- Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires.
- Mi tesina es un fotolibro sobre erotismo masculino y el vínculo con la educación sexual.
- Soy cofundadora de un proyecto de fotografía llamado MACHO, donde investigo los elementos narrativos que son parte en la construcción social del género.
- Me interesan los temas de migración y cultura.
- Soy migrante por segunda vez, ahora vivo en Colombia y me fascina bailar salsa.
2025
Leo un libro hermoso de una escritora bogotana sobre el regreso a su ciudad natal después de vivir siete años en Buenos Aires, y lloro como una niña chiquita.
Lloro porque me interpela en la piel la migración, y lloro porque siento que nunca podré escribir así, porque nunca voy a volver a vivir en mi país.
Ni siquiera creo que yo tenga una ciudad natal real. Cuando nací, mi abuelo me inscribió en el Registro Nacional como si hubiese nacido en Sucre, la capital inmaculadísima de Bolivia, pero yo nací en Montero.
En Buenos Aires casi nadie conoce ese lugar, y era un dato de mí que causaba tantito misterio cuando me mudé a la ciudad de la furia, a los 19 años. “Montero queda en el departamento de Santa Cruz, pero a 50 km de la gran urbe”, les explicaba. Entonces los porteños asociaban mi color de piel a ese dato, aunque ni tan blanca soy.
“Los europeos creen que Bolivia está en África”, me contaba una amiga de la escuela, cuando fue a Italia.
“Qué estúpidos esos europeos”, pensaba.
Después el expresidente Evo Morales se hizo famoso en el mundo occidental. Sobre todo, creo yo, en 2008, cuando salió en esa foto con Kirchner, Lula y Chávez, todos con los brazos estirados, tocándose las manos como si fuesen los cuatro fantásticos. Los europeos y los gringos empezaron a decir: “¡Ohhh, el primer presidente indio, el primer presidente indio!”. Aprendieron que Bolivia está en Sudamérica, y hasta algunos aprendieron que no tiene salida al mar. Que se lo robaron.
Pobrecito mi país, que le quitaron de las cosas más bellas e impresionantes del mundo, pienso, mientras los dedos de mis pies tocan tímidos el agua a la orilla de una playa caribeña.
Le pregunto por décima vez a mi madre cómo fue esa vuelta mentira en mi certificado de nacimiento, y me vuelve a —medio— explicar, y yo sigo sin entender.
Antes renegaba de eso y ahora me da igual. Si una es lo suficientemente valiente, una nace donde quiere, las veces que quiere, y sanseacabó.
Y heme aquí, en Colombia, naciendo de nuevo. La gente me dice que parezco argentina por cómo hablo. Eso me da un poco de rabia porque yo me aferré con todas mis fuerzas al sonido de la “y” y la “ll”, como si fuesen el símbolo por excelencia que diferencia mi cultura de la cultura argentina.
Puedo jurar —y si no, que me pise un hipopótamo— que jamás dije sho, ni shave, ni shuvia, pero no alcanza: también creen que soy argentina por cómo me visto y por cómo se ve mi nariz. Y me río. Me obligo a reír fuerte para confundir mi cerebro.
Parece que el cerebro es un órgano ingenuo que, si le haces creer que estás feliz, se pone feliz. Estoy feliz de estar aquí, pero también estoy confundida.
Extraño Buenos Aires, pero yo a Buenos Aires nunca le importé. Fui un número más, alguien de la comunidad boliviana que nunca fue a comer ají de pollo a Liniers —emblemático barrio lleno de familias paisanas— porque se volvió vegetariana. Ni a bailar sus cumbias y sayas al boliche Eclipse, porque prefirió aprender salsa.
Bailando salsa conocí a mi compañero de vida. En la comunidad de migrantes salseros en CABA entraban algunos argentinos aficionados y yo, la única boliviana que cantaba a toda voz Cali pachanguero, que soñó con conocer esa ciudad y estar en su feria.
Todas mis experiencias y decisiones me trajeron hasta acá, me repito como mantra, y es que ahora estoy con mi amado caleño buscando un apartaestudio a largo plazo en Cali Pachanguero, luz de un nuevo cielo.
Me encuentro feliz, pero también confundida, porque me siento como un extraterrestre sin matria y lloro por eso, como una niña chiquita.
