- Nacida y criada en la ciudad con rostro de cantera y corazón de plata.
- Licenciada en QFB, interesada por el crecimiento de la mujer en la ciencia.
- Mis hobbies: gusto por los deportes, naturaleza, postres, comida, leer, películas, series, entre muchas más.
- Me considero una persona versátil siempre con el entusiasmo de aprender algo nuevo cada día.
- Superarme día con día es el reto de mi vida.
2026
Una copa de vino descansa entre mis manos; a su lado, mi botana favorita; a mis pies, una perrita dormilona que respira con esa paz que solo los animales conocen. Afuera, la noche es tibia y silenciosa, de esas que no exigen nada, pero lo dicen todo. Es en momentos así cuando la vida baja el volumen y nos obliga —con suavidad— a escuchar nuestros propios pensamientos.
¿Y en qué pensamos cuando todo se aquieta? En la vida, en lo breve que es, en lo frágil que puede volverse de un instante a otro.
Cada día vemos a personas quejarse por lo que les falta, angustiarse por lo que aún no tienen o desgastarse intentando asegurar un futuro que nadie les ha prometido. Mientras tanto, en algún lugar, alguien se despide del mundo demasiado pronto; alguien recibe un diagnóstico inesperado; alguien descubre que dedicó sus mejores años a un trabajo que le agotó la mente y el cuerpo, posponiendo abrazos, risas y sobremesas familiares para “cuando hubiera tiempo”. Pero el tiempo no siempre espera.
Vivimos preocupados por el dinero, por el éxito, por cumplir expectativas que a veces ni siquiera son nuestras. Nos repetimos que todo sacrificio valdrá la pena mañana; sin embargo, ¿qué pasa si ese mañana no llega como lo imaginamos? ¿Qué sucede si, cuando por fin alcanzamos la meta, ya no tenemos energía para disfrutarla?
En contraste, los pequeños momentos —una copa de vino compartida, una charla sincera, la tibieza de un ser querido descansando a tu lado— suelen pasar desapercibidos. Son instantes sencillos, cotidianos, casi invisibles, pero profundamente valiosos. No todos tienen el privilegio de experimentarlos; no todos pueden detenerse a contemplar una noche tranquila sin que el ruido de las preocupaciones les robe el presente.
Hoy reímos. Mañana, quién sabe.
La incertidumbre es una compañera constante. Nos cuestionamos si las decisiones que tomamos son las correctas, si elegimos el camino adecuado, si estamos construyendo la vida que realmente deseamos. Surgen preguntas inevitables: ¿Me estoy haciendo feliz? ¿Estoy viviendo cómo quiero o cómo debo? ¿Existe otro rumbo que no me he atrevido a explorar?
Y así, entre dudas, miedos e inseguridades, la mente humana se debate en un vaivén interminable. Pensamos demasiado en lo que podría salir mal y demasiado poco en lo que ya está saliendo bien. Nos arrepentimos de lo que hicimos y también de lo que no nos atrevimos a hacer. Buscamos certezas en un mundo que rara vez las ofrece.
Tal vez el equilibrio no esté en tener todas las respuestas, sino en aprender a habitar las preguntas con más compasión hacia nosotros mismos, en entender que la vida no se mide solo en logros acumulados, sino en momentos vividos con conciencia, en permitirnos disfrutar sin culpa esos pequeños placeres que, aunque parezcan simples, son extraordinarios.
Mientras mi perrita sigue dormida y la noche avanza sin prisa, entiendo que la felicidad no siempre es un gran acontecimiento. A veces es esto: un instante de calma, una reflexión honesta y la decisión silenciosa de valorar lo que hoy sí tenemos. Porque la vida es corta y, aunque esté llena de incertidumbre, también está llena de oportunidades para sentir, agradecer y, sobre todo, vivir.
2025
Faltan apenas dos meses para que este año llegue a su fin. ¡Sí, ya! El calendario corre y la pregunta inevitable aparece: ¿Cumpliste lo que te prometiste en enero? Si tu respuesta es sí, si estás por cerrar el año con metas alcanzadas y sueños realizados, felicidades, eso habla de un compromiso firme contigo mismo, y ese, sin duda, es el más importante de todos. Pero seamos honestos: la mayoría no lo logramos, muchos ya ni siquiera recuerdan qué se propusieron y sí, me incluyo, porque, aunque a principios de año hicimos listas, visión boards y promesas al espejo, la vida pasó, la rutina nos arrastró, las dudas pesaron y, como suele suceder… la procrastinación ganó.
Pero antes de que te castigues o te resignes, quiero que te detengas un momento y respires, porque aquí va una verdad simple pero poderosa: aún no es tarde.
Vivimos corriendo, el tiempo parece tener prisa, y nosotros también, pero en medio de esa carrera, entre tareas pendientes, listas que no se tachan y metas que aplazamos una y otra vez, hay una palabra que nos acompaña como una sombra silenciosa: procrastinar. Pero ¿qué pasaría si dejáramos de ver la procrastinación solo como el villano de nuestras rutinas productivas?
Procrastinar es humano, todos lo hacemos, postergamos lo importante para atender lo urgente o simplemente para huir del miedo que nos da intentar algo grande. A veces, posponer es nuestra forma de respirar cuando la vida aprieta demasiado. Pero aquí está el punto clave: procrastinar no significa rendirse. El tiempo no espera, pero tú tampoco tienes que correr. Nos han enseñado a temerle al tiempo como si fuera un enemigo, nos presionamos por “llegar” a determinada edad con logros medibles: un título, un empleo soñado, una relación estable, una cuenta de ahorros saludable, buen físico, entre muchas más. El tiempo no es una carrera de velocidad, es un camino y cada quien lo camina a su ritmo: hay quienes florecen a los 20 y quienes apenas comienzan a germinar a los 40, y no hay nada de malo en eso. Procrastinar, en ocasiones, también puede ser una pausa necesaria para vivir, para reconectar con lo que somos fuera del ruido, para descubrir si realmente queremos lo que perseguimos o solo estamos siguiendo un guion que alguien más escribió.
