- Internacionalista y politóloga poblana, recién egresada de la UDLAP, analista política, creadora de contenido digital, conferencista y atleta. Me gusta
socializar y aprender de aquellas personas con calidad humana. Me encanta la oratoria, los debates, dinámicas de diálogo enriquecedoras, porque soy fiel creyente de que la información, conlleva al conocimiento y esto depende de tomar lo mejor de qué y quiénes te rodean.
- Mi principal interés como profesionista, radica en el análisis de conflictos
internacionales recurrentes, crisis políticas internas y el diseño de estrategias para posicionamiento político, análisis de campañas electorales, las relaciones interpersonales y creación de vínculos comerciales. Próximamente anhelo realizar mi maestría en economía aplicada y desarrollo internacional.
- Mis pasatiempos favoritos son el deporte, crear contenido digital auténtico, leer y escribir todo lo que me inspire y estoy animándome para quitar la pena, el miedo y transmitir aquello que podría inspirar al corazón de alguien.
2026
Los ojos del mundo voltean nuevamente su atención hacia los Estados Unidos de América y Donald Trump, no deja de ser tendencia en medios de comunicación masiva y su toma de decisiones una constante alarma para los gobiernos en América Latina y el mundo entero.
En esta ocasión, me gustaría hacer un cuestionamiento más profundo hacia el constante discurso que maneja Trump con respecto a las acusaciones de los cárteles y la droga que entra a Estados Unidos. Pues bien, sin duda si es una grave problemática para el país, y que afrontan también países como México, Venezuela, Colombia, etc y EE.UU. los ha señalado como el principal “enemigo” en la crisis de las drogas. Y es que, desde la narrativa norteamericana, el problema se presenta como una amenaza externa que invade el territorio estadounidense, justificando muros, inseguridad fronteriza, militarización de fronteras y presión diplomática. Sin embargo, hago una invitación a cuestionarnos una verdad que Trump y los medios occidentales omiten: el verdadero enemigo de Estados Unidos, no está fuera de sus fronteras.
La lógica es simple pero contundente. Ningún mercado ilegal sobrevive sin consumidores. Estados Unidos es, desde hace décadas, uno de los mayores consumidores de drogas del mundo, tanto en volumen como en poder adquisitivo. La demanda masiva de sustancias como opioides, fentanilo, cocaína y metanfetaminas no nace en América Latina; nace en ciudades, suburbios y comunidades estadounidenses. Sin esa demanda constante y altamente rentable, el narcotráfico internacional no tendría la magnitud que hoy posee. La realidad es que los principales compradores de droga son ciudadanos estadounidenses, quienes por cierto, debido al poder adquisitivo que poseen gracias a este “negocio”, usualmente son habitantes cuyos pagos de impuestos y obligaciones sociales son impecables. Sin duda, la comercialización de droga dentro de Estados Unidos por mismos ciudadanos, genera enormes ganancias para locales. Independientemente de que la producción o el tráfico transnacional involucre o no a organizaciones extranjeras, la venta al menudeo, la logística interna y la distribución final se realizan en su mayoría por redes criminales estadounidenses. Y no, el dinero no se queda en la frontera, sino que circula dentro del sistema financiero, inmobiliario y comercial del propio país, alimentando economías ilegales toleradas o insuficientemente combatidas, así que si, el mayor enemigo de los Estados Unidos, está dentro de su propia casa. Lamentablemente no se puede atacar una problemática interno cuando se culpa al exterior, y cuando no se percibe como un conflicto por errores estructurales dentro del propio sistema.
El problema, por tanto, es estructural e interno, que también se vuelve un tema de la mala cultura de salud para EE.UU. en la que, millones de estadounidenses padecen adicciones severas que no han sido atendidas desde un enfoque integral de salud pública. La crisis de los opioides, por ejemplo, no comenzó con los cárteles extranjeros, sino con la industria farmacéutica estadounidense, que durante años promovió el uso indiscriminado de analgésicos altamente adictivos, generando dependencia legal antes de que muchos consumidores migraran al mercado ilegal, pero claramente este antecedente, por conveniencia, es omitido en el discurso político que se expone.
