MARIANA CHAVIRA PERALTA

  • Ingeniera industrial apasionada por el crecimiento personal, la salud mental y el journaling.
  • Hace 5 años comencé a escribir, y ahora doy talleres de journaling enfocados en el autoconocimiento y la autenticidad.
  • Virgo, amante de la planeación y organización.
  • Disfruto estar en casa, pero también amo salir a descubrir nuevos lugares.
  • Encuentro inspiración escribiendo frente a la playa y en los pequeños momentos de calma.
  • Soy amante de los desayunos dulces y de crear hábitos que promuevan el bienestar.
  • Siempre estoy buscando formas de aprender y crecer, compartiendo mi camino con los demás.

2026

Estoy en un solo date. Acaba de terminar una semana de reorganización y de volver a mi centro, después de haber pasado dos semanas en Guadalajara que se sintieron como tres meses.

El último fin de semana que estuve en GDL tenía sentimientos encontrados, porque decidí visitar el primer café donde tuve mi primer solo date. Mientras manejaba hacia el lugar sentía muchos nervios.

Imagina volver a un lugar después de seis años.

Ese café fue mi favorito en Guadalajara. Recuerdo que lo encontré saliendo de terapia, buscando un lugar para esperar a que bajara el tráfico antes de regresar a casa. Sin saberlo, ahí comenzaría algo muy importante para mí.

Mientras manejaba, no dejaba de recordarme a mis 21 años: cómo estaba, cómo me sentía, quién era y qué estaba haciendo en ese momento de mi vida. Al llegar al café, todo se sintió igual y, al mismo tiempo, completamente diferente.

Elegí la misma mesa en la que solía sentarme. Respiré profundo. Cerré los ojos.

Y fue como ver una película en cámara rápida: recuerdos, emociones, una sonrisa acompañada de lágrimas y un pensamiento muy claro: wow, cuánto ha pasado.

Cuando iba a escribir a ese lugar aún estaba en la universidad y atravesaba uno de los momentos más difíciles de mi vida. Tenía una relación complicada con la comida y el ejercicio, problemas fuertes de acné, un trabajo presencial en Guadalajara que me pesaba mucho y una relación que no era sana. Era mi último semestre de la carrera y constantemente me preguntaba: “¿Esto es todo? ¿Qué va a pasar después? Quiero hacer más cosas.”

En medio de todo eso, llegó a mí la escritura. Llegaron los solo dates. Llegaron esos espacios incómodos y retadores, pero también profundamente íntimos.

Fueron los primeros momentos en los que hice una pausa real para escucharme. Para preguntarme qué quería, qué me hacía bien y qué necesitaba en cada aspecto de mi vida. Tenía muchas dudas, muchas preguntas, mucha incertidumbre y mucho miedo al futuro.

Y mi refugio seguro era escribir, llenar páginas en blanco con todo lo que vivía en mi mente y en mi corazón. Era mi manera de transformar las cosas desde otro lugar.

Estando ahí, seis años después, me di cuenta de algo muy importante: mi compañía siempre ha estado conmigo.

Pensé en todo el crecimiento que puede existir en seis años.

En cómo muchas veces queremos que todo suceda rápido, sin recordar que cada proceso tiene su tiempo. Recordé a esa Mariana insegura, dudosa, con miedo y sentí tanta gratitud. Agradezco a esa Mariana que se atrevió, que empezó, que continuó, que se cayó y se volvió a levantar.

Agradezco el día que elegí sentarme en un café, sola, con mi journal, para escucharme y conocerme. Porque ahí comenzó una puerta hacia la valentía, la autoconfianza, la seguridad, el poder personal, la constancia y la disciplina.

Que siempre recuerdes que tú eres y siempre serás tu mejor compañía.

Que conocerte no es algo que da miedo, sino un portal lleno de magia.

Con amor, Mariana.

Doy talleres de escritura y cada vez que dicto uno, siempre les digo que una de las cosas más importantes de la escritura es ser 100 % honestos… así que hoy me toca a mí.

¿Cómo estás?
¿Cómo te has sentido en este inicio de año?

