ISA TORRES

  • Fashion stylist (Istituto Marangoni).

  • ⁠Decoradora de interiores.

  • Fotógrafa.

  • Apasionada por ayudar a personas a luchar contra enfermedades.

  • Fui diagnosticada con Artritis Reumatoide y me gusta escribir y compartir el trayecto y con mi experiencia y positivismo motivar a las personas a seguir adelante.

  • Mis hobbies incluyen hacer ropa, escribir, cocinar, viajar y aprender de cultura general.

2025

Desde niña, como muchas mujeres, decía que quería casarme con el hombre de mis sueños. Ese hombre perfecto para mí, que me hiciera feliz y que apareciera en mi mente cada vez que dormía.

Pero con el tiempo he pensado que hay algo un poco injusto en eso. Siempre estamos buscando a ese hombre perfecto, a ese ser ideal… ¿pero somos nosotras mismas mujeres de ensueño que merecen a ese hombre? Si me lo preguntas a mí, la respuesta muchas veces es no.

Nos esforzamos tanto en encontrar a alguien que cumpla con todas nuestras expectativas, que se nos olvida que también nosotras debemos esforzarnos por ser esa persona que soñamos para alguien más.

Ojo: no se trata de ser perfectas para ellos ni de complacerlos en todo. Se trata de convertirnos en esa mujer fuerte, segura, auténtica, que sí merece a ese hombre con el que soñamos.

“Exigir sin dar nada a cambio”… ¿cuántas veces hemos escuchado eso? Cuando estamos en una relación pedimos respeto, amor, atención, confianza, sinceridad… ¿pero realmente damos todo eso como lo pedimos?

Siempre apoyaré primero a las mujeres. Soy mujer y sé que muchas veces tenemos el camino más difícil, aunque no debería ser así. No somos el sexo débil: somos el sexo de la mente clara y la fuerza inmensa.

Pero tengo que admitir que, en la búsqueda de alguien más, a veces se nos olvida que ya nos habíamos encontrado a nosotras mismas… y nos estamos perdiendo.

No podemos dejar ir a esa versión de nosotras que alguna vez fue suficiente, que fue fuerte, que fue soñada.

Lo mismo aplica para cualquier persona: antes de buscar a alguien ideal, pregúntate si ya eres la persona que tú soñabas ser.

¿Quién es esa persona que tu “yo” de niña soñaba ser de grande? ¿La encontraste? ¿La perdiste?

Y si la perdiste… que sepas que todavía puedes recuperarla.

Y si tienes pareja, entrégale lo que esa persona merece, porque eso es exactamente lo mismo que tú mereces también.

¿Cuántas veces le hemos dicho a un niño que si no se come todas sus verduras no podrá comer postre? No estoy diciendo que comer verduras esté mal, por supuesto que está bien. Lo que cuestiono es cómo educamos alrededor de la comida.

¿Por qué usamos las verduras como castigo y los alimentos poco saludables como premio? Nos enseñan desde pequeños que lo “prohibido” es lo más deseado, y es cierto. A mí, por ejemplo, en casa no me dejaban tomar refresco, ni comer azúcar, ni papitas. ¿Y qué pasaba cuando salía a un lugar donde sí había esas cosas? Obviamente las buscaba antes que cualquier verdura, porque sabía que al volver a casa ya no las tendría. Pero si me hubieran enseñado a disfrutarlas con moderación y, al mismo tiempo, a comprender la importancia de las verduras, quizás yo solita habría elegido mejor.

Muchos de los trastornos alimenticios comienzan ahí, con esas asociaciones negativas. Una persona bulímica, por ejemplo, se siente tan culpable por haberse comido unas papitas, que le enseñaron que eran “malas”, que termina vomitando para “borrar” el error. Pero, ¿de verdad está mal comer papitas de vez en cuando?

Cuidar nuestro peso por salud está perfecto. Saber que es mejor comer más verduras que papitas también está muy bien. Pero sentirnos mal al comer, ahí está el verdadero problema.

Una persona con anorexia, incluso cuando tiene un peso más bajo del ideal, puede mirarse al espejo y sentirse insuficiente. Siempre quiere estar más delgada. Pero, ¿por qué? ¿Por qué tenemos una relación tan complicada con la comida?

Nunca he visto un animal que se prive de comer para verse más flaco. Cuando un animal tiene comida, la disfruta. No tiene a alguien a su alrededor diciéndole qué está bien o mal comer, cuánto debería pesar, o si es más bonito por ser más delgado. Los trastornos alimenticios no nacen solos; los creamos con nuestras palabras, nuestras exigencias, y nuestra mala educación alimentaria.