Asimismo, la cultura de la salud en Estados Unidos ha sido profundamente desigual. El acceso limitado a tratamientos de rehabilitación, la estigmatización de la adicción y la falta de una red sólida de salud mental han convertido el consumo de drogas en una crisis social y sanitaria, no solo criminal. En este contexto, criminalizar al proveedor externo sin atender al consumidor interno es una estrategia incompleta y, de hecho, incongruente.
En una reciente entrevista a Donald Trump, se le pregunta “Señor Presidente, si va a declarar la guerra en contra de estos carteles y es probable que el Congreso apruebe ese proceso, por qué no simplemente hace una declaración de guerra? A lo que Trump respondió: Bueno, no creo que vayamos a pedir sea necesariamente una declaración de guerra. Creo que simplemente vamos a matar a las personas que traen droga a nuestro país, ¿okay? Vamos a matarlos, ya sabes, van a estar muertos.
La insistencia en presentar la guerra contra las drogas como una lucha contra “enemigos externos” también cumple una función política: desplaza la responsabilidad del gobierno estadounidense. Reconocer que el problema es interno implicaría invertir seriamente en educación, prevención, salud mental, rehabilitación y regulación, áreas que históricamente han sido relegadas frente a estrategias punitivas y militarizadas. Es más sencillo construir un enemigo extranjero que aceptar el fracaso de sus propias políticas públicas.
Estados Unidos enfrenta una paradoja: lidera la narrativa global contra el narcotráfico, pero es uno de sus principales motores económicos. La droga no “invade” a Estados Unidos como argumenta Trump; por su incapacidad de aceptar que es una responsabilidad compartida. Sin duda y para conveniencia occidenral; la droga seguirá siendo un discurso político eficaz para atacar, pero en realidad, la solución que propone a ello es y seguirá siendo ineficaz, e incluso perjudicial para su propia casa.
La Segunda Guerra Mundial trajo diversos cambios a nivel internacional, en la política, diplomacia y economía interna, externa y un nuevo orden mundial, época en la cuál los Estados Unidos de América no desaprovecharon la oportunidad para constituirse como hegemonía mundial. EE.UU. ha construido una narrativa internacional que lo presenta como defensor de la libertad, la democracia y la gobernanza mundial. Sin embargo, detrás de ese discurso heróico se esconde una práctica sistemática llamada imperialismo político, económico y militar que ha marcado profundamente a decenas de países, particularmente en América Latina.
Me gustaría brindar la definición de imperialismo como una forma de dominio en la que un Estado ejerce poder e influencia sobre otros territorios o Estados-nación, sin necesidad de una colonización formal, utilizando distintos mecanismos de control, como el militar, económico o político.
Militar: Se utiliza el poder militar para garantizar intereses en un territorio extranjero, este puede ser a través de intervenciones armadas, establecimiento de bases militares en el extranjero, brindando apoyo a fuerzas armadas locales para expandir poder ante ciertos intereses personales del Estado o bien, a través de operaciones encubiertas.
Político: Es la injerencia directa o indirecta de un Estado o gobierno, en las decisiones internas de otro, con el objetivo de reorientar o intervenir en su sistema político debido a intereses personales, es grave ya que, en la mayoría de veces, logra irrumpir la soberanía nacional de otro Estado-nación (tal es el caso de lo recientemente suscitado con el secuestro de Nicolás Maduro). El imperialismo político suele funcionar a través de intervenciones diplomáticas, la imposición ante algún gobierno o el respaldo hacia decisiones de gobierno de acuerdo a intereses, incluso, mediante la estructura y organización de Golpes de Estado encubiertos, y ejerciendo presión directa o indirecta a instituciones y normativas internacionales.
Económico: Dentro de esta definición, entra la teoría de la dependencia que detallaré en otro escrito, pero a grandes rasgos, el poder y dominio que un Estado establece sobre de otro, le limita a tal grado su desarrollo, que depende del mismo dominador para no estancarse o decaer. Asimismo, consiste en el control o condicionamiento de la economía de un país por parte de una potencia extranjera, en este caso, Estados Unidos y esto lo logra a través del control de recursos naturales, el dominio de mercados estratégicos, genera deuda a través de créditos, préstamos, y dependencia financiera mediante tratados.
