oportunidad para crecer y contribuir a quienes están cerca de mí, ya sea a través de mis proyectos, mis relaciones o simplemente con una palabra de apoyo.

  • A pesar de mi corta edad, estoy decidida a seguir adelante con mis sueños, construir un futuro lleno de aprendizaje y aportar algo significativo al mundo.

2026

Hoy, el año amanece en blanco.
No como una promesa perfecta, sino como un regalo lleno de posibilidades.
El primer día no llega con respuestas; llega con espacio: espacio para creer, para confiar y para recordar que somos abundancia en movimiento.

Sé feliz hoy.
No cuando todo esté resuelto, no cuando la vida encaje a la perfección.
Sé feliz ahora, con lo que eres y con lo que tienes, sabiendo que Dios camina contigo en cada paso.
Empezar ya es un logro, y confiar también lo es.

No corras.
Este día es para respirar, para agradecer, para volver al centro y reconocer que todo lo que necesitas ya habita en ti.
Con fe, constancia y propósito, todo se puede lograr.
No estás solo, no empiezas desde cero: empiezas desde la experiencia y la esperanza.

Disfruta lo simple.
El café caliente, los abrazos sinceros, las ideas que aún no toman forma.
Este año no te pide perfección; te pide presencia, fe y valentía para avanzar incluso cuando hay dudas.

Que este primer día sea un recordatorio poderoso:
tienes permiso de soltar lo que pesa,
de cuidar lo que importa
y de creer más en ti.

La felicidad no es una meta lejana,
es una decisión diaria, sostenida por la fe y la gratitud.

Primer día del año.
Confía. Cree. Sé feliz.
Lo demás se irá acomodando en el camino.

2025

Cada año repetimos el mismo ritual: hacemos promesas, escribimos propósitos y nos decimos que ahora sí todo será diferente… pero solo cuando el calendario marque 01 de enero.

Como si el cambio necesitara permiso.

Como si el crecimiento dependiera de una fecha.

La realidad es esta: el cambio no empieza con un año nuevo, empieza con una decisión.

Esperar al 01 de enero es una forma silenciosa de posponer lo que ya sabemos que necesitamos. Cambiar hábitos, soltar lo que pesa, atrevernos a algo nuevo o empezar a cuidarnos no requiere cuentas regresivas. Requiere honestidad con uno mismo y valentía para comenzar, incluso cuando no todo está claro.

El problema de esperar es que el “después” nunca llega solo.

Llega cuando decidimos actuar hoy.

Hoy también es un buen día para empezar a caminar, para enviar ese mensaje pendiente, para retomar un proyecto olvidado, para dejar de autosabotearnos. Hoy también cuenta. Hoy también suma. Hoy también transforma.

No se trata de cambiar toda tu vida de un día para otro. Se trata de hacer pequeños movimientos conscientes que, con el tiempo, crean grandes cambios. Un paso ahora vale más que una promesa perfecta para mañana.

El 01 de enero no tiene magia.

La magia la tienes tú.

Así que si algo dentro de ti ya pide cambio, no lo silencies esperando una fecha simbólica. Empieza hoy. Empieza imperfecto. Empieza con miedo si es necesario, pero empieza.

Porque la mejor versión de ti no depende del calendario, depende de tu decisión.

No tengo todo resuelto, nadie lo tiene, pero sí he aprendido cosas que me cambiaron la forma de ver la vida, el amor, el trabajo y a mí misma.


Aquí están mis 23 lecciones, las que me hubiera gustado escuchar antes y las que quiero seguir recordando:

  1. No todo se tiene que resolver hoy.
    La vida también se construye en pausas.

  2. La paz es más importante que tener la razón.
    Y mantenerla es una decisión diaria.

  3. Decir “no” también es amor propio.
    Tu energía no es infinita.

  4. La gente que te quiere, te lo demuestra sin confusión.
    El amor que te hace dudar, desgasta.

  5. El trabajo no define tu valor, solo una parte de tu historia.
    Mi identidad va más allá de mis logros o títulos; soy más que mi productividad.

  6. No tienes que impresionar a nadie.
    Solo ser coherente contigo.

  7. Los límites no rompen relaciones; las ordenan.
    Poner reglas claras ayuda a que las conexiones sean más sanas y honestas.

  8. El descanso no es opcional.
    Sin él, nada funciona.

  9. Sanar no significa olvidar, significa entender.
    Comprender lo que pasó, aprender de ello y soltar lo que ya no te pertenece.

  10. Las metas grandes se construyen con pasos pequeños.
    No tengo que lograr todo de golpe; la constancia vale más que la prisa.

  11. No eres responsable de las expectativas que otros tienen sobre ti.
    Entendí que no tengo que cargar con los “deberías” que otros ponen sobre mi vida.

  12. A veces perder también es ganar espacio para lo nuevo.
    Lo que se va también libera.

  13. La intuición rara vez se equivoca.
    Cuando algo no se siente bien, generalmente no lo es.

  14. Tu cuerpo te habla; escúchalo.
    Tu cuerpo siempre sabe lo que tu corazón todavía no se atreve a decir.

  15. No necesitas tener prisa para tener éxito.
    El éxito llega con ritmo, no con agotamiento.

  16. Lo que deseas también te está buscando, pero te alcanza cuando estás lista.
    Solo llega cuando estás en la versión que puede recibirlo sin miedo.

  17. No todos los vínculos son para siempre, y está bien.
    Algunas personas solo vienen a enseñarnos algo, y dejarlas ir también es crecer.

  18. Cuidarte no es egoísmo, es respeto por ti.
    Es reconocer que soy mi prioridad más constante.

  19. Atrévete a ser principiante en algo.
    Todos los caminos empiezan así.

  20. Agradecer cambia tu energía.
    Y tu perspectiva.

  21. Hay lugares donde ya no encajas porque creciste.
    No siempre es pérdida; muchas veces es evolución.

  22. Mereces amor fácil, tierno y recíproco.
    El que construye, suma. El que confunde o desgasta, no es amor.

  23. La vida siempre puede sorprenderte… si dejas espacio.
    Cuando no lo controlo todo, lo bueno encuentra cómo llegar.

En la vida, cada paso que damos se ve influenciado por quienes nos rodean. Nuestras conversaciones, los consejos que recibimos y hasta el ambiente en el que nos desenvolvemos pueden determinar cómo enfrentamos los retos y celebramos los logros. Por eso, rodearnos de personas que genuinamente quieren vernos felices no es un simple detalle: es una de las decisiones más valiosas que podemos tomar.

Las emociones son contagiosas. Cuando compartimos tiempo con alguien que nos apoya, que nos motiva y que celebra nuestras victorias, inevitablemente absorbemos esa energía positiva. Del mismo modo, cuando estamos cerca de personas negativas o que constantemente nos hacen sentir menos, nuestro ánimo y confianza pueden verse afectados.

Estar rodeado de gente que quiere verte feliz no significa vivir en una burbuja perfecta, sino tener un círculo de confianza en el que puedas ser tú mismo. Son esas amistades y familiares que:

  • Te dicen la verdad desde el amor.

  • Te impulsan a crecer sin envidia.

  • Te recuerdan tu valor cuando olvidas quién eres.

Este tipo de relaciones son un motor para atreverte a dar pasos importantes y sentirte acompañado en el proceso.

No siempre podemos controlar todos los entornos en los que estamos, pero sí podemos elegir a quién dejamos entrar en nuestra vida más íntima. Aprender a poner límites, alejarse de vínculos que drenan energía y priorizar los que aportan luz es un acto de autocuidado. Al final, no se trata de cantidad, sino de calidad.

Un logro, un sueño cumplido o incluso una tarde tranquila tienen un brillo especial cuando los compartes con personas que se alegran sinceramente por ti. Esa complicidad es lo que transforma momentos cotidianos en recuerdos inolvidables y te recuerda que la felicidad no se vive en soledad, sino en compañía.

