Es una escritora colombiana cuya identidad cultural se nutre de sus raíces monterianas y bogotanas.
Su pasión por la escritura la ha acompañado desde la infancia, llevándola a ganar concursos escolares y a forjar su propia voz narrativa.
Ha publicado relatos en las antologías Las mujeres que soy (2021), Verdades reveladas (2022) y Escondidos en las cabezas (2022) con Ita Editorial.
Desde 2023, desarrolla la novela web Border en la plataforma Sueñovela y comparte relatos en Medium.
Su primera obra en solitario, Diastema (2024), es un viaje de autodescubrimiento en un mundo incierto.
Más allá de las letras, encuentra inspiración en la música, el baile y el deporte, elementos que enriquecen su proceso creativo.
2026
Quiero pedir una sincera disculpa a todos los hombres que no se me han acercado o han decidido no trascender conmigo a raíz de mi feminismo. Nunca ha sido mi intención ofenderlos ni intimidarlos. Nunca hemos hablado a fondo sobre por qué escribo lo que escribo ni sobre mi feminismo; entiendo, entonces, su confusión y su miedo. Tampoco soy ningún profeta ni perfecta; no pretendo ni pretenderé educarlos en algo en lo que no están interesados y que, además, les es ajeno o no les compete. Me disculpo sinceramente si lo han percibido así. Es más, pido disculpas por lo que he publicado y compartido; tampoco tiene que ver en específico con algún varón, aunque tenga que ver con varones.
Pero ya que es preciso hablar del tema, quiero contarles por qué me hice feminista. No fue durante la infancia ni entrada la adolescencia, cuando percibí que, sin importar cómo me viera o cómo me vistiera, era carne disponible para los varones que me rodeaban; que mi cuerpo no me pertenecía, que era asequible para el joven de la iglesia, los viejos verdes en las calles, los familiares escondidos detrás de sus aleluyas y alabanzas y mis compañeros de colegio. No. Extrañamente, los pensamientos feministas dieron su primer atisbo a los 16 años, gracias al trato diferente e indiferente que sentía en mi casa al lado de mi hermano de sangre y en la iglesia al lado de “mis hermanos varones en Cristo”. Cuando leí por primera vez a Nancy Leigh DeMoss y vi cómo nos echaba la culpa a las mujeres y jóvenes de la iglesia por sus abusos en su libro La apariencia.
No fue influenciado por nadie. La hija del pastor no se podía permitir intimar de esa manera con nadie más; no daba testimonio. Creo que fue definitivo cuando estaba en el grupo de baile de la iglesia y me querían poner a hacer lo que ellos querían, pero a los chicos los dejaban hacer lo que se les daba la gana porque, por supuesto, “cosa de chicos”. O cuando, para la época, la presión al matrimonio para llegar vírgenes a él se hizo latente en las chicas de mi edad en adelante.
Creo que luego la cotidianidad lo fue reforzando. Mi madre advirtiéndome: “No le pele tanto el diente a los hombres, no saben diferenciar la amabilidad del coqueteo. No se ría con ellos”. Luego, la sobreprotección que tenían conmigo, pero que jamás tuvieron con mi hermano, aun yo siendo la mayor. Y siendo la mayor se me enseñó a ser fuerte. Vengo de una familia de clase media que no pudo brindarme casa propia ni estudio, y mis papás se separaron antes de poder hacer algo por mí. Así que, indudablemente, tenía que levantarme sola y a pulso. O me quedaba llorándole a mi primo, hablándole de mis papás, o salía, trabajaba y conseguía para comer.
Tuve que aprender a defenderme en una ciudad tan hostil como Bogotá, y siendo mujer latinoamericana aún más.
Si no me acostumbraba a ser altanera y a pararme firme, me la iban a montar. Me robaban. Me cobraban de más el arriendo. Me tocaban el culo en la calle. Me decían cosas lascivas al oído mientras caminaba, o me iban a hacer llorar, o se quedaban con mi trabajo, o no respetaban mis derechos, o me mataba la depresión.
No se confundan: no es energía masculina. Es supervivencia.
Acá no somos heroínas, somos sobrevivientes.
Solo para aclarar: mi fuerza no radica en mi feminismo, radica en mi condición de mujer. Así no fuera feminista, seguiría siendo igual de combativa. Sin embargo, lamento que se hayan sentido aludidos. Sinceramente, nunca ha sido mi intención. Me disculpo por incomodarlos de esta manera.
Quizá la misma vida me enseñó a no quedarme callada, a no reducirme por mi sexo, mi culo, mis piernas o mi cara bonita. No aprendí a suavizar mi discurso. Nunca prioricé gustar: siempre hubo cosas más urgentes.
No se me enseñó a pedir permiso para opinar y, ante todo, a ser escueta, a hablar de cosas que incomodan. Probablemente por la hipocresía religiosa en la que crecí.
Sí, eso me ha llevado a estar sola, a no ser digna de amor y respeto. A ser preferiblemente llevada más a la cama que al altar. A ser promiscua, a ser sexual y a intercambiar mi cuerpo buscando amor.
No se crean, ¿cómo los voy a educar si yo soy y siempre he sido la puta que se ha sentado a escribir?
Entiendo también que desean mujeres que no incomoden su mundo, que les den paz. Pero no puedo evitar hacerlo. Siempre incomodo por algo: por mi diagnóstico psicoemocional, mi resentimiento con la iglesia, mi amor por la literatura, mi irreverencia, mi obsesivo gusto por la cultura asiática, mi ambición.
Me segregan por mi postura quienes dicen que espanto y doy miedo, y lo sé, así se castiga a las mujeres incómodas.
