- Licenciada en Economía por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y activista social desde una edad temprana.
- A sus 23 años, ha trabajado en proyectos enfocados en empoderar a los jóvenes, fomentar su participación en la política y crear vínculos entre estudiantes y estructuras políticas. Su causa principal, además de los jóvenes, es el empoderamiento femenino y temas de mujeres.
- Contó con participaciones destacadas en el Modelo de Naciones Unidas del Instituto Electoral de la Ciudad de México.
- Actualmente se desempeña como Directora General en la Alcaldía de Coyoacán, con el objetivo de impulsar la participación ciudadana.
- Su experiencia académica y profesional destaca en su participación en talleres legislativos, la emulación y dirección de diversos ejercicios parlamentarios, así como en la redacción de columnas y en el apoyo a diputados en diversas tareas, donde resalten a la juventud.
- Sus principales áreas de trabajo incluyen género, rendición de cuentas, educación, y capacitación social.
2025
Hay una frase que todos, absolutamente todos, conocemos desde que tenemos memoria, desde que somos muy pequeños: “Tú puedes ser lo que quieras ser”. Es una de las primeras promesas que nos hace la vida. La escuchamos de nuestros padres, en los cuentos, en la escuela.
Cuando somos niños, esta frase es pura magia: queremos ser astronautas, bomberos, doctoras o la persona que inventa los videojuegos.
Pero, a medida que crecemos y la vida se pone más complicada, esa magia a veces se apaga. El peso de las responsabilidades hace que la frase empiece a sonar como una tarea muy difícil, casi una burla.
Si hoy te sientes así, quiero que sepas algo fundamental: el problema no es la frase, sino que nos han enseñado a buscar la respuesta equivocada.
Hemos crecido pensando que “ser lo que quieras ser” significa encontrar un único trabajo perfecto y quedarnos allí para siempre. Esto pone una presión enorme, especialmente en las niñas y jóvenes que se preguntan cada mañana: “¿Qué se supone que debo elegir? ¿Y si me equivoco?”
Elegir un título (doctora, abogada, ingeniera) es importante, pero no define quién eres. El verdadero poder de esta frase no está en el destino final que encuentres, sino en la persona que decides ser cada día para llegar a ese destino.
La meta no es ser la mejor pintora, sino ser la persona que se atreve a sentarse con un pincel y manchar un lienzo, aunque el resultado no sea perfecto.
Para ti, que todavía estás llenando el formulario de quién eres, y para ti, que ya tienes un título pero sientes que necesitas un cambio: la identidad es una elección diaria. No tienes que esperar a tener 20 años o un diploma para “ser” algo.
Si quieres ser una persona valiente, lo eliges cuando le preguntas algo a tu maestro, aunque te dé un poco de miedo. Si quieres ser curiosa, lo eliges cuando abres un libro en lugar de solo mirar el teléfono. Si quieres ser amable, lo eliges cuando invitas a alguien que está solo a sentarse contigo.
Cada una de esas pequeñas decisiones —desde poner la alarma para estudiar un minuto más, hasta defender una idea que sabes que es justa— afirma la persona que deseas ser. Esas acciones son los pasos que te llevan a ser la “astronauta” o la “inventora” que soñaste.
Tener miedo al cambio es normal. Muchas personas se quedan atrapadas en trabajos o rutinas que ya no disfrutan, solo porque es lo que “siempre han sido” o lo que eligieron hace años.
Pero el gran regalo de la frase “Tú puedes ser lo que quieras ser” es que te da permiso para cambiar de opinión. Si antes querías ser abogada y hoy te das cuenta de que lo que te apasiona es la cocina: puedes ser chef. Si te aburrió la ciudad y quieres irte al campo: puedes ser la que vive tranquila en el campo.
Ser lo que quieras ser significa tener la valentía de soltar las cosas viejas que ya no te sirven y abrazar la incomodidad de lo nuevo. La vida no es un examen donde solo hay una respuesta correcta.
Antes de pensar en lo que quieres ser, pregúntate si la versión de ti misma de niña, o la versión de ti misma a los 60 años, estaría orgullosa de la persona que estás eligiendo ser hoy.
La próxima vez que te mires en el espejo y te preguntes: “¿Quién soy?”, no busques una respuesta que te dé miedo o te paralice.