Rodearte de gente que quiere verte feliz es un recordatorio constante de que mereces lo mejor. Es apostar por tu bienestar emocional, por tu paz y por tu crecimiento. Porque al final, la vida es más plena cuando se vive rodeada de amor auténtico y de personas que creen en ti incluso cuando tú dudas.

Llegué a sentir que vivía en automático. Respiraba, cumplía con lo que me tocaba, pasaba de un día a otro y, sin darme cuenta, confundía la rutina con la vida. Pero hay un momento en el que la mente se detiene y me hace una pregunta incómoda: ¿estoy viviendo o solo existiendo?

Existir es sencillo: despertar, trabajar, cumplir con lo que se espera de mí, seguir una lista interminable de pendientes. Vivir, en cambio, exige un poco más. Implica detenerse a sentir, arriesgarse a elegir, abrir espacio a lo inesperado. Es decidir conscientemente qué me mueve, qué me hace sonreír, qué me da paz.

He aprendido que vivir no siempre es hacer grandes cosas ni acumular logros impresionantes. A veces es tan simple como tomarme un café sin prisa, bailar aunque nadie me vea, escribir lo que siento o decirle a alguien lo mucho que lo quiero. Vivir es regalarme momentos que me recuerdan que estoy aquí, y que mi paso por el mundo tiene sentido más allá de la rutina.

Cuando existo sin vivir, los días se me escapan entre las manos, todos se parecen y no dejan huella. En cambio, cuando decido vivir, cada instante se vuelve una posibilidad: de crecer, de equivocarme, de disfrutar. Y ahí está la diferencia: existir me mantiene en pie, pero vivir me da alas.

Hoy entiendo que no quiero ser solo un cuerpo que respira y se mueve. Quiero ser alguien que siente, que se atreve, que se equivoca, que ríe fuerte, que llora cuando lo necesita y que elige conscientemente disfrutar de este regalo que es la vida.

No siempre es fácil mantener el equilibrio. A veces los días pesan más, la mente se llena de ruido y las emociones se sienten como una casa sin ventanas. En esos momentos, y también en los que no pasa nada extraordinario, me doy cuenta de que lo que realmente sostiene mi mundo no son las grandes cosas, ni los logros, ni los momentos espectaculares.

Son las pequeñas cosas.
Esas que no siempre se nombran, pero que están ahí, salvándome silenciosamente.

Una de ellas es el café por la mañana. No por la cafeína, sino por el ritual: calentar el agua, elegir mi taza favorita, ese momento en el que el silencio todavía no se rompe. No es solo una bebida, es una pausa sagrada antes de que empiece el caos.

Otra cosa que me sostiene es escribir sin tener que decir nada importante. Escribir sin plan, sin propósito, sin que nadie lo lea. A veces solo anoto frases sueltas, ideas, palabras que no encajan del todo pero que me alivian. Me gusta escribir porque es como hablar conmigo misma sin interrumpirme.

Me sostiene una canción que me sé de memoria. No por la letra, sino por lo que me hace sentir. La pongo cuando estoy bien y también cuando no. A veces la repito hasta que algo en mí se acomoda. No hace magia, pero me acompaña, y eso ya es suficiente.

Me sostiene reírme con alguien sin tener que explicar el chiste. Ese tipo de risa que nace sin esfuerzo, sin filtros, que interrumpe cualquier pensamiento gris. También me sostienen los memes tontos o TikToks sin sentido, porque la vida no siempre tiene que ser tan seria.

Me sostiene que alguien se acuerde de mí sin que yo lo pida. Un mensaje inesperado. Un “¿cómo amaneciste?”. Esos gestos que parecen mínimos, pero que me recuerdan que no estoy sola, aunque a veces me sienta así.

Aprendí que sostenerse no siempre es resistir con fuerza. A veces es rendirse a lo simple, a lo cotidiano, a lo que está ahí aunque no lo veamos como algo importante.

Mi mundo no se sostiene por las cosas grandes. Se sostiene por lo chiquito, lo íntimo, lo constante.

Durante mucho tiempo pensé que cambiar de opinión era sinónimo de inestabilidad. Me enseñaron que debía tener claras mis metas, firmeza en mis decisiones y coherencia en mis palabras. Pero hoy, más que nunca, me reconozco en constante movimiento. Y sí, me permito cambiar de opinión, de camino y de versión, porque eso también es crecer.

He sido muchas mujeres en una sola vida. He sido la que planea todo y la que se lanza sin red. La que se aferra a una idea y la que suelta con los ojos cerrados. La que creía saberlo todo y la que entendió que dudar también es una forma de sabiduría. Cada versión mía ha sido válida, aunque no todas se parezcan entre sí.

Cambiar de opinión no es traicionarse, es tener la humildad de escuchar(se) de nuevo. He cambiado de opinión sobre personas, ideologías, metas profesionales, incluso sobre mí. Y cada vez que lo he hecho, ha sido porque me he conocido un poco más. Porque he vivido algo que me movió las certezas. Porque decidí que no tengo por qué quedarme donde ya no crezco, ni seguir creyendo algo solo porque lo creí ayer.

Cambiar de camino también ha sido necesario. A veces, los planes que hice con tanto cuidado no me llevaron a donde esperaba, y en lugar de frustrarme, empecé a verlo como una invitación a improvisar, a redirigir. El rumbo no siempre se traza con tinta indeleble. A veces se borra, se reescribe o se rompe. Y está bien. También es válido detenerse, mirar alrededor y tomar una nueva ruta.

Y cambiar de versión… esa es, quizás, la parte más profunda de todas. Porque implica reconocerse distinta. No mejor ni peor, simplemente distinta. Más consciente. Más abierta. Más libre. Me he visto transformarme con el tiempo, con las heridas, con los encuentros, con las despedidas. A veces me asusta esa transformación. Pero otras, la celebro. Porque me doy cuenta de que no estoy hecha para encajar en una sola forma.

Es liberador decirlo sin culpa: me permito cambiar. No necesito explicárselo a todos, ni justificarlo con detalles. Basta con saber que lo hago desde un lugar genuino. Desde el deseo de serme leal, de construir una vida que se sienta coherente con lo que soy hoy, no con lo que fui ayer.

A quienes también se sienten en transición: no están solos. No se traicionan por cambiar. Se honran. Porque quien se atreve a mutar, se permite vivir con autenticidad. Y en un mundo que exige constancia, quizás lo más valiente sea justamente eso: evolucionar.

Así que aquí estoy, en una nueva versión de mí, caminando otro camino, con ideas que ayer no tenía y certezas que hoy ya no me sirven. Y lo digo en voz alta, para no olvidarlo:
Me permito cambiar de opinión, de camino y de versión. Y en ese permiso, me encuentro.

Hay una parte de mí que vive abrazando, literalmente y en sentido emocional. Abrazar es mi forma de decir: te veo, te siento, estoy aquí. Y cuando alguien me abraza de vuelta, siento que el mundo se detiene un segundo, ese segundo donde no existe otra cosa más que presencia.

Soy de las que aman sentirse escuchadas, porque en un mundo que grita, alguien que elige escucharte es un regalo. Y también me encanta escuchar. Me llena ese momento en el que una persona confía tanto en ti, que se permite abrir su universo.

Me fascina reír. Y más aún, provocar esa risa en otros. La risa es un puente que acerca, que libera. Es la prueba de que, por un momento, todo está bien.

No soporto la mentira. No porque espere perfección, sino porque valoro la verdad incluso cuando duele. Mentir es romper un acuerdo invisible, ese que dice “puedes confiar en mí”.

Y sí, soy de esas personas que sonríen cuando alguien recuerda algo que dije hace meses. Para mí, eso es amor: atención, memoria, interés. Amo los detalles. Los pequeños, los que no cuestan, los que demuestran que me ven.