La otra vez comencé así escribiendo en mi journal, y es que cuando a veces me llego a bloquear al momento de escribir, me hago estas preguntas para comenzar. No tanto para hacer trabajar a mi mente, sino para permitirle cuestionarse cómo se siente. Para observar mi cuerpo, mi corazón, mi ser. Para hacer una introspección general: qué sensaciones vienen a mí, qué emociones aparecen y qué pensamientos están presentes.

Este inicio de año ya empezó con regalos. Me está mostrando hábitos, tareas, actividades, rutinas, pensamientos, creencias, formas de ser y de trabajar que probablemente ya no pueden seguir caminando conmigo. He sentido que la vida está removiendo, organizando y limpiando la entrada de este nuevo año.

Quiero contarte algo muy personal. Uno de mis temas más grandes a trabajar ha sido el control, pero no cualquier control, sino ese control excesivo que no me da flexibilidad, que me paraliza y me deja estática. Y de verdad, en esta entrada del año me han pasado cosas donde la vida me dice:

“Mariana, amamos tu orden, nos encanta y nos fascina… pero necesitas darte permiso de tener un orden diferente. Un orden que se pueda modificar. Un orden que también esté abierto a los cambios”.

He detectado que el orden es mi zona segura, pero también me toca ir al otro lado: a la flexibilidad, a soltar un poco y simplemente permitirme SER.

Este 2026, para mí, es como cerrar los ojos y ver luz. Veo un año espectacular. Un año de vivir y de estar presentes. De trabajar, de ser constantes, de hacer lo que nos gusta. De dejar a un lado la procrastinación y atender lo que nos corresponde. De retomar actividades que nos suman, de ser disciplinados pero, sobre todo, de disfrutar el proceso.

El 2026 es el año de genuinamente vivirlo y de ir tras nuestros objetivos y propósitos.

Y quiero que vuelvas a leer esto: nuestros objetivos y propósitos.

Porque a veces, en el camino, podemos olvidarlo. Miramos lo que otros quieren, lo que otros hacen, si alguien ya dio un paso más que nosotros. Y este es el momento de regresar a nosotros, de ser claros, de ser honestos con nuestras metas y de darles un por qué.

¿Por qué las seguimos?
¿Por qué las queremos?

De elegir con conciencia. De elegir lo que se sienta genuino, congruente y coherente.

Y quizá aquí vale la pena detenernos un momento y preguntarnos:
¿Esto que quiero de verdad me pertenece?
¿Lo deseo porque lo siento en mí o porque lo vi en alguien más?
¿Esta meta me expande o solo me mantiene ocupada?
¿Estoy eligiendo desde el miedo, desde la comparación… o desde la claridad?

Porque no se trata de llenar el año de cosas por hacer, sino de elegir lo que sí queremos sostener. Lo que hace sentido con nuestra energía, con nuestro ritmo y con la vida que hoy estamos habitando.

Que el 2026 nos encuentre presentes, alineados y constantes. Que nos llene de su poder, nos ilumine con su magia y nos impulse a ir tras lo que sí es nuestro.

Porque vamos con todo este 2026.

2025

En agosto del 2024 comencé a dictar talleres de escritura. Recuerdo perfectamente el momento en el que tomé las fotos, la forma en la que estuve horas creando el post y la expresión en mi cara que claramente decía:
“¿realmente voy a empezar a hacer esto?”

Tenía un miedo exponencial, por dentro y por fuera. Me sentía intimidada, dudosa, preguntándome si lo que estaba a punto de hacer sería importante, si realmente significaría algo para alguien, o incluso para mí.

El día que publiqué el post en Instagram sentí un aceleré en el corazón. Tenía mariposas en el estómago y una mezcla de emociones difícil de describir. Era emoción pura, nervios, ilusión, vulnerabilidad.

¿Te ha pasado cuando haces algo por primera vez y sientes que estás saltando al vacío, pero aun así eliges hacerlo? Ese fue mi momento.

Hoy, un año después, escribo con mucha satisfacción, porque he confirmado algo sobre lo que tanto había escrito: todo lo que creas es valioso y significativo, aunque a veces lo olvidemos. Siempre escuchamos que “tú debes ser la primera fan de tus proyectos”, y por más cliché que suene, es real. La primera persona que debe creer en tu idea, en tu voz, en tu mensaje, en tus talleres, en lo que emprendes, eres tú misma. No tiene que ser perfecto. Tiene que ser genuino. Se debe sentir. Debe nacer desde un lugar honesto.