Haz esa pequeña cosa. Al hacerla, dejas de soñar con serlo y te conviertes en la persona que quieres ser. Ahora mismo.
El poder es tuyo.
La noche en que México ganó Miss Universo, el festejo fue enorme. Pero para las mujeres, la victoria real ocurrió mucho antes, en los días de preparación, cuando Fátima Bosch alzó la voz y puso un alto.
Esta historia es para ti, para cada niña que tiene un sueño. Es la prueba de que debes irte y poner un límite donde tu dignidad no sea respetada.
Todo sucedió en Tailandia, apenas Fátima había llegado al país sede.
Enfrentó una prueba de fuego. En una reunión, un alto organizador del evento la increpó, la señaló y le faltó al respeto de forma muy dura. Imagina estar a punto de cumplir tu sueño más grande, y que alguien, con todo el poder, intente humillarte.
Fátima tuvo dos caminos: aguantar y callar por miedo a ser descalificada, o defenderse. Ella eligió el camino de la grandeza.
Ante la falta de respeto, Fátima se plantó, levantó la voz y, con toda la elegancia y la firmeza del mundo, se retiró del lugar. Su acto fue un grito de guerra que resonó en el mundo entero.
Ella nos recordó que el valor de una mujer nunca puede ser negociable. Su acto no fue rebeldía, fue autorrespeto. No se trataba de ganar una competencia, sino de no perderse a sí misma en el intento. Ese fue el momento en que Fátima Bosch se convirtió en la reina de México, mucho antes de que se anunciara su nombre.
La fuerza inevitable del destino y la sororidad
La valentía de Fátima tuvo un eco inmediato. El instante en que ella se levantó y se marchó, no estuvo sola. Varias de sus compañeras concursantes, sintiendo el mismo respeto roto, la siguieron en señal de apoyo.
Esta es una de las partes más hermosas de la historia: la demostración de sororidad que ocurrió ese día. Cuando una mujer alza la voz, otras se unen. Los abrazos de sus compañeras fueron un escudo invisible que le recordó que su lucha era justa y que había muchas más mujeres que creían en su dignidad.
Ella sabía que su propósito era inquebrantable. Con esa calma, Fátima nos regaló una verdad poderosa sobre el destino, una verdad que hoy resuena en cada mujer que tiene un objetivo en la vida:
“Lo que el destino tiene destinado para ti, ni la envidia lo para, ni el destino lo aborta, ni la suerte lo cambia.”
¡Es un manifiesto de fuerza! Significa: haz lo correcto, sé valiente y confía en que tu camino es inamovible. Demuestra que la verdadera perseverancia es actuar con honor y convicción, sabiendo que la vida te pondrá donde mereces estar.
El legado para las niñas
El triunfo de Fátima Bosch es un espejo para cada niña que sueña. Ella demostró que no hay logro que valga si no se construye sobre el cimiento del respeto propio.
- Recuerda siempre que tu voz es tu poder, y que no debes pedir permiso para usarla.
- Recuerda que si una puerta se cierra por defender tu valor, el universo te abrirá un portón.
- Recuerda que, al igual que Fátima, tu fuerza viene de tu interior y de tu convicción.
Fátima no solo ganó un título; ganó el derecho a inspirar a una generación a no tolerar el maltrato nunca más. Su corona más brillante no es de diamantes, sino la que llevó al salir de aquella sala: la corona de la mujer que sabe cuánto vale.
Hablemos de Luis. Luis no es el “villano” de una película; es un chavo que entró a la cárcel por un delito real y común: robo a transeúnte con violencia o, quizá, estuvo en el lugar y momento equivocados y le imputaron narcomenudeo. No es un inocente; cometió un error grave, y la sociedad quiere que pague y que cambie. La ley, y la gente, dicen que el sistema lo va a “reinsertar” para que salga como una mejor persona. Pero si revisas el Artículo 18 de la Constitución, que habla de esa reinserción social, verás que en la práctica es una mentira peligrosa.
La gran mentira del Artículo 18
En México, la cárcel no es un centro de rehabilitación. Es una escuela de posgrado para criminales pagada por nuestros impuestos. Y Luis, el que apenas iba empezando, acaba de inscribirse al peor diplomado.
Si el sistema funcionara, la gente saldría y no regresaría. Pero la realidad es que el fracaso es la regla: entre el 60% y el 70% de quienes salen de prisión en México vuelven a caer en el crimen. Eso no es reinserción, es una fábrica de reincidencia.