El contacto físico, para mí, es lenguaje. Tomar la mano, un abrazo largo, una caricia sin motivo: todo eso dice más que mil palabras. Y algo que me conmueve profundamente es cuando alguien me defiende cuando no estoy. Porque no hay mayor lealtad que hablar bien de quien no está para escuchar.

Estas pequeñas cosas, que para otros quizá pasen desapercibidas, para mí lo son todo. Son las que me sostienen cuando todo lo demás tambalea.

Porque, al final, no es lo grande lo que me mueve. Es lo verdadero.

Hoy me detengo un momento a escribir porque hemos llegado a ese punto del calendario que siempre me hace reflexionar: la mitad del año. Seis meses se han ido volando, y me pregunto: ¿qué hemos hecho en este tiempo? ¿En qué hemos invertido nuestras horas, nuestros sueños y nuestra energía?

Si soy honesta, para mí ha sido una mezcla de avances y tropiezos. Hubo metas que comencé con entusiasmo en enero y que, con el paso de los días, se fueron apagando. Pero también hay logros que no me esperaba y que me enorgullecen. A veces no nos damos cuenta de todo lo que estamos consiguiendo porque vamos con prisa, siempre pensando en lo que falta y nunca en lo que ya está.

Estos seis meses me enseñaron que el progreso no siempre es lineal. Hubo semanas de pura motivación y otras en las que apenas logré mantenerme.

Aprendí a ser más paciente conmigo y con los demás. He intentado cuidar mi salud, trabajar con más intención y mantener las relaciones que realmente valen la pena.

En lo profesional, he tratado de dar un paso extra. No siempre salió perfecto, pero estoy orgullosa de haberlo intentado. Me he propuesto aprender cosas nuevas, aunque a veces el tiempo parece no alcanzar. Aun así, creo que algo he avanzado, aunque sea en pequeñas dosis.

También he pensado mucho en mis relaciones. Estos meses me empujaron a reconectar con personas importantes y a dejar ir a quienes solo sumaban ruido. Ha sido duro, pero liberador. Y aunque todavía me queda trabajo por hacer en ese tema, valoro mucho más a quienes siguen aquí.

Ahora que estamos en la mitad del año, me doy cuenta de que este es un buen momento para hacer balance sin juicios. No se trata de culparme por lo que no logré, sino de mirar con honestidad y planear mejor los próximos seis meses. Quiero cerrar el año con la sensación de haber sido consciente de mi tiempo, de mis esfuerzos y de mi camino.

Así que me hago estas preguntas, y te las dejo también a ti:

• ¿Qué me hizo feliz estos seis meses?

• ¿Qué me drenó?

• ¿Qué aprendí?

• ¿Qué quiero cambiar?

• ¿Qué quiero mantener?

La mitad del año no es solo una fecha en el calendario. Es una invitación a pausar, reflexionar y reajustar el rumbo.

¿Cómo explicar que soy una contradicción constante, y que eso también es una forma de coherencia?

Soy observadora, pero a veces me hago la tonta.
No porque no entienda, sino porque ya entendí todo.
Porque no siempre quiero responder. Porque prefiero mirar desde lejos, procesar, analizar en silencio.
Porque jugar a no saber es, muchas veces, más sabio que querer tener la razón.
Observar me da poder, hacerme la tonta me da libertad.

Soy comunicativa, pero amo el silencio.
Puedo hablar sin parar, hilando temas, sentimientos y teorías con una agilidad que sorprende.
Pero también hay días donde no quiero responder ni un solo mensaje.
No es frialdad, es recarga.
En el silencio me escucho, me limpio del ruido, me vuelvo a encontrar.
Porque el silencio no me incomoda: me ordena.

Me gusta socializar, pero amo estar sola.
Disfruto de una buena conversación, de una cena con gente interesante, de reír hasta que me duela el estómago.
Pero después de eso, necesito desaparecer.
Estar sola no es estar vacía.
Es donde vuelvo a ser yo sin filtros, sin performance, sin esfuerzo.
Mi soledad no es tristeza, es mi casa.

Soy callada, pero puedo hablar de quinientos temas en un minuto.
Ideas, memorias, datos, emociones. Todo sale. Todo fluye.
Porque tengo el mundo entero en la cabeza, solo que no siempre quiero compartirlo.

Pero… ¿Cómo explicarlo?
Tal vez no se puede.
Tal vez no necesito hacerlo.

Tal vez solo tengo que aceptarlo y dejar de intentar encajar en una sola versión de mí.
Soy compleja, y no me disculpo por eso.
No soy contradictoria.
Soy completa.

Durante mucho tiempo, pensé que empoderarme significaba ser fuerte todo el tiempo, inquebrantable, perfecta, la mujer que puede con todo, que no se equivoca, que no duda.

Pero con el tiempo descubrí que el verdadero empoderamiento femenino no tiene nada que ver con aparentar.

Tiene que ver con reconocernos, con volver a nosotras y con honrar quiénes somos, incluso cuando el mundo nos dice que no es suficiente.

Empoderarme fue aprender a decir “no” sin sentirme culpable.
A poner límites.
A no disculparme por ocupar espacio, por tener voz, por tener opinión.
Fue dejar de hacerme pequeña para no incomodar, para no parecer “demasiado”.

Empoderarme fue sanar la relación con otras mujeres.
Dejar de competir, de compararme, de juzgar.
Entender que cuando una brilla, no apaga a las demás; al contrario: nos encendemos juntas.

Hoy celebro sus logros como si fueran míos, porque sé lo que cuesta. Sé el camino que no siempre se ve.

También fue mirar mis heridas, mis miedos, mis inseguridades… y no huir.

Empoderarme no fue convertirme en otra, sino volver a abrazar a esa mujer que ya era poderosa, pero lo había olvidado.

Fue dejar de esperar validación externa.
Entender que mi valor no depende de mi cuerpo, ni de mi estado civil, ni de cuántas cosas logro en un día.
Mi valor está en mi historia. En cómo me levanto. En cómo me elijo cada día, incluso cuando me cuesta.

Y sí, empoderarme también fue aprender a pedir ayuda.
Porque ser fuerte no significa hacerlo todo sola.
Significa saber cuándo sostenerme y cuándo dejarme sostener.

Hoy me miro al espejo y no veo perfección.
Veo un proceso.

Una mujer que ha dudado, que ha caído, que ha llorado en silencio… pero que también ha decidido levantarse con intención, con amor propio y con dignidad.

Eso es empoderarse.
Ser consciente de tu poder.
De tu voz.
De tu impacto.
Y de tu capacidad de transformar no solo tu vida, sino también la de quienes te rodean.

Empoderarme no fue un destino. Fue una decisión diaria.
Y cada día que me elijo, inspiro sin querer a otras a hacer lo mismo.

Y así, juntas, vamos recordando que ya somos lo que estábamos buscando ser: mujeres completas, valientes y libres.

Hubo un momento en mi vida en el que me hice una pregunta que lo cambió todo:

¿Para qué estoy aquí?

No qué quiero ser, ni qué quiero lograr, sino por qué hago lo que hago.

Y esa pregunta me llevó a descubrir algo que, hasta hoy, guía cada uno de mis pasos:

Mi propósito de vida.

Mi propósito es claro: inspirar, liderar y crear soluciones innovadoras que impulsen el crecimiento sostenible de las empresas, sin perder de vista los valores que me definen: la integridad, la colaboración y la responsabilidad social.

No quiero liderar por poder.

Quiero liderar con sentido.

Porque creo que el verdadero liderazgo no se trata de estar al frente, sino de ayudar a otros a avanzar, de iluminar caminos y construir juntos un futuro que tenga propósito, impacto y humanidad.

He aprendido que cada reto, por difícil que parezca, esconde una oportunidad de crecimiento.

Y que el éxito no se mide solo en resultados, sino en el proceso: en el esfuerzo genuino, en la creatividad puesta al servicio de algo más grande que uno mismo, y en la pasión que nos sostiene cuando todo se complica.

