Licenciado en fisioterapia actualmente docente de la Universidad Autónoma de Durango, Campus Zacatecas.
Autor del libro Ante la adversidad (disponible en Apple Books y Amazon).
Me apasionan temas como la escritura, la espiritualidad, el deporte, la salud y la autosuperación.
Soy católico y creyente de Dios, profeso mi espiritualidad con el ejemplo siempre dándole el primer lugar a Dios.
Apasionado del fútbol y el tenis, viéndolos como fenómenos culturales que trascienden en la sociedad.
Creo en la resiliencia ante los retos de la vida y en la transformación del caos en algo maravilloso.
Siempre me he regido bajo el mantra: “Vive para inspirar, no para impresionar.”
2025
¿Qué te tiene que pasar para entender que no todo está bajo tu control? En bastantes ocasiones he creído que aprendo la lección de circunstancias complejas que me han sucedido. Imagino que tengo el control de la situación y me confío al creer que todo ya está bajo control, porque pienso que la lección ha sido bien entendida, cuando solo es cuestión de tiempo para volver a caer en un escenario similar, que me hace saber que, verdaderamente, la lección no ha sido aprendida.
Como aficionado al deporte, estos últimos meses desarrollé el vicio de apostar, donde pongo en riesgo constantemente una parte de mi economía y una gran parte de mi estabilidad emocional. ¿Por qué? La respuesta es simple: el camino de las apuestas es el camino fácil, donde te dices a ti mismo que es más sencillo generar dinero de esa manera que matándote más de ocho horas en un empleo mal pagado y en un país donde no hay oportunidad de empleo para lo que estudiaste.
Reflexionar en esto me hace ver que yo creía tener el control de la situación; en algunas ocasiones perdía y en otras ganaba, vanagloriándome, haciéndome creer a mí mismo que me las sabía todas y que el control de mi economía estaba en mis manos. Y de cierta manera sí lo está. No dejas de trabajar para generar y seguir creciendo, pero gracias a esto entendí que no todo el control está en mí.
Aquí entra Dios. Escuchaba una frase que decía “DEJA A DIOS SER DIOS”; esta generó un impacto en mí porque, ¿cuántas veces no tratamos de forzar las situaciones para que salgan en base a nuestro control? Y ese era yo: estresado y presionado por encontrar un empleo lo antes posible en relación con mi carrera, quebrándome la cabeza, pero más que nada, quebrándome el corazón. Hasta que decidí: deja a Dios ser Dios.
Esto no significa que vas a dejar de hacer lo que está a tu alcance para crecer; lo seguirás haciendo. Pero sí significa rendirte y entregarte por completo a la fe, tener la certeza total de lo que no se ve, pues eso es la fe: confiar en que Dios está obrando a tu favor y decir: “Señor, que se haga tu voluntad, en tus manos lo dejo”.
Y es lo mismo en el tema de las apuestas: creer que tienes el control a través del camino fácil que ese mundo ofrece, pensando que es más sencillo generar dinero desde ese punto, cuando en realidad lo único que estás haciendo —y que yo estaba haciendo— era quebrantar más y más mi corazón, porque no confiaba en los tiempos de Dios. Y nuevamente, no lo estaba dejando ser Dios.
Llegado a este punto, comencé a entender que no podemos entregarle solo un porcentaje de nuestra vida a Dios. No se trata de decir: “Yo controlo el 20% de esta área y tú el otro 80%, Dios”. Aún tengo recaídas en ese tema, y trato de hacerme cargo de un porcentaje. Suelo no entender que debo entregarme por completo. Pero lo que sí comienzo a entender es que debo entregarme completamente, sin quedarme nada.
Aún trabajo en mí para poder llegar al punto donde esta sea mi verdad absoluta. Donde pueda entregarme por completo y no solo en ciertas áreas, sino en todas, para así no quedarme con nada y dejarlo todo en manos de Dios.
Es por eso que a diario le pido a Dios: “Enciende mi espíritu”, que sea esa flama la que alumbre mi mente, alma, espíritu y corazón para poder vivir en la paz que Dios me ofrece al entregarme sin quedarme nada.
Podemos buscar a Dios y lo encontraremos, porque es tan bueno que Él se dejaría encontrar por todos aquellos que se empeñen en buscarlo. Pero la pregunta verdadera es: ¿nos dejaremos encontrar por Él?
Él también está en búsqueda de nosotros, solo que no somos lo suficientemente abiertos a ser receptivos con las señales que nos da en cada momento de la vida. Solemos ver las situaciones que nos suceden como meros hechos o casualidades, pero ¿y si fuéramos más abiertos a las manifestaciones divinas y dejáramos de verlas como casualidades para visualizarlas como señales?
Probablemente cambiaría nuestra perspectiva de la vida. En ocasiones parece que caminamos sin rumbo y todo se vuelve monótono, al grado de no verle sentido a las situaciones que experimentamos día con día. Pero creo que siempre existe esa presencia que va guiando nuestros pasos y nos hace encontrarnos donde tenemos que estar en el momento exacto; nada sucede por casualidad.