El cruce de caminos: sobrevivir o “progresar”
El problema comienza con la mezcla explosiva dentro de los muros. A Luis, el que robó un celular con un arma de utilería, lo meten en la misma celda que a alguien sentenciado por secuestro, homicidio o delincuencia organizada. No hay separación efectiva.
¿Qué aprende Luis en ese ambiente de supervivencia?
No encuentra talleres de carpintería o clases de matemáticas; encuentra a “los pesos pesados”.
El sistema no lo reformó: simplemente lo expuso a contactos y a un modus operandi criminal que lo hace más peligroso de lo que era al entrar.
🏗 La estructura rota: el negocio de la sobrevivencia
El fracaso de la cárcel no es casualidad; es un problema de diseño, desinterés y control. Para Luis, el ambiente adentro no solo es peligroso, es la prueba de que el sistema se rindió hace mucho tiempo.
1. La causa ignorada: la historia detrás del error
Antes de hablar de la celda, hay que preguntar: ¿por qué Luis llegó a la cárcel?
La justicia se enfoca solo en el resultado (el robo) y no en la causa.
Detrás de casi todos los delitos menores o de inicio hay una historia que el sistema ignora: pobreza extrema, falta de acceso real a educación de calidad, entornos familiares violentos o la completa ausencia del Estado.
Al encarcelarlo, el Estado solo lo saca de la calle un rato, pero no resuelve las razones por las que delinque.
2. Hacinamiento y autogobierno: la anulación del programa
Cuando Luis llega, se encuentra con dos gigantes:
• El muro del hacinamiento: hay demasiada gente en un espacio diseñado para la mitad. En esa saturación, no hay dignidad ni espacio para la terapia.
• La ley de los capos: en muchas prisiones, la autoridad no es el custodio, sino los líderes criminales (el autogobierno).
Si Luis quiere sobrevivir, tener un colchón o un trabajo en un taller, tiene que pagar o reportarse con la banda que manda.
3. El crimen de Luis no terminó: se extendió a su familia
Esta falta de control da pie al negocio ilegal más cruel: la extorsión.
Para tener una mejor celda, protección o para que simplemente “no le vaya mal”, Luis debe pagar una “cuota” o “cobro de piso”.
Y si no tiene dinero, la presión se dirige al único lugar donde duele de verdad: su familia.
La banda exige que sus padres, su esposa o su pareja depositen dinero afuera bajo la amenaza de que a Luis “le va a pasar algo” si no cumplen.
El castigo por el error de Luis ahora lo están pagando personas inocentes con su patrimonio y su miedo.
El sistema no solo no reinsertó a Luis, sino que arrastró a su familia al círculo de la delincuencia al convertirlos en víctimas económicas de la misma estructura que supuestamente aplica justicia.
Conclusión: el costo de la mentira
El sistema que prometió reinserción es, en realidad, un amplificador de la violencia. Tomó a Luis, lo expuso a criminales de élite y lo usó para extorsionar a su propia familia.
La reincidencia del 60% al 70% es la prueba matemática de que, con nuestros impuestos, estamos financiando un ciclo tóxico que asegura que la inseguridad nunca termine.
El sistema no falla en transformar al delincuente: lo perfecciona.
Es hora de preguntarnos:
¿Queremos un sistema que castiga con venganza y nos devuelve a un delincuente más violento y experimentado?
¿O un sistema que invierte de verdad en la persona para romper el ciclo y devolvernos a un ciudadano reformado?
México no puede darse el lujo de tener prisiones que se han convertido en la raíz más profunda de nuestro problema de seguridad.
Necesitamos reformar la cárcel o, de lo contrario, la reincidencia de Luis será la condena de todos.
¿Dejarías que un joven gobernara tu país? ¿O que tomara un cargo crucial para representarte? La pregunta no es una mera provocación, es la encrucijada que enfrentamos. Por un lado, una ciudadanía agotada de la “vieja guardia”, de los “lobos viejos” con sus prácticas opacas y sus historiales de impunidad, exige un relevo generacional urgente. Por el otro, al ver una cara joven en la boleta, el entusiasmo se paraliza. El optimismo choca contra un muro de dudas y escepticismo. La pregunta es inevitable: si tanto exigimos caras nuevas, ¿por qué desconfiamos tanto de la generación que está lista para dar la cara?