Por eso me comprometo, todos los días, a ser una agente de cambio.

A no conformarme con lo establecido.

A aprender constantemente, a escuchar más de lo que hablo, a cuestionar, a innovar.

A crecer, sí, pero también a ayudar a otros a crecer.

A servir como guía para quienes buscan su camino, a acompañar desde la empatía y no desde el juicio.

Sueño con un mundo donde el emprendimiento no sea solo una forma de ganar dinero, sino una herramienta para construir bienestar colectivo.

Donde cada proyecto tenga alma.

Donde las ideas se transformen en impacto, y donde las empresas sean vehículos de transformación positiva, no solo para sus dueños, sino para toda la comunidad.

Vivo para transformar, para conectar, para crear.

Pero sobre todo, para recordar y recordarles a otros que cada pequeño paso cuenta.

Que cada persona, cada idea, cada intento de mejorar algo, por mínimo que parezca, tiene el poder de mover el mundo un poquito.

Ese es mi propósito.

No solo trabajar por trabajar, ni vivir en piloto automático.

Sino vivir con pasión, trabajar con intención, y soñar en grande sin pedir disculpas por ello.

Porque creo, profundamente, que la verdadera grandeza está en atreverse a creer que todo es posible.

Porque estar no significa dejar de sentir.

Estoy contigo.

Te elijo cada día.

Pero eso no significa que ya no necesite sentirme querida, vista, deseada, valorada.

Estar contigo no quiere decir que ya todo está hecho. Significa que decidí quedarme, pero no que dejé de querer ser conquistada.

Porque sí… incluso cuando ya somos “algo serio”, incluso cuando ya dormimos juntos o compartimos rutinas, sigo necesitando esas miradas, esos gestos, esa intención que me enamoró en un principio.

Conquistar no es comprar regalos caros ni hacer grandes gestos todo el tiempo.

Es mirarme cuando hablo.

Es mandarme un mensaje cuando no me lo espero.

Es notar cuándo algo me pasa, sin que tenga que suplicarte atención.

Es ese “oye, te ves hermosa” después de una semana difícil.

Es ese “te admiro” cuando logro algo, por pequeño que parezca.

Es esa forma sutil de recordarme que aunque ya me tienes, sigues eligiéndome.

No sabes cuántas mujeres conozco que se sienten solas en una relación.

Que están con alguien, pero se sienten invisibles.

Y no por falta de amor, sino por falta de detalles, de atención, de presencia.

Y eso duele más de lo que se cree. Porque nos enseñan que “lo importante es estar”, pero nadie nos dice que también importa cómo se está.

No soy la misma que cuando nos conocimos.

He cambiado. He crecido. He tenido días buenos y otros en los que me rompí.

Y aún así estoy aquí.

Lo único que te pido es que no dejes de ver lo valioso que es que siga eligiendo este lugar contigo.

Y que tú también me sigas eligiendo, no por costumbre, sino con intención.

No quiero sentir que tengo que irme para que me vuelvas a mirar como al principio.

Quiero que lo hagas mientras todavía estoy aquí, mientras todavía hay amor, mientras todavía tengo ganas.

Porque el amor no muere de golpe…

Muere en silencios largos.

En besos que ya no llegan.

En la frase “ya la tengo”.

Así que si aún me tienes, recuérdamelo con tu forma de tratarme.

Porque no dejo de ser tu mujer solo porque ya estoy contigo.

Dentro de un mes, me voy a graduar.

Y, sinceramente, no tengo idea de cómo debería sentirme.

Pensé que sería puro entusiasmo. Que estaría contando los días para por fin cerrar este capítulo. Que sentiría alivio, orgullo, libertad.

Y sí, a veces lo siento. Pero también siento miedo, nostalgia, dudas y un poco de tristeza. Una montaña rusa que no termina de explicarse con palabras.

Durante años imaginé este momento: toga, birrete, familia aplaudiendo. Es una meta que he perseguido con desvelos, esfuerzo y resiliencia.

Pero ahora que está tan cerca, empiezo a preguntarme: ¿y luego qué?

Hay una presión silenciosa que llega con la graduación. Se espera que tenga todo claro: qué quiero hacer, a dónde voy, cómo voy a ganarme la vida. Como si al recibir el título también me entregaran un plan perfecto. Y no es así.

Nadie te advierte que el último semestre se siente como una despedida que ocurre en cámara lenta.

Te das cuenta de que algunos amigos ya no estarán cerca. Que ese salón que odiabas te va a hacer falta. Que los profesores con los que aprendiste más de lo que crees, pronto serán solo un recuerdo.

Y en medio de todo eso, hay un silencio incómodo: ¿Quién soy ahora que se termina esta etapa?

Ya no me siento estudiante del todo, pero tampoco soy aún un profesional.

Estoy entre dos mundos, y eso genera una especie de vacío. Un duelo anticipado. Una emoción difícil de nombrar.

Pero también, un espacio fértil para imaginar, para rediseñar mi camino, para reinventarme.

Sí, me llevo conocimiento técnico, teoría, fórmulas, proyectos.

Pero también me llevo cicatrices de crecimiento, amistades profundas, la capacidad de empezar de cero y la habilidad de seguir aunque duela.

Eso no aparece en el currículum, pero es lo que más vale.

Hoy, a un mes de graduarme, siento incertidumbre, sí. Pero también esperanza.

Estoy empezando a entender que no tengo que tener todo resuelto. Que está bien sentir muchas cosas a la vez.

Que el miedo no es señal de debilidad, sino de que algo importante está por comenzar.

Graduarme no significa tener la vida resuelta. Significa haber construido una base. Ahora toca construir el resto.

Con dudas, con tropiezos, con ganas. Y, sobre todo, con la certeza de que soy más capaz de lo que creo.

Así que, si tú también estás por graduarte y no sabes qué sentir, te abrazo desde aquí.

Sentir todo… también es parte del proceso

Cuando crecer no se siente como lo imaginaba…

Tengo veintidós años y, aunque no lo diga en voz alta, estoy pasando por algo extraño.

Lo llaman “la crisis de los 20”, y aunque suene dramático, la verdad es que me siento así: confundida, un poco perdida y, a ratos, emocionalmente saturada.

No es que mi vida esté mal. Trabajo, estudio, me esfuerzo, tengo metas… Pero en el fondo, algo se siente inestable. Como si estuviera en una especie de punto intermedio entre ser quien era y quien todavía no sé si quiero ser.

Cuando era más joven, pensaba que a los 20 ya tendría todo resuelto.

Imaginaba que sabría exactamente qué quería hacer con mi vida, que tendría independencia, claridad, éxito y quizás hasta una rutina perfecta.

Spoiler: no es así.

A veces me siento motivada, con ganas de comerme el mundo. Y otras veces, no quiero salir de la cama.

Un día tengo mil ideas; al siguiente, no sé ni por dónde empezar.

Y eso… también es ser yo.

Siento una presión constante, como si hubiera una lista invisible que debo cumplir: terminar la carrera, conseguir un “buen trabajo”, encontrar al amor de mi vida, mantenerme saludable, ser productiva, feliz, agradecida, estable… todo al mismo tiempo.

Y en medio de tanto ruido, me pierdo de mí. Me comparo, me exijo, me juzgo.

Veo en redes a personas de mi edad que “ya la hicieron” y me pregunto si yo voy tarde.

¿Pero tarde respecto a qué? ¿Quién puso ese reloj?

He tenido que aceptar que no saber qué sigue está bien.

Que cambiar de opinión no significa fracasar.

Que no tener una vida “resuelta” a los 22 no es un error, es normal.

A veces tengo que recordarme que esto también es parte del proceso: equivocarme, empezar de nuevo, dudar, aprender.

Porque nadie tiene un mapa perfecto. Ni siquiera los que lo parecen tener.

La crisis de los 20 no es un error del sistema. Es una parte inevitable (y necesaria) del camino.