Ese es Dios, aquel que ha elegido a cada uno de nosotros para una misión específica en el cumplimiento de su plan y de su voluntad. Tan solo debemos reflexionar qué tan dispuestos estamos a dejarnos encontrar para llevar a cabo la tarea que nos ha encomendado en el camino de nuestra vida.
Siempre me he sentido el hijo predilecto de Dios, y sinceramente tú también deberías sentirlo y verlo así. No hablo de vanidad, sino del hecho de sentir que has sido creado o creada con un amor inmenso, destinado a cumplir una misión específica que de alguna manera es lo que te da valor como persona, pues no todos pueden cumplir tu misión, siendo esto lo que te hace tan especial a los ojos del Padre.
Tal vez sea tiempo de comenzar a creer que estamos hechos para el momento exacto que vivimos en este punto de nuestras vidas. Solo tú tienes el conocimiento de lo que vives hoy en día, y puedes verdaderamente ser más receptivo a las señales que Dios tiene para ti y así dejarte guiar y encontrar por Él.
Suele suceder que, en ocasiones, no tenemos el entendimiento suficiente de las temporadas que atravesamos y no comprendemos por qué debemos pasar por ellas, mientras todo lo que nos ocurre en la vida se convierte en un constante cuestionamiento sin respuesta. Pero así funciona la mente humana y su manera limitada de interpretar los procesos. En cambio, la mente infinita de Dios no funciona de ese modo.
Los tiempos de Dios son perfectos y sus caminos, misteriosos. Creer en ese principio y vivirlo como una filosofía de vida es esencial para comprender las temporadas que Él nos permite vivir. Cuanto más te aferres a esa verdad, más fácil te será entender la etapa en la que te encuentras.
Propongo tres temporadas fundamentales que trazan la trayectoria de nuestros procesos espirituales:
Primera temporada: la temporada de riego
Es importante visualizarnos como un campo o tierra virgen que aún no ha sido trabajada. Para que esa tierra pueda dar fruto en el futuro, primero debe ser regada, con el fin de prepararla para absorber mejor los nutrientes que le permitirán a las semillas germinar. Este trabajo es exclusivo de un jardinero. En este caso, Dios es el jardinero principal, el único que sabe cuándo y cómo regar la tierra de nuestra alma. Es el inicio de su obra en nosotros, y Dios nunca deja una obra inconclusa.
Segunda temporada: la temporada de siembra
Aquí es donde se colocan las semillas en la tierra previamente regada. Estas semillas representan el compromiso, la decisión y el inicio del proceso real de Dios en nuestras vidas. Nuestros sueños, anhelos, deseos y metas deben alinearse a la voluntad divina. Nuestro único trabajo es decirle a Dios: “Señor, me abandono en tus manos. Te dejo ser Dios en mi vida. Alinea mi corazón a tu voluntad”.
La semilla ya ha sido sembrada; ahora solo debemos permitir que crezca y dejar que el jardinero de la vida haga su labor.
Tercera temporada: la temporada de germinación o fecundación
Las semillas comienzan a brotar. Es el fruto inicial de una tierra que antes era virgen, pero que ahora ha sido transformada en tierra fértil. Dios comienza a dar fruto a través de ti.
La Biblia, en Marcos 4:26-29, narra la parábola del crecimiento de la semilla:
“Así es el Reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra y la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo.”
Este pasaje subraya que hay un proceso divino en marcha, incluso cuando no lo vemos. En las temporadas difíciles o de incertidumbre, solemos perder de vista estas tres etapas. Pero ahora, con el conocimiento de ellas, podemos colocarnos los lentes de Dios y ver lo que nuestros ojos humanos no alcanzan a comprender.
Filipenses 1:6 declara:
“Estoy convencido de que el que comenzó en ustedes la buena obra, la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús.”
Dios no ha terminado contigo. Sea cual sea la temporada que estás atravesando, Él está obrando y trabajando para llevarte a un nivel más alto. Está preparando la tierra, regándola y sembrando para producir fruto a través de ti y llevarte al cumplimiento de su plan perfecto. Un plan que, seguramente, ni siquiera tú puedes imaginar.
La vida tiene la peculiar capacidad de hacerte entender que, entre más te empeñes en buscar algo, menos lo encontrarás. Ley de vida es: te hace entenderlo a la mala o a la buena en la mejor de las situaciones, aunque en ambos casos te llevarás una buena lección.
Vivimos en tiempos donde buscamos la inmediatez de las cosas, siendo bombardeados por estímulos constantes, donde, si no conseguimos lo que buscamos en el menor tiempo posible, no somos nada. No solemos respetar el tiempo de los procesos, y tampoco la sociedad entiende cómo estos tienen una finalidad si se saben conservar.
Hay belleza en el reconocimiento de cada uno de los procesos de nuestras vidas; tienen un propósito en específico, sea cual sea la temporada que atravesemos. No suceden por casualidad, sino que, en verdad, surgen como la corriente que te llevará hacia el siguiente paso de tu vida, transformando un proceso en otro completamente diferente.