Serán los primeros que me darían la espalda en caso de encontrar mi cuerpo en una zanja; los primeros que no defenderían ni mi cuerpo ni mi vida de forma política. Es tan reduccionista y frívolo pensar que el feminismo es algo que tiene que ver con los caballeros. No se sientan aludidos, no tiene nada que ver con ustedes; tiene más que ver con la autonomía femenina para decidir sobre su cuerpo.
Probable y seguramente no tenga mucho que ofrecerle a un hombre, pero tengo un inmenso compromiso con mi entorno: es mi propósito y me quedo con ello. Con todo el respeto que se merecen, no todos tienen las bolas para tanto voltaje: para abrir la mente, para ser empáticos, observadores y, ante todo, críticos. Discúlpenme de corazón si eso les lastimó en algún momento la masculinidad; si sintieron que perdieron conmigo una oportunidad, que lo más seguro es que sí, porque a ustedes, los hombres, no les gustan las mujeres fuertes, que los sacudan y los saquen de su zona de confort. Las feministas. Las combativas. Las progresistas. Las sexuales. Las escritoras. Las lectoras. Las que luchan. Las bullosas.
Siempre es preferible brindarse el pajazo mental de que lo que quieren es “paz y tranquilidad”, cuando en realidad solo está el deseo latente de un ornamento que no rechiste si llegan a la casa a las 5 a. m. oliendo a perfume y fluidos ajenos. Que siempre esté dispuesta, pero sin autonomía sexual. Muy “perra” y “zunga”. Que no sea combativa. ¿Progresista? Sí, pero con ciertas cosas; no al cuadrado, no feminista. No que hable del acoso, de las violencias sistemáticas, de los derechos de las mujeres, por favor, no. De esas no. De las que rayan paredes meadas y muestran las tetas en forma de protesta, pero no para pajearnos con ellas.
No, ¡qué desidia! Los entiendo, me disculpo, les ruego reverencia y arrepentimiento. Soy demasiado. Y si para ustedes eso es exceso, entonces busquen menos.
No basta solo con ser mujer en este país. No basta que entre enero y octubre de 2024 se hayan registrado 745 feminicidios en Colombia, donde el departamento de Antioquia lideró con 110 casos, seguido de Atlántico y Valle del Cauca, cada uno con 66 incidentes. “Incidentes”, subrayan los medios locales, como si en verdad la violencia contra nosotras no estuviera planificada con antelación. No es suficiente que, como nuevamente indican las estadísticas hechas por hombres, las violencias “no letales” hayan aumentado un 13 % respecto al año anterior. Estas violencias incluyen agresiones psicológicas, patrimoniales y sexuales, muchas veces ocurridas en el ámbito privado. Y menos que, entre enero y septiembre de 2024, se registraran 26,605 casos de violencia de pareja en Colombia, evidenciando un aumento del 26 % en comparación con 2023. Y eso sin contar lo paupérrimo que es tener una relación sexoafectiva en el ámbito heteronormado.
Sino que, además, tengo que ser una mujer con un diagnóstico de depresión mayor, distimia y ansiedad generalizada. Y para rematar mi ya escasa voluntad de vivir, una carga hormonal abismal gracias a unos miomas que deforman mi matriz como un tipo de castigo divino o natural por no querer maternar. El diagnóstico psiquiátrico es genético, aunque eso haga que mi familia religiosa se rompa las vestiduras e invisibilice las dos ocasiones en que deseé cancelar mi suscripción a la vida. Y ahora, con el SPM como cereza del pastel, esos demonios vuelven a reptar bajo mi piel.
No es suficiente con que mis relaciones con los hombres no hayan pasado de lo sexual para ellos y lo afectivo para mí. Ando enamorada del amor y despechada por lo mismo, mientras intento desmitificar todo lo enseñado en mi maldito núcleo familiar cristiano que no hizo más que joderme todo. Todo. Y más aún, mi salud mental.
Y es que mi feminismo empezó en esas impolutas paredes blancas del templo, donde a mis siete años a alguien se le ocurrió que era buena idea dejarnos con un pelado de 19 años de “supuesta confianza” para que abusara de mí en el remoto cuarto del fondo del pasillo de la iglesia.
No ha sido suficiente con todo este mierdero: el estrés del trabajo, de la cotidianidad; ahora las empresas de salud también aportan su grano de arena para arrebatarme la poca esperanza que me queda. Llevo meses intentando que me realicen una miomectomía uterina por laparotomía, pero la ginecóloga de la EPS Sanitas en Montería me recibió con una apatía insidiosa en los labios: “Usted no quiere hijos, ¿cierto? Entonces saquémosle el útero”. Como si fuera tan fácil, como si mi cuerpo no fuera mío, como si mi decisión importara menos que su indiferencia en un país de derecha radical.
Luego vino la prepagada (que, por cierto, no la pago yo; es un beneficio que me dan en el trabajo, porque yo ni para las consecuencias de mis actos podría pagar en estos momentos). En Montería, un atisbo de tatuajes y diferencia es razón suficiente para que me nieguen la atención. Y pensando que en la capital sería distinto, la prepagada me sale con el tema de la prescripción: “Debe tener más de seis meses en la entidad para ser atendida”.
Sigo impresionada por la violencia gineco-obstétrica que hay en este país.