Es el momento donde dejo de seguir instrucciones y empiezo a escribirme desde cero.

No tengo todas las respuestas. Pero cada día entiendo un poco más de lo que quiero, lo que soy y lo que no necesito.

Y aunque me asusta el futuro, también me emociona saber que aún está todo por construirse.

Estamos en esta etapa rara, intensa, hermosa… donde lo único claro es que estamos vivos y aprendiendo.

Estudio, me esfuerzo, me desvelo, entrego trabajos, paso exámenes…

Y, sin embargo, hay días en los que me hago esta pregunta con más fuerza que nunca:
¿Para qué? ¿Para qué sirve la universidad si igual allá afuera no hay trabajo?

No es una queja vacía. Es una desilusión real.
Porque desde que somos niños nos enseñan que estudiar es la clave del éxito. Que si sacas buenas calificaciones, si eliges “una buena carrera”, tendrás un futuro asegurado.

Pero lo cierto es que muchos salimos con un título en la mano… y un “se solicita experiencia de 3 años” en cada oferta laboral.

Nadie te prepara para eso. Nadie te dice que vas a enviar cien currículums y no te van a contestar ni uno.
Nadie te habla del vacío que se siente cuando terminas de estudiar y el mundo laboral no te abre las puertas como prometieron.

Y ahí es cuando te preguntas si todo ese tiempo, dinero y esfuerzo valió la pena.

Pero en medio de la frustración, también me he dado cuenta de algo: estudiar no es solo una forma de conseguir trabajo. Es una forma de conocerte, de formar criterio, de descubrir lo que te mueve.

Sí, el sistema educativo tiene muchas fallas. Sí, muchas universidades están desconectadas de la realidad del mercado.
Pero eso no significa que aprender no valga la pena. Significa que también tenemos que aprender a reinventarnos.

Porque tal vez la universidad no te dé el trabajo que esperabas, pero sí puede darte herramientas para crearlo tú, para emprender, para colaborar, para adaptarte a este mundo que cambia a una velocidad brutal.

También puedes resistir. Decidir que vas a aprender de otra forma.
Formarte con cursos, proyectos, experiencias, errores, libros, conexiones reales. Y eso también es válido. Eso también es educación.

Hoy no tengo todas las respuestas. Sigo frustrada por muchas cosas. Pero también sé que no soy la única sintiéndome así.

Y que no se trata de rendirse, sino de redefinir lo que significa tener éxito.

Estudiar no es garantía. Pero dejar de aprender tampoco lo es.

Así que, entre la desilusión y la motivación, elijo seguir buscando mi propio camino.

A veces estoy triste, a veces me enojo, a veces tengo miedo y no quiero que me digas que “le eche ganas”…

No porque no las tenga, no porque no me esfuerce, sino porque sentir no siempre tiene que tener una solución rápida. Porque no todo se arregla con una sonrisa forzada o con frases vacías. A veces, lo único que necesitamos es un espacio donde sentir esté permitido sin que nos hagan sentir culpables por ello.

Estamos tan acostumbrados a fingir que estamos bien, a decir “todo bien” aunque por dentro algo se está rompiendo, que hemos aprendido a esconder nuestras emociones como si fueran algo de lo que deberíamos avergonzarnos.

Pero, ¿por qué nos da tanto miedo mostrarnos vulnerables?
Vivimos en una sociedad que romantiza la tristeza solo cuando es bonita o artística. Pero la tristeza real, la que te deja sin energía, la que te hace llorar sin saber por qué, esa no se comparte. Esa se oculta. Porque “nadie quiere a alguien que esté mal todo el tiempo”, ¿no?

Y el enojo… ese también lo aprendimos a guardar. Porque si lo expresas te dicen que exageras, que eres conflictivo, que mejor “cálmate”.
¿Y el miedo? Ni se diga. Como si tener miedo fuera sinónimo de debilidad.

Pero no lo es.
Sentir no te hace débil. Te hace humano. Y mereces un espacio donde no tengas que explicar ni justificar lo que sientes. Donde no te digan que exageras. Donde no intenten arreglarte, sino simplemente acompañarte.

No quiero que me cures. Quiero que me escuches.
No quiero consejos rápidos. Quiero presencia.
No quiero una solución. Quiero un abrazo que no me juzgue.

Estoy aprendiendo a permitirme sentir todo sin censura. A no minimizar mis emociones. A crear, poco a poco, un espacio seguro dentro de mí… y también a buscar personas con quienes pueda ser real, sin miedo.

Y si tú también sientes todo muy fuerte a veces, solo quiero decirte: no estás mal. Estás vivo.
Sentir es un acto de valentía.

A veces siento que hay una especie de guión invisible que todos deberíamos seguir: estudia, gradúate, consigue un buen trabajo, cásate, ten hijos, compra una casa.
Y yo… simplemente no quiero hacer todo eso. Al menos no así. Al menos no ahora.

Pero cuando dices en voz alta que tus planes no son los que tus papás esperaban, que no quieres seguir la misma ruta que tus amigos o que simplemente no encajas en ese molde “normal”, la gente se incomoda. Te miran raro. Te cuestionan. O peor: te juzgan como si estuvieras desperdiciando tu vida.

“¿Y tú para cuándo?”
“¿Ya terminaste la universidad?”
“¿Y en qué trabajas ahora?”

Es como si todo el tiempo tuvieras que rendir cuentas por tu vida. Como si no pudieras darte permiso de descubrir quién eres sin tener que justificarlo todo. Como si vivir fuera una competencia que hay que ganar… aunque no sepas ni qué premio hay.

Y mientras tanto, tú solo quieres respirar. Quieres probar cosas diferentes, cambiar de opinión, tomar decisiones que no siempre tengan sentido para los demás, pero sí para ti. Quieres ser tú, sin que eso implique decepcionar a todos.

Pero esa es la parte difícil: elegirte sabiendo que vas a incomodar.
Ser fiel a ti mismo, aunque eso signifique no ser lo que los demás esperaban.

No es fácil. A veces te sientes culpable, solo, fuera de lugar. Pero también hay algo muy poderoso en romper ese molde. En construir una vida a tu ritmo. En no necesitar validación externa para sentirte en paz contigo mismo.

Con el tiempo he entendido que encajar no siempre es pertenecer. Que no necesitas ser como todos para ser valioso. Y que hay belleza en ser diferente, aunque al principio duela un poco.

Así que, si estás en ese punto donde sientes que tu camino no se parece al de nadie más, quiero decirte algo: no estás mal, estás despertando.
Y aunque a veces la presión social sea muy fuerte, tu autenticidad siempre será más fuerte.

A veces siento que hay una especie de guión invisible que todos deberíamos seguir: estudia, gradúate, consigue un buen trabajo, cásate, ten hijos, compra una casa.
Y yo… simplemente no quiero hacer todo eso. Al menos no así. Al menos no ahora.

Pero cuando dices en voz alta que tus planes no son los que tus papás esperaban, que no quieres seguir la misma ruta que tus amigos o que simplemente no encajas en ese molde “normal”, la gente se incomoda. Te miran raro. Te cuestionan. O peor: te juzgan como si estuvieras desperdiciando tu vida.

“¿Y tú para cuándo?”
“¿Ya terminaste la universidad?”
“¿Y en qué trabajas ahora?”

Es como si todo el tiempo tuvieras que rendir cuentas por tu vida. Como si no pudieras darte permiso de descubrir quién eres sin tener que justificarlo todo. Como si vivir fuera una competencia que hay que ganar… aunque no sepas ni qué premio hay.

Y mientras tanto, tú solo quieres respirar. Quieres probar cosas diferentes, cambiar de opinión, tomar decisiones que no siempre tengan sentido para los demás, pero sí para ti. Quieres ser tú, sin que eso implique decepcionar a todos.