Es por eso que considero que es un arte tener la habilidad de identificar los procesos que vivimos día a día; algunos requerirán de temporadas de silencio y calma, donde no necesites hacer absolutamente nada, tan solo dejarlo fluir; y otros necesitarán de la acción como herramienta principal, donde el atacar el espacio y saber aprovechar la oportunidad de actuar en medio de ellos es lo que se precisa.
Si utilizamos nuestra intuición y la desarrollamos, la tendremos lo suficientemente abierta para ser receptiva a todas las situaciones y señales que se desarrollan a nuestro alrededor. Sabremos entender si es el momento de buscar o dejar de hacerlo, porque, ¿cuántas veces no hemos intentado forzar las situaciones para que sucedan? Y todas terminan igual, no me dejarás mentir: no suceden porque, como bien dicen, “a la fuerza ni los zapatos entran”.
Te incito a guardar la calma, relajarte y dejarte llevar por la corriente del río de la vida. Las cosas y las situaciones llegarán en el momento que tengan que llegar, pues para todo hay un tiempo —reza la Biblia— para plantar y cosechar lo plantado. Van a llegar; tan solo es cuestión de dejar a Dios ser Dios. Créeme, Él no necesita nuestra ayuda, sabe lo que hace y, a su debido tiempo, te encontrarás en medio de lo que tanto buscabas, que por cansancio dejaste de buscar, y que, cuando menos te lo esperes, habrás caído en la cuenta de que todo llegó cuando dejaste de buscar.
La vida tiene la peculiar capacidad de hacerte entender que, entre más te empeñes en buscar algo, menos lo encontrarás. Ley de vida es: te hace entenderlo a la mala o a la buena, en la mejor de las situaciones, aunque en ambos casos te llevarás una buena lección.
Vivimos en tiempos donde buscamos la inmediatez de las cosas, siendo bombardeados por estímulos constantes, donde si no conseguimos lo que buscamos en el menor tiempo posible, no somos nada. No solemos respetar el tiempo de los procesos y tampoco la sociedad entiende cómo estos tienen una finalidad si se saben conservar.
Hay belleza en el reconocimiento de cada uno de los procesos de nuestras vidas; tienen un propósito específico, sea cual sea la temporada que atravesemos. No suceden por casualidad, sino que en verdad surgen como la corriente que te llevará hacia el siguiente paso de tu vida, transformando un proceso en otro completamente diferente.
Es por eso que considero que es un arte tener la habilidad de identificar los procesos que vivimos día a día. Algunos requerirán de temporadas de silencio y calma, donde no necesites hacer absolutamente nada, tan solo dejarlo fluir. Y otros necesitarán de la acción como herramienta principal, donde atacar el espacio y saber aprovechar la oportunidad de actuar en medio de ellos es lo que se precisa.
Si utilizamos nuestra intuición y la desarrollamos, la tendremos lo suficientemente abierta para ser receptiva a todas las situaciones y señales que se desarrollan a nuestro alrededor. Sabremos entender si es el momento de buscar o dejar de hacerlo. Porque, ¿cuántas veces no hemos intentado forzar las situaciones para que sucedan? Y todas terminan igual, no me dejarás mentir: no suceden, porque, como bien dicen, “a la fuerza ni los zapatos entran”.
Te incito a guardar la calma, relajarte y dejarte llevar por la corriente del río de la vida. Las cosas y las situaciones llegarán en el momento que tengan que llegar, pues para todo hay un tiempo —reza la Biblia—, para plantar y cosechar lo plantado.
Van a llegar; tan solo es cuestión de dejar a Dios ser Dios. Créeme, Él no necesita nuestra ayuda. Sabe lo que hace y, a su debido tiempo, te encontrarás en medio de lo que tanto buscabas, que por cansancio dejaste de buscar y que, cuando menos te lo esperes, habrás caído en la cuenta de que todo llegó cuando dejaste de buscar.
En el año 2022 escribí un libro titulado Ante la adversidad, que fue publicado y puesto a la venta en distintas plataformas para su impresión y distribución. La portada refleja a un hombre frente a la imagen de un león rugiendo, que representa los retos y adversidades de la vida, pero que, de igual forma, trata de transmitir la fuerza y el coraje del ser humano para anteponerse a situaciones difíciles.
La intención jamás fue obtener prestigio, fama ni vanagloria personal; al contrario, siempre he tenido el propósito de querer ayudar a aquellos que enfrentan momentos de dificultad personal, que atraviesan crisis y momentos de oscuridad de los cuales no pueden salir y sienten estancamiento. Tal vez el libro no contenga las reglas como un manual para salir adelante, pero siempre creí que contenía la fuerza motora e impulsora que podría llevar a cualquier persona a tomar la motivación de levantarse y seguir adelante.
Esa siempre fue la meta y finalidad de la publicación de mi primer libro, y tal vez el último. Menciono que puede ser el último porque hubo algo que causó en mí una rotura total y una profunda tristeza: el libro jamás tuvo el reconocimiento que consideré necesario. Excluyo a todos aquellos seres queridos y amados que sí apoyaron y aplaudieron el logro personal, pero, para la sociedad, siento que no tuvo el impacto suficiente.
