- Me llamo Alma Dávila. Tengo 36 años y vivo en Zacatecas, una ciudad que inspira.
- Estudié Administración de empresas turísticas pero mi verdadera pasión es contar historias.
- Me inspiro de momentos y personas, me gusta observar el mundo a través de las personas que se cruzan en mi camino convirtiendo en palabras sus sentimientos, escribo de amor y desamor, buscando provocar sentimientos y recuerdos.
2025
Tenemos tanto tiempo siendo dos que solo pensar en que seremos individuales me pone loca.
¿Qué haré sin ti? Pero, al mismo tiempo, pienso: ¿qué hago contigo? Tengo que aceptar que esto ya no parece una relación; es más como una zona de guerra: peleas, celos, malentendidos, venganzas (que esas nos salían a la perfección). Era un ciclo y lo repetimos tantas veces como se pudo.
¿Cómo algo tan bonito se transformó en algo tan roto?
Muchas veces el amor que sentía por ti hacía que se me “olvidara” todo lo malo, pero me di cuenta de que no se me olvidaba: elegía evitar conflictos, esas peleas que nunca nos llevaban a nada. Pero todo lo que no hablábamos poco a poco nos separaba. Todo lo que pensé que jamás seríamos, lo éramos, y no de buena forma. Éramos buenos frente a la gente y malos cuando estábamos solos.
Te quiero, pero ya no quiero estar. Todo ese amor que te tenía aquí se queda, pero ya no está intacto; ahora está combinado con algo de odio y rencor. Muchas veces me quedé, con amor y esperanza, pensando que solo eran malas rachas, que solo iban a pasar y ya. Me duele mucho acabarnos, que todo eso que nos mantenía juntos esté desgastado. Dejé de pedir y me tocó aceptar que, a veces, el amor no es suficiente. Somos una batalla que ya no quiero pelear y no, no estoy huyendo, solo me alejo de todo lo que duele, de ti.
Vámonos, terminemos esto antes de que las cosas escalen. Es difícil dejarnos, quitarme la idea de un futuro juntos, hacer que mi corazón deje de sentir por ti. Somos algo sin remedio, nos perdimos; lo que éramos solo quedará como recuerdo. Un adiós no suena mal cuando un nosotros ya no se sentía igual.
Empecemos por irnos sin peleas, sin reclamos, sin culpas, pensando que los dos dimos lo mejor que teníamos en esos momentos. Ojalá que un día los recuerdos no duelan, que solo se queden en nuestra mente las cosas bonitas: los besos largos, los abrazos llenos de amor, las veces que solo existíamos, los suspiros, las risas, los “te amo” que nos llenaban el alma.
Sin ti me queda un sentimiento de soledad, pero es necesario alejarnos, dejar de hacernos daño. Nos quisimos bien y bonito. Encuentra la felicidad que yo no te pude dar, encuentra a esa persona que te sane y que te haga olvidar todo lo malo, así como tú me hiciste olvidar.
Al fin de cuentas, si tú y yo ya no estamos, ¿qué es lo que nos queda?
Te han lastimado tanto, has querido tanto, que a veces sentías que tu forma de sentir no era normal. Te dejaron tan jodida que te llenaste de miedos. Aprendiste a sanar, en soledad o acompañada, pero cada vez que alguien llegaba y se iba, te rompían un poco más. Te preguntabas si tú eras la que estaba mal y cambiabas. Cambiaste tus formas de sentir, aprendiste a ser precavida con tus sentimientos, a no querer tanto ni tan rápido.
Ya no te atreves a sentir, y lo entiendo.
No es fácil dejar que alguien entre a tu vida, empezar historias nuevas. Siempre empiezas de cero, pero dejar de intentarlo no es una opción. Sabes que no puedes entregarle el poder a tus miedos: miedo a quedar rota de nuevo, miedo a fracasar, miedo a perder el tiempo, miedo a perder tu tranquilidad, miedo a perder el control de tus sentimientos, miedo a perderte otra vez. Pero también sabes que debes tener algo de fe en las promesas de nuevos amores.
Quieres calma donde otras dejaron caos, quieres seguridad donde te dejaron llena de dudas. Regalaste tu corazón a personas que no estaban listas para recibirlo. A veces te tocó ser la mala, pero la mayoría de las veces eras la buena. Te tocaba entender, pero a ti no te entendían.
Esos miedos los siento yo también. Guardé mi corazón, pero ya me cansé de engañarme, de forzarme a no sentir tanto, de pensar una y mil veces si decirte lo que siento, porque ¿y si tú no sientes igual? Pero… ¿y si sí?