En estos espacios de escritura he encontrado algo muy especial: he conectado con mi esencia. A veces no sé exactamente desde qué emoción escribiré, pero siempre encuentro un tema, una verdad, un recuerdo o una pregunta que quiere salir. La escritura tiene esa magia: te encuentra justo donde estás.

En el camino me he topado miles de veces tratando de “copiar” o “imitar” a alguien. Y ¿sabes qué pasa? Las cosas simplemente no fluyen. No salen bien. No se sienten mías. Porque cuando algo nace desde la comparación, pierde autenticidad. Y la autenticidad es la raíz de cualquier creación que realmente toque a alguien.

Hagas lo que hagas, estés creando un proyecto, estés en un trabajo, estés en un grupo de amigos, estés con las personas que más quieres, estés en un restaurante, en un espacio nuevo, frente a gente desconocida o frente a ti misma, sé tú.

Habla como hablas. Exprésate como te nace. Muéstrate como te gusta.
Tu esencia es lo que hace que lo que hagas tenga vida.

Este último año me enseñó que no necesitas tener todo resuelto para comenzar. Que la gente no conecta con la perfección, sino con lo verdadero. Que los miedos no desaparecen solos, se disuelven cuando los atraviesas. Y que cada vez que eliges un camino alineado contigo, algo florece.

Hoy agradezco ese primer post, esa primera foto, ese primer salto. Agradezco la versión de mí que se atrevió aun con miedo. Y agradezco a cada persona que ha llegado a mis talleres, porque ellas también me enseñan a ser más yo.

Si algo puedo dejarte con esta experiencia es esto: lo que creas importa, lo que sientes importa, lo que eres importa. Y cuando lo compartes con el mundo desde la verdad, inevitablemente llega a quien lo necesita.

En agosto tuve un viaje increíble.

Fue una pausa maravillosa, y hoy lo recordé mucho porque acabo de ver a una amiga y reviví esos momentos: los lugares, los países, los aprendizajes, las fotos.

Antes del viaje estaba en un rush impresionante, en un piloto automático continuo. Despertaba a veces sin agradecer, y aunque hacía cosas que amo, a veces las hacía sin sentirlas, sin disfrutarlas del todo. Y hay que recordarlo: hacer por hacer no es un hábito que nos llene el alma.

Me impacta cómo a veces creemos que pausar o descansar no es “productivo”, cuando en realidad es justo lo que el cuerpo, la mente y el alma están pidiendo. Amo hacer ejercicio, pero esas tres semanas en contacto con la naturaleza, con nuevos lugares, con caminar por diferentes ciudades, nutrían mi cuerpo y al mismo tiempo sentía que se estaba restaurando.

Y ni hablemos de la mente y el alma.

Amo ser una persona productiva, activa, con hobbies. Pero admito que a veces me encuentro más en el hacer que en el ser, y esas vacaciones me dieron el permiso de eso: de ser, de existir, de darle un gran descanso mental a mi cabeza, de dejar que mi alma respirara y se abriera a nuevas cosas, de permitir que todo fluyera.

Hoy volví a recordar ese viaje. Justo mi amiga me preguntó cómo me sentía, y la respuesta fue: tranquila, poderosa, en calma, feliz, contenta y expandida.

Cuando haces una pausa, puedes ver las fugas energéticas: esas que quizá ya no contribuyen a tu vida.

Creo que debemos transformar la idea de que descansar nos “atrasa” o que interrumpe nuestro camino hacia los objetivos. Descubrí que es totalmente lo contrario: el descanso es lo que te permite avanzar, lo que te ayuda a ver qué hay que mover o ajustar. Porque a veces creemos que tenemos que hacer más y más, cuando lo único que necesitamos es una gran pausa para evaluar, ajustar y escucharnos.

Esas pausas son las que te traen de vuelta, las que te inspiran, te renuevan y te anclan.

Son las que restauran tu mente, tu alma, tu cuerpo y tu corazón.

Y mientras escribo esta última oración, tengo una gran sonrisa en la cara.