Comencé con la promoción en redes sociales, pero eso solo empeoró mis emociones y sentimientos, pues nadie respondía a las historias de la promoción del libro. Muy pocos querían adquirirlo, e incluso terminé regalando alguna que otra copia a gente que prometió pagarlo después. Puede que sí haya tenido que regalar copias a ciertas personas para poder llegar a más público, pero si tú alguna vez has publicado un libro con una editorial, entenderás que no es nada barato.
Eso me llevó a caer en una tristeza profunda, una que ya arrastraba desde el 2020, pero que en ese entonces se llamaba depresión. Hoy lo cuento aquí y sin máscaras, de la forma más natural y real que un ser humano puede reflejar, tanto en su exterior como en su interior, para todos los que puedan llegar a sentirse identificados.
Entonces vino el resentimiento y el enojo hacia la sociedad, comenzando a caer en una victimización de la cual aún arrastro ciertos síntomas y traumas, creyendo que a la sociedad no le importas en lo absoluto y que, hoy en día, tienes que hacer todo tú solo. Y aún lo respaldo, pues en el mundo de la escritura no todos logran tener apoyo.
En fin, ¿qué es el escritor sin dolor y tristeza? Sin esas sensaciones y emociones, tal vez la gran mayoría de nosotros —escritores, fanáticos o profesionales— no lograríamos escribir ni un simple renglón. Necesitamos de los vacíos, la tristeza, las heridas y de los fantasmas del pasado que nos acechan para subsistir; prácticamente, son la fuente de nuestra vitalidad y energía que le dan sentido a las palabras.
Y esa es mi tristeza y mi dolor: que ese libro solo sea un eco del pasado al cual me aferro y que constantemente me susurra al oído diciéndome que debería estar muy orgulloso de mí mismo por haber escrito a mis 24 años un libro, cuando la única verdad es que no lo estoy, porque tan solo mi mayor deseo era tan simple: querer ayudar a los demás, y no lo conseguí. De ahí la frase que adopté debido a dicha situación: “¿Cómo ayudo a alguien que no quiere ser ayudado?”.
Una persona muy querida y amada para mí, que conoce todas y cada una de mis heridas, me lo dijo un día: “Ahora entiendo de qué trata tu libro, es tu historia”.
Pensé en dejar de escribir. En mi cabeza vaga la idea y ha llegado a convertirse en el pensamiento más recurrente que he tenido en estas últimas semanas. No le encuentro sentido si nadie lo reconoce o si nadie le da valor a mis palabras. Y sé que, tal vez, yo soy el que debería comenzar a darles valor y reconocérmelo primero yo mismo. Tendría que trabajar mucho para cambiar esa perspectiva y evolucionar en pensamiento, mas no lo sé. Siento en lo más profundo de mi ser que, al final del día, mis escritos son palabras vanas y sin sentido. Es por eso que pensé en dejar de escribir.
Falsos profetas me atrevo a llamar a todos aquellos que se hacen llamar hombres y no predican con el ejemplo. Todas las falacias que salen de sus bocas, pronunciándose portadores de la hombría y lo que representa ser un hombre… pero recordemos que hombría no hace referencia a la masculinidad; al contrario, trata de ensombrecer lo que verdaderamente la masculinidad es.
La masculinidad se define como el “conjunto de atributos, valores, comportamientos y conductas que son característicos del hombre”, y la hombría suele referirse a la cualidad buena y destacada de hombre, especialmente la entereza o el valor. Sinceramente, esta última suele ser una definición vacía que hace referencia a fuerza o valentía; honestamente, la generación actual carece de ellas.
¿Qué fuerza o valentía puede haber en una sociedad que no protege a sus mujeres, al grado de sentirse amenazadas por esa fuerza, empujándolas a ver por sí mismas y luchar incluso más que todos esos que se hacen llamar hombres? Que utilizan la violencia para intimidar, o una fuerza que no es capaz de hacerse responsable de sus errores y hacer algo para remediarlos… Aunque yo no la llamaría fuerza, sino cobardía.
En cambio, la palabra masculinidad destaca valores y comportamientos. Por inercia, van de la mano, pues un hombre con valores y con claridad sobre lo que debe hacer, va a actuar en función de las demandas que la vida le ponga al frente, orillándolo a predicar con ejemplos y no solo con palabras. Valores como el respeto, la lealtad, la bondad, la justicia, la libertad, la fe, el honor y la responsabilidad son aquellos que moldean al hombre verdadero.
Un hombre de verdad, al cometer un error, saldrá en busca de introspección, realizará su propio encuentro personal consigo mismo y su creador para saldar cuentas y cerrar los nudos desatados de su pasado para seguir adelante. Por mero empuje, aplicará los valores de la responsabilidad porque sabrá que solo haciéndose responsable de sí mismo podrá ser libre. Y de él emanarán la bondad y la justicia, haciéndole honor en su andar y actuar, siendo leal a sus convicciones que defenderá como baluarte y estandarte.