Ahora bien, considero que Estados Unidos se ha consolidado como potencia hegemónica a partir del siglo XX. Su posición privilegiada dentro de organismos como la Organización de las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial le permitió definir las reglas del juego tanto económicas, como políticas y diplomáticas. Desde entonces, el poder estadounidense dejó de ejercerse únicamente mediante la ocupación territorial directa y adoptó formas más sofisticadas de dominar como lo son: intervención política, control financiero, la imposición de modelos económicos (capitalismo) y la explotación estructurada y estratégica de recursos extranjeros.
Existe un profundo pasado de su consolidación, no obstante, fue durante la Guerra Fría cuando se intensificó la expansión norteamericana en América Latina. Bajo el pretexto de frenar el comunismo, interviniendo en política interna, promoviendo golpes de Estado, financiando regímenes autoritarios y debilitando los pequeños logros de procesos democráticos de diferentes países latinoamericanos como Guatemala en 1954, cuya democracia fue corrompida por la CIA, puesto que el gobierno electo de Jacobo Árbenz afectaba intereses comerciales estadounidenses. En Chile, 1973, debido al intervencionismo político, un golpe militar interno marca el fin del gobierno legítimo de Salvador Allende, dando paso a la dictadura de Augusto Pinochet Ugarte. O bien, el intervencionismo en Nicaragua, cuyo financiamiento a la oposición le ha provocado inestabilidad al país por décadas, y entre más casos de intervención Yankee, como Honduras, El Salvador, República Dominicana e incluso la invasión militar de 1989 en Panamá.
Estas intervenciones no solo tuvieron un costo humano altísimo, sino que afectaron gravemente el desarrollo económico y social de la región. Países ricos en petróleo, minerales, biodiversidad o mano de obra barata fueron integrados a un sistema de dependencia estructural, donde sus economías quedaron subordinadas a los intereses de corporaciones y mercados estadounidenses. La imposición de políticas neoliberales, cuya explicación hacia perspectivas de neoliberalismo serán explicadas en otra columna, profundizaron la desigualdad y debilitaron gravemente la soberanía nacional.
Entonces, para concluir, el discurso del “héroe” y “salvador” que occidente ha utilizado para definir a los Estados Unidos de América, es falso, engañoso y tan frágil de refutar. Pues bien, el intervencionismo estadounidense se traduce en realidad a democracias debilitadas, economías vulnerables y sociedades marcadas por la violencia y la desigualdad e ignorar esto, es renunciar a un análisis honesto y real de la historia que ha marcado el presente.
Los medios han estallado compartiendo la inesperada noticia: “Maduro ha caído, Trump lo capturó”, en cuyo suceso se le ha otorgado el papel protagonista a Donald Trump, y nuevamente los ojos del mundo voltean a ver así Estados Unidos de América y su poder militar, quienes de hecho sí, realizaron una emboscada perfecta para la captura del entonces presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, quien ejerció su cargo desde el 2013 hasta el pasado 3 de enero de 2026.
Hay 2 caras de dicho suceso a analizar, que se basan en diferentes perspectivas. En primer lugar, quienes perciben a Trump como héroe por “rescatar” a Venezuela de la dictadura de Maduro, y al mismo tiempo, sosteniendo la visión de que, si bien “no fueron las formas” de atacar y secuestrar al ex Presidente venezolano, continúan argumentando el heroísmo norteamericano e innumerables medios occidentales se han encargado de visibilizar dicha perspectiva. Por otro lado, quienes entienden que Estados Unidos no actúa nunca por buena fe o heroísmo genuino, sino que hay un trasfondo detrás, del cual me gustaría hablar en este escrito.
En primer lugar, sí, es cierto que Trump cometió violación contra el derecho internacional humanitario y también es cierto que no le interesa la soberanía nacional que haya o no violentado, la cuestión es, que debemos cuestionarnos y poner la baraja completa sobre la mesa, es decir, analizar el estatus quo de la situación durante el periodo presidencial de Maduro y las acusaciones presentadas por EE.UU.
