Community Manager graduada en la Universidad Nacional de San Martín, próxima a recibir su título de Licenciada en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Misiones (UNaM), con orientación en periodismo.
Se desempeñó como redactora en el medio digital Periodismo Misionero, donde escribió más de 200 notas de diversas temáticas.
Actualmente se dedica a ser freelancer y brinda asesorías a pequeños emprendedores para impulsar sus negocios.
2025
Son incontables las veces que me crucé con personas cercanas que siempre desearon estar rodeadas de amistades, pero más aún de amores esporádicos. Es normal que el ser humano busque compartir su vida con otros: somos seres sociales y, además, una de nuestras grandes necesidades —ya sea a nivel químico o biológico— es amar.
Por esta razón, durante mucho tiempo sentí que tener muchos vínculos era casi una obligación. Ni hablar de tener una relación amorosa, eso era prácticamente el centro de mis pensamientos. “¿Cómo se puede vivir sin amar ni ser amado románticamente?”, nos preguntábamos con amistades una y otra vez. Eso nos llevó a desesperarnos por encajar. Cedimos a ciertos comportamientos y hasta modificamos nuestros gustos sin darnos cuenta. Nunca nos detuvimos a pensar que estábamos desplazando nuestra esencia personal.
Incluso llegué a cambiar tanto que terminé alejando a personas valiosas para rodearme de relaciones superficiales y vacías. Creía que era feliz en ese círculo: gente con la que salir de fiesta, hablar de otras personas y hacer todas esas cosas que se hacen en la adolescencia creyendo que uno es más vivo que los demás.
La sorpresa llegó a los 20 años, cuando pasé por uno de los momentos más oscuros de mi vida. A raíz de un hecho personal, perdí la motivación y el sentido de todo. Claramente pensé que esas amistades, incluso ese amor que había tenido, iban a estar ahí para mí. Pero fue todo lo contrario: ya no era el mejor por no salir cada fin de semana, por estar más serio en cada reunión o por no querer hablar de otras personas. Simplemente, ya no encajaba en ese entorno.
Ingenuamente, más de una vez me abrí emocionalmente con quienes me rodeaban, pero no obtuve respuesta alguna. Yo, que nunca me había quedado solo en mi vida, por primera vez vi cara a cara a la tan temida soledad de la que siempre quise escapar. Cuando todos se alejaron, me vi obligado a habitarla. Y fue con angustia, porque no sabía cómo tratarla. La soledad puede ser terrible, te enfrenta a tus propios pensamientos, y no todos están preparados para escucharse y conocerse.
Ese camino fue duro. No soportaba ver al grupo del que alguna vez formé parte. Creía que eran muchísimo más felices, y me sentía miserable. Pero con el tiempo entendí que me había equivocado. Al dejar de escuchar esos ruidos ajenos —superficiales y distractores—, pude empezar a descubrir quién era. Y me di cuenta de que mis intereses, mi forma de estar en el mundo, y sobre todo mi sensibilidad, eran completamente válidos.
No entendía por qué había dejado de ser yo para adaptarme. También comprendí que aquello que me hacía bien no era anticuado ni raro, como alguna vez creí.
Lejos de culpar a quienes alguna vez me acompañaron (porque yo también elegí estar ahí), hoy puedo decir con certeza que lo más valioso son los lazos donde te aceptan tal como sos: con tu esencia, tu sentir, tu forma de pensar. Vínculos basados en el respeto, la sinceridad y la empatía.
Muchas veces creemos que los verdaderos amigos o amores deben estar en los momentos difíciles. Pero con el tiempo entendí que lo que más cuesta es que estén en los buenos. El ego y la envidia aparecen más seguido de lo que se dice. Créanme, lo que más me dolió no fue que no estuvieran cuando estaba mal. Lo que más me dolió fue que, cuando empecé a avanzar laboralmente, nadie estuvo para alentarme ni para compartir esa alegría que tanto necesitaba.
Por eso creo que la soledad tiene un valor enorme cuando aprendes a habitarla. Aceptarla te lleva a cuestionarte, a escucharte y, sobre todo, a conocerte. Tu compañía —y tu amor— se vuelven algo selecto, reservado para quienes realmente te hacen bien, te acompañan, te cuidan y te valoran desde lo más profundo.
Una vez que entendí esto, pude encontrar vínculos (pocos, pero valiosos) que me ayudaron a crecer. Personas con las que puedo ser quien soy, con las que comparto aprendizajes y construyo relaciones sanas.