Dicho lo anterior, es lo que necesita la sociedad actual: hombres de verdad, que estén firmes y compuestos por esa serie de valores que los lleve a la consecución de un bien mayor, y no solo de sí mismos, sino de aquellos que los rodean. Pues esa es la misión de aquel que ha aceptado el reto de ser un hombre de verdad: ver más allá de su propio bienestar o comodidad, y que en medio de la incomodidad encontrará la paz, pues su paz proviene de su buen actuar.
Yo lo reconozco: tengo pecados y errores, y estoy en deuda con la sociedad, pues no he sido el hombre que se necesita para momentos decisivos, que sirva de ejemplo. Hoy, si me estás leyendo, toma mi ejemplo, encuentra fuerza en él y renace, pues el mundo actual necesita guerreros firmes, listos para encarar la causa del bien común.
La sociedad no necesita a los cobardes que ejercen la violencia. No requiere de los servicios de sus agentes de caos y de la anarquía que generan en el entorno. Sean bienvenidos si están dispuestos a dar un paso al frente y están decididos a convertirse en hombres de verdad.
Creámoslo o no, la profesión de la fisioterapia se encuentra en un boom revolucionario, y esta ha llegado para quedarse. Esto se debe al aumento de demandas relacionadas con la falta de movilidad en la sociedad y todo lo que esto implica, especialmente considerando el desconocimiento general sobre lo que verdaderamente significa moverse.
En la antigüedad, caminar era una necesidad básica del ser humano. ¿Cuándo fue que salir a caminar se volvió “hacer ejercicio”? En realidad, es una necesidad de supervivencia para poder subsistir en los entornos urbanos creados por nosotros, los llamados seres pensantes.
El fisioterapeuta no es aquel que masajea. Es un profesional del área de la salud que restaura la movilidad en el ser humano, movilidad que muchas veces se pierde por no tener las capacidades necesarias para afrontar las demandas que el entorno le exige.
Es esencial, y urgente, que el gremio terapéutico lleve la buena nueva de lo que realmente significa la fisioterapia. Requiere nuestro compromiso para comunicar su importancia en la sociedad, porque ahí radica el problema principal: la sociedad suele llamarnos “masajistas”.
Para cambiar ese paradigma, lo primero es que nosotros mismos, como fisioterapeutas, nos creamos la idea de que hacemos mucho más que dar un simple masaje o aplicar técnicas como la punción seca. Solo así podremos generar un verdadero cambio social.
Es inconcebible que la aplicación de nuestra profesión cueste tan solo ciento cincuenta pesos bajo el argumento de que “donde vivo la gente no pagará más”, cuando sí están dispuestos a pagar mucho más por una noche de fiesta y alcohol. ¿La verdad duele? Tal vez sí. O peor aún, que algunos profesionales manchen la esencia de esta carrera con promesas mágicas como: “de diez a quince sesiones de una hora necesitarás”.
No vamos a reinventar la fisioterapia, pero sí podemos ser los precursores de un cambio. Podemos iniciar una labor de concientización en la sociedad que inspire a aquellos que han perdido funcionalidad a confiar en nosotros. Más allá de cobrar caro o extender terapias innecesarias, nuestro principio moral debe ser recuperar la movilidad adaptada a las necesidades reales de cada persona. No aplicar la misma fórmula a todos, porque muchas veces, menos es más.
Este es un llamado urgente a reconocer la relevancia de nuestra profesión. A hacerle saber a la sociedad que estamos aquí para ayudar, para generar un impacto real en su calidad de vida, y que la fisioterapia merece toda la importancia que se ha ganado con esfuerzo, conocimiento y vocación.
Película animada que definitivamente debes ver por el mensaje filosófico que representa detrás de la naturaleza humana y de lo que supondría el deber comportarse adecuadamente ante la sociedad en la que nos desenvolvemos y socializamos día a día, enfrentándola en contra de la rebeldía de los impulsos que surgen desde lo más profundo del ser, llevando a cuestionar el proceso de identidad. Fantastic Mr. Fox la encuentras en Disney Plus.
La película te muestra al señor Zorro y su familia, esposa y un hijo, donde perfectamente encajan en un papel social al cual pertenecen; la estructura describe a un personaje que se debate entre dos naturalezas: la civilizada y la salvaje, parte esencial que compone, en mi opinión, a cada uno de nosotros como seres racionales y, a fin de cuentas, animales pensantes.
Supervivencia es lo que parece mostrar el filme a grandes rasgos, destacando las aventuras que los animales viven para lograr lo que todos día con día hacemos: vivir. Mas esto va más allá de una simple historia de aventuras, trata en sí el proceso de la búsqueda de identidad tratando de llegar a responder las preguntas existenciales que debaten al ser humano: ¿quién soy? ¿qué represento?
Dejamos de preguntarnos quiénes somos para encontrar paz en la aceptación de quién hemos llegado a ser, esforzándonos por aceptar que estas son las cartas que se nos han repartido en el juego de la vida y depende de nosotros cómo jugamos cada una de ellas.