No te rindas, aunque tardes. Está bien si te toma más tiempo, está bien si necesitas respirar antes de intentarlo de nuevo. Lo realmente importante no es cuán rápido llegas, sino que no dejes de intentarlo. Aplazar no es abandonar. Mientras estés dispuesto a volver a levantarte, aunque sea lento, aunque te tardes años, estás en camino y estar en camino también es avanzar.
Vivir también es parte del plan. No dejes que el calendario te robe la experiencia de estar vivo, no conviertas cada minuto en una métrica de productividad. Hay valor en las pausas, en los momentos de duda, en los días “improductivos” que están llenos de vida, de risas, de encuentros, de aprendizajes invisibles, porque al final, el tiempo que parece “perdido” muchas veces es el que más nos forma. A veces, entre tarea y tarea aplazada, estamos descubriéndonos y eso también cuenta. Así que sí, puedes procrastinar, pero no te detengas: vive, equivócate, pausa, respira y luego vuelve a empezar, porque todo lo que vale la pena lleva tiempo y tú vales mucho la pena.
Muchas personas no lo intentan, no porque no quieran, sino porque algo en su cabeza, ese famoso “autosaboteador interno”, les dice que no pueden, que es tarde, que ya no vale la pena. Pero aún estás vivo y mientras hay vida, hay posibilidad. Quizás no llegues a la meta completa este año, pero puedes acercarte, puedes moverte, puedes dar el primer paso o el siguiente. Lo único que no puedes hacer es rendirte antes de tiempo, porque tú, más que nadie, sabes que ese sueño que te espera vale la pena.
Fallar también es parte del camino, no tengas miedo. Fallar es aprender, es crecer, es haber tenido el coraje de intentarlo. Quedarte con las ganas es lo único que realmente pesa. En estos últimos dos meses, no pienses en todo lo que no lograste, piensa en lo que todavía puedes hacer. Haz una cosa, solo una, la que más resuene contigo y hazla sin miedo, sin prisas, pero con el corazón, porque este año aún no termina y tú aún estás a tiempo. No se trata de ganarle al tiempo, se trata de no dejarte ganar por él.
Querido septiembre…
Gracias por llegar, como cada año, con tu esencia firme y nostálgica. Gracias por presentarte con los colores de la patria ondeando en cada rincón, por pintar las calles de verde, blanco y rojo, por despertar en nuestro corazón el amor por México, por nuestras raíces y por nuestra historia. Eres más que un mes en el calendario: eres memoria viva, fiesta del alma, recordatorio de lo que somos y de todo lo que aún soñamos ser. Gracias por enseñarnos, una vez más, que la cultura mexicana no solo se lleva en la piel, sino también en el corazón, en la voz que canta, en las manos que preparan, en los pies que bailan y en los corazones que celebran.
Gracias por los días de eterno pozole, que huele a hogar y a familia, que sabe a tradición. Por los buñuelos que endulzan las tardes, por los tamales que calientan las madrugadas, por las flautas crujientes, las enchiladas que abrazan el alma, los sopes con su generosidad mexicana. Gracias por los antojitos que no son solo comida, sino símbolos de amor y de identidad. Gracias por los postres de feria, las aguas frescas, el pan de nata y los dulces típicos que nos remontan a la infancia.
Gracias también por las noches mexicanas, llenas de música, de mariachi, de baile, de anécdotas y de risas. Por los gritos que no solo celebran, sino que reclaman: “¡Viva México!” desde el fondo del alma, con fuerza, con esperanza, con el deseo de un país mejor.
Querido septiembre…
Te pedimos que no dejes de luchar, porque, aunque hace siglos se firmó la independencia, hay batallas que aún se pelean en silencio. Lucha por la justicia que nos falta, por la paz que anhelamos, por la libertad que aún se nos niega a muchos. Lucha por una tierra fértil, no solo de maíz, sino de oportunidades; lucha por una patria donde cada niño pueda crecer seguro, donde cada madre y mujer pueda caminar sin miedo, donde cada joven pueda trabajar con dignidad.
Lucha por México, por ese México honesto, trabajador, solidario y valiente que nunca se rinde, por el campo que nos alimenta, por las manos artesanas, por los pueblos mágicos, por la diversidad que nos enriquece, por las lenguas indígenas que resisten, por el México profundo que no siempre aparece en los libros de historia, pero que vive, canta y respira en cada rincón del país.
Gracias también por tu clima generoso, por las lluvias que limpian las calles y el alma, por los campos que reverdecen y florecen, por esa frescura de las mañanas que nos da la bienvenida mientras nos despedimos de las sábanas cálidas. Gracias por tus tardes tibias, por el cielo despejado que nos cubre como un manto, por las noches silenciosas que nos invitan a reflexionar y agradecer.
Septiembre, gracias por lo que nos das, por lo que nos recuerdas y por lo que nos inspiras a seguir construyendo, porque contigo empieza la temporada del alma mexicana, recordándonos que ser mexicano es un orgullo que se vive, se lucha y se honra cada día.
Con cariño y esperanza,
una mexicana agradecida.