Pero esa es la parte difícil: elegirte sabiendo que vas a incomodar.
Ser fiel a ti mismo, aunque eso signifique no ser lo que los demás esperaban.

No es fácil. A veces te sientes culpable, solo, fuera de lugar. Pero también hay algo muy poderoso en romper ese molde. En construir una vida a tu ritmo. En no necesitar validación externa para sentirte en paz contigo mismo.

Con el tiempo he entendido que encajar no siempre es pertenecer. Que no necesitas ser como todos para ser valioso. Y que hay belleza en ser diferente, aunque al principio duela un poco.

Así que, si estás en ese punto donde sientes que tu camino no se parece al de nadie más, quiero decirte algo: no estás mal, estás despertando.
Y aunque a veces la presión social sea muy fuerte, tu autenticidad siempre será más fuerte.

Siempre me ha gustado la idea de que estamos conectados con alguien más desde antes de encontrarnos, desde antes incluso de saber que esa persona existe. El mito del hilo rojo del destino me llegó por primera vez como una historia curiosa, algo que uno escucha de pasada, pero con el tiempo se fue quedando en mí. Dicen que existe un hilo rojo atado al dedo meñique de cada persona, un lazo invisible que nos une con quienes estamos destinados a encontrarnos. Puede estirarse, enredarse, enloquecernos un poco… pero nunca se rompe. Me gusta creer que eso es verdad. No solo porque suena romántico, sino porque da sentido a ciertos encuentros que he tenido en mi vida. Conexiones que no se pueden explicar del todo. Personas que llegaron sin aviso, pero con propósito.

A veces pienso que ese hilo se tensa cuando extrañamos a alguien que no conocemos todavía, como si nuestro corazón pudiera recordar un alma que aún no ha tocado en esta vida. Me he topado con personas que, sin querer, parecían formar parte de ese destino. Algunos se quedaron, otros se fueron, pero cada uno dejó una marca, como si el hilo se hubiese enredado un poco con el suyo por un momento. Y eso también tiene propósito. No todo vínculo tiene que ser eterno para ser verdadero.

No sé si el hilo rojo existe como tal, pero sí creo que hay algo más grande moviendo los hilos de nuestras vidas. Y aunque no lo vea, lo siento. En los silencios compartidos, en los mensajes que llegan justo cuando los necesito, en esas casualidades que parecen planeadas por algo más que el azar. Quizá no se trata de esperar que el destino nos entregue a alguien perfecto. Tal vez se trata de estar listos para reconocerlo cuando aparezca, para cuidar ese hilo incluso cuando no entendamos por qué se estira tanto o por qué tarda en mostrar su otro extremo.

Hoy escribo esto con la fe tranquila de que todos estamos conectados de alguna forma. Que el amor, el verdadero, no se pierde. Solo se transforma o se toma su tiempo.

A veces me despierto con esa frase dándome vueltas en la cabeza: “Tienes que hacer algo con tu vida.” Como si fuera una alarma emocional que se activa sola. Y no estoy solo. Somos muchos los jóvenes que vivimos con esa presión constante de ser alguien, de hacer algo importante, de encontrar el rumbo perfecto… pero sin un mapa claro.

Vivimos en una época donde todo parece urgente. Donde abrir Instagram es ver a otros “lográndolo”: emprendiendo, viajando, estudiando maestrías, consiguiendo trabajos soñados. Y uno ahí, viendo la pantalla, con una mezcla de admiración, ansiedad y un poco de culpa. Porque, aunque estés haciendo cosas, pareciera que nunca es suficiente.

Y entonces me pregunto: ¿qué significa realmente “hacer algo con mi vida”? ¿Quién decide si lo estoy haciendo bien? ¿Por qué me siento tan perdido a veces, aunque esté caminando?

La verdad es que nos vendieron una idea de éxito demasiado brillante y perfecta. Una idea que no deja espacio para la duda, para la pausa, para el caos. Pero la realidad es que crecer duele. Duele tomar decisiones sin saber si son las correctas. Duele ver cómo los planes cambian. Duele sentir que estás quedándote atrás.

A veces siento que todo lo que hago es poco. Que debería estar haciendo más. Que ya debería tener claro lo que quiero, o por lo menos un plan. Pero hay días —y son muchos— en los que lo único claro es la incertidumbre. Y aprendí que eso también está bien.

No tenerlo todo resuelto no significa que estés fallando. Significa que estás viviendo. Que estás enfrentándote al reto más grande: ser tú mismo en un mundo que te empuja a encajar en moldes que no siempre te quedan.

Creo que el verdadero “hacer algo con tu vida” no siempre se ve como éxito inmediato o grandes logros visibles. A veces se ve como aprender a levantarte sin motivación. Como atreverte a decir que no a lo que no resuena contigo. Como cuidar tu salud mental. Como empezar de nuevo. O simplemente seguir, aunque sea despacio.

Si tú también sientes esa presión aplastante de “hacer algo con tu vida”, respira. No estás solo. Lo importante no es tener todas las respuestas, sino seguir haciéndote las preguntas correctas. Yo no tengo todo claro, pero estoy aquí. Viviendo, intentando, sintiendo. Y eso, aunque el mundo no lo aplauda, también cuenta. También vale.

Vivimos en un mundo lleno de expectativas y presiones externas. Desde pequeños, nos enseñan a adaptarnos, a seguir normas y a encajar en moldes establecidos. Sin embargo, en medio de todo eso, hay una verdad poderosa que a menudo olvidamos: ser tú mismo es el primer paso para atraer a las personas correctas a tu vida.

La autenticidad es mucho más que una palabra de moda; es una forma de vivir que te permite conectar con los demás de manera genuina y profunda. Y, aunque pueda parecer complicado, ser fiel a ti mismo no solo es un camino hacia el bienestar personal, sino también hacia relaciones más significativas y satisfactorias.

La magia de ser auténtico
Ser tú mismo significa aceptar y abrazar tu esencia tal cual es. Se trata de mostrarte tal como eres, sin filtros, con tus virtudes, defectos y todo lo que te hace único. Y aunque a veces el miedo al juicio y a la crítica nos empuje a ocultar ciertas partes de nuestra personalidad, la verdad es que la autenticidad tiene un poder impresionante. Cuando eres auténtico, no solo te liberas de las expectativas ajenas, sino que también comienzas a atraer a personas que se sienten atraídas por la verdadera versión de ti. Ya no se trata de impresionar a los demás ni de crear una imagen idealizada. En su lugar, las personas que se acercan a ti lo hacen porque genuinamente les interesa quién eres, no lo que aparentas ser.

La importancia de rodearte de las personas correctas
A menudo, buscamos la aprobación de los demás o nos esforzamos por encajar en círculos sociales que no resuenan con nuestra verdadera personalidad. Sin embargo, esto puede llevarnos a relaciones superficiales, que no nos aportan nada significativo. En lugar de eso, ser tú mismo te permitirá conectar con las personas adecuadas, aquellas que comparten tus valores, tus intereses y tu forma de ver la vida. Cuando te permites ser auténtico, la gente correcta llegará naturalmente. Ya sea un amigo que comparte la misma pasión, una pareja que te apoya en tus proyectos personales o compañeros de trabajo que valoran tu esfuerzo y dedicación, la autenticidad crea un espacio donde las relaciones genuinas pueden florecer.

La paradoja de ser uno mismo
Aunque parezca lógico, muchas personas temen ser ellas mismas por miedo a no ser aceptadas o comprendidas. Sin embargo, hay una paradoja interesante: al dejar de intentar agradar a todos, empiezas a atraer a las personas que realmente te entienden. No necesitas complacer a nadie, solo ser fiel a tu esencia. Y, con el tiempo, las personas que resonarán con tu vibra llegarán de manera natural. De hecho, la verdadera conexión no nace de la conformidad, sino de la diferencia. Aquellas personas que están dispuestas a aceptarte tal como eres son las que realmente tienen un lugar importante en tu vida. No hay nada más gratificante que encontrar un grupo de personas que valoran tus diferencias y te apoyan en tu crecimiento personal.