Incluso a mujeres del poder público que ganan mínimo cinco salarios mínimos se les ofreció el beneficio de la licencia menstrual. Pero para no pisarle los cordones a mis compas de género, ¿qué mierda estamos haciendo que siguen habiendo machos decidiendo sobre nuestros cuerpos? Mientras nosotras somos las que sangramos cada mes, las que disponemos vientre y vagina para dar vida, las que lidiamos con las hormonas y, tras del hecho, tenemos que escuchar chistes misóginos al respecto. “¿Estás indispuesta?”, le preguntaba Agustín Aristán al personaje de Natalia Oreiro, antes de que ella lo hiciera cagarse en los pantalones con esa deliciosa histeria femenina y le pusiera mi adjetivo favorito del cine latinoamericano: “Simio retrógrado”.
No ha sido suficiente con ser mujer y vivir todo tipo de violencias, para sumarle ahora la violencia médica. Donde debo agarrarme de las mechas y con las uñas del poco y misérrimo beneficio de salud mental que existe en este país. Donde también debo enfrentar la violencia gineco-obstétrica, donde se me dice que exagero simplemente por haber nacido menstruante.
Llevo un mes sin poder tomar mi medicamento porque lo solicito por la EPS, que siempre se demora una eternidad en responder. Muchas veces he tenido que gritar por teléfono que, si me muero, es culpa de ellos. No debería ser así. No debería usar mi hermosa histeria femenina para que me brinden citas médicas y mejorar mi calidad de vida. Que si estoy loca, que si soy histérica, que si soy insoportable… No es la primera vez que escucho esto. Ya es suficiente con mi condición de mujer. Porque, al parecer, no es suficiente con eso. Con ser mujer.
2025
Hoy me desperté con ganas de morir. El cuerpo pesado, el cabello enmarañado y los ojos con lagañas. El alma me pesa por no poder dormir.
Me levanto de la cama, buscándole sentido a este círculo vicioso que llamamos vida. La gente cree que suelo siempre quejarme, pero mi rutina mañanera es recapitular los días anteriores para darme ánimo y agradecer. Pero en días como hoy, la bazofia tóxica del positivismo no me está sirviendo.
Quizá sí sea una mujer débil, quizá no estoy hecha para lo que elegí, o para lo que me eligió, porque realmente lo que soñaba era pasar las noches enteras en un estudio de grabación y viajar por el mundo presentando mis canciones. Pero la escritura me eligió.
Y muchos me dicen frases sacadas del cajón como si yo no supiera ya de eso; como si el sabor a estiércol que me da admitirlo no fuera suficiente: “¡Es que escogiste un camino muy difícil!” Igual, si me dedicara a la música, a los negocios o a los deportes, siempre habría escogido un camino muy difícil: por la cuna en la que nací, por el estrato en el que Dios me puso, por las oportunidades ganadas a pulso y más aún por aquellas que nunca me han querido brindar, por más negras que tenga las uñas de escarbar.
Yo escribo para no morir.
Trabajo en un contact center para sobrevivir, pero han sido tantos los años de poner comida así en mi mesa que el desgaste se me está empezando a notar, y yo no quiero hablar más de ello.
Es impertinente, pero mi problema de hablar con el corazón siempre me introduce en estas incordiosas conversaciones en donde se cree que estoy mejor: porque hablo inglés, porque se cree que solo tomo llamadas y que estas son, a percepción de la gente, súper divertidas. Diría uno de los personajes de Jorge Franco en su libro Paraíso Travel: “Después de un año, mi inglés no es tan malo, aunque lo aprendí a las patadas, para sobrevivir; por eso siempre relaciono este idioma con la necesidad”. Así mismo me acompaña esta frase, porque siempre quise estudiar el idioma para conocer el mundo, no para estar sentada dejándome insultar por un gringo por teléfono para cobrar lo de los gastos mensuales.
Yo escribo para no morir y desearía escribir para vivir con plenitud. Para seguir emocionando a algunos con lo que escribo, no para percibir la lástima de los que han comprado mi libro. Para emocionarme yo, y seguir llorando y divirtiéndome cada vez que lo hago.
Quisiera escribir todos los días con el sol dándome en la cara, riendo junto con mis personajes y pasándomela todo el día en estas. Escribir y escribir, más para mí que para los demás, ya que a la gente casi ni le importa; la gente ya ni lee. No leen los clásicos de nuestra literatura latinoamericana, ¿por qué deberían leerme a mí? No merezco la adulación de un influencer.
Yo escribo para no morir. Yo muero escribiendo.
Derramando cada milímetro de mi alma en cada coma, cada espacio, cada sonido de las teclas del computador. En este camino angosto, solitario y calculador. Yo escribo y muero haciéndolo.
Escribir me permite respirar un poco y darle larga a esta vida que ya no quiero ni vivir. Escribir me hace sentir acompañada en un mundo de sobreexigencias, comparaciones y frivolidades. Darle un poco de espacio a mi pecho para permitir que así se alarguen estos días que deseo con todas las fuerzas de mi alma acortar.
Todo lo que amo me hace llorar.
Todo por lo que vivo me hace querer morir.
Corría el 2018 y yo me había quedado sin trabajo después de haber trabajado seis meses con el DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística). Recuerdo que tenía una cama que me había regalado en 2013 una chica que asistía a la escuela de fútbol de mi papá. Sonaba muchísimo. Ese año se volvió hilarante el hecho de estar durmiendo en una cama que chirriaba tanto, justo cuando había salido la icónica canción que catapultó a Karol G: “Mi cama”. Y eso que el sexo, ni las relaciones románticas, me interesaban.
Mientras mis amigas se enamoraban y vivían sus primeras experiencias, yo estaba más preocupada por cumplir puntualmente con mis ensayos de baile en Soacha. Tenía también en ese cuarto lleno de humedad un clóset verde, de esos de tela que se desestabilizan con cualquier movimiento. Ya parecía un trapo, y mi mamá lo odiaba. En cambio, Pimienta, mi gato mayor, no. A él le encantaba meterse ahí.