Vivimos en una sociedad donde, cada vez con mayor frecuencia, los valores fundamentales parecen quedar relegados a un segundo plano. En muchos contextos, tanto el sistema gubernamental como el empresarial operan sin una brújula moral ni una ética clara. La inteligencia y la sabiduría han sido desplazadas por la ambición, los favores, los contactos y una peligrosa necesidad de acceder al poder a cualquier costo. Así, lo correcto se opaca ante lo conveniente, y lo justo se diluye frente a los intereses de unos pocos.
Este escenario no nos es ajeno. Día tras día, estudiantes, egresados, profesionales y familias enteras se enfrentan a la desilusión al descubrir cómo funcionan realmente las instituciones que deberían velar por el bien común. La corrupción, la indiferencia, la falta de oportunidades y el nepotismo se han vuelto parte del paisaje cotidiano, generando consecuencias cada vez más visibles: el aumento de la inseguridad, el desempleo y, no menos importante, un alarmante deterioro del bienestar emocional. La ansiedad, la depresión y la desesperanza se extienden como síntomas de un sistema que, muchas veces, parece más interesado en preservar privilegios que en promover justicia y equidad.
Frente a este panorama, surge una pregunta crucial: ¿cómo podemos defendernos y, aún más importante, luchar por transformar la sociedad?
La respuesta no es sencilla. A primera vista, puede parecer una interrogante ingenua, incluso utópica. Sin embargo, mucho depende del entorno en el que nos movemos y, sobre todo, de la manera en que decidimos interpretar y enfrentar la realidad. La clave puede estar en la perspectiva. Ver el lado positivo no significa ignorar la injusticia ni tapar el sol con un dedo; significa encontrar, incluso en medio de la oscuridad, las pequeñas luces que nos impulsan a seguir creyendo, a seguir actuando. Porque hay cosas que ni el poder, ni los contactos, ni las influencias pueden otorgar: la humanidad, la humildad, la empatía, la inteligencia emocional, el liderazgo genuino. Esos valores que surgen desde el corazón y se proyectan con pasión y compromiso.
En un mundo donde todo parece negociable, lo que realmente marca la diferencia es actuar con amor por lo que se hace, con entrega por lo que se tiene, y con esperanza por lo que se busca. Esa chispa interior que muchos creen extinguida sigue viva en quienes, a pesar de las circunstancias, eligen caminar con rectitud, inspirar desde el ejemplo y construir desde la honestidad. Es ese positivismo consciente el que mantiene viva la fe y la convicción de que un cambio es posible, y de que puede llegar no solo para beneficio personal, sino para el bien colectivo.
Tal vez no podamos transformar el sistema de un día para otro, pero sí podemos decidir qué tipo de personas queremos ser en medio de él. Porque los verdaderos líderes no son los que ostentan poder, sino aquellos que, incluso sin “palancas”, logran encender en otros la llama del cambio y de la pasión por el buen esfuerzo humano.
En el mundo actual, muchas personas se enfrentan a una amarga realidad: por un lado, las ofertas laborales son abundantes, pero por otro, están mal remuneradas y cargadas de requisitos inalcanzables para los recién egresados. Cada año, miles de jóvenes se lanzan al mercado laboral con la esperanza de encontrar su primer empleo, solo para descubrir que la experiencia previa —que es difícil de adquirir sin una primera oportunidad— se ha convertido en la principal barrera de entrada.
A esta brecha se le suma un fenómeno que impacta tanto a nivel profesional como emocional: la competencia feroz entre compañeros. Aquellos que alguna vez compartieron las mismas aulas, proyectos y aspiraciones ahora se ven enfrentados por el mismo puesto. Y en este contexto, no solo la habilidad técnica es crucial; también lo son las emociones y las dinámicas personales que surgen cuando la competencia se convierte en un factor determinante para el futuro profesional de cada uno.
Durante la formación universitaria, los estudiantes son guiados por principios como el trabajo en equipo, la colaboración y el aprendizaje compartido. Sin embargo, en la práctica, el sistema educativo rara vez nos prepara para los desafíos concretos del mercado laboral. Nos enseñan a pensar críticamente, a analizar y a solucionar problemas de forma teórica, pero pocas veces nos alertan sobre los filtros invisibles que encontraremos en el mundo profesional: los años de experiencia, la red de contactos y las habilidades blandas, no tan evidentes en un currículo, pero esenciales en una entrevista de trabajo.
Una vez que nos enfrentamos a la competencia real, las promesas de trabajo en equipo que se nos inculcaron en la universidad se disipan. De repente, lo que se valora no es solo la capacidad de trabajar en conjunto, sino cómo destacarnos sobre los demás, cómo sobresalir frente a quienes alguna vez fueron nuestros compañeros.
Uno de los momentos más intensos en este proceso de adaptación es cuando nos encontramos con un compañero en la misma entrevista para la misma vacante. De repente, los lazos de compañerismo se transforman en una carga emocional, en un duelo silencioso entre quienes compartieron años de esfuerzo académico y ahora luchan por un puesto en el mismo equipo.
Las miradas se cruzan y la ansiedad se siente en el aire. Es natural que surjan preguntas internas: ¿por qué a él o a ella le hicieron más preguntas? ¿Por qué a mí no me profundizaron en ciertos temas? En ese instante, lo que más importa no es solo la preparación técnica, sino la percepción de nuestra experiencia. Y es ahí donde muchos se dan cuenta de que, aunque un currículum impresionante puede abrir puertas, la falta de experiencia en áreas clave puede cerrarlas rápidamente.
La competencia es despiadada y no siempre es una cuestión de habilidades. A veces, un exceso de experiencia puede ser visto como una desventaja, creando la paradoja de ser “sobrecalificado”. En este punto, los jóvenes profesionales se enfrentan a una dura realidad: su preparación puede no ser suficiente, mientras que los compañeros con menos experiencia, pero más flexibilidad o “potencial”, parecen tener ventaja.