Naturaleza e impulsos versus el deseo constante de encajar en una sociedad con la finalidad de ser aceptados. El mensaje se centra en cómo hemos jugado a ser salvajes a lo largo de la historia, satisfaciendo el deseo de la naturaleza humana, pero de igual manera hemos jugado a ser civilizados para poder entrar en el círculo vicioso de la sociedad.
¿Qué soy realmente? La pregunta esencial que rodea toda la película siempre ha sido una mezcla de ambas cosas, pero a la vez ninguna, pues ese es el embrollo filosófico en el que nuestro personaje, Mr. Fox, se debate.
Hay un punto central en el que, si pones la atención suficiente, encontrarás la fobia de nuestro personaje, una fobia que lo persigue a lo largo de la historia, pero no porque tema, sino más bien por el hecho de que es reconocimiento y distancia al mismo tiempo de su propia esencia.
Respeto, rendición y aceptación fungen como símbolos que representan a nuestro personaje cuando ha llegado a encontrarse con sí mismo, cuando el lobo que lo atormenta es la mera representación de su naturaleza, tanto salvaje como civilizada, haciéndole ver que no tiene por qué llegar a ser alguna de las dos.
La vida está marcada por temporadas que van forjando nuestro comportamiento, carácter y personalidad; sin ellas no habría historia que contar, para bien o para mal. Algunas vienen teñidas por lo bonito de la vida, y otras llegan cargadas de caos.
Sería importante definir qué es caos: se entiende como el estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos. A todo orden le antecede un desorden, siendo incluso necesario para la creación misma de la humanidad, pues antes de todo solo abundaba la oscuridad.
Las malas temporadas son un mal necesario; ofrecen lecciones y crecimiento personal a todo aquel que sabe ver más allá del sufrimiento que desencadena una situación turbulenta. El concepto es puro, simple, verdadero. Te aterroriza, enciende un fuego rebelde. Pero finalmente aprendes una lección… que la verdadera libertad requiere sacrificio y dolor.
Para llegar a las buenas temporadas, he aprendido que es de total relevancia embarcarse en la travesía de los malos tiempos, atravesar los senderos del dolor y los caminos de espinas que dejarán cicatrices en el alma y el espíritu. Sin embargo, no puede recorrerse ese camino sin algo que es de total trascendencia para el viaje: soltar y aceptar.
Es ley de vida. Comienzas a soltar y todo deja de pesar como antes; aceptar se vuelve el pan de cada día, y lo que parecía una mala temporada deja de doler. Porque, al final del día, es decisión de cada quien saber cómo afrontar los retos que se presentan: con actitud y determinación, o con tristeza y desánimo.
Los malos tiempos llegan de sorpresa, sin avisar. Y cuando menos lo esperas, ya estás dentro de esa tormenta que desencadena todo un caos. Se desordenan las emociones, los sentimientos se confunden, y la mente sobrepiensa cada paso. Esto lleva inevitablemente al desorden, pero justo ahí está la clave: solo habiendo desorden podemos comenzar a ordenar.
Y de igual forma, cuando menos lo esperes, ya estarás inmerso en una espiral de orden que te llevará, inevitablemente, al progreso. No es tan malo como suele pensarse; al contrario, es el arte de ordenar las cosas lo que le da belleza a los procesos de dolor, e incluso lo que le da sentido a las malas temporadas.
Seamos honestos: la vida sería muy aburrida si tuviéramos todo ordenado y solucionado en la palma de la mano. Es el caos lo que le da emoción a la existencia, conseguir pequeños progresos que encienden el fuego de la satisfacción en nuestro corazón. Solo así podremos llegar al destino de nuestro viaje: mediante el orden y el progreso a través del caos.
Sí, tu terapeuta puede que te dé un buen consejo inspirador o una frase con la que te identifiques como verdad.
Pero dime algo: ¿eso va a cambiar tu realidad? Porque no creo que un cúmulo de palabras venga y te saque del pozo en el que te encuentras ahora (o tal vez sí).
Bueno, mi intención aquí no es ir en contra de los terapeutas o las terapias psicológicas a las que nosotros, seres humanos, nos sometemos. Mis pensamientos van dirigidos a cada persona y, de manera muy personal, espero que esto llegue a tu mente y a tu subconsciente.
Hagamos una analogía. Me gusta la analogía del pozo. Si viste Batman: El caballero de la noche, en la trilogía de Christopher Nolan, sabrás que no soy un genio por inventar la analogía del pozo o por mencionar una fanfarria filosófica, pero bueno, esto es muy simple.
Bruce Wayne cae a un pozo siendo niño… y siendo hombre. ¿Por qué caemos? Para aprender a levantarnos, dice su padre. Simple, sencillo, directo y sin rodeos.
La enseñanza traducida en dicha lección fue lo que cambió la perspectiva de Bruce Wayne sobre lo que significa caerse en la vida. Podría haberse quedado tirado ahí, en el pozo, sumido en el miedo y la miseria, pero no. Tomó una decisión y siguió adelante; eso lo llevaría a la muerte de sus padres y a su proceso de transformación en Batman.