Esto también aplica al amor. Es difícil estar solo en un mundo donde el afecto parece estar en todos lados. Pero después de todo lo vivido —y reflexionado en soledad— te das cuenta de lo que ya no querés aceptar. Conocés tu forma de amar y cómo querés ser amado. Ese tiempo de autoconocimiento, diría que sí, es obligatorio. Saltar de relación en relación, aceptando todo lo que el otro exige, es dañino. Porque cuando no conocés lo que hay dentro tuyo, no hay inteligencia emocional ni afectiva, y dañarse con relaciones cuestionables se vuelve casi un vicio.
Por eso, habitar la soledad no solo es necesario, también es un acto de amor propio. En un mundo que nos exige seguir ciertas formas, ser fiel a lo que sentimos es un gesto revolucionario. Aprender a decir “no” a ciertos vínculos, incluso si eso implica estar en silencio por un tiempo, es crecer. No es soberbia. Es claridad emocional. Y cuando cuidás tu paz, también cuidás a quienes sí merecen estar a tu lado.
No es casualidad que muchos artistas ajenos al rock decidan explorar el género para alzar la voz contra la moralidad tradicional que todavía pesa sobre estos tiempos. Cuando creíamos haber derribado antiguos prejuicios, resurgen los cuestionamientos hacia minorías como la comunidad LGBTIQ+ —en especial la comunidad trans— y hacia decisiones personales como la religión, el aborto o el tipo de vínculo afectivo que alguien elija tener. Asimismo, se reavivan discursos xenófobos contra personas que migran en busca de un futuro mejor.
¿A qué voy con esto? Simplemente, a recordar el papel fundamental del rock como forma de protesta, especialmente desde la segunda mitad de los años 70. En Argentina, el rock cobró un rol clave durante la última dictadura militar (1976-1983), donde artistas como Charly García se jugaron todo interpretando canciones cargadas de contenido político y poético. Tal fue el caso de temas como Los dinosaurios, una crítica sutil pero contundente a las desapariciones forzadas. [Fuente: Rock.com.ar, Clarín]
Hoy, aunque la mayoría de los países vive en democracia, eso no garantiza que las cosas estén bien. Los discursos de algunos líderes mundiales con posturas conservadoras se han vuelto intolerables, generando un ambiente tóxico donde vuelven a discutirse derechos que creíamos conquistados. Vivimos en una moralidad tradicional hipócrita que habla de libertad, pero que juzga con dureza a quienes ejercen esa libertad: por sus elecciones sexuales, por sus ideas o por los proyectos de vida que eligen.
En este contexto, muchos artistas se animan a usar la música como plataforma de protesta. Un ejemplo concreto es Mariana “Lali” Espósito, quien en su reciente álbum No Vayas a Atender Cuando el Demonio Llama retoma la estética del rock argentino y lanza un grito que resuena entre millones. En sus videoclips visibiliza a la comunidad trans, y en sus letras cuestiona a quienes se amparan en el poder para oprimir o denigrar a los que piensan distinto.
Otro caso reciente ocurrió durante un concierto de Green Day. Mientras interpretaba el icónico tema American Idiot, el vocalista Billie Joe Armstrong cambió la letra y dijo: “I’m not a part of the Elon agenda” (“No soy parte de la agenda de Elon”), en referencia a Elon Musk, dueño de X (antes Twitter) y Tesla. Musk ha sido criticado por publicaciones como aquella en la que relativiza la responsabilidad de figuras como Hitler, Stalin o Mao en los crímenes de sus regímenes. [Fuente: The Guardian, CNN, 2024]
Lady Gaga también es una artista que, aunque desde el pop, se ha reconectado con el rock. Su disco Joanne (2016) y su estilo performático están inspirados en íconos del género. Durante la entrega de los Grammy en 2024, al recibir un premio, dijo: “Las personas trans no son invisibles. La gente trans merece amor. La comunidad queer merece ser elevada. La música es amor.” [Fuente: Billboard, 2024]
Este tipo de gestos cobran especial relevancia si se tiene en cuenta el contexto actual en Estados Unidos, donde se han restringido derechos a las personas trans. Por ejemplo, en 2023 se suspendió la posibilidad de emitir pasaportes con marcador de género “X”, decisión impulsada por legislaciones que solo reconocen dos sexos. [Fuente: Human Rights Campaign, The New York Times]
Para algunos, estas medidas pueden parecer triviales o inofensivas, pero representan un retroceso doloroso para quienes luchan por ser reconocidos como lo que son: personas con derecho a existir sin que su identidad sea negada.