En este contexto, la frustración es inevitable. La mirada de un compañero que te observa con resentimiento o envidia, incluso sin conocer toda tu trayectoria, puede ser dolorosa. Ese compañero tal vez no sabe que, detrás de cada oportunidad que has conseguido, hay sacrificios, desilusiones y constantes rechazos. Lo que otros ven como suerte o facilidad, en realidad ha sido el resultado de una lucha constante por salir adelante en un entorno cada vez más competitivo.
Aún más complejo es el juicio social hacia aquellos que, a pesar de tener un empleo estable, deciden seguir buscando nuevas oportunidades. ¿Por qué? Porque la sociedad, en ocasiones, no entiende la necesidad de seguir mejorando, de buscar nuevas experiencias, de construir un futuro más prometedor. Se nos tilda de ambiciosos o insatisfechos, pero la realidad es que la vida profesional no se trata solo de un puesto fijo, sino de crecimiento, aprendizaje y, sobre todo, de resiliencia.
¿Es el esfuerzo un pecado? ¿Es un pecado buscar más? ¿Es incorrecto trabajar en varios lugares para asegurar tu estabilidad económica o para mejorar tu calidad de vida?
La historia nos ha demostrado que las grandes figuras del mundo, desde científicos hasta empresarios exitosos, no se conformaron con una sola ocupación. Ellos fueron más allá, persiguieron diversas áreas de conocimiento y de acción, porque entendieron que el éxito no depende solo de un camino, sino de la capacidad de reinventarse y aprender constantemente.
En un entorno laboral tan competitivo como el que vivimos, el reto no es solo encontrar un empleo, sino crecer continuamente, adaptarse a los cambios y, sobre todo, no dejarse llevar por el miedo a ser etiquetados. La verdadera cuestión aquí no es si se es ambicioso, sino cómo se canaliza esa ambición hacia el crecimiento personal y profesional, sin miedo a ser juzgado por querer más.
En un país como México, donde las oportunidades laborales son limitadas y el mercado está saturado de jóvenes talentosos, la competencia es inevitable. Sin embargo, no debe ser vista como un obstáculo, sino como una oportunidad para reflexionar sobre cómo podemos mejorar, cómo podemos destacar en un mercado saturado sin perder nuestra esencia.
No se trata de ganar sobre los demás, sino de ganar sobre nosotros mismos, de seguir adelante a pesar de las adversidades, de no conformarnos con lo que ya tenemos, sino de seguir luchando por nuestras metas.
En lugar de ver la superación personal como un acto egoísta, deberíamos verla como un proceso transformador que beneficia no solo a quien lo vive, sino a quienes lo rodean. Porque el verdadero cambio, en última instancia, comienza en nosotros mismos.
Desde hace años, había una niña a quien siempre le corregían la postura. Sus padres se esforzaban por evitar que cargara cosas pesadas, ni siquiera su mochila escolar. Cuando llegó a la secundaria, su madre empezó a notar una ligera inclinación en su postura hacia un lado, y con el tiempo, la niña, ya en su adolescencia, se dio cuenta de que un lado de su cintura se veía más acinturado que el otro. A pesar de sus esfuerzos por trabajar ambos lados de su cuerpo de manera equitativa, la genética y los malos hábitos terminaron alcanzándola a una edad temprana. Al principio pensó que solo se trataba de una dismorfia corporal común, algo que todos experimentamos en algún momento, pero al paso de los años no sabía lo que le deparaba el destino.
La adolescente, ya a punto de finalizar su licenciatura, se sentía bien: iba al gimnasio, practicaba natación, asistía a todos sus partidos de básquetbol, estaba concentrada en sus estudios y en su relación amorosa. Sin embargo, comenzó a notar que la dismorfia en su cintura se volvía más evidente, y empezó a sentir molestias en la espalda, a veces tan intensas que no soportaba estar mucho tiempo de pie. Simultáneamente, su hermano mayor, quien estaba terminando su segunda licenciatura en fisioterapia, comenzó a analizar a su hermana, que solía ir a un masaje descontracturante. Fue entonces cuando un compañero profesional de la misma carrera le sugirió que ella se hiciera unas radiografías de la columna para descartar una posible enfermedad. Fue en ese momento cuando todo cambió en su vida. Las radiografías confirmaron lo que su hermano sospechaba: la joven tenía escoliosis. Esa “dismorfia” en su cintura, que había experimentado durante tanto tiempo, no era solo una percepción de su cuerpo, sino un síntoma real de la escoliosis; su postura ligeramente inclinada hacia un lado también era parte de los signos de la enfermedad.
Pero ¿qué es la escoliosis? La escoliosis es una deformidad de la columna vertebral que se ha conocido desde tiempos antiguos. El primero en describirla fue Hipócrates (460-370 a.C.) en su Corpus Hippocraticum, pero fue Galeno (131-201 d.C.) quien acuñó los términos xifosis, lordosis y escoliosis. Según la definición moderna, la escoliosis es una deformidad en tres dimensiones de la columna vertebral, donde el desplazamiento lateral de las vértebras supera los 10 grados y cruza la línea media, generalmente acompañado de algún grado de rotación. Aunque no es una enfermedad en sí misma, la escoliosis es una alteración estructural que puede preocupar a quienes la padecen, tal como le sucedió a la joven, que, al enterarse, pensó lo peor. Sin embargo, al informarse más sobre el tema, comprendió que la escoliosis no es una enfermedad, sino una condición que puede medirse de manera clínica y radiológica. Con fisioterapia y ejercicios de bajo impacto para fortalecer los músculos de la columna, es posible mejorar gradualmente.
