VALERIA FLORES

  • Activista por el Medio Ambiente.
  • Soy ingeniera ambiental egresada del Instituto Politécnico Nacional
  • Tengo una gran trayectoria como atleta de alto rendimiento de kickboxing.
  • Soy una persona que le encanta escribir, aprender y sobre todo ayudar a difundir temas que puedan generar consciencia ambiental en los demás. 

2025

Se habla de crisis climática como si se tuviera el mismo privilegio para todos. Como si todas las personas contaminaran por igual, como si se tuvieran las mismas oportunidades para adaptarse o como si todos tuvieran el mismo acceso para hacer frente a las consecuencias del cambio climático. Pero no es así. Esta crisis climática no golpea a todos por igual, y quienes menos contaminan son quienes más tienen de perder.

Y ahí está el problema: no se puede hablar de ambiente sin hablar de desigualdad, no se puede pedir sostenibilidad a quienes apenas sobreviven. No se puede exigir un consumo responsable a quienes viven al día, a quienes sus opciones dependen de su contexto y su realidad. Hablar de ambiente sin conciencia de clase es solo contar la mitad de la historia.

Para México, la desigualdad es inmensa y el cambio climático actúa como un multiplicador de desigualdades. Mientras que el 10% más rico concentra más del 60% de la riqueza nacional, millones de personas sobreviven con menos de 100 pesos diarios en regiones asoladas por sequías, inundaciones y pérdida de cosechas. Esta ironía es lamentable: quienes menos contribuyen al calentamiento global son los más vulnerables a sus impactos, mientras que quienes más consumen logran blindarse con alternativas privadas de adaptación, generando un abismo social.

En el país, la desigualdad climática se manifiesta con fuerza en regiones expuestas. Las comunidades más pobres son las primeras en sufrir, dejando claro que no todos enfrentamos los mismos riesgos ni tenemos las mismas oportunidades de protección. Para muchas familias, perder una cosecha, una vivienda o una fuente de agua significa caer en un ciclo irreversible de vulnerabilidad. Para otras, implica una molestia temporal.

Decir que la contaminación es igual para todos es deshonesto. El consumo no es neutral y está marcado por el ingreso. Quien vive al día consume solo lo necesario; quien tiene más recursos consume por gusto, por estética, por estatus, por comodidad y en exceso. El 10% más rico del mundo genera alrededor del 50% de las emisiones globales de dióxido de carbono (CO₂), mientras que la mitad más pobre aporta apenas el 10%. Y, aun así, se tiene la valentía de exigir que se recicle, que se ahorre agua, luz, que se elija la sustentabilidad a quienes menos contaminan.

Es absurdo pedirle a alguien que apenas cubre lo básico que adquiera paneles solares, ropa “ecofriendly”, comida orgánica, cuando esos productos cuestan lo que gana en una semana. La sostenibilidad no debería ser un privilegio. Pero lo es, porque nuestro sistema económico la ha convertido en eso.

México lo deja claro: las comunidades con menos recursos pagan la crisis ambiental con su salud, su tiempo, sus cosechas, su agua y su vida. Los sectores con más riqueza se blindan con alternativas privadas: purificadores de aire, paneles solares, autos híbridos, seguros contra desastres, sistemas de captación de agua, etc. Los fenómenos climáticos extremos no destruyen únicamente ciudades: destruyen oportunidades, educación, movilidad social, salud y futuro.

Y la injusticia no termina ahí. También existe la injusticia intergeneracional: los jóvenes heredarán un país más caliente, más escaso en agua, menos productivo, más desigual y con una deuda ambiental que nunca generaron.

Entonces, ¿de qué sirve la conciencia de clase en este aspecto?

Sirve para dejar de poner el peso de la crisis en la gente común y empezar a exigir responsabilidad donde realmente corresponde. Nos ayuda a ver que no todas las “soluciones verdes” son accesibles, que no todos pueden pagar sostenibilidad premium y que las prácticas realmente sostenibles llevan décadas en manos de quienes menos tienen: intercambiar, remendar, reutilizar, cuidar, reciclar, reparar, ahorrar. La gente de bajos recursos ya vive con límites. Las clases altas viven sin ellos.