Tú me despertaste algo, algo que yo pensaba que ya no tenía, y son las ganas de sentir. Yo solo quiero que bailemos, quiero seguir tu ritmo, ir a tu paso. Quiero que escuches mis canciones favoritas y yo aprenderme las tuyas. Llevarte flores y abrazarte. Quiero cobijarte tus piecitos cuando haga mucho frío y llevarte a comer mucho pozole. Quiero besarte tanto y con tanto amor, llevarte de la mano y del corazón. Quiero darte calma, que todos esos miedos que llegan cuando empiezas a querer dejen de preocuparte por lo que viene después. Que seamos buenas con todo lo que eso significa.
Toda declaración de amor debe ser dicha mejor temprano que tarde, porque en realidad no sabemos cuándo sea el momento perfecto para el amor. Es necesario creer, y si tienes miedo de amar a alguien, ama con miedo, pero ama.
Hoy me acordé de ti. Me puse a pensar en lo que en realidad recordaba de ti, de todos esos detalles que antes me encantaban y ahora estaban borrosos. Recordé que un día fuiste mi lugar seguro, ese lugar del que salí corriendo, cerrando la puerta con mil candados para no regresar.
Me acordé del último día que nos vimos, de la despedida. Recuerdo lo que nos dijimos, todas las promesas que se rompieron ese día y los silencios largos que se volvieron incómodos. Se me olvidó que perdimos esa esencia que nos conectaba. Tal vez fue el tiempo, la costumbre o que simplemente se nos había acabado el amor. Lo que un día me hizo quererte tanto ya no tenía la fuerza para mantenernos juntos.
No me acuerdo de cuánto tiempo doliste: si fueron dos días, un mes o un año. Tampoco recuerdo si había sentido miedo sin ti, de volver a estar sola, aunque sí me acuerdo de que sola ya estaba contigo. Quizá no lo notaste o, si lo hiciste, no te importó. Es más, ya ni me acuerdo si te extrañé.
No recuerdo la última noche que dormimos juntos, ¿o sí? Solo sé que un día desperté y ya no te reconocí. Pensaba que ese ya no era mi lugar, tenía esa sensación de que algo no estaba funcionando. ¿Qué motivos tenía para seguir en esa cama, en ese corazón (si es que todavía me sentías)? Fui la única testigo de cómo el amor se escapó de tu cuerpo, de tu mirada y de tus besos.
Es raro intentar recordarte, porque antes no te dejaba de pensar en ningún momento. Yo no sabía nada de amor, pero sabía mucho de ti. Tenía todos tus detalles presentes, podía hacer un mapa de tus pecas, de tus cicatrices y de todos los lugares que un día besé con tanto amor. Es raro porque ahora ya no me acuerdo de casi nada, y así estoy bien.
Mi memoria selectiva decidió que nos acordaríamos solo de lo malo: de tu mala cara cuando salíamos, de tu indiferencia hacia mis problemas, de tu narcisismo. Y es que si tú estabas bien, todo tenía que estar bien, hasta yo, sin importar que en verdad no lo estuviera. Dicen las malas lenguas que el rencor posee nitidez, y me da gusto saber que ya ni eso siento por ti.
Todos llevamos dentro lo bueno y lo malo. Tú decidiste darme a mí solo lo malo, cuando yo te di solo lo bueno. Contigo el amor me supo a nada… porque hoy te puedo decir que no era amor, por eso ya ni me acuerdo de ti.
Aunque recordar lo que hemos olvidado no significa olvidar.
Entre cigarros y mezcales me di cuenta de lo que siento por ti.
Hablamos de todo y nos reímos de todo. Pongo atención a cada detalle tuyo: cómo muerdes tus labios, cómo tus ojos se clavan en los míos cuando te platico cualquier idiotez, y los nervios que me dan cada que tus manos rozan con las mías.
Cuando estamos juntos solo puedo pensar en cuánto me gustas y en esa conexión que tenemos. No lo veo como un problema… ¿o sí?
Funcionamos sin mucho esfuerzo. Todo fluye y nos dejamos llevar.
De repente todo se convirtió en nuestro: nuestro espacio, nuestros días, nuestras canciones, nuestros bailes, nuestros abrazos, nuestros besos.
No cabe duda de que me piensas tanto como yo a ti, o al menos eso me haces creer.
Me dedicas canciones, me regalas flores, me mandas besos. No faltan los buenos días ni las buenas noches. Siempre me escuchas y tienes algo bonito que decirme. Obviamente todos esos detalles melt my heart.
La vida se empezó a poner bonita.
Nuestro proceso de amor es lento, y sanar cosas del pasado es un proceso aún más lento. Entiendo que los dos tenemos un proceso aparte y uno conjunto que estamos trabajando.