Al principio no me preocupaba estar desempleada, porque antes nunca había tenido problemas para conseguir trabajo. Pero conforme pasaban los días, la angustia se hacía más potente. Peleaba mucho con mi mamá —que en esa época no sé cómo hacía para pagar todo— mientras yo prefería vagar por las calles de Bogotá, con el frío secándome las pocas lágrimas que la angustia me permitía derramar.
Era ese sentimiento férreo de supervivencia que me ha acompañado toda la vida. Por ese entonces iba a una iglesia coreana y conocí a una chica cuya mamá la mantenía estudiando en esta caótica ciudad. Ella se daba el gusto de tenerme durante semanas en su casa, disfrutando de mi compañía, contándome un montón de historias mientras me alimentaba.
Yo no salía de una para entrar en otra. Mis padres no tienen casa propia, así que debíamos pagar arriendo. Duré meses comiendo lentejas de todas las formas habidas y por haber. Meses sin probar proteína animal. Trabajé de mesera, me robaron, me enfermé, saqué a una amiga de una depresión amorosa terrible, me estafaron, quedé endeudada con bancos y con el corazón rotísimo. Llorando en el suelo, tuve que vender mis preciados álbumes de K-pop para conseguir dinero.
Tenía el sueño de morir, constante y persistente. No me podía permitir llorar. Había cuentas por pagar.
Fue entonces cuando la situación se volvió tan terriblemente insoportable que empecé a escribir. No recuerdo si fue con Diastema que empecé a publicar en Wattpad, o si ya hacía fanfics para la época. Pero puedo decir con certeza que este libro —que ahora es Diastema y entonces era un diario— fue lo que me mantuvo con vida.
La enorme catarsis que descargué sobre esa época es lo que hoy conocen y leen como Diastema.
Muchos empiezan a leerlo y sueltan: “Qué deprimente”.
Pero yo solo escribí situaciones que vivimos los seres humanos por varios periodos de nuestra vida, con una emoción cruda, desgastada y jodidamente inconforme.
Siempre va a ser incómodo leer —y releer— nuestra realidad desde la perspectiva de alguien más. Más aún si la conocemos.
¿Cuánto de Diastema es verdad? Bueno, podría decirse que el 98%.
Y fue escrito más con rabia que con dolor.
La depresión siempre se concibe como dolor, únicamente. Y no.
Creo firmemente que esa rabia que siempre ha habitado en mí se intensifica en mis crisis depresivas: cuando atravieso situaciones muy difíciles, cuando ando hormonal y, por supuesto, cuando un idiota dice que me quiere, pero no termina con su novia —con la que no es feliz— y tampoco hay esperanza de que me quiera bien a mí.
Esa rabia ha sido la inspiración indeleble de lo que escribo.
Rabia mezclada con dolor, un poco de música en mis oídos… eso es mi verdadera inspiración.
Y así nace Diastema.
Me acompañó en los momentos más cagados de mis veintes.
Marcó el diario de muchos jóvenes que, como yo, entraron en esa encrucijada del propósito de la vida. Ese momento que a veces ni se entiende, y que al llegar a los treinta no cala tanto, pero sí deja huella.
El fuego y el dolor de los veinte —que nos formaron determinadamente—.
De eso se trata Diastema.
Las crisis siguen. Creo que la de los treinta, a veces, es más fregada.
Pero se vivió tanto embrollo en los veinte, que la perspectiva y la resiliencia ya son otras.
Siento que los veinte son el cruce más difícil entre el éxito y el fracaso.
Es el intervalo entre la vida y la muerte.
Esas decisiones cruciales que determinan un montón de situaciones a lo largo de la vida.
Me dijeron que Diastema era muy personal. Y sí.
Pero tenía que darle una entrada honesta a mi faceta de escritora. Real.
No la Melissa sonriente con la que todo el mundo está familiarizado. Porque sí, soy yo.
Pero no totalmente yo.
Me acostumbré a reír para no incomodar demasiado.
Ya saben, cosas de hija de pastor.
En cambio, la escritura es la presentación del color verdadero de mi alma.
Ese tipo de cinismo y realidad con el que la mayoría de las personas —sobre todo los hombres— no están dispuestos a cargar ni a lidiar.
Mi género favorito es la realidad. Ese slice of life.
Así que siempre encontrarán realismo mágico o realismo oscuro en mis historias.
Por mi trasfondo, ser real es indispensable para mí, así la esté cagando o contradiciéndome.
Espero que, como muchos que ya han leído Diastema, se den la oportunidad de sentir un carrusel de emociones de principio a fin.
Ese es mi mayor objetivo.
Gracias…
y bienvenides.
No hay nada que se lleve más el viento y quede reducido a mito que los abusos cometidos dentro de la iglesia, de cualquier tipo. Ya sea católica o cristiana —pero, sobre todo, cristiana.
He presenciado cómo las razones que justifican estos actos siempre están atadas a un sinfín de excusas eclesiásticas y religiosas, que buscan exonerar a sus líderes. Porque, más allá de lo terrenal, lo convierten en un tema espiritual. Si no se escudan en el diablo, lo hacen en Dios. Pero alguien, más allá de su conciencia humana, debe cargar con la culpa.
Y eso es lo que estamos viviendo con el caso en la vereda San Andrés, en el municipio de Chinchiná, departamento de Caldas, donde las cámaras muestran cómo la niña de 13 años, hijastra de ese hombre, huye visiblemente de él. Ver cómo su congregación intenta exonerarlo me revuelve los intestinos y me provoca arcadas.
