Licenciada en derecho egresada de la Benemérita Universidad Autónoma de Zacatecas.
Actual estudiante de Enfermería en la Universidad Autónoma de Durango Campus Zacatecas.
Coach de indoor cycling en Revol Cycling Room.
Mis hobbies incluyen bailar en el Ballet Folclórico de Gustavo Vaquera Contreras, cantar en los karaokes, cuidar mi salud física y mental y sobretodo meditar.
2026
Hace muchos meses que no encontraba la inspiración para escribir. No porque no tuviera qué decir, sino porque mi vida dio un giro de 180° hace poco más de un año, y cuando todo cambia, una también cambia… incluso la manera en la que siente.
Cuando empecé a escribir lo hacía desde un estado de conciencia distinto al que tengo ahora. Hoy puedo reconocer que cometí muchos errores intentando no sentir, intentando anestesiar lo que dolía. Y lo cierto es que aquello que no se siente se guarda; y lo que se guarda, tarde o temprano, pesa.
Hace poco me gradué de enfermería. Pensé que ese día estaría desbordante de emoción, que sentiría euforia, orgullo en su máxima expresión. Pero no fue así. La sensación era plana. Más que felicidad, había nostalgia. Una especie de vacío suave que me recorría el cuerpo, como si algo se estuviera quedando atrás.
Y es que cuando comencé la carrera había personas en mi vida que hoy ya no están. No porque hayan partido, sino porque yo elegí irme. Elegí salir de un lugar que ya no era para mí, aun sabiendo que eso implicaba empezar de cero. Entonces la pregunta seguía ahí, insistente:
¿por qué no me siento completamente feliz?
La respuesta fue incómoda, pero clara: el duelo.
Y no hablo solo del duelo de perder a alguien que dices amar. Hablo del duelo de cambiar de piel. Del duelo de transformar tu vida, de avanzar… y, sobre todo, de evolucionar.
Porque avanzar no siempre es evolucionar. Avanzar puede ser simplemente seguir caminando sin mirar lo que dejas atrás, sin hacer conciencia de lo que rompes o de lo que duele. Evolucionar, en cambio, es deconstrucción. Es sentarte contigo misma y tener la claridad de lo que ya no quieres en tu vida. Es aceptar lo que decides soltar y, al mismo tiempo, hacerte responsable de tus actos. Y ahí comienza el verdadero trabajo interno.
Hoy, a mis 28 años, estoy logrando metas que alguna vez soñé. Estoy construyendo la vida que imaginaba. Y, sin embargo, siento nostalgia. No porque quiera volver atrás, sino porque estoy consciente de lo que dejo. Y eso también se llora.
Es un duelo interno darte cuenta de que estás evolucionando y no solo avanzando. Es mirar a tu yo del pasado y abrazarla con ternura. Es agradecerle por haber hecho lo que pudo con las herramientas que tenía. Es perdonar.
Pero surge otra pregunta:
¿cómo perdonas algo que te lastimó sin sentir culpa por las decisiones que tomaste?
No lo sé todavía. Sigo buscando esa respuesta.
Tal vez el famoso glow up del que tanto se habla no sea externo. Tal vez no se trate de demostrar que ya avanzaste, que dejaste todo atrás y que, por lo tanto, cambiaste. Porque, seamos honestas, eso no siempre es real.
El verdadero cambio no siempre brilla hacia afuera. A veces se ve como silencio. Como distancia. Como límites. Como noches de introspección. Como lágrimas que nadie más ve.
Mudar de piel duele. Pero también libera.
Y quizás la nostalgia no sea ausencia de felicidad, sino evidencia de que estás creciendo. Que estás soltando. Que estás evolucionando.
Y aunque todavía no tenga todas las respuestas, hoy puedo decir algo con certeza:
mi alma está mudando de piel.
2025
¿Por dónde empezar a escribir el día de hoy?
Tengo un año siendo más espiritual y más cercana a Dios. Pero para poder llegar a este punto de mi vida tuve que poner a prueba mi fe y mi manera de ver las cosas. Durante mucho tiempo estuve enojada con Dios porque sentía que no me escuchaba, sobre todo cuando pasaba por un momento difícil. Sí, tenía trabajo, algo seguro, pareja, clases llenas en indoor cycling… pero aun así no era completamente feliz. Había una parte de mi vida que no entendía: ¿por qué, si aparentemente tenía todo, nada me llenaba? Vivía enojada o con ganas de llorar.
Mi abuelita siempre ha sido muy creyente y solía decir esta frase cuando las cosas no salían bien:
“Pídele a Dios, que Él no se ha hecho viejo.”
Yo llegué a creer que tener fe era solo para personas mayores o que ya no encontraban algo interesante que hacer con sus vidas. Hasta que un día sentí a Dios en mi corazón.
Pasaba por un momento emocionalmente complicado y lo único que necesitaba eran respuestas. Me sentía atrapada, frustrada, asustada… creo que experimenté todos los sentimientos negativos posibles. Cada vez que alguien me decía “Pídele a Dios”, me enojaba más, porque sentía que no me escuchaba y que hasta se reía de mí por lo que pedía.
Una vez le dije:
“Dios, si tú me escuchas y existes, te pido que hagas algo lo suficientemente doloroso para que entienda que no debo seguir en ese lugar.”
Y sí, pasó algo muy fuerte en mi vida. Fue entonces cuando experimenté el amor tan grande que Dios me tiene. Aunque muchas veces no entiendo su voluntad ni las lecciones que me quiere dar, trato de dar lo mejor de mí en cada paso que doy, siempre agradeciendo tanto lo bueno como lo malo que llega a mi vida.
Sigo siendo humana, no me creo mejor que nadie; simplemente estoy aprendiendo a entender Su voluntad cada día. Hay momentos en que mi fe no está al máximo, pero si algo he aprendido es que el “no” de Dios también es una respuesta llena de amor.