Esta experiencia es también parte de mi historia. Al igual que yo, muchas personas pasan por situaciones similares sin saber que tienen una condición, simplemente porque no se informan o no buscan ayuda. Por eso es fundamental hacerse chequeos, por más pequeños que sean los síntomas. Si hacerlo te da tranquilidad y te ayuda a mantener tu salud, no dudes en hacer todo lo que esté a tu alcance para cuidar de ti mismo y lograr el bienestar que todos merecemos.
Referencias:
Pantoja TS y Chamorro LM. 2015. Escoliosis en niños y adolescentes. Revista Clínica Médica Las Condes. 26(1). pp. 99-108
Tejeda Barreras M. 2011. Escoliosis: concepto, etiología y clasificación. Ortho-tips. 7(2). pp. 75-82
El tiempo ha existido siempre, pero muchas personas no saben valorarlo. Actualmente, la mayoría de las personas viven sin disfrutar verdaderamente de la vida ni aprovechar el tiempo, tomándolo a la ligera. Este tema me parece interesante porque, como muestra el libro Momo de Michael Ende, el tiempo es algo vital, y a menudo no somos conscientes de su importancia. En la obra, el autor presenta la fantasía no como una forma de escapar de la realidad, sino como una manera de acercarse a ella de forma más profunda.
En Momo, el tiempo es el eje central. Los “hombres grises”, los villanos de la historia, roban el tiempo de las personas, obligándolas a vivir vidas monótonas, sin descanso ni diversión. Esta dinámica refleja lo que sucede en la vida real, donde muchas personas viven atrapadas en rutinas agotadoras, sin aprovechar realmente su tiempo, olvidándose de disfrutarlo y de lo que realmente importa. Momo, la protagonista, es una niña que tiene más de 100 años. Aunque tiene la apariencia de una niña, su sabiduría es enorme. Momo tiene una capacidad especial: puede escuchar a las personas de una manera que nadie más puede. Esta habilidad le permite ayudar a quienes la rodean, a pesar de las dificultades. A través de Momo, Ende nos muestra que el tiempo no solo debe ser gestionado, sino que debe vivirse de manera plena, sin dejarse arrastrar por la prisa o la presión de las rutinas.
En la historia, los “hombres grises” representan una metáfora de cómo la sociedad moderna puede hacer que las personas pierdan su tiempo, convirtiéndolas en esclavas de la productividad constante, sin detenerse a disfrutar del presente. Momo lucha contra ellos, tratando de devolverles a sus amigos la capacidad de disfrutar de la vida. En su lucha, Momo demuestra que, aunque el tiempo parece volar cuando estamos disfrutando, siempre hay una forma de recuperarlo si se vive de manera consciente. El tiempo, como nos enseña Momo, no es solo algo que se mide con relojes y calendarios, sino algo que se experimenta. Según el libro, el tiempo no es algo que pueda definirse de manera simple. Es algo que depende de las experiencias que vivimos y de cómo elegimos vivirlas. La cita “El tiempo es vida, y la vida reside en el corazón” refleja esta idea: el tiempo no es solo un concepto abstracto, sino algo profundamente conectado con nuestras emociones y experiencias.
Finalmente, el mensaje de Momo es claro: el tiempo es algo valioso, y debemos aprender a aprovecharlo en lugar de malgastarlo. La vida es corta, y si no sabemos disfrutar el presente, el tiempo se nos escapa sin darnos cuenta. El autor nos invita a reflexionar sobre cómo usamos nuestro tiempo y cómo podemos hacer un esfuerzo por vivir de manera más plena y significativa.
En conclusión, el libro me dejó una reflexión importante sobre cómo estamos viviendo nuestra vida y el tiempo que estamos perdiendo. La lectura de Momo me hizo darme cuenta de que, en la sociedad actual, muchas veces malgastamos el tiempo en cosas superficiales, como el uso excesivo del celular. En lugar de eso, sería mejor invertir ese tiempo en actividades que realmente aporten a nuestro bienestar. Al final, lo más importante es ser conscientes de cómo vivimos y aprovechar el tiempo para disfrutar de lo que realmente importa.
En algún momento de nuestra vida, o incluso a lo largo de ella, hemos observado a personas que destacan como líderes naturales, son sociables, saben trabajar en equipo o bajo presión, son responsables, no temen hablar en público y tienen un buen control de sus nervios. En esos momentos, nos preguntamos: ¿Por qué yo no soy así? La comparación con los demás está casi siempre presente en cada paso que damos. Sin embargo, en esta ocasión dejaremos de lado esa comparación y nos enfocaremos en un tema clave: las habilidades blandas.
¿Qué son las habilidades blandas? Las habilidades blandas, también conocidas como soft skills, son un conjunto de competencias que van más allá de nuestros conocimientos técnicos y académicos. Se trata de cualidades personales que nos definen como individuos y nos permiten interactuar de manera efectiva con los demás en diferentes contextos. Estas habilidades están profundamente relacionadas con nuestra inteligencia emocional, es decir, nuestra capacidad para reconocer y gestionar nuestras propias emociones, así como las de los demás.
Aunque son habilidades intangibles, son de gran valor, pues nos permiten comunicarnos con eficacia, resolver conflictos, trabajar en equipo y adaptarnos a cambios. ¿Te has fijado que las personas exitosas no solo destacan en su campo, sino que también poseen habilidades que respaldan sus logros? Un buen ejemplo es Steve Jobs, el creador de Apple. Aunque es reconocido por su brillantez intelectual, su éxito no solo se debió a su conocimiento técnico, sino a cualidades como su creatividad, tenacidad, capacidad para colaborar con otros, liderazgo y su firme creencia en sí mismo.