Desde hace varios años, durante el primer periodo presidencial de Trump, Estados Unidos ha presentado acusaciones formales contra Maduro; la fiscalía estadounidense lo acusa de varios delitos, incluyendo: conspiración de narcoterrorismo, importación de cocaína a EE.UU, posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos y conspiración para la posesión de armas contra Estados Unidos. Asimismo, dentro de las acusaciones se incluyen a su esposa, Cilia Flores, su hijo Nicolás Ernesto Maduro Guerra y otros altos funcionarios de su gabinete en el gobierno venezolano. Si bien, es cierto que Venezuela ya había tenido más señalamientos por la comunidad internacional además de los Estados Unidos, de hecho, tras las últimas elecciones de venezuela, llevadas a cabo el 28 de julio de 2024, naciones como Reino Unido y bloques como la Unión Europea, le han impuesto sanciones económicas por acusaciones de fraude electoral y violación del orden democrático, además, organismos como las Naciones Unidas y Human Rights Watch docuentaron violaciones a derechos humanos y represión política por el gobierno de Maduro, lo que significa que sí, eventualmente hay antecedentes legítimos para argumentar en contra de Maduro. No obstante, enfatizo en lo siguiente:
Absolutamente nada, por ningún motivo, se justifica el hecho de que por elección propia un país puede violentar la soberanía e independencia de otro, ni mucho menos el derecho de intervenir por la fuerza, y no, no es solo un pensamiento personal, sino que, está estipulado en la Carta de las Naciones Unidas, en su artículo 2°, párrafo 4, menciona lo siguiente:
“…los Estados Miembros de las Naciones Unidas se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado…” (1945)
Este artículo es el principal, que estipula la protección a los Estados contra intervenciones militares o actos que violen su soberanía, a menos que sea por legítima defensa o bien, que el Consejo de Seguridad autorice. Y honestamente, no es novedad que los Estados Unidos de América, suelan hacer caso omiso a las indicaciones del CS.
Esto que sucedió con el secuestro armado de Maduro, y Cilia F. es un suceso político, militar y socialmente urgente, alarmante y riesgoso, puesto que, Estados Unidos y sus autoridades lo celebraron como un caso de éxito, pero claramente, lo hacen desde una perspectiva muy diferente a la de todas y todos aquellos venezolanos que también lo festejaron de manera genuina y que, sin duda, no me corresponde hablar de ello, ni sus sentimientos porque, desde afuera todo se ve distinto y en realidad, la gente habla desde fuera, sin saber lo que se vive dentro en carne propia.
Sin embargo, ninguna cosa es mutuamente excluyente de otra, y hay una realidad que merece ser escuchada y demandada: el presidente Trump, el Secretario de Defensa, Pete Hegseth, el Secretario de Seguridad Nacional, Kristi Noem, el Secretario de Estado, Marco Rubio, de igual forma anexando a la autoridad máxima de operaciones de la DEA, Terry Cole, seguidores del gobierno de Trump, y todos aquellos analistas ideologizados, aseguran que EE.UU hIzo lo correcto.
Pero, la realidad es que no se derrocó a ningún régimen, ni se puede hablar de libertad en Venezuela ni utilizar palabras de independencia, más bien, yo diría que todo lo contrario, porque quien gobierna ahora es Estados Unidos, no Venezuela, ni su sociedad, partidistas o apartidistas, no es su pueblo quien ejerce toma de decisiones en las diferentes esferas, es Trump. Incluso, mencionó él en su conferencia el mismo 3 de enero por la tarde, que los Estados Unidos se harían cargo de Venezuela durante el proceso de transición a otro gobierno, ¿pretendiendo apoyar? difícil de creer cuando sus autoridades tienen interés omiso en la democracia y los derechos humanos, y que por cierto, en dicha conferencia se enfatizó en que “repararán” la fuerte crisis económica a través de la industria petrolera trayendo las “mejores” empresas de extracción estadounidenses, y así, aprovechar los recursos para producción de petróleo, y, considerando el hecho de que, Venezuela tiene la mayor industria petrolera del mundo, ¿será casualidad la toma de Venezuela o realmente Trump se preocupa por la sociedad venezolana? De hecho, de acuerdo con medios como BBC News, hoy 7 de enero, anunciaron que: “El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aseguró este martes que Venezuela le entregará a su país entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo.” (2026). Entonces ahora, posiblemente, les espera la peor explotación petrolera y entre otros de sus recursos naturales, durante, quizás, un largo, largo tiempo. Menciono quizás, porque creo firmemente que hay una oposición fuerte en Venezuela, quienes no se quedarán de brazos cruzados y se movilizarán para recuperar la autoridad y soberanía del país: Edmundo González Urrutia y María Corina Machado, quienes de acuerdo con el Consejo Nacional Electoral de Venezuela, vencieron en votaciones a Maduro, en las elecciones del 2024, con más del 70% de votos nacionales.