Me resulta profundamente repugnante que aún se hable de Colombia como un país laico, cuando evidentemente no lo es. Nunca lo ha sido. El país del Sagrado Corazón de Jesús, que se alegra de las desgracias ajenas y pone en tela de juicio nuestros testimonios, escudándose en sus miedos bíblicos y religiosos.
El primer abuso que sufrí fue a los siete años, en el pasillo de esa vieja iglesia de Engativá, donde mi papá pastoreaba. Nos dejaron a mí y a otros niños al cuidado de un joven de 19 años, feligrés y sobrino de una estrambótica asistente que hoy se autodenomina “Profeta”. El segundo fue por parte de un familiar mayor que yo. En el primer caso, justificaron su comportamiento diciendo que “tenía problemas” y “estaba mal de la cabeza”. El segundo fue un secreto silenciado, porque en una familia “respetada” y cristiana como la mía, eso no podía pasar. En ambas situaciones, solo lloramos mi mamá y yo.
Los artículos y comentarios que he leído estos días, tanto en prensa como en redes, me generan asco e impotencia. La revictimización y el escepticismo ante el testimonio de la niña de 13 años —sí, otra niña— me duele profundamente. Al parecer, nunca se nos podrá creer a las mujeres, y menos a las niñas. No importa la situación. Ni siquiera en nuestras tumbas, porque hasta en ellas se mean, se emborrachan y bailan.
Las culpables, inevitablemente, siempre seremos nosotras.
Cuando leí la noticia, me temblaban las manos de la rabia. Más aún al saber que se trataba de una congregación cristiana. Esa fue la que me crio, la que tanto daño me hizo. Un daño que tuve que reparar sola y en silencio. Porque ¿cómo carajos iba a hacer quedar mal a mi comunidad? Porque “no son todos”, ¿cierto? Pero el callarnos y hacer la vista gorda nos convierte en cómplices.
Siempre que se habla de leyes sobre género o derechos de la comunidad LGBTIQ+, veo a mis “hermanitos” rasgándose las vestiduras en redes, lanzando juicios a diestra y siniestra. Pero cuando uno de esos pastorcitos abusa, mata o viola, no los veo comentando, ni indignados, ni con biblias en mano.
Y pensar que yo siempre me sentí la tibia que debía ser vomitada de la boca de Dios.
No me malinterpreten: esto no es contra Dios. El parcero lo sabe. Esto es contra quienes mancillan su nombre y usan su palabra a conveniencia.
Los vecinos actuaron como debieron hacerlo: le dieron palo. Le arrojaron la piedra.
No sé si esta historia no se ha hecho viral porque ocurrió en una vereda, o simplemente porque no conviene hablar del tema. Como muchos otros casos donde la justicia hacia niñas y mujeres choca con la figura intocable de líderes religiosos.
Hasta ahora, lo que se sabe es que el juez decidió no imputar el delito como tentativa de feminicidio. Según el abogado de la niña, no se cuenta con una historia clínica que demuestre que la menor estuvo al borde de la muerte, por lo tanto, “no era posible imputar dicho delito”. En otras palabras: la única forma en que se nos hace justicia es muertas.
Comparto parte de mi historia, no para victimizarme como muchos creen cada vez que una mujer habla. No tienen idea de cuánto cuesta admitir que fuimos, y muchas veces seguimos siendo, víctimas. Lo hago porque ya me cansé de la hipocresía. De ver cómo las iglesias cristianas se creen distintas a la católica, como si su doctrina las hiciera libres de pecado o de consecuencias.
Por favor, se los pido desde el corazón: dejen de creer que, porque alguien se sabe la Biblia de pe a pa, no toma, no fuma o no dice groserías, eso lo exime de ser un depredador. Estamos en un país donde la justicia rara vez cumple su rol. Nuestro deber, como adultos, es cuidar a los niños, sin importar el contexto.
Aunque venga disfrazado de cristiano, haya asistido a todas las cruzadas evangélicas o hable de su salvación… puede ser igual que los fariseos que terminaron sacrificando a su Señor.
¿Qué más podemos esperar nosotros de los demás?
Hace unos días, hablando con una amiga, me contó que en la iglesia a la que asistimos juntas por un tiempo (cuando aún me resistía a mi agnosticismo) había llegado una pareja de misioneros que vivían de manera muy austera. Con sinceridad, todo lo que me dijo —desde cómo vivían hasta su visión y propósito de vida— me pareció admirable y bello. Crecí en un hogar cristiano, por lo que mi proceso de asimilación y desinterés por la religión (evangélica, cristiana, católica… como quieran llamarla) ha sido tanto traumático como enriquecedor.
Siento que mi postura sobre este tema, lejos de los memes provocadores que disfruto publicar y que enojan tanto a las personas que se creen santísimas y rectas (aunque igualmente irrespetuosas), refleja un respeto profundo. Sé que la figura de Dios y lo que conlleva es la tabla de salvación para muchos. Todos necesitamos creer en algo para sobrevivir, y si alguien encuentra esa creencia en esa figura en particular, me parece bien, siempre que su libertad termine donde comienza la mía. Es algo que muchos religiosos (de cualquier índole) les cuesta respetar.
Mi rabia no es con Dios, sino con su “fan club”. Ya pasé por la fase en que me creía Jacob, lo cual fortaleció mi introspección y enriqueció mi salud mental. Muchos seguidores del ‘Señor Jesús’ vienen con una realidad distorsionada. La mayoría de las veces que se han dirigido a mí, lo han hecho con emociones y acciones negativas: soberbia, orgullo, rabia, odio, desprecio, juicio, etc. Siempre surge la misma pregunta: “¿Ese es el pueblo de Dios? ¿Ese es el pueblo de amor al que hace tanta referencia la Biblia?” Porque, con sinceridad, las veces que he publicado o escrito algo con rabia o sorna sobre la religión, ha sido en respuesta a ataques previos.