Hay muchas cosas que quiero ser y otras que no, pero sea lo que sea, quiero serlo contigo.
Y quiero que tú sigas siendo lo que eres conmigo.
Tengo miedo por no tener control de lo que siento, de estar idealizando.
Entre más me opongo, más me convences.
Lo incierto de lo nuestro me emociona y, al mismo tiempo, me asusta.
A veces parece que no tenemos ganas de decir que somos algo: algo, dos personas que se besan, dos personas que se ven bien juntas, dos personas que ríen, dos personas que comparten una cama.
Y otras veces, simplemente, no sé.
Podemos seguir siendo algo por un tiempo, porque tenemos ganas.
Yo tengo ganas.
¿Y tú?
Perdí el control. Fue la noche, los tragos, sus ojos. Bailamos y nos reímos. Fue un extraño, solo un extraño en algún lugar donde coincidimos y nos besamos. La noche fue larga, y se me olvidó que te tenía, que mi corazón y mi cama ya estaban ocupados.
Él no ocupó tu lugar, ni siquiera sabría decirte qué sentí. Odio esa noche y cada flashback que me trae, la culpa que me perseguía cada vez que estaba contigo. Eran días largos y noches cortas, sin saber cómo decírtelo para que entendieras que no fue nada, que no significó nada. Caminaba sobre hielo, cuidando mis palabras, mis mentiras. Trataba de besarte como si nada, como si mi boca no hubiera probado otros besos.
El hielo se rompió: “Perdón, te engañé”. Lo intenté explicar para que doliera menos, pero me ganó la tentación en donde debió ganarme el amor. No pude mentirte, pero sí pude engañarte. Qué ironía. No quise pedirte comprensión, pero aun así te rompí. Se fue tu mirada enamorada, tu tono de voz cambió… y no era para menos.
No hubo gritos ni discusiones, solo decepción. Se fue el amor. Querías detalles y solo me preguntabas “¿por qué?”. “Estábamos felices”, repetías con la voz entrecortada. En ese momento dejamos de ser nosotros. Ese sería el último día juntos, fueron los últimos besos que no sabíamos que serían los últimos; quizá los habríamos disfrutado más. Fue triste para mí, fue triste para ti: ya nada te mantenía conmigo.
Desde esa noche supe que te había perdido, que ibas a doler. Nos despedimos con un medio abrazo, con un beso sin sentimiento y un: “No se lo hagas a nadie más”. Me tocó soltarte, dejarte ir. Solo me quedó un nudo en la garganta y todo el amor que aún guardaba en el corazón.
Espero que no pienses que buscaba amor, porque ese ya lo tenía contigo.
Fuiste cobarde, eres cobarde. Dejaste un vacío en mi vida, pero más vacía se quedó la tuya, en caos, ese caos que estará siempre en tu cabeza y en tu corazón. Yo quise ser valiente; estar contigo siempre fue un acto de valentía, porque sabía que tarde o temprano yo era la que saldría lastimada. Como siempre, queriendo salvar a personas que no quieren ser salvadas… ya sabes, habits of my heart.
Yo sabía que desde el principio me estaba metiendo en algo que sí o sí me dejaría lastimada, pero ¿qué podía hacer si esa boquita con un beso me hacía olvidarme de todo?, ¿si esa sonrisa me hacía pensar que todo estaría bien?, ¿si esos abrazos fueron, desde el día uno, mi lugar favorito? Me mentí. Tú querías todo de mí, pero yo no pude tener todo de ti. Y no te culpo; a veces no sabemos qué hacer con tanto amor que nos dan.
Te quisiste ir varias veces —2, 3, 4— (para irte nunca fuiste cobarde), pero siempre regresabas. Te ibas, pero te quedabas. Pensaba que de lejos te iba a querer menos, que llegaría el día en el que mi yo valiente ya no iba a pedirte que regresaras. Y después de varios intentos —2, 3, 4— ese día se llegó.
Dejé que te fueras y, para ser sincera, quería que ya lo hicieras. Que tomaras todos tus sentimientos y te los llevaras, y que me dejaras con los míos. Porque para correrte de mi vida yo siempre fui cobarde. Mi miedo no fue quererte de más; mi miedo siempre fue perderte. Estiré mi amor hasta que no pude más y se rompió. Me rendí. Me fui.
Me quedé sin culpas y sin rencores. Si tú hubieras dado ese paso, yo hubiera dado mil. Pero así tenía que ser: a veces cobardes y a veces valientes, perdiéndonos y ganándonos. Fuimos mucho y ahora somos nada.
¿Cómo hubiéramos sido sin tus miedos?