“El otro día me encontré de casualidad con dos colegas fotógrafos y, entre una cosa y la otra, en medio de la conversación, me miré desde afuera en el acting de la sociabilización y me di cuenta de que yo era el único de los tres que no pertenecía, que no usaba el mismo lenguaje, que no sé nada de lentes, ni de Mamiyas o Leicas. Y que ellos no sabían nada de Pizarnik, ni de Onetti ni de Woolf. Detesto la realidad. Y por eso yo hago fotos. Porque las imágenes son como hojas en blanco donde cuelgo palabras. Palabras raras que descubro y que me parecen bellísimas; palabras como “cetrino”, “élitros” o “constelado”. Yo no hago fotos porque me interese la verdad ni porque quiera capturar imágenes del mundo. Hago fotos porque quiero escribirlo. Hago fotos porque me gusta el cine, y cómo la cámara se acerca lentamente a la mirada de un muchacho que me choca los ojos a lo lejos y me sonríe, en una fiesta. Y la gente pasa por delante suyo y lo pierdo de vista, pero ese pequeño apagón, esa pérdida intermitente, lo hace todo mejor porque hay una revancha en la mirada que regresa. El cine es otra manera de escribir. Como ahora, por ejemplo, sentado en este auto con las ventanillas bajas. Es de madrugada y La Habana está desierta, y siento la brisa del malecón invadiendo el auto en olas espesas. Toda la boca me sabe a perfume y a sal, y en el pecho me parece tener un pájaro que aletea porque el viento me sacude con muchísima fuerza la camisa.
“Déjenos aquí, por favor, que vamos a subir por 23 caminando”, escucho. Los ojos se me cierran sin querer. La sonrisa abierta.”
Sueño. Y en mi sueño, Kenny Lemes, además de ser un artista visual, era un gran narrador. Hasta lo que yo sé, nunca publicó ningún cuento o artículo, pero en esta época de scrollear en redes sociales, cada vez que leía algo de él, era un texto con cierta prosa poética. Como este que acabo de copiar. Yo nunca fui a La Habana; en cambio, Kenny sí. Escribió estas palabras en una de sus visitas a su país natal.
Me lo imagino escribiendo en su celular, en una aplicación de notas o en una conversación de WhatsApp consigo mismo, que dice “yo”, donde se mandaba recordatorios, pensamientos. Así como Pizarnik también dibujaba y creaba collages surrealistas, o García Lorca tocaba el piano, siento en lo más profundo de mi corazón que K.L. a veces escribía, porque su sensibilidad desbordaba los límites de la fotografía, y viceversa.
Tenía 39 años cuando se fue de este plano, el 27 de febrero del 2025, en Buenos Aires, donde vivía hacía más de dos décadas.
Las dos primeras semanas en Cali, la temperatura se sentía agradable. Hacía alrededor de 25 grados, y a la tardecita llovía un poco, pero no mucho. Después la cosa se puso más picante y ahora todos los días superan los 30 grados. La sala donde escribo es caliente y de ventanas pequeñas, aunque los días más intensos no serviría de nada tener ventanales, porque casi no corre el aire.
A veces vamos a almorzar lo que llaman “corrientazo”, que es un almuerzo completo: sopa, plato principal y refresco de panela. El restaurante es semiabierto, y aunque tiene varios ventiladores, no importa dónde nos sentemos: el aire del mediodía es pesado y, a veces, agotador. Pero una se aclimata. Cuando estoy con las piernas cruzadas, un par de gotas de sudor corren por mis muslos.
Anoche una brisa fresca nos acariciaba mientras caminábamos unas cuadras por arepas de choclo. A decir verdad, todos los días que llevo aquí, la temperatura suele bajar a 23 o 25 grados después de las 18:00, que es cuando empieza a oscurecer.
La habitación tiene aire acondicionado, pero no me gusta encerrarme a escribir en el mismo cuarto donde duermo. He decidido traer un escritorio a la habitación y moví algunas cosas para que entrara perfectamente. Ahora, la luz del sol me da de frente. Pero ya he notado que el vecino es curioso, así que cerré la cortina.