Proverbios 15:1–8 dice: “La blanda respuesta quita la ira; más la palabra áspera hace subir el furor”. Dado que la mayoría de las veces he enfrentado ataques con rabia, he tenido que aprender a no tomar nada personalmente (aunque es difícil) y a ponerme en los zapatos de quienes atacan. Comprender el miedo y la confusión que deben sentir para actuar de esa manera. A menudo, parece que intentan ponerme en mi lugar y recordarme que soy una pecadora despreciable, advirtiéndome que si no cambio, me consumiré en el infierno. Como dice la banda Microwave en ‘Thinking of You’ (gracias, Karen): “Los cuentos del infierno son lo que mantienen a Dios vivo”.
Me sorprende la preocupación que muestran por mi destino eterno, cuando nunca han mostrado interés por mi vida actual. Nunca los he visto preocupados por mi vida diaria.
Siempre tengo que repetir que, antes de ser Melissa Ortega, fui la hija del Pastor Domingo, un título que me acompañará hasta la tumba contra mi voluntad. Siempre debo recalcar que hubo un antes y un después para mí, y lo que soy ahora es lo que antes maldecía con fervor. Qué gran paradoja. A veces siento que tendría que desenrollar los mil y un discipulados que hice durante mis 28 años en la iglesia, los versículos y canciones que aprendí, para demostrar que busqué mi verdad, y eso me hizo libre.
Cuando mi amiga me habló de esta pareja de misioneros, me encantó ver cómo su predicación era coherente con su vida. No me refiero a la perfección o santidad que muchos religiosos intentan alcanzar o fingir. Más bien, me impresionó ver que, a pesar de la imperfección y la naturaleza humana, una persona puede ser íntegra. No santa, sino íntegra.
Algo que he aprendido de la “santidad” es que nos encierra en una dicotomía entre el Bueno y el Malo. La humanidad está conflictuada por esta dualidad. A veces, las personas llevan una doble vida porque ser completamente “bueno” o “malo” es imposible. Todos tenemos matices de ambos. Para mí, esos preceptos dejaron de ser parte de mis valores hace tiempo porque me causaron mucho daño. Así que solo vivo como Melissa, ni impía ni santa, simplemente Melissa. Sé que para mis amigos religiosos esto será inaceptable, pero una de las cosas que les falta es empatía.
Volviendo a los misioneros, me sorprendió su historia. En 31 años de haber crecido en el cristianismo, conociendo a muchos líderes, feligreses, pastores, profetas, etc., puedo contar con los dedos de una mano las personas que aman sinceramente a esa figura de Dios. Estas personas viven para honrar a Dios y su legado principal en el mundo: el amor. Y esas pocas personas me han demostrado un amor inmenso que me mantiene creyendo en la divinidad y la espiritualidad del universo. Cuando uno de su “fandom” me hiere, los recuerdo a ellos y por eso también respeto y abrazo su fe. En la intimidad de estas relaciones, ellos me conocen bien y nunca han tomado personalmente las estupideces que publico para provocar a sus compañeros. Me aman tal cual soy. Los he visto dar con amor y bondad, trabajar con lealtad y ofrecer exhortaciones con un amor intangible. Los honro y lo haré siempre, el resto de mi vida. Les agradezco por mostrarme que, incluso dentro de la institución eclesiástica, hay excepciones hermosas. Gracias por ayudarme a cuidar mi corazón.
No necesito ser enseñada ni instruida porque sé de qué hablo. Sé que al leer estas líneas, algunos estarán aterrorizados recitando en su mente Romanos 1:28, Juan 3:20, Santiago 4:17, etc., pero eso no es problema mío; es entre su Dios y yo.
No soy el orgullo de nadie, ni siquiera de mi familia, y eso lo sé. Es el elefante en la habitación. Soy todo en lo que no creen y tampoco están dispuestos a aceptar, así como yo no estoy dispuesta a cambiar. Ambos lados están llenos de convicción.
Sí, tengo retazos de “heridas ministeriales”, como me han dicho. Son esquirlas con las que no quisiera lidiar, ya que la vida es suficientemente difícil sin añadir más. Sé que debo trabajar en ignorar los juicios. Soy una descarriada, es el camino que elegí, así que debo asumirlo hasta el final.
Todos tenemos nuestras fallas y debilidades. Todos hemos cedido en más de una ocasión. Por eso, sin más parafernalia, mi única religión es el amor.
“…¡Ay de ustedes, pastores de Israel, que solo se cuidan a sí mismos! ¿Acaso los pastores no deben cuidar de su rebaño? Ustedes se beben la leche, se visten con la lana y matan las ovejas más gordas, pero no protegen el rebaño. No fortalecen a la débil, no cuidan de la enferma ni curan la herida. No han traído a la descarriada ni buscan a la perdida. Al contrario, tratan al rebaño con crueldad y violencia.”
Ezequiel 34:2–4.
Corría 2010. Tenía 17 años, todavía enamorada de RBD por los siglos de los siglos, amén, y estaba extasiada disfrutando de Kdabra, una serie muy particular y adelantada a su tiempo, igual que el primer álbum en solitario de Christopher Uckermann, Somos.