Hoy entiendo que Dios nunca se fue; fui yo quien se alejó al querer tener el control de todo. Ahora dejo que Él escriba mi historia, aun cuando no entiendo el capítulo. Porque la fe no es ver para creer… es confiar incluso cuando no hay luz, sabiendo que en la oscuridad también hay propósito.
A veces Dios responde con silencios, con pausas, con despedidas. Pero en cada una de ellas hay un susurro que dice:
“No te estoy quitando nada, te estoy preparando para más.”
Y eso, hoy, me basta.
¿Te has dado cuenta de que la vida se ha regido siempre por primeros momentos, a lo largo y ancho de nuestra existencia?
Un primer día de clases, un primer beso, un primer día en tu trabajo, un primer viaje en avión, la primera vez que viste el mar… Cada uno de ellos es como un pequeño terremoto en nuestra memoria.
La vida está llena de primeras veces que marcan huella porque en ellas se mezclan la sorpresa, el miedo y la emoción de lo desconocido. Son como faros que nos sacuden y nos recuerdan que estamos avanzando, creciendo, viviendo algo nuevo. Muchos de esos primeros momentos quedan grabados más vívidamente en la memoria que lo que viene después, porque nuestro cerebro presta más atención a lo inédito. Por eso recordamos con tanta claridad un primer beso, pero quizá no el beso número cien.
Cuando yo era niña y tenía algo emocionante al otro día, no podía dormir. La adrenalina me recorría como electricidad, y el corazón parecía querer salirse del pecho. Todo era desconocido: personas nuevas, lugares nuevos, emociones que no sabía nombrar. A veces me daba ansiedad, porque las expectativas se volvían gigantes y soñaba despierta con cada detalle que podía pasar.
Con el tiempo entendí que los primeros momentos no se limitan a la infancia. La vida adulta está repleta de ellos, aunque tengan otras formas: el primer fracaso que nos enseña, la primera victoria que nos asusta por lo inesperada, la primera vez que nos enfrentamos a nosotros mismos con honestidad, la primera vez que decimos “ya basta” y sentimos libertad.
Y también están los primeros silencios, esos que nos obligan a escuchar nuestra propia voz; los primeros abrazos que realmente importan; los primeros viajes en los que nos perdemos y nos encontramos al mismo tiempo. Cada experiencia nueva, cada riesgo, cada paso hacia lo desconocido es una primera vez disfrazada de rutina.
Quizá lo más hermoso de todo esto es que nunca dejamos de vivir primeras veces. Siempre podemos sorprendernos, reinventarnos, explorar lo que aún no conocemos. La vida nos ofrece infinitas oportunidades para sentir esa chispa, para despertar ese cosquilleo que nos recuerda que estamos vivos.
Porque, al final, la vida no es otra cosa que una colección de comienzos. Y lo increíble es que siempre podemos abrir un capítulo que nos deje sin aliento, aunque creamos que ya lo hemos visto todo.
La vida no se mide por los días que pasan, sino por los primeros momentos que nos sacuden el alma. Cada “primera vez” nos recuerda que estamos vivos, que todavía podemos sorprendernos, que siempre hay algo nuevo por descubrir dentro y fuera de nosotros.
Así que atrévete a sentir, a lanzarte, a empezar de nuevo… porque mientras haya primeras veces, siempre habrá magia, siempre habrá esperanza, siempre habrá vida.
¿Te has preguntado alguna vez qué hubiera pasado si no hubieras tomado cierta decisión en tu vida? La nuestra está hecha de elecciones: unas buenas, otras malas, y muchas que en su momento parecen insignificantes pero, con los años, resultan determinantes. Últimamente me descubro pensando en dónde estaría si hubiera elegido distinto: si no hubiera ido a cierto lugar, si hubiera estudiado en otra escuela… tal vez mi vida no sería tan diferente, o tal vez sí, completamente.
Cuando empecé a trabajar en Revol fue porque una maestra de derecho, que con el tiempo se volvió amiga, me contó que buscaban personal de staff. Yo pensé: “pues le entro, de todos modos, estudio por las tardes y un ingreso nunca cae mal”. Lo curioso es que antes de derecho yo estaba en medicina. Imagina este escenario: nunca me salgo de medicina, nunca conozco a esa maestra, nunca me dice que en Revol necesitan gente, contratan a alguien más… y por esa simple razón jamás llego ahí. No me convierto en coach y probablemente hoy sería doctora, quizá iniciando una especialidad. O quizá no.
Otro ejemplo: mi primer novio era primo de mi mejor amiga. Lo conocí en una fiesta de disfraces. Si ese día yo no hubiera ido con ella, tal vez hubiera llevado a otra amiga y nunca nos habríamos cruzado. O tal vez sí, pero en otras circunstancias.
Y así, cada decisión, cada encuentro, cada “sí” y cada “no” que damos, cada persona que llega a nuestra vida abre un universo de posibilidades y cierra otros. Una vez alguien muy querida en mi vida me dijo: “Paulina, del punto A al punto B hay un millón de posibilidades para que tú puedas avanzar, y no solo la convencional, no solo la que nosotros pensamos que es la manera correcta. Jamás van a existir maneras correctas de vivir; todo en este universo es tan subjetivo que lo que aquí en tu país sea algo malo, muy probablemente en otros lugares sea normal, y eso no significa que esté correcto o incorrecto”.
Nunca sabremos qué hubiera pasado en esos escenarios alternos, pero sí sabemos dónde estamos hoy: parados en la única vida que existe, la que construimos paso a paso con nuestras elecciones.