Agradecida, porque la vida sabía que ese era mi momento para viajar, para pausar y para mirarme desde dentro.

Este año comencé a ir a unas clases-mentorías grupales en Colima donde trabajamos temas enfocados en cuerpo, mente y alma. Ha sido un espacio que me ha invitado a crecer y reflexionar en muchos aspectos de mi vida.

El lunes pasado el tema me sorprendió porque justo había escrito bastante sobre eso: vivir en el presente. Hicimos un cuestionario cortito pero potente que nos cuestionaba qué es lo que realmente nos hace estar aquí y ahora. Y la verdad, si algo quiero en este cierre de año es eso: presencia.

Quiero cerrar el año con muchísima energía y ganas, pero desde un lugar diferente: desde el disfrute. Me he dado cuenta de lo importante que es enraizarte, porque cuando lo haces, el presente se convierte en tu base para sentir, para ser y para actuar.

Cuando estás en el futuro, te enfocas en lo que falta, en lo que no tienes o en lo lejos que estás. En cambio, al volver al presente encuentras satisfacción al cumplirte con una tarea a la vez, un día a la vez. Ahí es donde me reconozco: haciendo lo que está en mi control, sabiendo que al habitar mi presente estoy construyendo los sueños de mi futuro.

Y justo eso quiero para estos meses que quedan: no correr contra el calendario, no presionarme por llegar a la meta, sino saborear el camino. Porque aún queda tiempo, y ese tiempo puede ser ligero, puede ser nuestro, puede ser vivido desde la calma y la emoción de estar aquí.

Que este cierre de año no sea solo de listas y pendientes, sino de momentos de presencia. Que podamos agradecer lo que ya hicimos, soltar lo que no fue y abrirnos a lo que todavía puede ser.

Porque la verdad es que no se trata de cuánto logres antes de diciembre, sino de cómo eliges habitar lo que queda de este año.

Así que mi deseo para ti (y para mí también) es: que nos demos permiso de disfrutar, de emocionarnos y de vivir con todo el corazón estas últimas páginas del año. Porque el mejor regalo que podemos darnos es este instante: aquí y ahora.

Con amor,
Mariana

Acabo de pasar un fin de semana con una amiga, y qué bonito es poder platicar y dialogar sobre diferentes temas. Dar tu punto de vista, decir lo que piensas, discutir desde el respeto. Pero creo que, al final, la palabra que más me llevo de este fin es la presencia: la importancia de estar realmente ahí, en todo lo que estás haciendo.

Por ejemplo, fuimos a pasear, y me di cuenta de lo valioso que es estar presente incluso en lo más simple: decidir a qué lugar quieres ir, notar qué se te antoja comer, disfrutar el momento. La presencia también está en prestarle atención a la otra persona, en escucharla de verdad, en conectar desde un lugar genuino.

Qué diferente es estar presente… para realmente disfrutar.

Me encanta que ella es emprendedora, y de ella he aprendido mucho. En este camino del emprendimiento, a mí me ha tocado aprender y valorar desde otro lugar. A veces tenemos prisa: por lograr, por alcanzar, por llegar. Pero entre más camino, más me doy cuenta de que uno de los verdaderos regalos de emprender es precisamente estar presente.

Poder ver tu recorrido. Tomar consciencia de cuánto has crecido desde el día uno. De todo lo que has enfrentado. Todo lo que has superado.

Emprender suena bonito —y sí, tiene algo inspirador— pero también implica un gran reto: el de crecer constantemente. El de seguirte eligiendo. El de salir de tu zona de confort una y otra vez.

Y todo eso nace de una sola cosa: presencia.

Porque ¿cómo vas a saber en dónde necesitas poner tu energía si lo único que tienes en mente es la meta?

Para crecer, tiene que haber presencia, consciencia y congruencia.

Y también pausa.

Detenerte a ver cómo vas. Cómo te sientes. Qué necesitas ajustar. Qué quieres soltar.

Estar presente para saber hacia dónde vas.

Y entender también que hay facetas, etapas, temporadas. Y que cada una es valiosa.

Recuerdo que cuando recién empecé, yo solo quería llegar. Estar “del otro lado”. Pero… ¿y el regalo?

El regalo de cruzar cada etapa. El regalo de incomodarte.