Hoy me despertó el calor. Dormimos con el aire apagado y la ventana cerrada porque hay muchos zancudos. Además, tengo terror a que se meta un murciélago. En las calles puedes verlos volando bajo, entre los árboles y la gente. No me gustan para nada. Pero no puedo seguir así: debo superar mi miedo.
Me dicen que en algunos lugares está mal visto usar bermudas o pantalones cortos, y por eso la gente usa mucho jean largo, ¡con este sol! Yo siempre visto lo más liviano posible, así tenga que usar esos shorts de tela que solo me cubren las nalguitas.
En altas temperaturas, las frutas maduran más rápido, pero son bien sabrosas. Ya he probado tres frutas nuevas para mi paladar: guanábana, pitaya y chontaduro. Las dos primeras, deliciosas; la última, no puedo ni olerla. Lo digo en voz alta y me miran feo. Tienen razón.
Lo que más me ha gustado para refrescar el alma es tomarme un granizado de café. ¡Cosa seria!
Pasaron siete años del accidente en bus que tuve con mi padre. Desde entonces, cada vez que viajo por tierra, se repite el recuerdo de estar cayendo por el precipicio. La sensación se instala en mi garganta, después invade mi pecho, y cuando el auto acelera, mi corazón late como si, en lugar de uno, tuviera dos corazones superpuestos que se gritan entre sí.
Cali me parece maravillosa. Tiene mucho color verde a su alrededor, árboles de mango que dan sombra, y los jardines de algunas casas se llenan de orquídeas. Además, amo volver a vivir entre las montañas. Siempre que regreso a Buenos Aires, aunque estoy feliz, el sentimiento de haber perdido aquella vista majestuosa me apaga un tiempo, hasta que me acostumbro. Pero la pésima conducción de taxis o choferes de apps en esta ciudad se ha vuelto una pesadilla, donde repito aquel día en el que chocamos contra una vaca.
Voy contando: hasta ahora hemos tomado alrededor de doce viajes. De esos doce, solo cuatro han sido buenos conductorxs, y de ellos, la única mujer que nos tocó fue la mejor conductora de todxs. Lo sé porque, cuando manejan con calma y sin esquivar todo en el camino como en una carrera de autos, S y yo les felicitamos, les agradecemos y les contamos antes de bajar que los demás manejan como locos.
De las otras ocho situaciones, puedo decir que tres han sido particulares. La menos memorable, pero particular igual, fue un chofer al que le habíamos pedido que bajara la velocidad porque “S tiene un postraumático” —no sé por qué a veces S se inventa que fue él quien tuvo el accidente, y no yo—. Quizá entre hombres empatizan más unos con otros. Cuestión que el señor contestó que iba normal y que, en cambio, hay gente que se enoja cuando le piden eso (todo esto lo repetía una y otra vez, mientras zigzagueaba por la 5ta a 80 km/h). Cuando bajamos, S y yo coincidimos en que estaba un poco pasado en sustancias.
El segundo viaje: no sé por qué razón, cerré la puerta con demasiada fuerza. Les juro que siempre trato de hacerlo muy suave porque de niña me regañaban por eso. Entonces, el chofer dio la vuelta para mirarme y me pidió, en tono condescendiente y con sonrisa de payaso asesino, que la próxima vez la cerrara despacio. Cinco minutos después, y solo media cuadra de avanzar debido a la cantidad de autos, S preguntó si podía bajar la ventana. A lo que el chofer le contestó que tenía el aire acondicionado prendido. Entonces S, que no entiende sarcasmos ni medias respuestas, volvió a preguntar: “¿Pero puedo abrirla?”. Jaja, ahora que lo cuento me da risa, pero al viejo no le gustó su repregunta y dobló la apuesta, elevando el tono de voz: “Te pregunto, ¿puedes abrirla?”. S todavía no entendía y preguntó una vez más. Lo amo.
Mientras eso sucedía, yo imaginaba que al señor le explotaban las pupilas y rompía el manubrio. Pero cuando salimos del trancón, ambos guardaban silencio, y, por supuesto, la ventana seguía cerrada. Diez cuadras después, este sujeto horrible que nos tocó de chofer volvió a abrir la boca para mencionarnos que ya le habían robado y no iba a dejar que pasara de nuevo. Pero nosotros estábamos en silencio, petrificados, esperando llegar a casa.