Yo lo que puedo aconsejar es: equivócate, SÍ, EQUIVÓCATE, porque literalmente es la primera vez que tienes esa edad, la primera vez que se supone que “tienes que saber qué hacer” o “cómo comportarte”. Pero ojo: equivocarse no significa justificar el lastimar a las personas ni tomar decisiones que de entrada sabes que están mal. Significa lanzarte a lo desconocido, a eso que te da miedo experimentar. Baila con desconocidos, crea tu propio efecto mariposa aunque tu vida ya esté escrita, cuestiónate si lo que haces te hace feliz, enamórate de ti mil veces, conócete, date la oportunidad de ir al cine o a comer tú solx, besa a un desconocido —no sabes si ese es tu hilo rojo que te lleve al efecto mariposa más hermoso de tu vida—.
Deja de enfocarte en lo que no fue y en lo que no será, porque eso jamás te va a dejar avanzar. Ten conversaciones incómodas con las personas que amas y, sobre todo, DEJA DE SUPONER. Pregunta, cuestiónate el porqué y el para qué estás aquí. Piensa qué legado vas a dejar en 100 años, cuando ya no estés y tus generaciones futuras se acuerden de ti.
Acuérdate de todo lo que estás aprendiendo en tu vida, desecha lo que no te funciona y que ese bote de basura jamás se llene; y si es así, busca alternativas para que se vuelva a vaciar. No cargues con cosas que ni siquiera son tuyas.
Al final, la vida no se trata de imaginar qué hubiera pasado, sino de honrar lo que sí está pasando. El verdadero efecto mariposa no ocurre en los escenarios alternos, sino en el presente: en lo que eliges hacer hoy con lo que tienes y con quien eres.
En algún momento de mi vida escuché a mis tías hablar sobre lo que pensaban de las personas que iban al psicólogo. Ojo: nací en 1998, en una época en la que la salud mental aún no era un tema que se pusiera sobre la mesa durante una cena familiar.
Regresando a ese recuerdo, ellas comentaban que no era necesario que los niños o adolescentes —mucho menos los adultos— fueran a terapia. Decían que, en sus tiempos, el mejor terapeuta era la escoba, el trapeador o, de plano, unas nalgadas o el cinturón.
Hoy, ya como adulta, mi manera de pensar es muy distinta a la que ellas tenían. Y ojo: no estoy juzgando a nadie. Simplemente tengo una visión más amplia de lo que quiero para mí, para mis futuros hijos y para los hijos de mis hijos.
Con el tiempo me di cuenta de que ir a terapia no significa estar “loco”, ni es algo de lo que debamos avergonzarnos. Al contrario: es un acto de valentía. Porque enfrentarte a ti mismo, cuestionarte y buscar sanar heridas que quizás ni sabías que tenías no es fácil. Y, sin embargo, es necesario.
Incluso recuerdo que mi mamá, en algún momento, platicó que había sufrido durante el postparto de mi hermano. Sentía que, primero, el bebé se le iba a morir y, segundo, que no iba a ser buena mamá. Ahora entiendo que eso es depresión postparto. Hay una referencia buenísima en una novela mexicana muy popular llamada María la del Barrio, cuando después de tener a su bebé, la protagonista no la pasa bien y termina por regalar a su hijo. En esa época se decía: “¡Ella está loca, ve lo que hizo!”.
Creo que muchas personas de generaciones anteriores crecieron en entornos donde expresar emociones era visto como debilidad. Llorar era “hacer drama”, sentir ansiedad era “exagerar” y hablar de depresión era simplemente impensable. ¿Cómo iban a entender lo que no se les enseñó a nombrar?
Ahora entiendo que llorar no te hace débil; en el caso de los hombres, no te quita hombría, sino que te convierte en alguien que sabe soltar. Sentir ansiedad no es exagerar, y tener depresión no es algo que se quita bañándote o limpiando tu entorno.
No estás locx por buscar ayuda. No eres débil por querer romper patrones de crianza que te lastimaron. No eres una persona exagerada por querer ser feliz y soltar.
Afortunadamente, hoy tenemos más herramientas, más información y, sobre todo, más conciencia. Hoy sabemos que cuidar la mente es tan importante como cuidar el cuerpo. Que pedir ayuda no te hace menos, sino más humano. Y que hablar de salud mental no debería ser un privilegio ni un escándalo, sino una práctica cotidiana.
Aún falta camino por recorrer, pero creo firmemente que este es solo el inicio de algo grande, algo consciente, que va a crear adultos que aprendan a canalizar sus emociones y a ser más valientes por nombrar las cosas por su nombre.
Hablemos más, sin miedo ni prejuicios. Porque solo cuando rompamos el silencio, cuando dejemos de temer al juicio, podremos construir un futuro donde la salud mental sea parte natural de nuestras vidas.
Te invito a que, la próxima vez que alguien cercano exprese un malestar emocional, lo escuches sin juzgar. A que recuerdes que pedir ayuda es un acto de coraje. Y, sobre todo, a que seas parte del cambio que tú mismo quieres ver: un mundo donde sanar sea un derecho y no un tabú.
Porque, al final, la salud mental no es solo de unos pocos, es de todos.
Querido lector, el día de hoy te voy a contar un cuento que no tiene nada que ver con la realidad y cualquier parecido es mera coincidencia. Ah, otra cosa: no es un cuento infantil.
Dicho esto… ahora sí, empecemos.
Había una vez una princesa que vivía en un reino lleno de felicidad y es que, literal, todo era color de rosa. Su nombre era Polette. Era abogada, estudiaba enfermería, daba clases de indoor cycling y sabía que existía un reino no tan lejano donde había un príncipe que, según le habían contado, era encantador. Todos los días imaginaba cómo llegaba ese príncipe en su caballo blanco y precioso a buscarla para vivir felices por siempre. Se imaginaba el color de sus ojos, su estatura, el timbre de voz que pudiera tener y, así, todos los días sin falta, le pedía un deseo a la estrella más brillante del firmamento para que llegara el día en que conocería a su príncipe.