De ver tus propios pasos.

De abrazarte cuando las cosas no salen como querías.

De conocer nuevas personas, nuevos lugares, nuevas formas de ser tú.

Hoy me veo. Me comparo con quien era al inicio.

Y sí, al principio solo quería llegar a una meta.

Había comparación. Había desesperación.

Pero lo que más me ha dado este camino ha sido esto:

el regalo de estar presente.

Saber que voy bien, aunque a veces no lo parezca.

Saber que estoy aprendiendo.

Que no hay una meta final, sino una construcción constante.

Este camino es grande, inmenso, lleno de matices.

Y lo más importante no es cuánto avances…

Sino cuán presente estés mientras lo recorres.

“Empieza a escribir”, me dijeron.

Se lo contaba a Sebas, un amigo nutriólogo en la universidad. Le hablaba con lágrimas en los ojos de toda la ansiedad que sentía con la comida, con el ejercicio, con mi cuerpo. Fue ahí cuando me di cuenta de que algo no estaba bien. Me hice consciente de que no era normal la forma en la que me hablaba, me veía en el espejo o me exigía día a día.

Contaba cada cosa que comía. Me aterraba salirme del plan alimenticio. Me obligaba a ir al gimnasio, sí o sí. Porque “el mínimo recomendado son 5 o 6 veces por semana”, ¿no?

Sebas me miró y me dijo:
“Empieza a escribir. Te va a ayudar.”

La escritura me acompañó como un espejo más compasivo. Me ayudó a vaciar todo lo que pasaba por mi mente, a escuchar a mi cuerpo sin filtros ni juicios. A darme cuenta de lo que realmente necesitaba.

Hola, soy Mariana.

Siempre he sido de complexión delgada, pero en la universidad subí de peso y creí que era buena idea ir con un nutriólogo. Era la primera vez que lo hacía.

Para serte sincera, no sé exactamente en qué momento esa decisión se volvió una obsesión. Empecé a pensar todo el tiempo en lo que comía, en cómo me veía, en lo que tenía que hacer para “controlarme”. Y sí, me sentía fuera de control.

No disfrutaba las vacaciones. Semana Santa, un plan de alberca o un viaje a la playa me generaban más ansiedad que emoción.

Hasta que un día mis amigos hablaron conmigo (y les agradezco con el alma haberlo hecho). Me dijeron:
“Mariana, esto no está bien. No sales, no vas a ningún lado. Está bien si no quieres irte de fiesta, pero ya ni te permites ir a una comida, una cena, al cine.”

Y ahí me cayó el veinte.

Yo ya lo sabía por dentro, pero ese momento lo confirmó: no estaba bien.

Y así fue como empecé a escribir para sanarme.

Poco a poco, la escritura me ayudó a escuchar mi cuerpo, a dejar de forzarlo, a preguntarle qué quería comer o qué movimiento le hacía bien. A entender que mi cuerpo no era el problema, sino cómo me estaba relacionando con él.

Nuestro cuerpo es el vehículo más importante que tenemos.

Nos sostiene, nos acompaña, nos permite vivir cada experiencia, sentir, abrazar, reír, moverse, descansar.

Y a veces, lo sacamos de la ecuación. Lo olvidamos, lo juzgamos, le exigimos, pero no lo escuchamos.

Si algo he aprendido en este camino es que sanar la relación con el cuerpo no es una meta que se alcanza de un día para otro. Es un proceso. Un recordatorio constante de que no estamos rotas, que no hay nada malo en nosotras. Que merecemos hablarnos bonito, cuidarnos con amor y habitar nuestro cuerpo como un hogar seguro.

Hoy escribo esto no porque ya lo tenga todo resuelto, sino porque he descubierto herramientas que me han sostenido. Y si alguna palabra de este texto resuena contigo, o si alguna vez te has sentido así, quiero que sepas que no estás sola.

Quizá no podamos cambiar todo de un momento a otro, pero sí podemos empezar por escucharnos con más compasión.

A veces, todo comienza con escribir una sola línea.