Si tienes hijos, o piensas tenerlos, cuida mucho lo que dices. A mí, por ejemplo, me decían que “las niñas más bonitas eran las flacas”. Y que si seguía comiendo papitas, ya no lo sería. A los 13 o 15 años, comencé a ver las papitas y el refresco con miedo. Prefería morirme de hambre en público antes que arriesgarme a que alguien me viera comerlos y pensara que iba a engordar… y que ya no era una niña bonita.

Así que sí, sí creo que puedes hacer un cambio en lo que pasa a tu alrededor. El cambio empieza con tus palabras. Si enseñas a tus hijos a hablar con amor y conciencia sobre la comida, ellos podrán enseñárselo a los suyos. Y quizá, solo quizá, algún día dejemos de tener generaciones enteras lidiando con su reflejo en el espejo o con la culpa al comer.

Un trastorno alimenticio no solo afecta el físico. Puede costar una vida.

Durante mucho tiempo creí que si querías a alguien, ya fuera amigo, pareja o familiar, tenías que demostrarlo en redes sociales. Me decían que si no lo publicabas, parecía que lo estabas escondiendo. ¿Y mis sentimientos? ¿Dónde quedaban?

La verdad es que nunca me ha gustado que todo el mundo se entere de lo que pasa en mi vida. Si veo a mis amigos, ¿por qué debería publicar dónde estuve o con quién? Si estoy con mi pareja, ¿por qué alguien tendría que saber si viajamos o no, si veo a su familia o no, si estamos bien o si discutimos? Con el tiempo entendí que no hay nada de malo en no compartirlo todo. Es simplemente una decisión. Y que los demás piensen que está mal, no significa que lo esté.

Una vez, un amigo me dijo que estaba mal decir “yo quiero algo”. Según él, solo deberíamos decir “quiero algo”, porque repetir la palabra “yo” era hablar demasiado de uno mismo. Al principio no lo entendí, pero después de analizar su lógica, le di algo de razón. Lo complicado era que cada vez que alguien decía “yo” por accidente, él detenía la conversación para corregirnos. ¿De verdad era tan importante?

Ese día entendí algo más grande: yo también lo hago. Corrijo a mis amigos, a mi familia, a mi pareja. Y me di cuenta del tiempo que perdemos corrigiendo cosas que, tal vez, para esa persona no están mal. Solo porque a nosotros nos molesta, creemos que tenemos derecho a señalarlo. Pero en realidad, a veces nos volvemos una piedra en el zapato en medio de una conversación, un problema innecesario en una relación, o el motivo por el que una convivencia familiar se torna incómoda. ¿Vale la pena?

No estoy diciendo que todo se valga y que nadie deba recibir retroalimentación. Pero si ya tienes más de 15 años, ¿realmente necesitas que tus amigos o tu pareja te sigan educando? Y si se trata de tu madre o tu padre, ¿realmente hace falta que te corrijan a cada momento, especialmente si no es algo esencial?

Aprendamos a soltar. A no corregir todo. A no querer tener la razón todo el tiempo. Porque al final, nadie te lo va a agradecer… y probablemente termines excluido.

Vive y deja vivir.

Yo nací el 3 de septiembre de 2004, pero volví a nacer el 21 de mayo de 2022.

Cuando pierdes a una persona importante en tu vida, entiendes por qué dicen que se apaga un pedazo de tu corazón. En la vida, tenemos dos pilares: mamá y papá. Yo perdí a mi mamá, y descubrí que se puede apagar más que solo un pedazo. Ese día, volví a nacer, porque tienes que aprender a caminar nuevamente, pero sin quien te agarre de la mano.

En mi opinión, perder a un papá es un dolor enorme, pero perder a una mamá es el dolor más grande del mundo. Una mamá es la conexión más profunda que tienes, incluso antes de nacer. Recuerdo que cuando perdí a mi mamá, estaba en una relación con alguien cuya relación con su madre no era la mejor; discutían todo el tiempo. Me molestaba muchísimo ver cómo alguien, que aún podía estar con su mamá, la trataba de esa manera.

Con el tiempo, entendí que, aunque tu relación con tu madre no sea perfecta y tal vez tengas una relación más cercana con tu padre, la conexión con mamá siempre será más fuerte. Y, por más que pelearan, se amaban profundamente.

No escribo estas palabras para dar lástima ni para que piensen que no soy una persona feliz. Mi objetivo es compartir un mensaje que, lamentablemente, no recibí cuando lo necesitaba, o quizás no supe escucharlo. O tal vez la vida se adelantó y me lo dio tarde. La realidad es que no estamos aquí para siempre, y las personas a quienes amamos tampoco lo estarán. Solo tenemos esta vida para dejar una huella del tipo de persona que queremos ser.

Si el día de mañana te vas, ¿crees que tu familia estaría feliz contigo? ¿Crees que la forma en la que tratas a tu mamá es la manera en que quieres que te recuerde?