Por otro lado, mi padre, como siempre, se presenta indiferente ante las sorpresas de la vida. Hasta conserva las fotos que nunca entenderé por qué le tomó al cadáver del animal. Pero yo soy escéptica; me pregunto en qué parte de su cuerpo y de qué maneras está drenando ese recuerdo.
Es bien sabido que algunas congregaciones religiosas obtienen fondos a través de los diezmos, para cubrir gastos principales, como el sueldo del pastor. Una iglesia evangélica, que comenzaba a ser popular en un pueblo de los Andes bolivianos, logró modernizar su infraestructura en un santiamén, y el pastor que la fundó, Steve Tabernáculo, junto con su esposa y dos hijas, no podían disimular el aumento de su poder adquisitivo. Tenían no uno, sino varios autos último modelo, las mejores ropas. Se ausentaban semanas enteras al exterior y regresaban con lujos extravagantes.
Hasta este punto de la historia, se me ocurrió que podrían haber dos razones para que el humilde pastor se convirtiera en poco tiempo en un señor de clase acomodada. La primera razón es que la población fuera económicamente próspera para hacer donaciones cariñosas; además, una iglesia de fachada sencilla podría desentonar en la ciudad. Como pasa en las películas, sobre todo los políticos contribuyen con sumas altas para mantener bien vistosos los templos de su religión. La otra razón que se me ocurrió es que los feligreses sentían tantísimas culpas y cargas en su alma, que un sacrificio económico simbolizaba el camino al perdón de Dios.
La última hipótesis es la que parece ajustarse más a este chisme devenido en escarmiento. Lo que estaba haciendo Steve era pedirles a los creyentes que gestionaran créditos bancarios, de hasta 15 mil dólares, para expandir y modernizar la empresa. Perdón, la iglesia. Total, él les devolvería en cuotas ese dinero, una vez que aumente la cantidad de devotos que participen en las misas y por ende aumente su ingreso económico.
Quienes no tuvieron aprobados sus créditos, vendieron sus cosechas, muebles y sus artefactos, con tal de obedecer a las manipulaciones y extorsiones de la familia Tabernáculo. En algunos casos, Steve recurría a la lástima, asociando falsas enfermedades a su esposa. Otras veces, la excusa era la inauguración de otras “sucursales de Dios” en lugares donde “el mal” se estaba apoderando por falta de atención religiosa. Luego les pedía mantener en silencio sus secretos económicos, porque podría generar celos, ya que supuestamente confiaba en ellos una “encomienda celestial”.
La situación no causaba sorpresa, ya que los estafados creían haber solicitado un préstamo motivados por su fe, y eso era incuestionable. En la iglesia se sentía la abundancia y el aumento de fieles: después de misa, se ofrecían banquetes de pan, queso, café y fruta de temporada. También contaban con una banda de música en vivo para acompañar al coro. Así pasaron cinco años entre viajes y estafas, y estafas para viajes. Hasta que una de sus famosas misas fue interrumpida a los gritos.
Unos padres furiosos entraron decididos a castigar al pastor a latigazos frente a todos. Según dictaba la ley de justicia comunitaria, debía recibir los golpes en sus partes íntimas, con los pantalones abajo, como sanción por el delito de violencia sexual. La víctima era su amada hija, Estelita.
La madre supo intuir este hecho, porque “como les sucede a las niñas abusadas, se les cae la sonrisa y se les apagan los ojitos”, según declaró luego en la fiscalía. El hombre llevaba un chicote en la mano y la mujer, una antorcha encendida. Ambos corrían tras el pastor, que se escabullía entre la multitud: “¡Quédese quieto y bájese los pantalones, falso predicador, o le prendemos fuego a este mierdero!”, amenazaban.
El enfrentamiento se convirtió en una batalla campal. Incluso algunxs niñxs recibieron latigazos, pero Steve seguía intacto. Entre el caos empezó a propagarse una llama de fuego sobre los asientos de madera, pero pronto llegó la ambulancia y la policía para evitar tragedias.
A los pocos días, salieron a la luz denuncias de ocho mujeres que señalaban a Steve como su agresor, entre ellas, una menor de 16 años. Los padres de la primera denuncia fueron los únicos que respaldaron el testimonio de su hija. En cambio, los demás, acusaron al “diablo” de ser el responsable de “seducir y poseer” al pastor.