Con cariño,
Mariana

¿Cómo describirías ese momento en el que te pierdes de ti? ¿Cuando algo dentro de ti se desconecta y ya no sabes bien quién eres o hacia dónde vas? A veces esa sensación no llega de golpe, sino que se va colando poco a poco. Dejas de escucharte, dejas de confiar en ti y, sin darte cuenta, te alejas de tu centro.

Así me sentí durante abril: confundida, desorientada, como si me hubieran movido un poco el mapa de mi vida sin avisar. Me sentía rara, con ganas de tirar la toalla, con la cabeza llena de pensamientos que me limitaban, que me decían que no era suficiente, que ya para qué.

Y lo más fuerte no fue sentirme así, sino darme cuenta de que había estado escuchando tanto al exterior, a todo y a todos, que dejé de escucharme a mí. Opiniones, consejos, creencias, ruidos… todo eso fue ocupando el espacio de mi propia voz. Me volví más receptiva a lo que los demás pensaban que a lo que yo realmente sentía o necesitaba.

Y cuando esa voz interna —la que siempre ha estado, la que sabe lo que quiero y quién soy— se va apagando, el camino se vuelve confuso. Ya no brilla. Pierde dirección. Y es ahí cuando verdaderamente te sientes perdida.

Hay una especie de vacío cuando ya no sabes qué es auténtico en ti y qué fue adoptado sin cuestionarlo. Cuando tus elecciones ya no se sienten propias, sino automáticas. Cuando empiezas a actuar en modo “deber ser” en lugar de “quiero ser”. Y eso agota. Porque nadie puede sostenerse mucho tiempo desde la desconexión.

Por eso es tan importante volver. Volver a ti. A tu raíz.

Fue entonces cuando comprendí que necesitaba reconectar con mi brújula interna. Porque eso es lo que somos: nuestra propia guía. A veces solo hay que hacer una pausa, respirar, y reconocer que no se trata de tener todas las respuestas, sino de tener el valor de preguntarte con honestidad qué necesitas, qué te mueve, qué te hace sentir viva. Y desde ahí, comenzar a caminar de nuevo.

La brújula para habitarte no se trata de una fórmula mágica ni de seguir lo que a todos les funciona. Se trata de recordar que tú eres quien conoce tu rumbo. Que tu camino no tiene que hacerle sentido a nadie más que a ti.

Y cuando vuelves a confiar en eso —en tu porqué, en tu intuición, en tu energía— todo empieza a sentirse más liviano. Más tú. Más magnético. Porque cuando te habitas con amor y coherencia, cuando eres fan de lo que haces, de lo que eres, de lo que creas… se nota. Y ese brillo que pensabas perdido, regresa.

Habitarte es eso: reconocerte, escucharte, darte permiso de regresar una y otra vez a ti. Aunque te sientas perdida, aunque dudes, aunque no veas con claridad. Siempre puedes volver. Siempre puedes ajustar el rumbo.

Porque la brújula no está afuera.

La brújula, siempre, has sido tú.

Estoy a punto de tomar una de las decisiones más importantes de mi vida en este momento. Qué retador, ¿verdad? Tomar elecciones diferentes, distintas a lo que normalmente haces… esas decisiones que te sacuden, que te hacen sentir incómoda, que te hacen titubear y llenan tu mente de miles de pensamientos.

El otro día escuché un podcast súper lindo que me hizo reflexionar sobre este tema. Hubo una frase que fue como un boom para mi cabeza: la persona tomó una decisión importante y le preguntaron si había sido la mejor o la decisión perfecta. Ella respondió: “La verdad no sé si fue la mejor decisión, pero estoy segura de que fue la más alineada y congruente con lo que soy hoy”.

Tuve que pausar un momento ese podcast para digerir lo que acababa de escuchar. Son de esos instantes en los que sientes que el universo te manda una señal, una pequeña indicación de por dónde ir. Ese momento en el que el corazón se te acelera reconociendo lo que ya sabías, pero no habías dicho en voz alta.

Y pensé: al final, de eso se trata la vida, ¿no? De tomar decisiones, de elegir, de reconocer que puede existir cierta incertidumbre. Pero también de hacernos preguntas como: ¿cómo lo sabré? ¿Cómo me voy a dar cuenta si sí salen las cosas como esperaba?