La sociedad mexicana, traumatizada por décadas de decepción, confunde peligrosamente la experiencia ética con la antigüedad en el cargo, perpetuando un ciclo tóxico que nos lleva a preferir el “error conocido” a la frescura del cambio.
El atractivo de la juventud en la política es tangible y no es ingenuo: traen la agenda del presente al centro del debate. Su visión digital implica transparencia y una comunicación más horizontal, desmantelando los filtros retóricos. Precisamente aquí encontramos una gran hipocresía: mientras se nos cuestiona a los jóvenes por utilizar las redes, los políticos veteranos tienen a jóvenes manejándolas en cada campaña y cada oficina de comunicación. Se nos acusa de frivolidad por usar plataformas que, irónicamente, son el único puente que les queda a ellos para conectar con el electorado.
Su “experiencia” se ha forjado fuera de las cúpulas partidistas, en el activismo de causa. Son ellos quienes impulsan agendas que la vieja guardia siempre ignoró, como la crisis climática, la salud mental, la lucha frontal del feminismo y la defensa de la diversidad. Este compromiso les otorga una base ética forjada en la defensa de derechos, no en la negociación de intereses.
Pero esta esperanza se enfrenta al miedo aprendido, esa preferencia por la “estabilidad” (aunque sea corrupta) del político veterano. Se teme que un joven, por su supuesta “inexperiencia”, cometa fallas catastróficas. Y seamos honestos: esta desconfianza se alimenta cada vez que percibimos que la juventud en el poder no es más que una simulación para mantener las viejas estructuras.
La paradoja de los asesores invisibles
Si a un joven se le niega el cargo por “falta de experiencia”, ¿cómo es posible que el mismo sistema confíe en ellos para las decisiones más importantes? La verdad incómoda es que el verdadero peso estratégico y técnico de cualquier gobierno recae a menudo en asesores y operadores jóvenes.
El político veterano es la figura que da el rostro y la “estabilidad” ante las cámaras, pero su capacidad de adaptación a las crisis digitales, económicas o sociales depende por completo de ese equipo de jóvenes “inexpertos” que trabajan detrás. El sistema ya confía en ellos para la operación diaria, pero se niega a darles el poder formal. Esto no solo es hipócrita, sino que condena a quienes sí demuestran capacidad a la invisibilidad.
Por eso, debemos cuestionar: ¿de qué “experiencia” hablamos cuando descalificamos a una nueva generación? ¿De la experiencia en saquear el erario sin dejar rastro? ¿De la experiencia en llevar 20 años sin pisar un distrito?
El argumento de la “falta de experiencia” es la excusa más cínica de la clase política para aferrarse al poder, ignorando que muchos de los “lobos viejos” llegaron por el dedazo y no por capacidad.
La experiencia real para transformar un país no se mide en años de antigüedad partidista. Se mide en integridad, empatía y compromiso social. La trayectoria de un activista que ha luchado por su comunidad, que ha impulsado leyes de género, vale infinitamente más que la de un político profesional que solo conoce los pasillos.
El verdadero riesgo político en México no está en la edad de quien gobierna, sino en la permanencia de las malas prácticas. La edad es irrelevante; la ética es el factor decisivo.
Es hora de cambiar el lente. Dejemos de preguntar: “¿Cuántos años llevas en el partido?” y comencemos a exigir: “¿Cuál es tu trayectoria ética? ¿Qué has defendido fuera de la comodidad del poder? ¿Tu agenda prioriza al ciudadano o al aparato?”
Solo cuando el electorado decida que la experiencia ética del activismo tiene más peso que la antigüedad en el cargo, el divino tesoro de la juventud dejará de ser percibido como un riesgo y se convertirá en la única salvación para la política mexicana.
El cambio no es una cuestión de edad, sino de valentía para hacer las preguntas correctas.
Soy columnista y mi trabajo consiste en observar, nombrar y, en el mejor de los casos, dar forma a la realidad. Pero hay una realidad en esta Ciudad de México que se resiste a ser contenida en palabras: la de la sobrevivencia diaria. No vivimos. Sobrevivimos.