También se reportaron estafas a al menos 50 familias. Las investigaciones policiales revelaron que se utilizó las mismas estrategias para desviar dinero en Colombia y Perú, y se descubrió que Steve Tabernáculo no era su verdadero nombre, ni los de su familia, ya que utilizaban identidades falsas. Una semana antes de su arresto programado, ya habían huido del país.
Los rumores cuentan que escaparon a Miami, donde tenían un departamento propio, con vista al mar.
En San Cipriano habita el río más cristalino del mundo. Está ubicado en el Pacífico, cerca del puerto de Buenaventura, zona donde predomina la población afrocolombiana. No hay carreteras directas al pueblo; en cambio, inventaron un sistema de transporte llamado “las brujitas”, que consiste en motocicletas que acarrean sobre rieles pequeños vehículos improvisados.
Sentadxs sobre las brujitas, el viento nos volaba los cabellos. Por donde quiera que una mirase, todo era selva, y, aun con el ruido del motor, podíamos presentir sus misteriosos sonidos.
El turismo es la mayor fuente de ingresos de la zona, y la comunidad se organiza para hacer de sus casas restaurantes y hoteles de paso. Preparan platos típicos, como arroz con coco y pescado frito, y trabajan como guías. También te ofrecen una actividad que es la bajada al río en flotadores, que en realidad son ruedas gigantes de camión. Hay que acostarse en los flotadores y dejarse ir con la corriente. Cuando te aproximas a un remolino, debes levantar el culo porque, si no, te golpean las rocas.
Nosotrxs éramos siete, y jugamos a ser una colmena, donde el objetivo fue bajar todxs juntxs tomadxs de la mano, o del pie, o del flotador del otrx. Lo importante era permanecer unidxs. ¡Fue muy divertido!
Luego del paseo moríamos de hambre y S. nos llevó a su restaurante favorito cuando estuvo en rodaje, en 2019. Allí se encontraba, como en ese entonces, JP, uno de los personajes de su película y ahora amigo. No me remito a ninguna prueba para decir que JP es gay, pero tiene características que lo diferencian de los otros hombres de San Cipriano, que en su mayoría son de corporalidad musculosa y transitan las calles con la apariencia de no tener miedos mundanos. En cambio, JP es suave y de dulce hablar. Además, es muy delgado y camina como si estuviera en una pasarela. Trabaja con el grupo de mujeres que cocinan. Como no había nada vegetariano, nos preparó un plato especial de lentejas.
S. cree que JP gusta de él, aunque a veces S. se pone vanidoso y cree gustar a todos los gays y a algunas chicas. Pude notar su cara de decepción cuando S. me presentó como su pareja y JP se sentó a comer con nosotrxs, ignorando mi presencia, pero no lo tomé personal. Contó que el año pasado se recibió de enfermero y que entre semana vive en Cali.
De regreso a casa, S. y yo imaginamos aventuras con JP en los suburbios del mundo queer de la ciudad, pero nos decepcionamos cuando, al buscarlo en Facebook, al contrario de lo que esperábamos —una bandera LGBTIQ+ o posteos del Orgullo—, nos encontramos con publicaciones como: “Solo en Dios confío”, “Jesús me salvará” y un versículo de la Biblia que no recuerdo.
Empezamos a sacar conjeturas: ¿será que se “redimió” de su orientación sexual en una de esas iglesias evangélicas? ¿O quizá nunca pudo “salir del clóset”? S., que es más optimista, dijo que seguramente participa en una iglesia que le “permite” ser auténtico.
Yo me quedé reflexionando sobre el avance del evangelismo ortodoxo, sobre todo en grupos sociales vulnerados. A veces, pareciera que es el único espacio de pertenencia donde miles de personas se sienten, al menos por un momento, libres de la narcocultura que fomentan en las series y las novelas de televisión.
A propósito, quiero contar una historia bastante particular que sucedió en una pequeña ciudad de Bolivia, sobre un pastor que fundó una iglesia hace un par de años. Voy a contarla como la recuerdo, a riesgo de pasar por alto ciertos detalles… pero eso, en mi próximo artículo.