Finalmente, afirmo que sí hay ya una realidad asegurada: Trump y la hegemonía de los Estados Unidos de América, con esta acción, ante la comunidad internacional y ante la política y diplomacia transnacional, han perdido quizás su mayor arma: la legitimidad. EE.UU siempre se había caracterizado por legitimar su fuerza ante el mundo, por representar más que dominio y poder, sino como una élite; con este hecho de atacar por la espalda, sin la autorización de organismos internacionales ni el Consejo de Seguridad, con la emboscada perfecta, lo ha perdido todo. Pero sobre todo, la legitimidad de representar a todo lo que solía ser como nación, ahora más bien, representa a una nación enferma de poder, con el descaro suficiente para secuestrar al presidente de otra nación y capaz de corromper el derecho internacional humanitario, ante un mundo que solía admirarle, y ahora, ya no más.
2025
En esta ocasión, nos toca hacer una recapitulación de los momentos que nos han marcado a lo largo de este 2025 en las distintas esferas de nuestra vida: la personal, familiar, deportiva, cultural, social, económica y política. En este texto me gustaría detenerme particularmente en las tres últimas, pues considero vital analizarlas para identificar áreas de oportunidad de cara al año nuevo 2026 y, con ello, aspirar a mejorar como comunidad y como ciudadanos de esta sociedad.
Quizá se pregunten por qué el título: el año que nos enseñó a resistir. Para responderlo, los invito a reflexionar con honestidad sobre la realidad sociopolítica y económica de este 2025 que está por concluir. Sin duda, no fue un año que pueda medirse en victorias, ni en crecimiento sostenido, ni mucho menos recordarse como un periodo de paz y plenitud social. Fue, más bien, un año que puede reconocerse a través de la resistencia silenciosa de millones de mexicanas y mexicanos.
Al analizar los datos generales de crecimiento económico, encontramos cifras modestas: entre 0.3 % y 0.7 %, de acuerdo con fuentes como la OCDE y Forbes México. Estas cifras no solo reflejan un crecimiento bajo, sino también una desaceleración clara respecto a años anteriores. ¿Por qué esto importa? Porque a lo largo de este año se enfrentaron dos realidades muy marcadas para la población: una vida digna frente a una supervivencia cotidiana.
“Resistir” se convierte así en la palabra que mejor caracteriza a este 2025. Resistir significó levantarse día tras día sin garantías; comenzar cada mañana con titulares alarmantes; enfrentar mes con mes el aumento de precios en la canasta básica. De acuerdo con el Banco de México, la inflación general mostró niveles más altos de lo esperado en varios momentos del año. A ello se sumó una constante sensación de inseguridad: podría afirmarse que no hubo un solo día en el que mujeres, hombres, niñas y niños se sintieran plenamente seguros, sin importar el lugar en el que se encontraran.
Para una parte considerable de la población, no hubo espacio para grandes sueños, sino para pequeños actos de permanencia y persistencia. Actos cotidianos de lucha por la supervivencia. Y no, esto no es exageración ni la construcción de un país inexistente: es la realidad de México. Millones de personas cumplieron con pagar lo indispensable, sostuvieron responsabilidades con esfuerzo constante y, aun así, no se rindieron.
Todos estamos en el mismo mar, pero no llegamos igual a tierra firme: algunos lo hacen en barcos, otros en lanchas, algunos nadando y otros apenas logrando no ahogarse. Y aun así, llegar tiene una dignidad profunda que pocas veces se reconoce.
Resistir también significó seguir trabajando en un contexto de crisis de oportunidades laborales. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la baja creación de empleos formales limita el crecimiento del ingreso laboral real y, en consecuencia, frena el consumo interno. Esto retroalimenta la desaceleración económica del país.