La autenticidad como camino hacia la felicidad
Ser tú mismo no solo se trata de relaciones interpersonales, sino también de bienestar interno. La autenticidad es la clave para vivir una vida más plena y satisfactoria. Cuando te permites ser quien eres realmente, reduces las tensiones internas y las inseguridades que provienen de tratar de cumplir expectativas ajenas. Esta liberación emocional te permite vivir de manera más relajada y disfrutar del presente sin el peso de tratar de cumplir con moldes sociales. Además, vivir en armonía con tu verdadero ser fomenta una mayor confianza en ti mismo, lo que se refleja en todas las áreas de tu vida. No solo atraerás a las personas adecuadas, sino que también tomarás decisiones más alineadas con tus deseos y necesidades personales.

Ser tú mismo es la clave…
Ser tú mismo no es solo un acto de valentía, sino también de sabiduría. La autenticidad es un faro que ilumina el camino hacia las relaciones más genuinas y satisfactorias. Cuando dejas de intentar encajar en un molde y te permites ser quien realmente eres, atraes a las personas que realmente merecen estar en tu vida. Así que, la próxima vez que te sientas tentado a cambiar para adaptarte, recuerda: al ser tú mismo, las personas correctas llegarán a ti, y no necesitarás hacer ningún esfuerzo por mantener esas relaciones, porque serán naturales y sinceras.

La verdadera conexión comienza cuando dejas de ocultar quién eres y te atreves a mostrarte al mundo tal cual eres.

El amor propio es un concepto que siempre escuché a mi alrededor, pero nunca entendí completamente hasta que decidí comenzar a vivirlo de manera genuina. A lo largo de los años, he llegado a comprender que el amor propio no es solo un eslogan vacío ni algo que simplemente se debe “tener”. Es un proceso continuo, un viaje personal que implica aceptarnos tal y como somos, abrazar nuestras imperfecciones y, sobre todo, aprender a ser amables con nosotros mismos en todo momento.

Recuerdo que, antes, solía confundir el amor propio con el egoísmo o la vanidad. Pensaba que ponerme a mí misma en primer lugar era algo negativo, como si fuera una forma de desatender a los demás. Sin embargo, la verdadera naturaleza del amor propio es, en realidad, todo lo contrario: es la base sobre la cual puedo ofrecer amor y apoyo genuino a los demás.

El comienzo de mi viaje hacia el amor propio fue, como muchos procesos personales, complicado. No fue un cambio de la noche a la mañana ni una revelación repentina. Fue un descubrimiento paulatino. Lo primero que entendí fue que debía darme permiso para ser imperfecta. Siempre había sido mi propia crítica más severa, apuntando mis errores, mis fallas y, sobre todo, mi falta de “suficiencia”. Decidí cambiar esa mentalidad. Dejé de juzgarme tan duramente y empecé a ser más compasiva conmigo misma.

Una de las primeras lecciones que aprendí fue que el amor propio no significa complacencia. No se trata de ignorar nuestras áreas de mejora ni de encerrarnos en una burbuja de perfección. Se trata, más bien, de ser honestos con nosotros mismos, de reconocer nuestros defectos y, al mismo tiempo, celebrarnos por los logros, por pequeños que sean. Es saber que merecemos lo mejor, pero también ser conscientes de que merecemos crecimiento, aprendizaje y perdón.

Una de las partes más reveladoras de este viaje fue aprender a poner límites. Durante mucho tiempo sentí que debía complacer a todos los que me rodeaban, que debía ser la persona que siempre estaba disponible, que nunca decía “no”. Sin embargo, pronto me di cuenta de que esa actitud estaba agotándome emocionalmente. Decir “sí” constantemente no solo me dejaba sin energía, sino que también me alejaba de lo que realmente necesitaba: tiempo para mí misma, para reflexionar, descansar y cuidar de mi bienestar.

Aprender a decir “no” fue liberador. No era un rechazo hacia los demás, sino una forma de respetarme. Era un recordatorio de que mi paz interior, mi salud mental y mi bienestar emocional son tan importantes como cualquier otra cosa. Y es que, si no me cuido yo primero, ¿cómo podría ofrecer lo mejor de mí a los demás?

La autocompasión ha sido otra pieza clave en este camino. Hubo momentos en los que fallé, en los que cometí errores o tomé decisiones que no fueron las mejores. En esos momentos, en lugar de flagelarme o caer en la autocrítica destructiva, decidí ser amable conmigo misma. Me permití aprender de esos momentos sin castigarme por ellos. Fue un cambio radical: dejar de ver los fracasos como fracasos y empezar a verlos como oportunidades de crecimiento.

A través de la autocompasión, entendí que soy humana, que mis debilidades no me definen y que lo más importante es la capacidad de volver a levantarme, aprender y seguir adelante. Todos tenemos días difíciles, y no hay nada de malo en tenerlos. Lo importante es tratarnos con la misma bondad que le ofreceríamos a un amigo que está pasando por lo mismo.

Otro aspecto fundamental fue dejar de compararme con los demás. En un mundo que nos bombardea con estándares de belleza, éxito y logros ajenos, es fácil caer en la trampa de compararnos constantemente. Al principio, me sentía insegura cuando veía las vidas aparentemente perfectas de otras personas, pero pronto me di cuenta de que las comparaciones solo alimentan mis inseguridades y me alejan de mi verdadero ser.

Hoy, celebro quién soy en cada momento, con mis altibajos, mis logros y mis defectos. Aprendí a valorar mi propia historia, mis avances y mis cualidades. El amor propio no es un punto de llegada, sino una forma de estar presente en cada etapa del camino, reconociendo todo lo que soy, lo que he vivido y lo que he aprendido.

Si algo me ha enseñado el amor propio es que es la base sobre la cual se construye todo lo demás. Cuando aprendo a amarme, puedo cuidar de mis relaciones, de mi trabajo, de mis proyectos y, en última instancia, de mi felicidad. No se trata de ser perfecta ni de tener todas las respuestas. Se trata de aceptarme, de ser mi propio apoyo, de brindarme la misma comprensión y empatía que ofrezco a los demás.

El amor propio no es un destino al que llegamos, sino una práctica diaria. Es un recordatorio constante de que merecemos respeto, paz y felicidad. Y lo más hermoso es que, al cultivarlo en nosotras mismas, podemos irradiarlo hacia el mundo, haciendo de él un lugar más compasivo y amoroso para todos.

Vivimos en un mundo digitalizado, donde la mayoría de nuestras interacciones, preocupaciones y también nuestras emociones se gestionan a través de una pantalla. Como parte de la Generación Z, he crecido con la constante presencia de las redes sociales, el acceso rápido a la información y, por supuesto, la presión digital. Si bien todo esto ha facilitado muchas cosas, también ha traído consigo desafíos emocionales que, hasta hace poco, no solíamos hablar tanto. Y aquí estamos, en 2025, con una generación que se ha visto obligada a enfrentarse a su salud mental de una manera completamente nueva.

Para nosotros, la tecnología y las redes sociales son tan naturales como respirar. No conocimos un mundo sin ellas y crecimos con la idea de que, a través de las pantallas, podemos conectar, compartir y expresarnos. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que esta conexión constante también puede generar desconexión emocional. Entre la sobrecarga de información, la ansiedad por la perfección que vemos en las fotos de Instagram o el sentimiento de ser “inadecuados” al comparar nuestras vidas con las de otros en TikTok, la salud mental se ha visto afectada de una manera que no habíamos anticipado.

Una de las cosas que más me afecta, y que comparto con gente cercana o incluso de la misma generación, es esa sensación de tener que estar siempre en constante rendimiento. Las redes sociales nos bombardean con ideas de éxito, belleza y felicidad que no siempre corresponden con nuestra realidad. Esta desconexión entre lo que mostramos en línea y lo que sentimos en el día a día genera una presión mental constante. No es raro vernos atrapados en la comparación, en ese ciclo de tratar de encajar en una imagen idealizada mientras luchamos con las dificultades internas que no se ven.