La CDMX es un lienzo vibrante de historias, arte y cultura. Sin embargo, para mí y millones de mis compañeras, es un campo minado. El simple acto de poner un pie fuera de la puerta no es un acto de libertad, sino una decisión meditada, una asunción de riesgo. Por eso, el título de esta columna no es una metáfora; es el motor central de nuestra existencia urbana.
La burla de la ropa y la impunidad
Hace unas semanas, mi miedo se hizo físico y crudo. Me persiguió el rugido de una camioneta en calles que creía seguras de la ciudad. Eran hombres. Eran claros. Querían que me subiera. Lo que me salvó fue una lucidez instintiva y la puerta abierta de una estética.
Pero la anécdota, aunque personal, revela la gran farsa de la seguridad femenina. Al día siguiente, en mi pánico, repasé mi vestimenta: ¿qué hice mal?, ¿vestí la ropa “incorrecta”? La respuesta me golpeó con la fuerza de una revelación amarga. Yo no iba vestida para “llamar la atención”. Llevaba pantalón de corte ancho, una sudadera holgada y una gorra que apenas dejaba ver mi rostro.
Pero, ¿y si hubiera ido de otra forma? ¿Por qué siquiera tengo que cuestionarlo? No es normal que nuestra primera reacción sea revisar nuestra ropa en lugar de exigir justicia. No es normal que un vestido o una falda se conviertan en la justificación de una agresión.
Si no era mi forma de vestir, ¿entonces qué es? La respuesta es simple y aterradora: lo que buscan es la oportunidad. Buscan nuestro cuerpo porque saben que aquí la justicia es un mito y la impunidad, la norma de México. No buscan un pretexto; buscan un objeto disponible en el espacio público, sin importar si va de jeans o de vestido.
El problema no es lo que llevamos puesto; es que al ocupar la calle, somos vistas como una anomalía en un espacio que creen que les pertenece. Somos las que estorbamos porque nos atrevemos a existir fuera de casa.
Las crónicas de la alerta permanente
Mi experiencia no es un evento aislado; es un turno en una guardia que todas las mujeres hacemos. El miedo es una neblina que impregna el ambiente, creando un estado de alerta permanente que desgasta el alma.
El terror se ha vuelto tan doméstico que la historia de la niña que se llevaron de la papelería en su propia colonia nos recuerda que la vulnerabilidad no conoce edad ni distancia. Si ni siquiera el trayecto por un cuaderno o un lápiz es seguro, ¿qué nos queda a nosotras?
Estos no son solo mis relatos; son las microhistorias que circulan diariamente en redes, en comentarios de Facebook o en chats de amigas, historias de la Ciudad de México:
- Mi amiga Ana tiene un ritual: cuando sube a un taxi por aplicación, no solo comparte el viaje, sino que envía un selfie al grupo de amigas con la cara del conductor en el retrovisor. No confía en nadie.
- Sofía, en la Narvarte, me contó cómo tuvo que simular una llamada de emergencia y correr a refugiarse en una farmacia mientras un auto daba varias vueltas a la manzana.
- María fingió un ataque de pánico en el Metro Hidalgo para que los hombres que la acosaban se alejaran por miedo a “un escándalo”. No fue su fuerza, fue su capacidad de asustar.
- Otra conocida, que vive cerca de mi casa, ha optado por un método de ejercicio radical: su única rutina de runninges la carrera final entre la parada del autobús y su portal. Le da menos miedo la fatiga que la esquina.
El peligro no es un callejón oscuro a las tres de la mañana; está en el metro a las siete de la tarde, en el mercado a la hora pico, y sí, en la esquina de mi casa. No existe un refugio fuera de la puerta de nuestro hogar, y a veces, ni siquiera dentro.
En retrospectiva, pienso en la fracción de segundo que tuve para tomar la decisión. No fue suerte. Fue una reacción pura de supervivencia forjada por el miedo colectivo que respiramos en esta ciudad.
La pregunta que nos desvela
El agotamiento mental es el verdadero peaje de ser mujer en esta ciudad. Ya estamos hartas de oír: “Tengan cuidado”, “Avísales cuando llegues”, “No te expongas”. Queremos que la consigna sea para los agresores, no para las víctimas potenciales.
Esta columna es un grito en el papel. Una denuncia viralizada, no con hashtags, sino con la sangre fría del relato. Es necesario nombrar el terror: nuestra seguridad no es un derecho; es una cuestión de suerte, de reflejos y de haber encontrado una puerta abierta.