En México, el consumo privado ha sido históricamente uno de los motores del crecimiento. Sin embargo, durante este cierre de 2025 mostró señales claras de desaceleración. Las familias gastan menos, ya sea por incertidumbre económica, por la baja generación de empleos formales o por las presiones inflacionarias en sectores clave. Si bien el país logró evitar una recesión formal, el ritmo de expansión económica fue muy lento y se mantuvo muy por debajo de lo que se considera un crecimiento saludable, usualmente cercano al 2 % o más.
Pero la resistencia de este año no fue solo económica. También implicó una fuerte incertidumbre política, así como una fatiga social acumulativa y persistente. El hartazgo ante discursos políticos cargados de promesas sin acciones concretas se hizo evidente. Creció la desconfianza hacia las instituciones y se intensificó la sensación de que el esfuerzo individual no siempre encuentra una recompensa social.
Aun así, hubo algo que no se extinguió —y que estoy convencida de que persistirá—: la voluntad de seguir. De no abandonar por completo la idea de que otro rumbo es posible. Ese fuego de esperanza y fe sigue vivo en millones de mexicanas y mexicanos, en la certeza de que siempre se puede volver a empezar, o empezar distinto.
Resistir, entonces, no es pasividad ni conformismo. No es resignación. Resistir es permanecer con conciencia. Es seguir de pie aunque el piso se tambalee. Es un acto de valentía. Es negarse a normalizar lo injusto, aunque se haya vuelto cotidiano. Es cuidar la dignidad propia y ajena incluso cuando el sistema empuja en sentido contrario.
Despidamos a este 2025 no solo como el año de la resistencia, sino como el año de la valentía. Demos la bienvenida al 2026 con la convicción de que todo puede valer la pena: un año de oportunidades, de lucha contra la inseguridad, de bienestar y de un país que no aspire solo a sobrevivir, sino a vivir con dignidad.
Que el cansancio del pasado se transforme en fuerza para continuar, con todo el corazón y con toda la fe:
“Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas.
Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen;
pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas;
levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán;
caminarán, y no se fatigarán.”
Isaías 40:29–31
Si bien es cierto que hablar de política resulta inquietante para muchas personas, incluso generador de conflicto o disgustos, como suele decirse coloquialmente: “En la mesa no se habla de política, religión ni fútbol”, personalmente considero que no solo es necesario, sino enriquecedor, porque nuestra función y obligación como ciudadanos de un país “democrático” es la participación social y, así, progresar nuestra calidad de vida. Es por eso que, en esta ocasión, me gustaría hacer una reflexión sobre la política contemporánea e invitarles a cuestionarse si la forma de política moderna es el camino al crecimiento o un riesgo para la democracia y la libertad de las sociedades.
En primera instancia, definamos al autoritarismo con una palabra clave: control, y al progresismo como una búsqueda hacia el desarrollo social o, bien, de una forma más crítica y como analista política, yo definiría la narrativa progresista en cinco palabras como: la retórica inclusiva que concentra poder. El politólogo e investigador italiano Giovanni Sartori define al autoritarismo como un régimen político en el que el poder político y económico se concentra en un solo líder o en un solo partido; existe una limitación grave al pluralismo, a la participación real y a las libertades civiles, las cuales, aunque no se eliminan por completo, se restringen por la autoridad dominante (Sartori, 1976, Partidos y sistemas de partidos). Considero relevante mencionar la diferencia con el totalitarismo, ya que en este sí hay un dominio absoluto de todas las esferas de la vida; el autoritarismo no siempre llega tan lejos, pero usualmente sí es un escalón más para que una sociedad comience a ceder libertades a sus gobernantes.
Uno de los mayores riesgos de la política contemporánea es la narrativa que utilizan los gobernantes para “venderse” ante la ciudadanía y así ser elegidos para representar. Y no solo me refiero al típico discurso carismático, lleno de promesas y frases que buscan simpatizar con la sociedad, sino más bien a la narrativa ideológica, partidista y polarizante que los políticos modernos utilizan para persuadir, en donde predominan discursos de justicia social, libertad y transparencia, y al mismo tiempo se percibe una exclusión sistemática, una polarización social más que unión, coerción autoritaria y privilegios heredados. Esto no es ser “hater” de gobernantes actuales ni de ningún partido político, sino una invitación a cuestionar la forma en la que somos guiados hacia el desarrollo que queremos lograr como sociedad y como país.