Y el planeta está pagando el precio.

Cuidar el ambiente no es un lujo para quienes pueden pagarlo; es una necesidad colectiva que exige reconocer la desigualdad. La crisis climática no es solo científica: es social, económica y política.

Si ignoramos la clase, ignoramos el origen de los problemas y bloqueamos cualquier solución real.
La conciencia ambiental sin conciencia de clase se vuelve culpabilizadora, superficial y elitista.
La conciencia de clase sin conciencia ambiental se queda incompleta.

Ambas son complementarias.

Porque si no vemos las desigualdades, nunca veremos las soluciones.
Y si no entendemos quién contamina, quién decide y quién paga las consecuencias, nunca habrá justicia ambiental.

Estamos consumiendo el planeta por sentir que pertenecemos.

Así de simple.

Cada compra que hacemos solo porque está de “moda”, cada vez que pedimos productos innecesarios solo por un trend, o cada vez que participamos en un haul para enseñar lo mucho o poco que podemos adquirir solo para no quedarnos atrás… aunque parezca inofensivo, todo esto tiene un precio. Y no estoy hablando solamente de dinero. Estoy hablando de emisiones de carbono, residuos, explotación de los recursos naturales y de una crisis ambiental que seguimos alimentando sin notarlo.

TikTok, Instagram y todas las redes sociales no solo influyen en lo que pensamos: también dictan lo que consumimos.

Nuestra sociedad y economía miden su éxito, en gran parte, por el aumento del consumo. La publicidad a la que estamos constantemente expuestos se encarga de crear deseos y necesidades artificiales, y de promover un estilo de vida basado en la adquisición constante de bienes. A esto se suma la cultura del descarte: productos con poca vida útil, tecnología que se vuelve obsoleta en meses, y una población cada vez más adicta a lo desechable.

Retardar las consecuencias que está trayendo el cambio climático y asegurar un futuro ambiental digno para nosotros exige encontrar alternativas a una economía basada en el consumismo sin medida.

¿Quién gana realmente?

Comprar lo que está de moda nos hace sentir parte de algo, aunque sea algo instantáneo. Las marcas lo saben. Por eso lanzan productos diseñados para no durar, sino para volverse virales y luego desaparecer.

Un ejemplo pequeño: la industria de la moda rápida es una de las más contaminantes del mundo. Produce el 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI) y es responsable del 20% del desperdicio total de agua a nivel mundial. Se estima que cada segundo se entierra o quema en el mundo una cantidad equivalente a un camión de ropa (UNEP, 2018).

El problema no es que compremos. El problema es que se hace sin cuestionar:

¿Es una necesidad o es un capricho?

¿Los materiales son confiables para poder darle una buena vida útil a esto que estoy comprando?

¿Lo voy a usar más de una vez o es solo para una ocasión?

Esta lógica de consumo no solo está agotando nuestros recursos, también está desgastando nuestra salud mental.

Vivimos en constante comparación, deseando lo que el algoritmo dice que necesitamos.

Pertenecer se ha convertido en una transacción.

Pero el costo lo pagamos entre todos.

Y lo más caro es lo que no se ve: mala calidad del aire, agua escasa, suelos degradados e interminables pilas de residuos.

Ahora bien, si el sistema capitalista ha operado durante años en nuestra contra, eso no significa que no tengamos poder.

Nuestra misión es simple: consumir menos, vivir mejor.

No necesitas seguir cada tendencia para valer. Tu autenticidad no se mide por lo que puedes o no comprar, sino por lo que eliges cuestionar.

Consumir con conciencia no significa vivir con culpa, sino con intención.

Elegir diferente también es resistir.

Es rechazar la lógica de lo desechable, de lo inmediato y de lo superficial.

Es apostar por un estilo de vida más coherente con el planeta, más justo con quienes producen y más libre para ti.

Empecemos por lo básico:

Revisar la calidad.

Elegir productos duraderos.

Cuidar y aprovechar lo que ya tienes.

Cada elección cuenta.

Pertenecer no se trata de adquirir o de acumular, sino de conectar: contigo, con los demás y con el planeta.