Hasta que un día ese deseo se cumplió. Curiosamente, no fue como ella lo imaginó; al contrario, fue un encuentro un poco diferente a lo que había pensado, pero al mismo tiempo… lo fue. Él era alto, atlético, de ojos bonitos y con un timbre de voz que extrañamente le causaba paz. Después de ver todo eso, el encuentro fue lo último que le importó. Pasaron los días y el príncipe mostraba cada vez más interés en conocerla y, obvio, la princesa Polette estaba viviendo el sueño rosa que había imaginado desde que era una niña.
Pasaban los días y ella sentía que estaba en una nube cada vez que su príncipe la visitaba. Era todo mágico, hermoso, sano, protector, amable, detallista… el sueño de toda princesa.
Hasta que un día su príncipe tomó un elixir que hizo que todo se derrumbara, porque esa voz que un día le causaba tanta paz le provocó terror, como si se hubiera transformado en una bestia feroz. Gritó, gritó y gritó, y la princesa Polette no entendía lo que estaba pasando. Lo único que intentó fue calmar la situación, pero todo era inútil; parecía que mientras más trataba de calmarlo, más se transformaba en bestia. Lo único que logró fue llegar a su espacio seguro, su palacio rosa. Sin embargo, algo se había roto en el corazón de Polette; algo había cambiado después de ese día.
Pasaron unos días y las cosas mejoraron: todo volvió a ser mágico, rosa, bonito.
Y, de pronto, otra vez ese elixir cambió a su príncipe, pero ahora las cosas fueron un poco diferentes. El príncipe derramó el elixir en la cara de la princesa, como si quisiera herirla, y esa voz que daba paz volvió a causarle terror. Ella trataba de convencerse de que solo las cosas cambiaban cuando ese elixir llegaba a manos de su príncipe, y lo que quería era desaparecer todos los malos elixires del palacio de ambos.
Por un tiempo funcionó y las cosas fueron maravillosas, mágicas, rosas, llenas de amor como al inicio. Aunque, recuerdas que dijimos que algo se había roto en ella, aun así intentaba no tener miedo, intentaba confiar en el amor y seguir avanzando.
Hasta que una noche, después de un gran baile, el príncipe encontró el elixir y lo bebió. Lo demás… ya lo conocemos.
Esa noche la princesa lloró, lloró y lloró hasta que se cansó. Incluso su llanto se escuchó en otros reinos. Al amanecer, un poco más tranquila, tomó una decisión: con el amor en las manos y el corazón vendado dijo NUNCA MÁS, aunque eso implicara que el ideal de príncipe se fuera para que ella pudiera seguir avanzando.
Pasaron los meses y la princesa Polette pudo superar esos horríficos días. Tuvo una red de apoyo, buscó ayuda espiritual y se rodeó de príncipes y princesas que le sanaron el corazón, porque entendió que lo que pasó no fue su culpa. Regresó a bailar, siguió estudiando enfermería y dando clases de indoor cycling (porque era súper moderna, obvio).
Y colorín colorado, este cuento aún no se ha acabado.
Aún no existe un fin en la historia, porque la princesa sigue sanando su corazón, sigue aprendiendo y sigue enamorada del amor, creyendo que aún existe ese amor mágico que la haga regresar a las nubes.
Fin… por ahora.
Desde que tengo memoria, siempre soñé con ser parte del gran Ballet de Bellas Artes o ser bailarina de algún artista famoso y estar en sus conciertos, dándolo todo en el escenario.
El amor y la pasión que siento cuando bailo es algo que, francamente, no puedo explicar. Siempre he dicho que cuando estoy en el escenario, es un momento romántico entre la música y yo, porque no existe nada más.
A los seis años tomé por primera vez una clase de ballet. Recuerdo perfecto que, desde el primer momento, me enfoqué en ser la mejor y en ensayar siempre con las niñas grandes. En una ocasión, estuve en una evaluación con mi maestra y alguien más. En ese tiempo estaba muy de moda la canción Ángel —el cover de Yuridia—, y esa fue la canción que elegí. ¡Vaya sorpresa! Me eligieron para ser princesa en el recital. Por cosas de la vida, no pude bailar, pero jamás se va a borrar ese momento de mi cabeza.
Cuando cumplí nueve años, tomé una clase de folclor y me enamoré de la música, el faldeo y las coreografías. Pero aún quería más y más. A los doce años entré por primera vez a una compañía un poco más profesional y yo era la más chica del lugar. Aunque al principio lo disfrutaba, empecé a notar cierto tipo de injusticias y malos tratos por parte de quienes dirigían el grupo.
A veces está tan romantizada la violencia en estos ambientes, justificándola con frases como “así tiene que ser” o “así fue en mis tiempos”. Soy fiel creyente de que no tienes por qué truncar el sueño ni hacer sentir menos a alguien que está dando su mayor esfuerzo para lograr sus objetivos. Aunque tenía el libre albedrío de elegir dónde estar, en ese momento no sabía que había más posibilidades.
Hasta que, un día, a los 16 años, vi bailar por primera vez al ballet del que, hasta la fecha, sigo siendo parte: el Ballet de Gustavo Vaquera Contreras. Fue como un despertar, una certeza de que yo quería estar ahí. Y así fue: logré ser parte. Y sigo siéndolo.
Pero también tengo que contar que no todo fue color de rosa. A los 17 años tuve lesiones en las rodillas, y eso fue un factor determinante para que truncara mi sueño de ser bailarina. Me dediqué por un tiempo a hacer otras cosas, pero al dejar de bailar, llegó la ansiedad. Fue entonces cuando tuve el peor año de mi vida.
Yo no entendía qué me estaba pasando, si era parte de un duelo, de despedirme de algo que realmente amaba. Y te juro, querido lector, que esto lo escribo con lágrimas en los ojos. Si pudiera regresar diez años atrás, abrazaría a esa Paulina adolescente con ansiedad y le diría que, si tiene paciencia, va a volver a bailar, y va a volver a sentir esa emoción de los aplausos y la adrenalina de los cambios rápidos. Porque, afortunadamente para todos, todo pasa en esta vida.