Más allá del caso de México, considero que esta misma retórica contemporánea se presenta en diferentes Estados-nación, como Venezuela, Cuba y Nicaragua, por mencionar algunos ejemplos graves de autoritarismo en América Latina, donde en la última década se puede hablar políticamente de control electoral, limitación de libertades sociales, persecución política, prensa controlada y represión social. Incluso podría citar más ejemplos de lo que ha sido este relativamente nuevo sistema de hacer política, de nuevos entes en el poder que han realizado una labor perfeccionada de adoctrinamiento, presentando el disfraz perfecto de libertad, pero trayendo en realidad libertinaje; justicia social, pero enriquecimiento de élites; transparencia, pero opresión de medios de comunicación, periodistas y de cualquiera que se oponga.
¿Por qué esto es un riesgo para la democracia y la soberanía? ¿Por qué es de carácter urgente hablar de ello, cuestionarlo y accionar? Pues bien, en un sistema político democrático donde se pierde el equilibrio de poder, ya no estamos ante una democracia, sino ante un sistema donde, cuando el gobierno controla los tres poderes del Estado, o recae mayor peso en alguno de ellos, tiene la capacidad de ejercer un control casi total. De acuerdo con Amartya Sen, economista y filósofo contemporáneo influyente, ganador del Premio Nobel de Economía, la democracia no solo se limita a votar, sino que implica un proceso constante de discusión pública, participación social e intercambio de ideas entre gobernantes y civiles, para que las personas puedan manifestar sus necesidades y exigir que sus gobiernos rindan cuentas (Sen, 1998).
La cultura progresista en la política moderna se ha posicionado como la mejor opción a elegir. Si bien ya se puede hablar de un factor cultural más a analizar, considero que debemos cuestionarnos: ¿qué condiciones sociales o económicas de un país permiten la formación de una cultura progresista? Sin duda, una de las causas principales es el debilitamiento de las instituciones democráticas e incluso su desaparición, lo cual afecta fuertemente la libertad, la democracia, la soberanía y el desarrollo de un Estado, limitando derechos civiles como las votaciones libres, la protección de derechos fundamentales, el combate al crimen organizado, la persecución simbólica a opositores y la legalización de nuevas reformas autoritarias. Tal es el caso de la desaparición del órgano judicial en Nicaragua o del Consejo Supremo Electoral, y puede ejemplificarse cómo, al no existir un contrapeso de poderes, un país recae en todos los ámbitos: social, político, económico, comercial y cultural.
Asimismo, debemos ser conscientes de las nuevas formas de hacer política, del comportamiento político contemporáneo y de la manera en que se diversifica dentro de la sociedad. Por ejemplo, las nuevas tecnologías y la denominada era digital han traído consigo nuevas formas de persuasión política, como las campañas digitales y los discursos estratégicos en redes sociales, que logran conectar con nuevos simpatizantes dentro de un padrón electoral específico: las juventudes. Por otro lado, se encuentra la práctica de los llamados “apoyos sociales”, que buscan la repartición de bienes materiales o la distribución de recursos como ingresos, alimentos o bonos, y que pueden ser objeto de debate, pues no necesariamente representan una ayuda subsidiaria real ni reducen o erradican la desigualdad social. Más bien, se requeriría crear sociedades con la capacidad de convertir esos recursos otorgados por el gobierno en oportunidades reales, que les permitan crecer y desarrollar su calidad de vida.
Mencionado lo anterior, debemos reconocer que existe un largo camino por recorrer y que, a veces, es mejor detenernos antes de seguir avanzando por un camino equivocado. Lamentablemente, la identidad ideológica de izquierda, que ha persuadido con fuerza en la última década, se utiliza como narrativa hacia el “cambio verdadero”, mientras que el ejercicio real de este tipo de gobiernos se asemeja cada vez más a regímenes autoritarios. Desde luego, vale la pena mencionar que el autoritarismo también existe en gobiernos con narrativa de derecha; sin embargo, la diferencia y la incongruencia radican en la retórica engañosa que se utiliza en discursos progresistas, donde se promete blanco y se ejecuta negro, se habla de justicia y libertades sociales, pero se justifica el poder excesivo “por el bien del pueblo”. Y justamente, es contra eso contra lo que debemos mantenernos alertas, para no ceder jamás nuestra libertad real.