Las palabras tienen poder y, si resuenan en tu interior, tienen esa capacidad de transformación. Como escritores deberíamos saberlo. Pero créeme: las palabras sin acción no son nada.
Comienzo este texto mencionando que las palabras de un terapeuta no te cambian la vida, y ahora resalto que las palabras tienen poder. ¿Encuentro contradicción? Sí. Porque yo he estado ahí, frente a un terapeuta o psicólogo, y me han dicho las palabras más reveladoras… y aun así seguí en el pozo del sufrimiento.
Incluso se me dijo un día: “No estás viviendo”.
Entonces fue cuando me dije: “Entonces, ¿qué carajo es levantarse con tanto dolor y aun así prepararte un café (que por cierto tanto amo), ir al gimnasio a cuidar de mi cuerpo, trabajar para salir adelante, orar para cuidar mi espiritualidad, leer mis libros y realizar otras actividades en mi vida sin parar ni estancarme?”
Si eso no es vivir, entonces no sé qué lo es.
Esto causó en mí enojo, ira e impulsividad hacia la terapia que recibía y la persona que la impartía. Pero, en palabras de un buen amigo:
“Todo radica en lo que tú sientes y haces con tu vida, no en los cuestionamientos de tu psicóloga. Quiero que lo que digas y hagas sea convincente, pero para ti. Que sea tu verdad absoluta y dejes de temer si es correcto o incorrecto, y comiences a hacer lo tuyo.”
Encontré fuerza en esas palabras y descubrí que no era tanto el impacto de las palabras por parte de mi terapeuta o de mi amigo, sino que era en lo que yo creía y hacía (o dejaba de hacer) lo que verdaderamente cambiaría mi perspectiva y me haría transformar la forma en que veía mi situación. Prácticamente, sería yo quien se sacara del pozo del sufrimiento innecesario en el que yo solo me metí… o tal vez necesario, porque todo cambio necesita de un empujón.
Cambiar de pensamientos y de perspectiva cuesta, no es tan simple. Pero es que cuando comienzas a visualizar las situaciones desde la vista de pájaro —como un ave que vuela desde arriba y observa el panorama completo— tus situaciones verdaderamente comienzan a cambiar.
A Bruce Wayne niño, lo que le cambió la perspectiva de lo que es una caída en la vida fueron las palabras de su padre… y su muerte. Porque después, para cambiar las cosas, tuvo que actuar, no solo observar.
Y a Bruce Wayne hombre, lo que lo sacó del pozo fue cambiar su perspectiva de lo que significaba ser Batman, para regresar y salvar a su ciudad, dejando atrás el miedo a morir.
Siempre tendremos la oportunidad de sacarnos del pozo de nuestro propio dolor, siempre y cuando cambiemos de perspectiva y nos adaptemos a ella para no morir… y comencemos a entender que todo lo malo que nos sucede no es una maldición, sino una bendición.
Tiempos críticos son los que vivimos como generación juvenil en medio de crisis de desempleo, huelgas, manifestaciones sociales y crisis emocionales gestadas por la ansiedad del porvenir. Todo aquello que se asemeja a la incertidumbre de un mundo que, por ahora, se encuentra en un cambio constante, parece no ceder ante el ineludible colapso que la sociedad está por enfrentar.
Ante la adversidad de los tiempos actuales, como jóvenes debemos considerar los valores que nos rigen y nos guían en un camino repleto de trabas y contratiempos, que parecen dispuestos a detener nuestro andar en la consecución de sueños y objetivos claros. Sin embargo, parece imposible construirlos y materializarlos en medio de los infortunios que la sociedad nos presenta.
Tener bien claros los principios que nos hacen actuar en pro de nuestros valores y de aquello que defendemos como individuos es el arma principal con la que contamos, porque eso será lo que nos definirá ante las dificultades que la vida misma nos traiga. Serán nuestra bandera y estandarte, firmes en medio de la desestabilización que el sistema actual representa.
¿Qué te define? ¿Qué defiendes? Dos preguntas simples cuya respuesta solo tú tienes. Reconocerlas y plasmarlas puede ser lo más sencillo, pero llevarlas a la práctica, vivenciar aquello que defiendes y te representa, es lo más complejo. Para lograrlo, tendrás que luchar contra el sistema o bien adaptarte a él sin morir en el intento.
Seamos, pues, esa clase de jóvenes que no tienen miedo a los retos que las dificultades actuales suponen. Es necesario que nuestros valores y principios vayan por delante de nosotros antes de entregarnos y corrompernos en medio de la batalla que hoy se libra en la sociedad. Puedes renunciar a tus valores y traicionarte por querer avanzar, pero dime algo: ¿vale la pena?
La valentía se disfraza de muchas maneras y presenta facetas que tal vez ni nosotros mismos llegamos a conocer. Todo acto revolucionario que represente un cambio en la ideología del pensamiento o en la acción, en medio de la brutalidad y crudeza del ser humano dentro de una organización social corrompida, es un acto de valentía para quienes hemos decidido dar un paso adelante y cambiar el juego.