El título es la pregunta que nos desvela a millones en la CDMX y que debe resonar hasta que las cosas cambien:
Si la suerte acaba, ¿mañana sigo yo?
Y no, no nos cansaremos de preguntar, de correr y de escribir, hasta que la calle nos devuelva la paz que nos ha robado.
La Ciudad de México ha aprendido a vivir con la tragedia, pero no a aceptarla. Un día es el estruendo de un tren en la Línea 12 que colapsa; al siguiente, el grito de una explosión de pipa, el socavón que se traga un auto o la imprudencia de caer en una coladera abierta. Y con cada nuevo desastre, el guion se repite con una precisión desalentadora: una marea de mensajes de “lo lamento” inunda las redes sociales.
México está de luto. En medio del caos, el pueblo se solidariza: la gente lleva comida y víveres a los hospitales, los vecinos organizan colectas y los ciudadanos ofrecen su ayuda en redes. En las calles, la empatía es palpable; en el mundo digital, las condolencias se sienten vacías. Mientras la sociedad se une para ayudar, una pregunta resuena con fuerza: ¿dónde están las figuras políticas?
¡A nuestras figuras políticas! Dejen de usar sus redes sociales como un escape de empatía. En lugar de enfrascarse en peleas estériles en el Senado o en la Cámara de Diputados, exigimos que actúen ante los desastres que aquejan a la ciudad. Esos posts de lamento no salvan vidas, no reconstruyen hogares ni alivian el dolor. El “lo lamento” en Instagram no ayuda a recuperar a las víctimas, no pone médicos en los hospitales ni medicinas en las farmacias. Su trabajo no es ganar likes con condolencias: es tomar acciones concretas y eficaces.
Lo más doloroso es ver quiénes son siempre los afectados: las personas trabajadoras que salen cada mañana a ganarse el pan, los estudiantes que dependen de un transporte público funcional, las mamás solteras que con cada retraso del Metro temen no llegar a tiempo a su trabajo, y los habitantes de la periferia, quienes enfrentan las peores condiciones de infraestructura. Nosotros somos los verdaderos afectados, los que vivimos en la calle, los que usamos ese transporte, los que dependemos de un sistema que, una y otra vez, nos falla.
Las tragedias no se solucionan con publicaciones. El dolor de miles de personas no se mitiga con un simple mensaje. Las familias que han perdido a un ser querido, las personas que luchan por su vida en un hospital, los vecinos que lo han perdido todo, no se curan con un mensaje en redes sociales. Un tuit no repara una tubería rota. Una historia de Instagram no saca a una persona de los escombros. Un comunicado de prensa no devuelve la vida a quienes se pierden por la negligencia o la corrupción. La gente no pide likes, pide que sus líderes den la cara.
Es hora de que los políticos dejen de usar estas situaciones para su imagen pública y asuman la responsabilidad que les corresponde. El pueblo no necesita un post, necesita que se pongan a trabajar. Exigimos que dejen la pantalla y actúen con la urgencia que el momento demanda, que demuestren que merecen sus cargos. El verdadero apoyo es una acción tangible: la presencia en el lugar de la tragedia, la rendición de cuentas sin excusas, la inversión en infraestructura que realmente funcione y la transparencia en los procesos. Es ver a un político manchándose los zapatos de lodo, hablando cara a cara con las víctimas, no solo para una sesión de fotos, sino para escuchar y ofrecer soluciones reales.
La Ciudad de México, hoy, da miedo. No es solo un dicho: es una realidad que sentimos a diario. Salir de casa se ha convertido en una apuesta, porque no sabemos si regresaremos. Vivimos con la incertidumbre constante, valorando cada día como si fuera el último, porque las tragedias nos recuerdan que nuestra vida pende de un hilo. Por eso exigimos, porque lo sentimos en carne propia. Lo que la sociedad reclama hoy es una desconexión total del guion virtual.
Un político que apague el teléfono y se pregunte: “¿qué puedo hacer de verdad?”. El verdadero liderazgo no se esconde detrás de una pantalla, se encuentra en la calle, al lado de su gente. Porque las palabras no reconstruyen un hogar, ni las fotos devuelven un abrazo. El futuro de la ciudad no está en un tuit, está en cada paso que dan nuestros líderes para demostrar que su promesa no es solo un mensaje más.