A veces estamos esperando ese “momento perfecto”, pero la verdad es que no existe. Siempre habrá algo de miedo, de duda, esa vocecita interna que te dice: “¿y si no sale como tú quieres? ¿Y si no funciona?” Pero también, y esto es lo más importante, esa voz viene cargada de una fuerza interna poderosa que te empuja. Esa corazonada. Esa verdad que ya no puedes negar.

Y en medio de todo esto, descubrí algo más: esta decisión no llegó de un día para otro. Llevo tiempo sintiéndola dentro de mí, dándole vueltas, tratando de entenderla. Puedo decir que hace un año comenzó este pensamiento, pero en ese momento supe que no era tiempo. No porque no lo deseara, sino porque internamente sabía que no estaba lista, y dar el paso habría sido una incomodidad innecesaria. Reconozco que había otras cosas que vivir, que aprender, que experimentar. A veces, uno necesita atravesar diferentes estaciones internas antes de elegir.

Hay momentos en los que no es necesario decidir todavía. Hay momentos para sentir, para observar, para simplemente estar. Para darnos el permiso de no tener claridad y confiar en que, cuando sea el momento, conectaremos tanto con nosotras que lo sabremos.

Pero hay otros momentos en los que ya sabes. Aunque el camino no esté completamente claro, algo dentro de ti ya decidió. Y lo único que queda es honrar eso, incluso sin tener todo el camino trazado.

Elegir no se trata de tener certezas, sino de confiar lo suficiente para dar el paso con el corazón en la mano. Agradecer que incluso los “no” que dimos antes nos trajeron a este “sí” más claro y alineado con lo que somos hoy.

¿Qué parte de ti ya sabe lo que necesita decidir, aunque no tengas todas las respuestas?

Febrero se va, marzo está por llegar, pero antes de irme, le quiero escribir y recordar:

Febrero siempre me has gustado, tengo que aceptar que siempre me has encantado, tú, el mes del amor y la amistad, siempre me recuerdas que el amor más importante está dentro de nosotros.

Recuerdo cuando algunos amigos se quejaban o estaban tristes por no tener a alguien hablando específicamente de una pareja y que no tenían con quien compartir, con quien ir a cenar, ir al cine y todas esas actividades. Mi respuesta siempre era “pero te tienes a ti”, normalmente las personas asocian este mes con el amor romántico y no está mal, al contrario, es algo super lindo fortalecer nuestras relaciones, probablemente es más un día social, pero nos invita a recordar el dar algún detalle o decir palabras bonitas a las personas que nos rodean.

Sin embargo, esta perspectiva de afligirnos o de pasarla mal nos hace olvidar que también podemos celebrar el amor propio. En la prisa de buscar a alguien más, nos olvidamos de nuestra compañía más importante que somos nosotros, la persona que esta con nosotros 24/7, esa persona que nos acompaña a todos lados, que nos escucha, que sabe exactamente lo que amamos y lo que nos preocupa, la persona que sabe cada detalle de ti, tu orden favorita, tu música preferida y ese lugar que te genera paz y calma. La persona que más que nadie sabe tu verdad, sabe lo que quieres, esa compañía incondicional por siempre.

Febrero, me ayudas a reconectarme conmigo, a abrazar mi historia con más cariño y a soltar lo que ya no quiero. A recordarme que el amor propio no es un plan de último recurso, sino el cimiento de todo. Que merezco tratarme con la misma paciencia, empatía y compasión con la que trataría a alguien que amo.

Que soy suficiente, conmigo, en este momento, en este instante, sin necesidad de esperar a que alguien más lo confirme. Que a veces he buscado afuera la validación y aprobación que solo podía darme yo, olvidando que la verdadera magia no está en cómo me ven los demás, sino en cómo me veo a mí misma. Hoy elijo abrazar mi propia esencia, recordar que soy mi mejor compañera en este camino y honrar todo lo que soy.

Febrero, hoy te escribo antes de dejarte ir, agradeciendo lo que trajiste, soltando lo que ya no es mío y abriendo el alma a lo que marzo tiene para mí, anclada en el presente y confiando que cada paso que doy me acerca más a mi verdad.

Con cariño,

Mariana.