¿Ustedes han escuchado constantemente las frases que las personas suelen decir durante la adolescencia y juventud, como “tienes todo el tiempo del mundo” o “tienes todo tu futuro por delante”?
Desde luego es cierto: la juventud es una etapa extraordinaria en la vida de un ser humano, casi como el momento perfecto para hacer todo lo que anhelas. Si bien nunca dejamos de aprender a lo largo de nuestras vidas, conforme crecemos entendemos que el tiempo se va —y como si fuese en años luz—. Así que sí, aprovechar cada instante no es una opción: es una necesidad. Equivocarte cuantas veces sea necesario, accionar, construir el futuro que deseas. Justo ahí llega la complejidad de las decisiones, las acciones y las oportunidades que tomamos… o dejamos pasar.
Las juventudes cargamos con una gran responsabilidad: construir un futuro, pero también deconstruir una sociedad polarizada, corrompida y desigual. Vivimos una realidad en la que cada vez es más difícil ser joven, no por la edad, sino por el pertenecer. La presión por ser aceptados ante determinado grupo o comunidad es constante. Hoy vemos a muchos jóvenes transformarse por completo —su forma de ser, su apariencia, sus ideales— solo para encajar en un entorno lleno de etiquetas. Olvidamos que cada persona tiene una esencia única, y que ahí reside su verdadero valor.
Lamentablemente, el sistema, la sociedad y las tendencias parecen caminar de la mano. Ya no solo se exige adaptarse: se empuja a abandonar los valores, la autenticidad y hasta la conciencia para “pertenecer”. Vivimos rodeados de personas que creemos conocer, pero ante quienes debemos cuidarnos la espalda. La deslealtad y la falta de empatía han reemplazado al humanismo. Habitamos un mundo con exceso de información, pero escasez de verdad; una juventud que dedica más empeño a estar a la moda que a luchar por sus derechos; una sociedad donde el estrato social vale más que la calidad humana.
Estamos encerrados en un torbellino de tentaciones, o eso creemos. ¿Sabes por qué? Porque aún tenemos libertad de decisión. Y sí, es un privilegio hablar de libertad en medio de las crisis sociales, políticas y económicas, pero precisamente por eso es importante hacerlo. Ser joven y crecer en este contexto es aprender a elegir entre lo que edifica y lo que corrompe, entre la felicidad duradera y la temporal.
Ser joven implica soñar en grande, sentir presión por lograrlo todo, querer pertenecer, seguir consejos o romperlos, enfrentar miedos y descubrir otros nuevos. Esa es la esencia de la juventud: el caos que te forma, la búsqueda que te define. Porque sí, “tienes al mundo en tus manos y todo tu futuro por delante”, y este es el momento para abrir los ojos ante una realidad que amenaza con pervertir la moral, la ética, la lealtad, la honestidad y el humanismo de nuestra generación.
En nuestra libertad, elijamos lo duradero, lo que enriquece el espíritu y hace feliz al alma. Preguntémonos quiénes somos, quiénes queremos ser y qué queremos dejar sembrado en este mundo. Porque mientras sigamos con vida, cada día será una oportunidad para encontrarnos con lo que amamos, para levantarnos después de los tropiezos, y para seguir buscando el propósito que nos hace sentir vivos.
Como dice Eclesiastés 3:1-8, “todo tiene su momento oportuno”, y como recuerda el Salmo 27:14, “los tiempos de Dios son perfectos”.
Hoy en día, avanza quien omite las críticas para perseguir sus metas y se engrandece quien, a pesar del rechazo, se mantiene fiel a sus convicciones. Porque sobrepasan los límites de la sociedad quienes entienden que dar más no los vacía, sino que los llena; quienes comprenden que la fortaleza nace de la fe, y que la felicidad no es un destino al que se llega, sino una forma de caminar por la vida.
Las decisiones del presente no determinan tu futuro, pero sí te forjan como ser humano. Y cuando te atreves a elegir desde la verdad, tus anhelos se convierten en realidad. En tu realidad.