Justo a los 20 años viví mi primer Festival Internacional de Folclor, que —dicho sea de paso— se celebra en Zacatecas cada año. Bailar en un escenario tan imponente como Plaza de Armas ha sido una experiencia que me ha llenado el corazón entero.
Y sí, ahora estoy —siete años después— escribiendo esto, porque acabo de terminar otro festival más, a mis 27 años. Más fuerte que nunca, más estable mentalmente, más confiada en mí y con una visión diferente de la vida, acompañada de Dios, que jamás me ha soltado, ni en mis peores momentos.
Hoy reconozco que tenemos que tener una visión más amplia de nosotros mismos. Aprendí algo hace unos días: ve tu vida con el espejo de la esperanza, el espejo de la fe, de la confianza. Porque si solo lo haces con el espejo de tus defectos, créeme, nunca vas a avanzar.
Eso no quiere decir que ya no dude de mí. ¡Por supuesto que sí! Pero ahora tengo las herramientas para poder salir triunfadora de cualquier situación que llegue a mi vida.
Por último: JAMÁS, JAMÁS dejes de soñar.
Tu vida es tuya. Tú eres tu propio escritor, tu propio narrador y el protagonista.
El universo te pertenece.
Si Por años se nos hizo creer que las mujeres somos débiles, una especie extraña dentro de la naturaleza humana. ¿La razón? Menstruar.
Si trazamos una línea del tiempo y viajamos hasta antes de Cristo, encontramos en los textos de Levítico estas palabras:
“La mujer menstruante será impura durante siete días; todo lo que toque será considerado inmundo.”
Y no solo ahí. En la Biblia también hay relatos similares, como en Marcos 5:25-34, donde se habla de una mujer marginada por doce años debido a un flujo de sangre, hasta que tocó el manto de Jesús y fue sanada. En esa época, se pensaba que su sangrado era un “mal” o un castigo.
Pero no solo en la Biblia. En muchas culturas antiguas —Grecia, Roma, India, tribus africanas— se creía que la sangre menstrual podía marchitar plantas, arruinar fermentaciones o incluso envenenar. A las mujeres se las aislaba en “casas de menstruación”. En Nepal y algunas zonas de India, aún persiste la práctica del Chhaupadi, aunque ya es ilegal.
Y así, generación tras generación, nuestras abuelas —y las abuelas de sus abuelas— cargaron con el peso de esta idea. La vergüenza tatuada en sus cuerpos por un proceso tan natural como respirar, por una sangre que no es maldición, sino vida renovándose cada mes.
Durante mi adolescencia, era casi un pecado decir que estabas menstruando. Porque ¿qué van a pensar tus compañeros, tus amigos, la gente con la que convives? Incluso se usaba como ofensa:
“Déjala, está histérica porque tiene la regla.”
Y ni hablar de sacar una toalla sanitaria: era como si estuvieras traficando algo prohibido. Entre nosotras decíamos “¿tienes una galleta que me des?” para que nadie sospechara que andabas en “tus días”.
Hoy, aunque parezca increíble, para muchas personas sigue siendo un tabú.
Pero yo hoy quiero honrar mi cuerpo.
Quiero honrar el cuerpo femenino.
Quiero decirte a ti:
Somos tan poderosas que tuvieron que llamarnos “impuras” para controlarnos.
Porque somos capaces de crear vida.
Nos dijeron que éramos peligrosas, sucias, débiles.
Pero lo que realmente temían no era la sangre…
Era el poder que representa.
El poder que representamos como mujeres no se mide en silencios ni en vergüenzas,
sino en la valentía de vivir y mostrarnos sin miedo.
Porque menstruar no es una debilidad,
es la prueba viva de que nuestros cuerpos están llenos de fuerza
y de sabiduría ancestral.
Somos herederas de siglos de resistencia.
Resistimos tabúes, supersticiones y silencios impuestos.
Resistimos para que hoy podamos nombrar nuestra sangre sin miedo,
para que podamos sentir orgullo por cada ciclo,
por cada gota que corre en nuestras venas.
No somos impuras.
No somos débiles.
No somos “algo raro”.
Somos ríos de vida que fluyen con potencia,
somos fuego que renace,
somos raíces que se aferran y crecen firmes en la tierra.
Y hoy, aquí y ahora, el acto de hablar de menstruación es una revolución.
Es romper cadenas.
Es sanar heridas.
Es reclamar el espacio que nos han negado.
Es gritar con fuerza:
¡Nuestra sangre es sagrada!
Y con esa sangre escribimos nuestra historia,
derribamos muros
y construimos un futuro
donde ninguna mujer tenga que esconder su poder ni su cuerpo.
Porque cuando honramos nuestro ciclo,
honramos nuestra esencia,
y en esa esencia está la libertad.
¿Y si el control no es sinónimo de poder, sino de miedo disfrazado? Hoy te cuento cómo aprendí a soltar sin soltarme.
Yo, Paulina, reconozco que tengo un problema enorme: ¡quiero controlarlo todo! Desde muy chica he sido una persona aprensiva con todo y con todos. Recuerdo que, si algo no salía como yo quería —ya fuera en la escuela o con mis primas—, agárrate, porque iba a estar intenso el berrinche. Pero no creas que era de esos berrinches escandalosos de que todo México se entere; era interno. Porque, imagínate nada más que alguien se diera cuenta de que la estaba pasando mal solo porque las cosas no salieron como yo quería…
Mi mamá me decía: “¡Karina, ya por favor! Relájate, respira, que no está pasando nada.” Y eso fue en mi etapa de niña.
Cuando entré a secundaria, he de confesar que pasé por una etapa donde me valía un poco más todo… aunque, paradójicamente, sentía al doble. Mis emociones, hormonas y temperamento estaban, creo yo, al límite. Constantemente estaba en guerra con quienes me rodeaban y no tenía amigas, porque me la pasaba compitiendo con todo el mundo en todo. Si hay algo que me ha caracterizado siempre es que, si hago algo, es al 100… o mejor ni lo hago. No quiero que las cosas se salgan de mi círculo de control. Y eso, querido lector, no siempre es lo ideal. En algunos casos puede funcionar, pero no en el día a día.