No esperes a ser más grande para cambiar. Nunca sabes hasta qué día vas a llegar. Yo nací dos veces: el día que perdí a mi mamá, empecé a formar la persona que soy hoy, y esa es la persona que quiero que mis seres queridos recuerden. Porque antes de ese día, no lo era.

Cuando logras ver que una enfermedad gira en torno a tu vida y no tu vida alrededor de ella, te darás cuenta de que viajar jamás será un límite. Solo tienes que encontrar el lugar perfecto y seguir algunos consejos.

1. Fíjate en el clima

En mi caso, sé que viajar a un lugar con frío podría poner en riesgo pasar por dolores fuertes. Así que no es una buena opción. Aunque si decido ir a un lugar frío, siempre puedo adaptarme, pero tendré que llevar las herramientas necesarias: la ropa correcta, calentadores, pastillas… Todo lo que me ayude a estar cómoda y protegida.

2. DESCANSA

No hay nada más importante para el cuerpo que la recuperación. No recomiendo hacer viajes en los que tengas que moverte mucho o que sean tan extremos. Tus viajes ideales son aquellos en los que puedes descansar y disfrutar de una buena comida y un buen trago. Si decides hacer un viaje algo movido, recuerda darle a tu cuerpo el descanso necesario por la noche.

3. Viaja con personas que te hagan sentir paz

Rodearte de un ambiente saludable es lo más importante en la vida. Un día mi mamá me dijo: “Aléjate de cualquier persona que te pueda hacer

daño, aunque sea tu familia.” Hoy en día creo que es el mejor consejo que me pudo dar. Gracias a eso, me alejé de muchas personas que frenaban mi paz y felicidad. Eso ha elevado mi salud a niveles inimaginables.

4. Aprende a decir que no

Antes de hacer un viaje, debes aceptar que tu cuerpo no funciona igual que el de otras personas. Nadie te conoce mejor que tú misma, ni tus límites. Si te invitan a hacer algo que sabes que no te conviene, y que después sufrirá consecuencias, ¡está bien decir que no! No es motivo para ponerse triste. Cada persona vive su viaje a su manera. Mientras tus compañeros de viaje hacen actividades que no puedes, disfruta de hacer algo que a ti te guste. Recuerda que está bien hacer cosas sola, y solo necesitas una sonrisa para ser feliz haciéndolo.

5. Disfruta

Finalmente, lo más importante es disfrutar del momento. Viajar es una oportunidad para aprender, crecer y encontrar momentos de paz, incluso con la artritis en la maleta.

Cuando cumplí 17 años, la vida me puso frente a uno de los mayores retos de mi existencia: me diagnosticaron con artritis reumatoide, un diagnóstico que cambiaría mi vida para siempre. Hoy, con 20 años, llevo tres años desafiando las expectativas que esta enfermedad me impuso. Y, aunque el camino no ha sido fácil, me siento más fuerte que nunca.

Podría resumir mi proceso en una sola frase: “De tu sonrisa depende tu desgracia.” Mientras las personas a mi alrededor me miraban con lástima y evitaban tocarme por miedo a causarme más dolor, yo decidí invertir cada uno de mis días buscando una razón para sonreír. Aprendí que el dolor y el cansancio debían quedar en segundo plano. Mi propósito era claro: no dejar que la enfermedad controlara mi vida ni mi estado de ánimo.

Hoy puedo decir con orgullo que lo logré: el dolor es mínimo y mi sonrisa, más grande que nunca, refleja lo que realmente he ganado. Claro, las medicinas y los doctores han sido fundamentales, pero es la mente positiva la que considero la clave para superar cualquier obstáculo. La mentalidad es, para mí, el mayor aliado en la lucha contra la adversidad.

La salud mental no está solo en nuestra cabeza, de ella depende todo nuestro cuerpo. Tenemos que aprender a rodearnos de un ambiente saludable, que incluya amistades que nos sumen, comida que nos nutra, ejercicio que nos fortalezca y, sobre todo, amor propio. Sé que lo hago sonar muy fácil y digo que todo depende de ti, que solo con cambiar tu actitud, la vida dará un giro de 180 grados. Pero la realidad es que no fue así para mí. Este proceso me llevó dos años, entre lágrimas, desesperación y estrés. Sin embargo, todo gran camino empieza con un pequeño paso, y solo tú decides cuándo y hacia qué dirección darlo.
 

Cuando comparto mi historia con los demás, me encanta ver cómo sus rostros se iluminan. Muchas veces, noto que al escuchar mis palabras, piensan en alguien a quien estas reflexiones podrían ayudar a salir de la frustración y el dolor que conlleva vivir con una enfermedad crónica. No se trata solo de sonreír; se trata de transformar la perspectiva, de enseñar que es posible ver la vida de manera diferente y que, con la actitud correcta, sí se puede superar cualquier desafío.

Así que, te invito a que también te sumes a este cambio de mentalidad. Y recuerda: de tu sonrisa depende tu desgracia.