Estas cualidades, que van más allá de lo técnico, no comenzaron a estudiarse de manera sistemática hasta el siglo XX. Las habilidades blandas, o habilidades socioemocionales, son fundamentales para un desarrollo integral del conocimiento y la educación. Cuando se combinan con las habilidades duras (los conocimientos técnicos), son esenciales para lograr un desempeño laboral exitoso.
De hecho, las habilidades blandas se consideran habilidades para la vida, ya que son atributos personales que nos permiten interactuar de manera efectiva con nuestro entorno. Sin ellas, nuestra capacidad para relacionarnos positivamente en la sociedad se ve reducida.
Las habilidades blandas se dividen en tres grandes categorías: habilidades interpersonales, que incluyen la comunicación asertiva, la capacidad de negociación, la confianza, la cooperación y la empatía; habilidades cognitivas, que agrupan la capacidad de resolver problemas, tomar decisiones, pensar de manera crítica, autoevaluarse, analizar y comprender las consecuencias; y habilidades para el control emocional, que implican la capacidad de reconocer y manejar nuestras emociones, especialmente en situaciones de estrés o sentimientos intensos como la ira, la tristeza o la frustración. Estas tres categorías no son independientes; suelen interrelacionarse y complementarse.
Dentro de un gran campo de conocimiento está la ciencia, que, al igual que la política o la economía, es una herramienta al servicio de la humanidad. Sin embargo, es crucial que la sociedad y los investigadores eviten que la ciencia se convierta en un instrumento deshumanizador o prejuicioso. Un ejemplo claro de la importancia de las habilidades blandas es la actitud de ciertos científicos, en los cuales se ven reflejados cuatro pecados sociales: arrogancia, autosuficiencia, egolatría y testarudez. Estos comportamientos reflejan una carencia de competencias blandas. No importa cuán brillante sea un científico en su campo; su valor social depende también de cómo sus actos impactan positivamente a la sociedad.
Aunado a esto, les recomiendo la película Estado Eléctrico, que ilustra de manera sencilla los “pecados” de un científico y la escasez de habilidades blandas en el desarrollo tanto tecnológico como humano. Esta película resalta cómo las habilidades blandas son cruciales no solo para el progreso personal, sino para un avance positivo y equilibrado de la sociedad, en donde se deje de lado o se superen los pecados que mencionamos anteriormente.
Referencias:
De la Ossa, V. J. (2022). Habilidades blandas y ciencia. Revista Colombiana de Ciencia Animal Recia, 14(1), e495.
García Cabrero, B. (2018). Las habilidades socioemocionales, no cognitivas o “blandas”: aproximaciones a su evaluación. Revista Digital Universitaria (RDU), 19(6), 1–17.
De Arco Paternina, L. K., Santana Galindo, P. V. y Gómez, Y. V. (2022). Habilidades blandas para el profesional del siglo XXI. Corporación Universitaria Minuto de Dios – UNIMINUTO, Colombia.
¿Qué sería de este mundo sin el poder de la imaginación? Todo lo que conocemos hoy en día proviene, en gran medida, de la imaginación del ser humano. Desde tiempos inmemoriales, los seres humanos han buscado no solo imaginar, sino también comprobar que lo que conciben en sus mentes pueda convertirse en una realidad, de alguna u otra manera. Pero, ¿qué es la imaginación? Según la Real Academia Española, la imaginación es la capacidad de crear imágenes, ideas o conceptos mentales, sean estos reales o no, y la facilidad para formar nuevas ideas, proyectos, entre otros.
Sin la imaginación, no habríamos alcanzado el desarrollo y crecimiento de muchos aspectos de nuestra vida cotidiana. De hecho, gracias a la imaginación, hoy podemos escribir, pintar, cantar, bailar y crear en muchos otros campos. La imaginación es una poderosa herramienta que todos poseemos y que, a menudo, nos ofrece ideas que van desde lo más alocado hasta lo más realista. Sin embargo, en la actualidad, la imaginación ha perdido importancia, especialmente en el ámbito educativo. Esto es preocupante, ya que la imaginación está estrechamente relacionada con el aprendizaje y el desarrollo personal. Pero, ¿por qué es tan importante la imaginación? Existen al menos cuatro razones fundamentales que destacan su importancia:
Ayuda a expresarse por uno mismo: La imaginación permite a las personas comunicar ideas, emociones y pensamientos de una manera única.
Desarrolla el pensamiento abstracto: Facilita la capacidad de pensar de forma creativa y resolver problemas complejos, incluso aquellos que no tienen soluciones evidentes.
Es primordial para resolver problemas: Muchas soluciones innovadoras surgen primero en la mente antes de materializarse en acciones concretas.
Facilita las relaciones interpersonales: A lo largo de la vida, la imaginación ayuda a entender y conectar con los demás, favoreciendo la empatía y la colaboración.
Es importante reconocer que la imaginación no se limita únicamente al ámbito creativo o artístico, sino que está presente en cada acción y descubrimiento. Si reflexionamos un poco, veremos que la imaginación forma parte de la “caja de herramientas” que todos poseemos. Sin embargo, en la actualidad, se ha vuelto más difícil aprovechar esta valiosa cualidad, ya que estamos enfocados en metas como el éxito profesional, el crecimiento económico y el bienestar material. Todo esto nos hace olvidar que la imaginación es la base para alcanzar todo lo que queremos ser en la vida.