Sin embargo, a medida que hemos ido tomando conciencia de los efectos negativos de la hiperconexión, también hemos encontrado formas de utilizar la tecnología a nuestro favor. Como generación, hemos adoptado herramientas digitales para cuidar nuestra salud mental, y estas nos han permitido hacer frente a los desafíos de una manera accesible, privada y personalizada.

Además, las apps de meditación se han convertido en una parte importante de nuestra rutina diaria. Si bien al principio no creía que estas herramientas digitales realmente pudieran ayudarme, con el tiempo me di cuenta de lo mucho que me ha servido tomar unos minutos al día para respirar, meditar o simplemente desconectar. La clave está en la constancia y en darnos permiso para desconectar, incluso si el mundo sigue girando a toda velocidad en línea.

Lo que más me impresiona de nuestra generación es el cambio cultural que estamos impulsando en torno a la salud mental. En los últimos años, hemos sido pioneros en hacer de estos temas algo visible, algo normal de hablar. Antes, la salud mental se veía como un tema tabú, pero ahora, tanto en redes como en la vida cotidiana, es común ver a jóvenes abriendo conversaciones sobre ansiedad, depresión, estrés o cualquier otro desafío emocional.

Estamos quitando el peso de la culpa y el miedo al juicio, y eso ha sido un cambio radical. Influencers, amigos, familiares… todos nos estamos uniendo a la conversación, compartiendo nuestras historias y buscando apoyo. Esta vulnerabilidad colectiva ha creado una cultura de empatía y entendimiento que, sinceramente, nunca imaginé que vería tan pronto.

Como parte de la Generación Z, siento que estamos en una posición única para cambiar la forma en que el mundo ve y trata la salud mental. Nuestra conexión con la tecnología nos ha permitido encontrar nuevas formas de autocuidado y apoyo, pero lo más valioso es la forma en que estamos transformando la cultura. Ya no nos avergonzamos de hablar de lo que sentimos, de pedir ayuda o de buscar soluciones. Estamos aprendiendo que, al final, cuidar de nuestra salud mental es tan importante como cuidar de nuestra salud física. Y lo mejor de todo: estamos comenzando a entender que el bienestar integral no tiene que ser un lujo, sino un derecho al alcance de todos.

Si bien la historia de la política ha estado marcada por una predominante presencia masculina, el rol de las mujeres en la política ha cambiado de manera significativa en las últimas décadas. No obstante, la lucha por la igualdad de género en los espacios de poder sigue siendo un desafío vigente.

 La mayoría de las mujeres que participan en la política se encuentran con barreras que van desde los estereotipos de género hasta una falta de apoyo institucional, pasando por una violenta campaña mediática y la constante exigencia de ser “más competentes” que sus homólogos masculinos.

El panorama no estaría completo sin mencionar la violencia política de género, un tema que sigue siendo minimizado en muchos países. Las amenazas, agresiones y campañas de difamación contra mujeres políticas son una realidad cotidiana.

Es indiscutible que la inclusión de las mujeres en la política es crucial para una democracia plena. La diversidad de perspectivas que aportan las mujeres es fundamental para la creación de políticas públicas que verdaderamente respondan a las necesidades de toda la población. Las mujeres no son solo “víctimas” de políticas, sino que deben ser arquitectas activas en la creación de soluciones a los problemas sociales, económicos y políticos que nos afectan.

No hay democracia sin igualdad, y no hay democracia sin representación equitativa. Por ello, es urgente que las políticas públicas sigan avanzando hacia la paridad de género en todos los niveles de gobierno. Los partidos políticos deben incorporar a las mujeres no solo como candidatas, sino también como líderes dentro de sus estructuras, promoviendo un cambio cultural que reconozca y valore su contribución en la toma de decisiones.

La lucha por la igualdad en la política no es solo una cuestión de género, sino de justicia social. Cada vez más mujeres nos estamos haciendo escuchar, no solo en las urnas, sino en las calles, en las redes sociales y en los espacios de discusión. Es hora de que este empuje transformador se traduzca en un cambio real en la forma en que entendemos y practicamos la política.

Cuando las mujeres lideran, las democracias avanzan. Y ese es el futuro que debemos construir.

La inclusión de las mujeres en la política no debería ser una lucha de pocos, sino una necesidad para todos. Es innegable que el mundo está cambiando, y con él, las formas en las que entendemos el poder y la toma de decisiones. Las mujeres hemos demostrado una y otra vez que nuestra capacidad para liderar, transformar y proponer soluciones es tan grande como la de nuestros homólogos masculinos. Sin embargo, la verdadera transformación sólo ocurrirá cuando entendamos que la igualdad de género en la política no es un favor que se les hace a las mujeres, sino un derecho fundamental que fortalece las democracias y beneficia a la sociedad en su conjunto.

El desafío sigue siendo grande, pero también lo es la esperanza. Cada vez más mujeres ocupamos espacios de poder, visibilizando que el cambio es posible. Sin embargo, ese camino debe ser pavimentado por una sociedad que se comprometa a eliminar las barreras estructurales, las violencias y los prejuicios que siguen limitando la participación femenina en la política. La lucha por una representación equitativa no es solo de nosotras las mujeres, sino de todos aquellos que creen en una democracia más justa, diversa e inclusiva.

El futuro de la política está en nuestras manos, y es imperativo que, como sociedad, apostemos por un cambio real. Solo entonces, cuando las mujeres estemos plenamente representadas en los espacios de poder, podremos decir que hemos alcanzado una democracia verdadera.

El miedo de perderlo todo es un sentimiento que, en algún momento, nos ha tocado a todos. Se  asoma en nuestras decisiones y puede paralizarnos si le damos demasiado espacio en nuestras vidas. Pero, ¿realmente estamos perdiendo todo o simplemente estamos enfrentando un cambio?

A lo largo de nuestras vidas, constantemente estamos construyendo, ya sea en el ámbito profesional, personal o emocional. Tendemos a formar estructuras que nos brindan seguridad y estabilidad. Sin embargo, a medida que estas estructuras crecen, también lo hacen nuestros temores. El miedo a perder un empleo, una relación, una oportunidad o, incluso, la dirección de nuestras vidas, se vuelve una preocupación constante.

Es fácil dejarse atrapar por la idea de que, si algo se va, todo se pierde. Sin embargo, lo que no vemos es que, muchas veces, la pérdida nos da la oportunidad de reconstruir algo aún mejor. Cada vez que experimentamos un fracaso o una pérdida, estamos frente a una oportunidad para aprender, adaptarnos y crecer. Y aunque el proceso de atravesar el miedo puede ser aterrador, es en esos momentos donde realmente descubrimos nuestra capacidad para resistir y evolucionar.

El miedo a perderlo todo también está ligado a nuestra percepción del control. La verdad es que la vida, por naturaleza, es impredecible. Aceptar la incertidumbre nos permite vivir con menos ansiedad. Porque, aunque no siempre podamos evitar las pérdidas, sí podemos elegir cómo afrontarlas.

Es importante recordar que lo que más tememos perder no siempre es lo que define nuestra felicidad ni nuestra esencia. A menudo, son las conexiones con los demás, los aprendizajes que obtenemos en el camino y el crecimiento personal lo que realmente importa. El miedo de perderlo todo, en su fondo, es solo una invitación a mirar más allá de lo que tenemos ahora y descubrir lo que aún nos queda por ganar.

Aceptar ese miedo, enfrentarlo y seguir adelante nos puede llevar a una vida más libre, menos atada a lo material y más abierta a las infinitas posibilidades que el futuro nos ofrece. Porque perderlo todo no siempre es perderlo todo, sino liberar espacio para que algo aún mejor llegue a nuestras vidas