Me gustaba el álbum, pero también me hacía sentir incómoda porque era completamente diferente a lo que conocíamos de Christopher. Mis canciones favoritas del álbum son “Vivir soñando”, que fue la banda sonora de la serie mencionada anteriormente, Kdabra, y “Apaga la máquina”, que hoy, al despertarme con ella en la cabeza, tiene más sentido que hace 14 años. Lo he dicho antes, es un álbum adelantado para la época.
En especial, como bien lo dice el título de este escrito: “Apaga la máquina”. Hoy entiendo por qué hace 14 años no me calaba: es porque encaja mejor con esta época impersonal que con la de entonces.
En 2010, si bien el internet avanzaba, todavía no era tan predominante. Aún nos conocíamos y nos enamorábamos en ámbitos que requerían conversaciones un poco más íntimas y reales. Pero ahora, es muy común que las relaciones se construyan a través de la intranet. De hecho, una de mis mejores amigas la conocí así, y hay gente que nunca he visto en persona, pero con la que hablo muchísimo por redes sociales.
¿Cómo ha afectado esto negativamente las relaciones interpersonales? Ufff, la lista sería larga, porque hemos visto, tanto en noticias como en hilos virales, cómo muchas de estas aplicaciones de citas o el conocer personas por redes sociales han terminado en grandes tragedias. Enumerarlas nos tomaría todo el día.
Hace tres años empecé a trabajar de forma remota, lo que ha afectado un poco mi círculo social, porque los amigos que tengo los conocí en espacios donde socializar y relacionarse era necesario. A raíz de esto, me embarqué en el mundo de las “apps de citas”, como comúnmente se les llama, porque sabemos que “citas” es más bien ambiguo y contradictorio. ¿Se le puede llamar “cita” a un encuentro sexual fugaz de 5 minutos? “Nos vemos, intimamos sexualmente y ya”, canturrean en muchas canciones, no solo de reguetón.
Entonces, cada quien llega a su casa, se siente “satisfecho” y, conforme avanza la noche, la soledad empieza a penetrar por los poros abiertos por el sudor. Nos hemos metido en la cabeza que eso es suficiente: chateamos, sexteamos, ponemos una fecha, tenemos sexo y no nos vemos más.
“Si quieres algo en serio, porfa evítalo / Si es solo pa’ sexo, solicítalo”, dicta Maluma, y así lo hemos hecho: copy & paste. Por conocimiento de causa, les comparto mi cronograma del proceso, y ustedes me dirán si se sienten identificados: dos semanas de cortejo, se da el encuentro, una semana más de charla, y se cierra con un ghosteo. Me parece hilarante cómo esta liturgia es la misma en todas las ocasiones; lo único que cambia es el avatar del otro lado de la pantalla.
Después de varias malas experiencias, empecé a preguntar qué buscaban en la app, y aprendí que cuando dicen “nada en particular, solo dejar que fluya”, eso se traduce a “por ahora sexo, y si me sirves para algo más, miramos”. Generalmente, solo es para satisfacer necesidades fisiológicas. Solo que son muy cobardes para decirlo de frente.
Creo firmemente que si fuéramos más explícitos con nuestras intenciones, nos evitaríamos un montón de dramas innecesarios. Esto también es parte de la comunicación asertiva.
Porque obviamente no espero que cada persona con la que hablo termine en una relación; más aún en este mundo tan frívolo, donde solo logramos conectar sexualmente, cuando eso debería ser lo más íntimo y compenetrante en todos los aspectos. Pero ir a tomar un café, hablar de libros, de lo que nos gusta o nuestra percepción del mundo, parece “demasiado serio”. Para mí, eso es ridículo.
He sexteado con hombres que luego no son capaces de hablarme de su familia, sus sueños o sus sentimientos. Me hace sentir que su cuerpo es solo un pedazo de carne con huesos, hueca y vacía, que pueden ofrecer como si fuera la “liga” que se consigue en el mercadito.
Hace poco, alguien me dijo que quería verme y besarme todo el cuerpo. Me quedé en shock porque (inserten risas desconcertadas) nunca he visto a esta persona, no nos seguimos en redes sociales, y quienes me conocen saben que casi no subo fotos mías a WhatsApp, ni siquiera de perfil. Aún estoy desconcertada de cómo alguien puede tener tan poco respeto y consideración hacia sí mismo como para entregarse a alguien con quien ni siquiera conecta. Porque no conectamos en ningún ámbito, ni lo haremos.
Tampoco somos máquinas.
El sexting es rico, sí, pero no todo el tiempo ni con todo el mundo. Llega un punto en el que yo también me aburro. Aunque me encanta el sexo, no es todo lo que soy. El sexo forma parte de mi vida, pero no es mi vida. La era de la información, lejos de enriquecer la cultura, la crítica y el pensamiento, nos ha vuelto robots monotemáticos.
Y no me echo la culpa, sé bien qué tipo de mujer soy. Y, aparte de hablar mucho, tengo muchos temas de conversación. Así que sinceramente, yo no soy el problema. Con el respeto que se merecen mis interlocutores. De hecho, me gustaría que dejaran de preguntarme cosas si luego les mando audios largos, o “podcasts”, como dicen mis amigas, cuando claramente les importa un carajo lo que tenga que decir o compartir.
Pero es desconcertante cómo le tenemos más miedo a enamorarnos que a mostrar los genitales.
La intensidad del corazón de un artista, como el mío, me ha llevado a desinstalar todas estas aplicaciones de “citas” que me abrumaban cada vez que las usaba. No son lo mío. ¿Que cómo voy a conocer a alguien? No lo sé, pero al menos por ahora, no quiero que sea en internet.