Albert Einstein, uno de los pensadores más influyentes de la historia, expresó una idea clave: “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”. Él creía firmemente que la imaginación era esencial tanto para el crecimiento humano como para el avance de la sociedad. En su visión, educar con imaginación era sinónimo de educar para la innovación y el progreso. Imaginaba un mundo interconectado, donde la creatividad y el pensamiento innovador fueran los motores del desarrollo social y tecnológico.
Sin embargo, hoy en día, muchas de las nuevas generaciones no están desarrollando adecuadamente su capacidad de imaginar. Esto se debe a diversos factores que han desviado y mal utilizado esta herramienta poderosa. En lugar de fomentar la imaginación, muchos niños y jóvenes están siendo influenciados por distracciones y un ambiente que no les permite explorar y desarrollar su creatividad. Como resultado, la imaginación ha perdido su lugar en su forma de pensar.
Es crucial que promovamos el uso de la imaginación en las generaciones venideras, ya sea a través de las artes, la ciencia, la lógica o cualquier otra disciplina. Si bien todas las grandes creaciones del mundo provienen de la imaginación, también es cierto que los conocimientos profundos y los descubrimientos más asombrosos han surgido a partir de esta habilidad. Qué inspirador sería si todos decidiéramos “desempolvar” esta herramienta y usarla para hacer de este mundo un lugar mejor.
Así que, tú que estás leyendo esto, te invito a atreverte a imaginar. Las grandes mentes que hicieron historia lo lograron no solo por sus conocimientos, sino porque fueron capaces de imaginar y hacer realidad lo que soñaron. Atrévete a imaginar, porque, al final, la imaginación es el primer paso para transformar el mundo.
Fuentes:
Suárez Herrera, I. C. (2022). ¿De dónde procede lo que sabemos? La importancia de la imaginación en el lenguaje. Quántica. Ciencia con impacto social, 3(2), 2-26.
Arzube Almeida, M. N., Flores Roha, L. A., & León Baquerizo, I. G. (2018). La importancia de la imaginación como instrumento para el aprendizaje. Revista Edwards Deming, 2(1), 37-53.
En tiempos pasados, el machismo y la desigualdad estaban tan arraigados que se consideraban casi una norma social. En esos años, los padres de las mujeres decidían, de manera casi absoluta, si podían o no continuar con sus estudios. A su vez, las oportunidades laborales para las mujeres eran limitadas, y obtener una plaza de docencia, por ejemplo, era un proceso relativamente sencillo, lo que permitía a las jóvenes empezar a trabajar y ganar dinero a una edad temprana.
Imaginen cuántas mujeres, que en esa época eran consideradas niñas o adolescentes, vieron cómo se les cortaban las alas. Lo que pudo haber sido un sueño de realización personal quedó únicamente en eso, en un anhelo que nunca se cumplió. Sin embargo, muchas no se rindieron; algunas otras continuaron luchando, y unas pocas ni siquiera se dieron cuenta de que, sin proponérselo, fueron docentes, maestras de vida para las futuras generaciones.
Este es el caso de una mujer que ronda los 83 años y lleva un apellido de pronunciación difícil, pero que al decirlo en voz alta refleja el honor y la valentía de quienes tienen el privilegio de portar esa herencia. Ella es madre de 10 hijos, a quienes sacó adelante brindándoles a cada uno la oportunidad que ella no pudo tener: su licenciatura. Hoy, es abuela y bisabuela, y sigue siendo una mujer trabajadora incansable. Si me preguntan, aún a su edad se dedica a bordar servilletas, ganándose unos pocos pesos adicionales, siempre con el argumento de que es para satisfacer alguno que otro antojo.
Es un honor reconocer el esfuerzo incansable que ella hizo para apoyar a sus hijos en todo momento. Cuando nacieron sus nietos, no dudó en estar presente en sus partos, ya que, como toda abuela, consideraba que sería una grosería no conocer a sus nietos en cuanto nacieran. Siempre apoyando y enseñando a sus hijas y nueras los cuidados de un bebé, hizo de su presencia en la vida de sus nietos algo fundamental.
El crecimiento de un niño al lado de sus abuelos es una experiencia más que gratificante. Los abuelos enseñan a vivir la vida de una manera que, en la actualidad, es difícil de alcanzar debido al desarrollo tecnológico y económico del país. Aunque sin desviarnos del tema, es importante mencionar que, en varias ocasiones, esta señora motivaba a sus nietos a echarle ganas a sus estudios, compartiendo con ellos su propio deseo de haber continuado su educación. Ella hubiera querido ser docente, pero en su juventud no aprovechó la plaza que le ofrecían, una oportunidad que, con el tiempo, se convirtió en un sueño no cumplido.
Sin embargo, la vida le dio una oportunidad de enseñanza cuando una de sus nietas enfermó gravemente. Debido a su estado de salud, la niña ya no pudo asistir al kínder ni socializar, por el riesgo de recaer, y como toda buena abuela, se trasladó a la casa de su nieta para cuidarla mientras los padres trabajaban. Pero estos, antes de irse, le pidieron que le enseñara a leer y escribir, ya que no faltaba mucho para que la niña comenzara la primaria.
Este encargo lo asumió con gran responsabilidad, y con su dedicación, en poco tiempo enseñó a su nieta a leer y escribir de manera excelente. El resultado fue tan positivo que, cuando la niña comenzó la primaria, sus maestros y padres no dejaron de felicitarla por su excelente caligrafía y sus habilidades de lectura, mucho más avanzadas para su edad. Los padres agradecieron profundamente el esfuerzo de la señora, reconociendo su invaluable contribución.