Para poder entender qué estaba pasando en mi vida, me ha tocado trabajar duro en mí. He hecho entrenamientos de liderazgo, el cuarto y quinto paso de Alcohólicos Anónimos (para identificar mi defecto de carácter y partir desde ahí), he ido a terapia psicológica, a meditaciones con cuencos, a sesiones de descodificación emocional, con tanatólogos, etc., etc., etc. Y la cereza del pastel: acercarme a Dios. Créeme, eso ha sido lo que más me ha funcionado hasta ahora. Tener fe.
Pero no estoy aquí para presentarte mi currículum. Estoy aquí para decirte que no tienes por qué controlarlo todo. No tienes por qué saberlo todo. Somos seres humanos en constante cambio y evolución como para aferrarnos a un: ¿por qué no me salen las cosas como yo quiero que salgan?
Hay una frase que me ha servido mucho en esta nueva etapa de mi vida, a mis 27 años:
“Descansa en Dios.”
Porque Él está haciendo todo lo necesario, incluso cuando sientas que no te escucha. Su amor es tan infinito que jamás permitiría que pasaras por algo si no supiera que de ahí vas a aprender lecciones que te harán avanzar. Incluso cuando no entiendas el propósito, lo único que podemos hacer es soltar.
Pero ojo: soltar no significa rendirse ni dejar de actuar. Significa confiar mientras sigues haciendo lo necesario para cumplir tu propósito y/o tus metas.
En el libro Los cuatro acuerdos se dice:
“Deja de tomarte las cosas personalmente.”
Nada en esta vida es personal, ni siquiera cuando lleve tu nombre y apellido. Lo que otros sientan cuando tú aprendes a decir “no” o pones límites, no es tu responsabilidad. Lo que sí es tu responsabilidad es cómo te vas a sentir cuando enfrentes una situación que no está en tus manos.
Para mí no es fácil escribir esto, porque sigo en constante aprendizaje. Hay días en los que repito patrones. Pero eso no significa que haya algo malo en mí (ni en ti). Significa que estás siendo consciente de lo que pasa a tu alrededor. Y eso, querido lector, ya es un avance.
Respira.
Porque si no respiras, no llega oxígeno a tu cerebro.
Y si no hay oxígeno, no piensas.
Y si no piensas, no funcionas.
¿Te das cuenta? Todo es una cadena.
Hola, soy tú, pero del futuro.
Ahora tenemos 27 años y me pregunto si te acuerdas de aquellos días en los que jugábamos con nuestras primas a ser amigas, hermanas, artistas. Nos encantaba hacer conciertos para los adultos, cantar las canciones de Ana Bárbara y RBD, armar coreografías y sentir que el mundo nos miraba. Nos fascinaba bailar, reír y sentir que todo era posible.
Recuerdo también que le teníamos miedo a la oscuridad. Nos paralizaba, nos hacía imaginar sombras amenazantes. Pero un día, uno de nuestros primos nos dijo: “Si no hubiera oscuridad, no seríamos capaces de ver la luna, las estrellas, ni disfrutar las luciérnagas. No podríamos descansar”. Desde ese momento, entendimos que la oscuridad no siempre es enemiga, y aprendimos a ser más valientes.
Pero aquí no estamos para recordar el pasado, sino para contarte lo que hemos logrado.
Cuando cumplimos 16 años, nos convertimos en reinas de nuestra preparatoria. Sí, reinas. Y pensar que durante años dudamos de nuestro propio reflejo en el espejo. Nos preguntábamos si éramos lo suficientemente hermosas para portar una corona. La respuesta es que somos mucho más de lo que imaginamos.
Nos dimos cuenta de que la verdadera belleza nunca estuvo en lo que los demás veían, sino en cómo aprendimos a vernos a nosotras mismas. Y esa lección nos ha seguido acompañando.
También te quiero platicar que nos enamoramos. Aunque ya no estamos con esas personas, entendimos que redescubrir hacia dónde vamos, volver a conectar con nuestro origen, seguir avanzando y, la mejor noticia: aprender a estar solas, no es sinónimo de que hayamos fracasado. Al contrario, es sinónimo de que estamos conociéndonos, aunque eso no sea tan fácil.
Somos abogadas, pero también estamos a punto de terminar otra carrera. ¿Te acuerdas que eso nos preocupaba porque muchas veces dudábamos de nuestra inteligencia? Creíamos que no íbamos a poder lograr nuestras metas… y te tengo noticias: somos más de lo que creemos. Hasta nos dimos cuenta de que nos encanta escribir, y que no lo hacemos tan mal.
Si te preguntas si seguimos bailando, la respuesta es sí. Por un tiempo lo hicimos de forma profesional… pero nos lastimamos la rodilla (es una broma que se hace en estas épocas). Bailamos en un festival muy importante para nosotras, nuestro festival favorito, y ahora regresamos para el aniversario del ballet donde bailamos la última vez.
¡Y qué crees! Seguimos cantando… pero en los karaokes. Nos encantan, y amamos sentirnos rock stars.
Nos convertimos en una mujer capaz de entender que nada es personal, que a pesar de que las cosas se pongan difíciles, somos capaces de salir adelante. Porque, además de todo, nos hicimos más unidas con nuestra mamá. Ya entendimos que no nos caía gorda… solo que no entendíamos muchas cosas. Y se va a convertir en nuestra mejor amiga.
Aún nos queda mucho por vivir, pero quiero decirte algo: sigue bailando, sigue cantando, sigue creyendo en la magia de la vida, sigue teniendo imaginación porque eso te va a abrir muchas puertas. Porque, al final del día, la oscuridad solo hace que nuestra luz brille más fuerte.