Quiero poder descifrar tu silencio, tu falta de respuesta. Los “en visto” me ponen ansiosa, tanto dejarlos como que me los dejen, porque no tengo idea de cómo interpretarlos. Es algo tan ajeno para mí. No poder analizar tus gestos, tus risas; tengo que preguntar qué significa cada palabra, como si la meta de hoy fuera volverme intérprete de una pantalla. Con mis amigas no me pasa esto, porque las conozco como la palma de mi mano, y no por el internet. Claro que no.
También me cansé de los jueguitos. Que si me respondes después de dos días, te haré lo mismo. Bah, si no respondo a tiempo es porque de verdad estoy ocupada o no tengo ánimos para hacerlo. No voy a educarme bajo las reglas de esta máquina que está definiendo nuestras relaciones. Piensa lo que quieras. WhatsApp no te va a decir qué tipo de persona soy, qué pienso, siento o quiero, y viceversa. Y menos si tú no lo quieres compartir.
Por eso, como cantaba Uckermann:
“Verte sin tocarte, entre líneas navegarte
Sin piel enamorarme
Pruébame si es real a través del cristal
Antes que se enfríen tus manos, y me olvides
Envíame una carta con
Tinta azul para ver que la escribiste tú
Y apaga la máquina
Y apaga la máquina
Y apaga la máquina”.
O, como diríamos en Colombia: Apague y vámonos.
Podría mencionar muchos engranajes acertados que Naomi Wolf expone en su libro homónimo a mi relato, pero esto es personal y, como me encanta decirlo, lo personal es político.
Ser una adolescente en los 2000 fue lo más contraproducente para mi desarrollo y mi identidad. Mientras mis caderas se ensanchaban y mis pechos permanecían intactos, el mundo me gritaba constantemente que mi cuerpo era incorrecto y mis facciones, aún más.
Soy una mujer afrodescendiente y, para rematar, llevo los rasgos indígenas heredados de mi abuela. Mi cabello siempre ha sido una trinchera en mi vida, pero gracias a unos padres amorosos, jamás dejé que la hegemonía me acorralara.
A los 15 años asumí que nunca sería “la chica de al lado”, aquella de la que mis compañeros de colegio vivían enamorados, víctimas de sus propios antojos y maldades. Porque, como bien sabemos, el cine es reflejo de la vida real, y en muchas películas hollywoodenses, estas chicas bellas y estandarizadas siempre terminan teniendo el control.
Ahora, en pleno 2025, después de años luchando por no ser un estándar, la ansiedad me corroe al darme cuenta de que nunca seré la mujer de los sueños de algún varón. Mi fisonomía y mi físico solo serán admirados por una noche, no porque yo lo haya decretado así, sino porque esta es una lucha sociocultural con la que, al parecer, moriré.
Lo más irrisorio del asunto es que vivimos en una era donde la belleza hegemónica se ha propagado aún más, y ya no hay diferenciales entre los seres humanos. De hecho, la diversidad se percibe como algo mucho más amenazante de lo que parecía en los años setenta. Entonces, mi cuestionamiento, lo que me quita el sueño, es: ¿realmente estamos avanzando? ¿O solo es un avance tecnológico? ¿Será que, a medida que la tecnología progresa, el ser humano entra en regresión?
Las personas que apoyamos con ahínco la diversidad nos hemos convertido en una especie de religiosos insoportables que nadan contra la corriente mundial. Ya no se nos ve como seres admirables que abrazan y valoran la subjetividad. Me impresiona que el desarrollo del ser humano esté tan estancado, incluso en temas que creemos nimiedades, pero que se han transmitido de generación en generación, reprimiendo y hiriendo, mayormente, al género femenino.
Entonces, quiero invitarlos a cuestionarse: cuando nos miramos cada mañana en el espejo, ¿vemos lo que realmente queremos o lo que la sociedad y la mirada masculina nos imponen? ¿Amamos de verdad lo que vemos y, aún más, lo que somos? ¿O hemos basado nuestra existencia en lo físico? Estamos en una era hipersuperficial, la era de las máscaras, del amor propio falso, de la salud mental pautada, sumergidos en presunciones sin la oportunidad de ser realmente libres, de ser reales.
Un estudio de la City University de Londres encontró que el 90 % de las mujeres jóvenes utilizan filtros o editan sus fotos, lo que puede afectar negativamente su autoestima y percepción corporal, creando un hito de dismorfia corporal. Además, una encuesta de la Royal Society for Public Health en el Reino Unido reveló que el 41 % de los jóvenes se sienten inseguros sobre su apariencia o su vida debido a las redes sociales.
Desde la popularización de Instagram, me ha costado mucho desprenderme de los imaginarios estereotipados que hemos construido a raíz de la pantalla. Me ha costado abrazarme nuevamente como lo hice a los 15 años, concentrarme en mis pasiones y aficiones, sin dejar de lado la ansiedad que me genera no ser una de esas chicas hegemónicas que mi crushsigue en masa en su perfil de Instagram. Me ha costado mucho desligar mis relaciones interpersonales, especialmente las sexoafectivas, de las redes sociales, porque últimamente hemos comenzado a basarlas en ellas.
Pero, aunque pareciera que me estoy quejando, esto era algo que necesitaba sacar del pecho. Sin embargo, no creo que retroceda, porque definitivamente en la diversidad he encontrado el placer y la alegría de ser genuina y real. No me da miedo andar por el mundo siendo quien soy. Sí, a veces tiene sus consecuencias; no seguir la corriente y ser apartada del rebaño duele, pero no lo cambiaría por la belleza de la autenticidad. Y eso, precisamente, es lo que le falta al mundo.