En definitiva, las posturas políticas no son necesariamente malas, pero el discurso de odio que se difunde desde sectores fanatizados es profundamente peligroso. Creerse dueño de la moralidad solo genera más violencia. Por eso, celebro que la música —y en particular el rock— siga siendo una herramienta para resistir y alzar la voz.
La música no es solo sonido: es energía, aprendizaje y una forma de comunicación pacífica frente a tantas carencias actuales. Deberíamos seguir escuchando canciones como Los dinosaurios, Sunday Bloody Sunday, Imagine, Another Brick in the Wall, I Want to Break Free, y muchas más, no solo para no olvidar de dónde venimos, sino para construir un futuro mejor y no repetir los errores del pasado.
Seamos dignos conocedores de nuestra historia y cultura, para poder avanzar en paz.
Cuando se habla de bullying en redes sociales, surgen distintos conceptos que se utilizan como jerga. Uno de ellos es la palabra “hater”.
Es común que los adultos pregunten: ¿Qué es un hater?
Un hater, traducido al español, significa “odiador”, pero… ¿qué hace un hater en redes? Se dedica a denigrar a las personas de las peores formas posibles, muchas veces de manera anónima. Es frecuente que utilicen cuentas falsas, creyendo que así son impunes a las consecuencias de sus palabras y actos de violencia contra sus víctimas.
Ahora bien, ¿quiénes son los más afectados por los haters?
Según datos de UNICEF, el 80% de las víctimas de ciberacoso son mujeres, mientras que el 60% de los varones sufre bullying físico debido a su apariencia, género, personalidad o clase social, entre otros factores (UNICEF, 2019).
Lo cierto es que la mayoría de las personas han sido víctimas de bullying en algún momento de su vida y, en ocasiones, incluso han participado en actitudes de acoso de manera consciente o inconsciente.
Esta problemática necesita ser abordada con seriedad en la sociedad, ya que ha crecido exponencialmente, especialmente durante la pandemia, cuando las redes sociales se convirtieron en el principal medio de comunicación para trabajar, estudiar y mantener el contacto con seres queridos.
Pero… ¿las personas saben cómo actuar ante casos de bullying o acoso en redes sociales?
Es sorprendente, pero el 60% de las personas no sabe cómo reaccionar ante estas situaciones por falta de información sobre las herramientas que brindan las plataformas digitales para frenar la violencia o los procesos legales que pueden iniciarse contra los agresores (Informe de la ONG Save the Children, 2020).
En Argentina, el delito de calumnias e injurias está regulado por la Ley 26.551. Calumniar a una persona tiene una pena de multa de entre $3.000 y $30.000, mientras que la injuria se sanciona con multas que oscilan entre $1.500 y $20.000(Código Penal Argentino, artículos 109 y 110).
Sin embargo, ¿vale realmente la pena la condena?
Es impactante pensar que una multa por cruzar un semáforo en rojo pueda ser más costosa que la sanción por arruinar la reputación y el bienestar emocional de una persona en redes sociales.
El acoso en línea es un problema serio y global. Se estima que más de 200.000 personas en el mundo mueren anualmente a causa del bullying (World Health Organization, 2021). Esto demuestra que no es un problema menor y que debe abordarse más allá de la esfera virtual, porque sus consecuencias impactan directamente en la vida real.
Desde los padres hasta los educadores tienen la responsabilidad de informarse sobre cómo enseñar a niños y adolescentes a prevenir y enfrentar el bullying. Pero, más importante aún, deben inculcar la importancia de no ejercerlo.
Muchas veces se minimiza el impacto de los comentarios hirientes en redes sociales con frases como “ignóralos, no vale la pena”, sin considerar el daño emocional que pueden causar.
La depresión y la ansiedad son efectos colaterales del acoso constante. Cuando una persona escucha repetidamente comentarios negativos sobre su aspecto, identidad o valía, puede llegar a interiorizarlos:
“¿Y si de verdad estoy gorda?”
“¿Me merezco menos por mi color de piel?”
“¿Estaré mal por enamorarme de mi amigo siendo varón?”
Seguramente todos responderían “no” ante estas preguntas si alguien más se las hiciera. Pero cuando una persona empieza a cuestionar su propia dignidad, es porque ya ha sido profundamente herida.
El mensaje es claro: los adultos no deben fomentar el odio y deben educar a los jóvenes sobre cómo erradicar el acoso.
A los jóvenes, incluyéndome a mí y a mis compañeros, les pido conciencia sobre nuestras acciones en redes y sobre las graves consecuencias que pueden tener “los chismes”, “las bromas” y la minimización de problemas reales.