Y cuando alguna vez dudes de ti, cuando sientas que el camino se vuelve incierto, regresa a estas palabras.
Recuerda todo lo que has logrado, todo lo que has superado. Porque somos exactamente lo que siempre necesitábamos ser. Y eso, querida mía, es suficiente.
Yo solía recibir felicitaciones el 8 de marzo por ser esa mujer, hija, hermana y amiga entrañable que, día a día, ilumina la vida de los demás. Hasta que un día decidí investigar por qué este día es tan importante y comprendí que no es una fecha de celebración.
La lucha feminista no fue solo un día en el que un grupo de mujeres “alborotó” a las demás para ser escuchadas. Fue mucho más que eso. Se trató de exigir el reconocimiento de nuestros derechos, de levantar la voz sin miedo, de poder salir a las calles vestidas como queramos, de ejercer el derecho al voto, de decidir sobre nuestras propias vidas y de decidir sobre nuestro cuerpo.
Seguramente en algún momento has escuchado el famoso “ellas no me representan”. Yo fui esa mujer. Yo fui quien juzgaba las marchas y decía: “seguramente no tienen nada que hacer en su casa” o “esas no son formas”. Hasta que un día mi propia historia me deconstruyó y me llevó a cuestionarme. Investigué, escuché y comprendí. Y sí, puede sonar trillado, pero cada una de nosotras se vuelve feminista a partir de su propia historia de vida.
Una mañana, un hombre decidió que era una buena idea darme una nalgada en la calle solo porque, según él, ese día me veía especialmente bonita. Y, hermana, te pregunto: ¿crees que eso es justo?
Cuando tenía 13 años, mi abuelita me dijo: “mi niña, calladita te ves más bonita”. Y ese día me callé porque no supe cómo reaccionar. Como esa, tengo muchas más historias. Como la vez que un maestro de derecho me insinuó que, si quería sacar 10 en mi exposición, ya sabía cómo tenía que ir vestida.
Hubo un momento en mi vida en el que me pregunté: ¿esto es lo que una mujer tiene que vivir todos los días solo por el hecho de ser mujer? ¿Hasta qué punto hemos normalizado estos acosos? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que aparezca un boletín de búsqueda y entonces sí nos indignemos?
Decidí ir por primera vez a una marcha cuando dos compañeras de la facultad desaparecieron. Cuando las encontraron, ya no eran parte de este mundo. Ese día me asusté, lloré, me enojé y me frustré. Eran mujeres alegres, trabajadoras, talentosas, buenas hijas y buenas estudiantes. Pero en este país, ser buena no te garantiza seguir viva.
Porque nadie debería tener derecho a decidir si hoy regresas o no a casa solo porque tu falda era más corta que otros días o porque tu escote “provocaba”. Nadie debería obligarte a ser madre solo porque “para eso fuiste hecha”. Nadie debería dictarnos cuándo hablar y cuándo callar.
Todavía nos faltan muchas, y por ellas y para ellas es que todos los días se lucha y se grita su nombre, para que no las olviden y no se conviertan en una carpeta más de investigación o en un “se fue con el novio, al rato regresa panzona”.
Si todavía crees que esas no son las formas, solo tengo que decirte que, en algún momento, encontrarán las formas políticamente correctas para que podamos manifestarnos sin tener que exigir ser escuchadas, sin tener miedo de salir a la calle y no saber si volveremos a casa o seremos una estadística más.
Por eso, el 8 de marzo no es una celebración. Es una lucha. Y no, no te ves más bonita calladita.
Ese nombre no es tan común. Encontrarme con alguien que lo compartiera conmigo ya era una coincidencia especial, pero descubrir que teníamos 15 años cuando hablamos por primera vez y que nuestras historias tenían tantos puntos en común fue casi increíble. La vida actúa de formas extrañas, poniendo a las personas indicadas en el momento preciso.
Nos unieron más que solo nuestras vivencias: la ausencia de nuestros papás, mi vida en un internado, la tuya en una casa hogar. Desde el primer día supe que eras valiente. Contarme tu historia con tanta fuerza y sinceridad, después de todo lo que habías vivido, fue algo que siempre voy a admirar. No es fácil ser fuerte ni seguir adelante cuando la vida te ha puesto pruebas tan duras.
¿Te acuerdas de nuestro primer encuentro? Nos pidieron encontrar a nuestro “otro yo”. Hoy lo veo como el reflejo de alguien que siempre quisimos ser, casi como un alter ego. Éramos las últimas en elegir pareja y terminamos juntas casi por casualidad… o quizás por destino. Lo primero que me dijiste fue: “Me llamo Karina”. Me reí, sorprendida de que fuéramos tocayas. Luego, al escuchar tu historia, sentí que algo en mí se marcaba para siempre. No solo por lo difícil que fue lo que viviste, sino porque, a pesar de todo, seguías sonriendo y contando chistes.
Ese día entendí que la verdadera fortaleza no es solo resistir, sino reír incluso cuando la vida no ha sido justa. Y por eso, Karina, siempre te voy a admirar.
Recuerdo que estaba emocionada por mis XV años y que me hacía feliz compartir ese momento contigo. Unos días antes hablamos, y me contaste que estabas entregando 100 lonches a personas que lo necesitaban. Se te escuchaba tan contenta y emocionada por la hermosa acción que ibas a realizar. Quién iba a pensar que, después de esa llamada, viviría uno de los días más oscuros de mi vida.
Fue una llamada que me cambió para siempre, que puso mi mundo de cabeza: “Karina ya no está aquí”. Hay dolores imposibles de describir, y más aún cuando, días antes, habíamos hablado sin imaginar la decisión tan fuerte que tenías en mente.