Piénsalo un momento: ese dolor de estómago que te dobla en dos, esa jaqueca que te nubla el pensamiento, el simple hecho de sentir que tu cuerpo no es tuyo por un par de días. ¿Cuántas veces has tenido que ir a trabajar o a estudiar sintiendo eso, mientras sonríes y finges que todo está bien? Para muchas de nosotras, la menstruación no es un “inconveniente” menor. Es un proceso biológico que, a veces, nos incapacita, nos distrae y nos pone en desventaja.
Durante años, este tema ha sido relegado a las sombras de la conversación pública. Se le considera un asunto “femenino”e “íntimo”, algo que debemos manejar en silencio y con discreción. Pero la realidad es que lo que sucede en nuestros cuerpos tiene un impacto directo en nuestra vida laboral, académica y, en última instancia, en nuestra equidad. ¿Cómo podemos aspirar a la igualdad de género si no se reconocen las diferencias biológicas que, en ocasiones, nos impiden rendir al 100%?
Aquí es donde entra el debate de la licencia menstrual. Lo que a simple vista parece un simple permiso para faltar un día al trabajo es, en realidad, un poderoso acto político. Es una declaración que dice: “La menstruación es un factor de salud y bienestar que merece ser reconocido y protegido por la ley.” Este no es un tema para las que se quejan, sino para las que buscan justicia y bienestar.
Ejemplos que marcan la diferencia
En la Ciudad de México, el Congreso aprobó una reforma a la Ley de Educación local que reconoce el derecho de las y los estudiantes a justificar sus inasistencias escolares por dolor menstrual intenso u otros síntomas incapacitantes. Esto es un hito. Es un reconocimiento de que el dolor no debe ser un obstáculo para la educación. Reconocer la menstruación como un motivo válido de ausencia escolar dignifica las experiencias de las y los estudiantes y protege su derecho a la salud.
A nivel global, la conversación no es nueva. España aprobó una ley que permite a las mujeres una baja laboral de tres a cinco días al mes por menstruaciones dolorosas. En Japón, esta política existe desde 1947, demostrando que es una discusión que lleva décadas en la mesa de los derechos laborales. Estos ejemplos nos muestran que el cambio es posible y necesario, y que el mundo se está moviendo hacia una visión más humana y equitativa del trabajo y la productividad.
Cuando los números hablan
El dolor menstrual afecta a millones de mujeres en el mundo. En México, se estima que hasta el 45% de las estudiantes han faltado alguna vez a clases por esta causa. En el trabajo, muchas asisten aunque no puedan concentrarse del todo, lo que se traduce en horas de productividad perdidas y en un esfuerzo invisible que pocas veces se reconoce.
“Ese día me duele tanto que ni siquiera puedo concentrarme en el examen, pero si falto, me arriesgo a reprobar. Es como elegir entre mi salud o mis calificaciones.”
“Me pongo una bolsa de agua caliente escondida en el escritorio mientras intento seguir el ritmo. Nadie lo nota, pero mi cuerpo grita.”
“Yo no paso por eso, pero veo cómo mis colegas trabajan con dolor y aun así no se pueden ir. Reconocer este derecho es reconocer nuestra humanidad compartida.”
Un paso adelante para todas
Reconocer el derecho a la menstruación no es pedir un trato especial, es pedir un trato justo. Es darle un nombre a lo que muchas experimentamos y que, hasta ahora, simplemente hemos aguantado. La regla del silencio y del estigma debe romperse. Es hora de llevar la conversación de lo íntimo a lo político.
Pero el reto no termina aquí. Si queremos una verdadera política menstrual, necesitamos avanzar también en educación menstrual en las escuelas, acceso gratuito a productos de gestión menstrual y campañas de sensibilización en centros de trabajo. No basta con reconocer el dolor: hay que garantizar el derecho a vivirlo con dignidad.
Al final del día, hablar de menstruación no es hablar de mujeres: es hablar de derechos humanos.
Para cada niña que hoy teme hablar de su dolor, para cada joven que se esfuerza por ocultar su malestar en clase, para cada madre que ha sacrificado su bienestar por cumplir con sus responsabilidades, este avance es para ustedes. Es la voz colectiva que grita: “Tu cuerpo importa, tu dolor es real y tus derechos son innegociables.”