Finalmente, una reflexión para el poder judicial argentino:
¿Realmente creen que una multa de $30.000 puede reparar el daño psicológico causado por una persona que, con un solo ataque viral, puede arruinar la vida de alguien?
Nada más.
Imaginen vivir con una enfermedad durante 22 años sin saberlo, hasta que un episodio de estrés extremo desencadena uno de sus síntomas más molestos: la urticaria.
Bueno, exactamente eso me sucedió a mí, y a muchas otras personas también. Pero… ¿por qué tardamos tanto en descubrirlo?
En Argentina, la histaminosis fue catalogada en 2023 dentro del listado de “Enfermedades poco frecuentes”, lo que significa que afecta a no más de 2.000 personas. Antes de esta clasificación, era lógico que casi nadie supiera de su existencia, incluyendo quienes la padecemos.
Aun así, sigue habiendo muy poca divulgación sobre esta enfermedad, y la mayoría de las personas continúan sin conocerla. Pero lo peor no es eso: lo más grave es que los médicos rara vez sugieren estudios para diagnosticarla, ya que sus síntomas pueden confundirse con muchas otras afecciones.
Por eso, a los 10 años me diagnosticaron rinitis, y a los 16, quistes en los ovarios. Para ambas condiciones seguí tratamientos específicos, pero jamás imaginé que algo tan simple como llevar una dieta baja en histamina podría mejorar mi salud.
Finalmente, a los 22 años, tras una serie de cambios en mi vida que me llevaron a un alto nivel de estrés, comenzaron los síntomas más difíciles de sobrellevar: contracturas musculares y urticaria. Como siempre, fui al médico en busca de una solución. Me derivaron a kinesiología para tratar la contractura, mientras que la urticaria fue atribuida al estrés.
Luego de completar las 10 sesiones de kinesiología, mi contractura mejoró, pero la urticaria no desaparecía con nada. Era insoportable vivir con una picazón intensa en todo el cuerpo, incluso en los párpados y labios, que se inflamaban al punto de deformar mi rostro.
Como cualquier persona de 22 años, la desesperación me invadió: mi imagen estaba afectada, lo que impactó enormemente en mi estado emocional. Además, tenía que tomar un antihistamínico muy fuerte para controlar la urticaria, pero su efecto secundario principal era un sueño profundo y constante. No podía seguir viviendo así.
Hasta que un día, el bendito algoritmo de Instagram me mostró una publicación con una urticaria idéntica a la mía. Entré de inmediato y leí una palabra clave: histaminosis.
Seguí leyendo:
“Es una enfermedad subdiagnosticada causada por la acumulación excesiva de histamina en el cuerpo debido a la sobreproducción y liberación de histamina (histaminosis endógena) o a un déficit en su eliminación a partir de los alimentos consumidos (histaminosis exógena).”
En ese momento, sentí un rayo de esperanza al ver que todos mis síntomas coincidían con los descritos en la publicación.
Mi primera reacción fue: “No sos médica, no te autodiagnostiques”. Pero no podía dejar de pensar en la posibilidad, así que decidí unirme al grupo de Facebook “Intolerancia a la histamina Argentina”. Allí descubrí que podía comprobar por mí misma si padecía histaminosis siguiendo una dieta estricta baja en histamina durante uno o dos meses.
Me puse manos a la obra y, ¿qué creen? Definitivamente, la urticaria y otras dolencias desaparecieron.
Así comenzó mi camino hacia un diagnóstico oficial de una enfermedad que me acompañó durante 22 años sin que yo lo supiera. Actualmente, sigo realizándome estudios para determinar su origen, ya que el proceso de diagnóstico es, en sí mismo, otra odisea.
Por último, quiero recalcar algo importante: si tenés alguno de estos síntomas—arritmia cardíaca, congestión nasal, contracturas musculares, dermatitis, dermografismo, insomnio, digestiones pesadas, dismenorrea, endometriosis, estornudos frecuentes, fatiga crónica, falta de concentración, falta de memoria, hipo o hipertensión, mareos, migraña, náuseas, neuralgia, prurito, psoriasis, rinitis, ronchas, tos, trastornos de la temperatura corporal, urticaria, entre otros—podrías estar padeciendo histaminosis.
No dudes en planteárselo a tu médico de cabecera para llegar a un diagnóstico y, mientras tanto, podes probar una dieta baja en histamina para aliviar esos molestos síntomas.
Bibliografía:
Maintz, L.; Novak, N. Histamine and histamine intolerance. American Journal of Clinical Nutrition. 2007, 85, 1185–1196.
Agrupación de pacientes con Histaminosis de Argentina (AHA), 2022.