La libertad simboliza el acto del alma sin ataduras, que nos permite desenvolvernos como cometas en el cielo, destellando en las luces del universo del espíritu. Ser libre personifica el libre albedrío que los jóvenes de hoy poseemos; antes, era impensable que la juventud dispusiera de la soberanía para desenvolverse en medio de la turbulencia.
Cito a Dylan Thomas: “No entres dócil en esa buena noche, rabia, rabia contra el ocaso de la luz.”
Para nosotros, es una declaración de guerra: rebelarnos contra el conflicto de la oscuridad actual, que intenta opacar la luz que brilla en nuestro interior, en los sueños y anhelos que deseamos cumplir en las vidas que nos pertenecen. Ser rebeldes y enviar la señal que impulse la chispa de la valentía en nuestro ser.
Gritar contra la oposición de la luz, enfrentarnos con rabia a los tiempos de crisis, desafiando el porvenir sin temor, siempre firmes en nuestras convicciones. Renunciar a ceder ante la imposición de la desesperanza, sin conformarnos eternamente, alzando la voz como acto de valentía para defender la libertad que deseamos mantener.
Sé firme, defiende tus convicciones y eleva el estandarte de la libertad que deseas preservar y proteger. No temas la furia de los desafíos que el sistema impone. Mantente siempre con valentía, pues la libertad pertenece a los valientes.
La vida es un constante ir y venir de sorpresas, un día puede estar cubierto de oscuridad pero el el siguiente se llena y recubre de luz. Es la belleza de la vida en sí para quien sabe apreciarla, incluso en la calamidad hay encanto pues es ahí el punto en que se forman los halos de luz después de la larga noche, donde entre el proceso destructivo surge la divinidad creativa de la transformación de lo ordinario a lo extraordinario.
Para aquellos que creen en lo imposible, todo siempre resultará inalcanzable, en cambio los que deciden creer en el poder de lo posible, ese poder que ha sido instaurado en lo más interno del núcleo de su corazón, eternamente les favorecerá esa chispa que ha sido encendida en la brecha de su alma.
Como seres humanos decidimos cuál es nuestro límite y cielo inalcanzable, por medio de la formación en los procesos que te construyen o te destruyen es donde llega la incógnita del saber si debo ver para creer o creer para ver, elegir un lado de la historia no es sencillo, mas hoy es el punto de inflexión donde debemos tomar decisión pero más importante acción sobre todo lo que nos corresponda y que queramos, para nosotros comenzar la construcción de todo aquello que se torne cósmico y llame a nuestra alma a dar un paso en la lucha por conseguir todo lo que anhelamos.
Son los momentos de incertidumbre y sombra donde la autenticidad personal forja el carácter para desprenderse de la ceguera que mantiene al alma desvanecida en la larga penumbra de la noche que oscurece las ilusiones y sueños que tenemos, sin embargo hace falta eliminar la ceguera para poder ver pero no antes sin creer en que hay algo más allá del desafío que atravesamos.
Debemos creer antes de ver, conspirar en contra de todo lo que nos obstaculice y nos desanime e impulse a dar un paso hacia atrás haciéndonos considerar que primero debemos ver, comprobar y tener certeza de la existencia de todo lo que deseamos, mas la certeza es el enemigo mortal del presente pues acaba con todo aquello que estemos viviendo. Como seres humanos nuestra fe es algo vivo y necesario para el cumplimento de sueños y anhelos antes de realizarlos, porque en realidad, ¿qué somos sin fe?
Si la certeza solo fuese lo que abunde ante nosotros, no habría duda de nada en lo que nos rodea, nuestra existencia estaría básicamente explicada por la certeza y no existiría misterio alguno que nos haga cuestionarnos en que debemos creer o cuál es nuestra verdad absoluta, en otras palabras no abundaría la necesidad de una fe flameante que encienda nuestos espíritus y nos lleve a encender la mecha de otros, pues a eso hemos sido llamados: a vivir para inspirar por medio del acto de fe que nos encamine a creer antes de materializar nuestras más profundas esperanzas.
Sin fe el ser humano caminaría ciegamente, dando pauta a que la vida o el destino escriban el guion de su historia sin ser él el protagonista magnífico que tenga la capacidad de contar la historia desde su narrativa, más a todos nos llega ese momento en la vida donde no queda nada que perder y todo por ganar es lo que sobra siendo necesario un contrastante paso de fe que nos impulse a creer.
Cita Mateo 6:22 si tu ojo está sano todo tu cuerpo estará lleno de luz, y no existe verdad más absoluta que esa, debido a que necesitamos ver con claridad a través de todo eso en lo que queremos creer antes de poseerlo y vizualizarlo ante nosotros, y para obtenerlo es indispensable un paso de fe que nos obligue a creer antes de ver.
Referencias.
- McConaughey, M. (2020). Greenlights. Crown Publishing Group.
- Emerson, R. W. (1841). La confianza en uno mismo. En Ensayos: Primera serie.
- Biblia. (n.d.). Evangelio de Mateo 6:22. En La Santa Biblia.