Al alma le encanta ser principiante, al ego le encanta ser experto. Esa frase la he traído rondando varios meses por mi mente. Me gradué de ingeniera en 2021 y creí que eso sería para siempre, creí que no iba a poder experimentar o intentar algo más porque yo ya era una “ingeniera” y ¿cómo es que iba a hacer otra cosa? Para mi mente, en ese momento, eso no estaba permitido. Para mi mente, nos teníamos que quedar con lo que ya era seguro, entrar a algo desconocido era una zona tan intimidante, tan aterradora. ¿Y sabes algo? Dentro de mí, siempre lo supe, pero lo hice consciente meses después de graduarme, sabía que me interesaban más temas, sabía que quería hacer cosas nuevas, sabía las pasiones que tenía, reconocía mis habilidades, reconocía esas ganas de querer conectar con la gente, sabía que había sueños, sabía que había ganas de experimentar, de descubrir, de salir de mi zona de confort, de cambiar un poco de rumbo.


Emprendí un viaje que la verdad me cambió la vida, porque me encontré. Solo fueron 2 meses donde me desconecté, pero sin querer llegaron respuestas. Llegaron respuestas de pasos que debía tomar…


Cuando regresé a mi ciudad, me puse manos a la obra para trabajar en eso, pero de repente me llené de tantas voces: “no lo estás haciendo bien, ya hay más personas que lo hacen, podrías hacerlo mejor, no, no, no, recuerda que tú eres ingeniera y no te puedes permitir hacer algo diferente”. Y al inicio, desafortunadamente, todo eso me hacía pausar. Me quedé tanto tiempo estática por miedo a subir un reel por primera vez, un post, frases de las que escribía, ¿Y adivina qué? Todo quería que estuviera perfecto, el ego estuvo mucho tiempo por ahí conmigo, queriendo que las cosas siempre estuvieran sin ningún error. El ego quería que fuera experta, que fuera la mejor, el ego estuvo varios meses acompañándome. De verdad, eso se volvió tan cansado, créeme que se volvió demasiado agotador, yo no quería seguir con mis cosas, quería parar.


Tengo que admitir que hice bastante trabajo personal, demasiada introspección, ser muy sincera y claro que, en mi terapia favorita, el journalingsiempre era el espacio para escucharme con total sinceridad. La página en blanco es quien me conoce mejor, quien vio todos mis miedos, la voz interna que susurraba todo el día, descubrí cuánto del ego me estaba hablando, pero también conecté con lo que el alma realmente estaba pidiendo.


No recuerdo bien ese momento cuando el chip comenzó a cambiar radicalmente, pero en todo este recorrido lo único que puedo decir es que a tu alma le fascina ser principiante, le encanta equivocarse y aprender, a tu alma le encanta hacer algo por primera vez, le encanta lo desconocido, es más, esa voz interna que nos llama a querer tener “todo bien”, a tener todo al 100%, y quiero que te preguntes: ¿eso es verdad? ¿Podemos tener las cosas perfectas? ¿Siempre correctas? ¿Siempre sin ningún error? Puedo decir con certeza que eso es falso y vaya que me ha pesado darme cuenta de eso.


He querido avanzar, hacer todo bien, ejecutar proyectos, videos, fotos, post y un sinfín de cosas (hasta cosas súper sencillas y personales) sin ningún error, te cuento lo que eso me ha traído… agobio. Pero cuando transformo eso, cuando me enfoco en divertirme, en sentirme exploradora, en conectar con mi niña interior, en reconocer todo lo que puedo aprender, mejorar, crecer, cuando me enfoco en la contribución, en la expansión, todo eso cambia. ¿Y sabes qué es lo mejor? Que fluye, que desde ese espacio las cosas salen bien, te sientes conectada, el ego no te habla y aprendes, empiezas a reconocer que todo sale perfecto a su manera, a su ritmo, a su tiempo. Que realmente se trata de soltar el control, las expectativas y confiar en el proceso.


Cada vez que vayas a hacer algo por primera vez, conecta contigo, conecta con tu alma. Hazle saber que estarás bien y que será algo totalmente contributivo para ti. Recuérdale que aprenderás, que estarás a salvo. Recuérdale a tu ser lo bien que se siente hacer algo por primera vez, recuérdale a tu mente que el experto nace cuando se permite aprender.