Hoy tengo 27 años… y tú siempre tendrás 15. Te llevo en mi corazón, siempre. Me acuerdo de ti con amor y respeto. Fuiste lo mejor que pudo haber llegado a mi vida: mi otra yo, mi buddy, mi mejor amiga, mi hermana. Me enseñaste tanto en tan poco tiempo. Me diste la fortaleza para seguir adelante. Jamás me cansaré de decir lo valiente que eres.
Te recuerdo cuando veo una mariposa, cuando el olor a flores llega a mí de repente (nunca olvidaré que me dijiste que tu familia era florista). Cuando algo bueno pasa en mi vida, lo siento como un triunfo de las dos.
Siempre serás parte de mi historia y de mi vida.
Hasta siempre, Karina.
¿Te has preguntado alguna vez hacia dónde vas y qué es lo que el universo tiene preparado para ti? Yo, todos los días. Y es que, al entrar a redes sociales, veo que alguien ya se compró una casa, que mi prima se va a casar a los 22 o que mi mejor amigo de la facultad es ahora director en una de las empresas más grandes del mundo. Todo eso antes de los 30.
Recuerdo un ejercicio en la secundaria donde nos pedían imaginarnos en 10 años. Mi respuesta fue: “Casada, con dos hijos y la casa más bonita del mundo”. Hoy, a mis 27, aspiro a algo más grande. La vida cambia, evolucionamos, pero a veces esa evolución nos hace sentir estancados. Y si algo tengo claro es que lo que se estanca, se pudre. Pero, ¿hasta qué punto está analogía es cierta?
En esta vida debemos aprender constantemente, a no compararnos. Pero es difícil cuando todo lo que vemos en redes sociales parece una vida perfecta. Y aquí te voy a romper el corazón: NADA, absolutamente nada, es completamente real. Todos mostramos logros, viajes, felicidad, pero pocos muestran el proceso, los sacrificios y las caídas.
Como coach de indoor cycling, una vez me dijeron: “Si no aceptas con humildad tu proceso, nada va a cambiar”. Y es verdad. No lo sabemos todo, estamos en constante descubrimiento de hasta dónde nuestro cuerpo y mente pueden llegar para lograr nuestras metas. Mi camino ha estado lleno de lágrimas, de días en los que quiero rendirme, de momentos donde siento que lo tengo todo controlado y, de repente, algo se desmorona. En esos momentos, me repito: “Si no lo puedo controlar, no lo puedo retener”.
Entonces, suelta. Respira. Porque si no respiras, no piensas. Y si no piensas, no sabrás a dónde ir. La gasolina que te impulsa se agotará.
Lo que le funciona a alguien más no necesariamente te funcionará a ti. Cada persona, cada cabeza, cada meta es un mundo. Así que detente. Observa. Respira. Analiza lo que te está frenando y, cuando estés listo, avanza. Pero avanza sin perder tu esencia, eso que te hace único, eso que te hace ser tú.
Porque en el fondo, lo que realmente vale la pena es vivir a tu propio ritmo.
Seguramente has escuchado esa frase en algún momento de tu vida. Para mí, ha sido la que más fuerza me ha dado para volver a brillar.
Hace unos meses salí de una relación bastante complicada, donde tuve que reconstruirme y deconstruirme como persona, mujer, hija y amiga. Aprendí que no era mi culpa haber vivido lo que viví. Durante ese tiempo, sentí que solo estaba sobreviviendo, viviendo la vida de alguien ajeno a mí. Pero aquí no estamos para victimizarnos; al contrario, estamos para darnos cuenta de algo muy importante: tocar fondo solo tiene un propósito, resurgir.
Como seres humanos, tenemos la capacidad de ser resilientes en todas las etapas de nuestra vida. Tenemos la capacidad de seguir adelante y ver la luz al final del túnel, incluso cuando todo parece perdido. Afortunadamente, nada es para siempre, y la vida siempre tiene algo mejor para nosotros. Solo necesitamos atrevernos a ver más allá de lo que nuestros ojos pueden mostrarnos.
Entender que todo es un proceso y que nada en esta vida es lineal es fundamental para seguir avanzando. A veces, creemos que todo está perdido, pero la verdad es que cada experiencia tiene un propósito. Nunca vamos a tener la misma edad, y las vivencias que podamos disfrutar en este momento no se repetirán. No hay que tener miedo de cruzar la línea y alejarnos de los lugares donde sintamos que nuestra luz se apaga. Si en un sitio no podemos ser nosotros mismos con todos tus defectos y virtudes, Vete. Desde el amor, vete. No hay que permitir que nadie nos haga sentir que no somos suficiente, porque te tengo noticias si lo somos.
Mi mamá siempre me decía una frase que, en su momento, me enojaba: No pidas $20 pesos de amor cuando tu familia, amigos y red de apoyo están dispuestos a darte todo sin escatimar. Y tenía razón. Hay que darnos la oportunidad de sentirnos amados. Si estamos en una constante búsqueda de amor propio, hay noticias: ya estamos del otro lado. No buscamos algo sin tener claro qué queremos y hacia dónde vamos Resurjamos como el ave fénix. Volveremos a brillar, a reír, a bailar y, sobre todo, a ser tan únicos que el pasado solo será eso, una experiencia aprendida. Pero ahora las cosas no van a ser como antes, porque todo en esta vida es aprendizaje, ensayo y error.
Hay que tener en cuenta que, si no aprendemos una lección, la vida nos la repetirá hasta que la comprendamos, aunque no queramos, el toparnos constantemente con lo mismo no es casualidad, hay algo que aún no hemos observado de forma clara, pero la pregunta aquí es ¿Estamos dispuestos a vivir otra vez las mismas experiencias? Desde el privilegio y la paz que estoy viviendo ahorita te puedo contestar que claro que no y es con trabajo de todos los días, es un trabajo de ser conscientes de los patrones que teníamos en un pasado y de qué manera se pueden dejar de lado.
En conclusión: Hoy elijo la paz, aunque eso implique enfrentarme a mí misma, porque sé que ahí está mi verdadera libertad.