Y así, en este pequeño recuento de mi historia, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a todos los abuelos y abuelas. A pesar de los obstáculos y dificultades que les impuso la vida, ellos han dejado una huella imborrable en cada nieto con el que han convivido. Nos han enseñado a valorar los pequeños detalles que la vida nos ofrece, desde cada palabra de aliento hasta los regaños y el susurro de cariño cuando, a escondidas, nos dan algo de dinero. Gracias por ser los más grandes maestros y por ser ejemplos de una vida feliz y plena.
¿Alguna vez has perdido a un ser vivo tan querido? Bueno, te voy a contar parte de mi historia…
Dicen que en la vida hay tres cosas que nunca regresan: el tiempo, las palabras y las oportunidades. De todo esto, solo quedan recuerdos que, bien o mal, plasmamos en fotografías o videos, ya que la memoria, por lo general, suele fallar, olvidando alguno que otro recuerdo valioso.
Una de las fechas que recuerdo y recordaré con mucho dolor es el 10 de noviembre de 2022, un día en el que, sin duda alguna, el cielo se cubrió de nubes grises, reflejo de la tristeza que cargaba. Fue un día en el que no solo perdí a la primera mascota que tuve, sino que también me despedí de un ser humano maravilloso; fecha en la que desearía poder retroceder el tiempo para hablar más con ellas, para no haber dicho “no puedo” o “no quiero”, dejando para después lo que no se debe postergar: una última salida.
Antes de llegar a ese día, como todas las historias, esta también tiene un contexto. Fueron meses difíciles, llenos de decisiones complicadas, pues cuando tienes una mascota, la responsabilidad recae completamente sobre ti. Ella se llamaba Estrella, por sus orejas tan puntiagudas y brillosas como las estrellas mismas, una pequeña chihuahua con 14 años compartidos conmigo y mis seres queridos.
Fueron 14 años en los que me acompañó en noches de desvelo, cuando la ansiedad y el estrés de los trabajos finales me mantenían despierta, o cuando tocaba ensayar para alguna exposición oral, siempre viéndome atenta, escapándosele de vez en cuando uno que otro ronquido. Bueno, ella fue la mejor compañía y el mejor regalo que una niña de ocho años pudo recibir.
Pero, sin lugar a dudas, ver partir a tu primera mascota de este mundo terrenal es el dolor más grande que, a mis 22 años, he experimentado, superando cualquier ruptura amorosa e incluso algunas de las muertes más cercanas de seres humanos. Porque, ¿cómo superas que los sueños que tenías junto con tu mascota no se hicieran realidad? Lo malo de mí es que planeé todo un futuro juntas: tomarnos la foto de graduación con mi título universitario, que fuéramos solo ella y yo cuando tomara la decisión de independizarme, o cuando viajáramos a conocer lugares hermosos; que estuviera en mi sesión de fotos para las invitaciones de mi boda… me imaginaba a su lado siempre, perdiendo la noción de la realidad, de que existe el ciclo de la vida y que ella ya lo había completado.
Pero, ¿alguna vez te ha pasado que sientes que debes reprimir tus sentimientos porque la sociedad siempre te dice: “no llores, era solo un animal” o “qué ridículo que llores por un perro, un gato, etc.”, hasta el punto de que ni siquiera te permiten vivir tu duelo en paz?
Bueno, déjame decirte que un estudio realizado en España y Estados Unidos mencionó que, en términos de impacto psicológico, el proceso de duelo que se vive tras la muerte de una mascota es equiparable al proceso de duelo que se vive tras una pérdida humana (Field, Gavish, Orsini y Packman, 2009). Este proceso de duelo puede durar entre seis meses y un año, existiendo solo tres diferencias clave entre la muerte de una mascota y la de un ser humano: las actitudes sociales, la culpa y la ausencia de rituales (Dye y Wrobel, 2003). Personalmente, considero que la culpa es una característica presente también en el duelo por la muerte de un ser humano, pero ese será tema para otro día. Chur-Hansen (2010) señala que lo más importante en el duelo tras la pérdida de una mascota es el significado que esa mascota tenía para la persona.
Por lo tanto, no te sientas culpable por llorar, por sentirte triste, por deprimirte o incluso por sentir ansiedad tras la pérdida de tu mascota. Son reacciones completamente normales, así que date la oportunidad de gritar, de enojarte, de expresarte de la manera que consideres más adecuada. Con el tiempo, el duelo será menos doloroso y más llevadero, ya que, afortunada o desafortunadamente —dependiendo del punto de vista de cada persona— lo que realmente nos hace sentir vivos es el hecho de sentir.
Por último, quiero compartir una frase que, aunque está dirigida a los perros, puede adaptarse a cualquier mascota que hayas tenido:
“El perro no está más, lo extrañamos. Cuando suena el timbre, nadie ladra. Cuando volvemos tarde, no hay nadie esperándonos. Todavía encontramos sus pelos blancos aquí y allá por toda la casa y en nuestra ropa. Los recogemos. Deberíamos tirarlos, pero es lo único que nos queda de él. No los tiramos. Tenemos una esperanza loca: si recogemos suficientes, vamos a poder armar el perro otra vez.”
— Lydia Davis
Referencias:
Field, N.P., Orsini, L., Gavish, R., & Packman, W. (2009). Role of Attachment in Response to Pet Loss. Death Studies, 33(4), 334-355.
Wrobel, T.A., & Dye, A. (2003). Grieving pet death: normative, gender and attachment issues. Omega, 47(4), 385-393.
Chur-Hansen, A. (2010). Grief and bereavement issues and the loss of a companion animal: People living with a companion animal, owners of livestock, and animal support workers. Clinical Psychologists, 14(1), 14-21.
Moreno Alfaro, A. (2015). El proceso de duelo tras la pérdida de una mascota: descripción y variables relacionadas. Universidad Pontificia Comillas, Madrid.
