SOFÍA ESPINOZA

  • Licenciada en Derecho por la Universidad Iberoamericana, Campus Ciudad de México.
  • LLM en Derecho Estadounidense por Santa Clara University

  • Apasionada por el derecho, el activismo por los derechos humanos, el medio ambiente y la política nacional e internacional.

  • Me encanta leer, hacer mucho deporte y estar con mi perro.

  • Actualmente soy voluntaria en la sección de medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos

2025

En México, lamentablemente los sueños también sangran. Cada vez que alguien intenta cambiar las cosas, el país responde con balas, amenazas o silencios. El mensaje es claro: la esperanza estorba a todos aquellos a quienes les gusta ver a México en la miseria. Y, aun así, hay quienes siguen creyendo que vale la pena luchar por un futuro distinto. Carlos Manzo fue uno de ellos.

El primero de noviembre, Carlos se unió a la lista de todos esos políticos, activistas, periodistas, agricultores y ciudadanos que han sido asesinados por alzar la voz. No murió por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado: murió por intentar hacer lo correcto.

Él representaba una promesa no solamente para el municipio de Uruapan, sino también para millones de mexicanos. Aquella promesa en la que sí se podía gobernar con honestidad, enfrentando con mano dura al crimen organizado. Su asesinato no solo duele: indigna. Porque cada vez que matan a alguien como él, el país retrocede un paso más hacia la oscuridad. Esa oscuridad que tenemos tan normalizada.

México se ha convertido en un lugar donde el poder castiga la honestidad y premia la corrupción; donde quienes se atreven a desafiar al crimen o a denunciar la injusticia terminan silenciados. No deberíamos normalizar la crisis de violencia en la que vivimos ni el poder que tiene el crimen organizado en el país. Detrás de cada persona que perdió su vida por alzar la voz existe una historia de lucha, una familia que espera justicia y una comunidad que pierde a uno de los suyos.

Más del 90% de los crímenes se quedan sin resolver y, mientras tanto, los discursos oficiales siguen hablando de paz y progreso, como si las balas no siguieran escribiendo la historia. Algo nos tiene que quedar muy claro: si los políticos realmente quisieran solucionar la inseguridad de nuestro país, ya lo hubieran hecho. Pero como claramente no les interesa, seguimos así.

Muchas veces hasta resulta sospechosa la facilidad con la que asesinan o amenazan a estas personas. Pareciera que el gobierno y el crimen organizado no son dos frentes opuestos, sino parte del mismo sistema. Es difícil entender cómo pudieron asesinar a Carlos en un lugar público, teniendo supuestamente la protección de 14 elementos de la Guardia Nacional.

Pero no solamente los políticos tienen la culpa. También nosotros, como ciudadanos. ¿Qué esperamos si nos hacemos tontos cuando vemos que alguien está en malos pasos o cuando apoyamos la corrupción en nuestro día a día?

No creo ser la única persona que siente rabia y enojo por todas estas muertes. Yo, como joven, me preocupa el México que nos dejan las generaciones anteriores: un México lleno de impunidad y sin esperanza. Me da gusto, sin embargo, que la gente está abriendo los ojos, especialmente los jóvenes. Me da gusto que las calles se llenen de protestas exigiendo justicia por Carlos. ¿Ya vieron que sí son formas?

Sin embargo, tampoco olvidemos a todos los muertos que ha dejado esta guerra tan sucia. La Fiscalía de Michoacán, en lugar de abrir carpetas de investigación a los manifestantes que entraron al Palacio de Gobierno del estado, debería estar haciendo bien su trabajo ayudando a los ciudadanos.

Personalmente, todas esas personas que han dado su vida por defender a nuestra gente son quienes me enseñan que tal vez esta lucha todavía no está completamente perdida. Son quienes me dan esperanza en este periodo tan oscuro que vivimos. Los mexicanos somos chingones, no cobardes. ¿Cuántas muertes más necesitamos para que nos dé coraje?

A mí, como joven abogada, esas personas me enseñan cómo hay que tener la valentía de incomodar al poder: no bajar la cabeza y aspirar por un México mejor. Si los ciudadanos no buscamos el cambio, ¿entonces quién lo hará? ¿Cómo puedes decirte mexicano si no defiendes a tu gente y a tu patria?

Termino esta columna con una frase que nos dejó Carlos Manzo:
“Cuando callen mi voz, el pueblo hablará por mí.”

Tu recuerdo vivirá en el corazón y la memoria de millones de mexicanos.

Fuentes:
Una década y la impunidad en México se mantiene por arriba del 90% | El Cuarto Poder

La reciente liberación de Israel Vallarta, un hombre que pasó casi veinte años en prisión preventiva, ha encendido un intenso debate en la opinión pública mexicana. Para unos, su salida es motivo de celebración, una reparación tardía pero necesaria frente a un encierro prolongado que desafía los principios más básicos de justicia y los derechos humanos. Para otros, es un error monumental que deja sin respuesta a las presuntas víctimas y disminuye (todavía más) la confianza en las instituciones judiciales. Entre ambas posturas, también surgen voces que ven este acontecimiento como una “cortina de humo” para desviar la atención de otras crisis políticas y sociales que atraviesa el país. Lo cierto es que este caso no solo enfrenta narrativas opuestas, sino que también nos obliga a todos a mirar de frente las grietas profundas del sistema judicial en México.

Para entender mejor esta polarización que ha generado la liberación, es necesario recordar cómo empezó todo. En diciembre de 2005, la supuesta detención del implicado fue transmitida en televisión nacional, como parte de un operativo “en vivo” que, más tarde, se supo, había sido recreado para las cámaras. Este montaje, autorizado por autoridades de alto nivel, marcó el destino judicial del acusado: desde ese momento, su presunción de inocencia quedó enterrada bajo la narrativa mediática. Lo que siguió fueron años de procesos dilatados, denuncias de tortura y una prisión preventiva que, lejos de ser excepcional, se convirtió en una condena anticipada.

Hace unas semanas, la jueza que ordenó su liberación determinó que las pruebas en su contra no eran suficientes para acreditar su responsabilidad en los delitos imputados. Entre los elementos que pesaron en la resolución estuvieron las irregularidades procesales, las denuncias de malos tratos y el tiempo desproporcionado que llevaba privado de la libertad sin sentencia firme. Sin embargo, la Fiscalía General de la República ha anunciado que apelará la decisión, argumentando que se debe garantizar justicia a las presuntas víctimas y cuestionando la valoración judicial de las pruebas.

La liberación ha provocado reacciones encontradas. Desde el Ejecutivo federal se ha reconocido su derecho a buscar la reparación del daño y se ha señalado la responsabilidad de gobiernos anteriores en la fabricación del caso. Organizaciones de derechos humanos ven en esta resolución un precedente importante para revisar la figura de la prisión preventiva, mientras que familiares de las presuntas víctimas y sectores de la opinión pública consideran que el fallo es una derrota para la justicia. La división se alimenta, además, de un contexto político en el que cualquier decisión judicial de alto perfil es interpretada a través de la lupa electoral y partidista.

Más allá del caso concreto, la discusión pone en evidencia un problema mayor: el uso abusivo y prolongado de la prisión preventiva oficiosa en México. Según cifras oficiales, miles de personas se encuentran encarceladas sin sentencia, algunas durante periodos que superan la década. Este fenómeno, avalado en parte por reformas que ampliaron los supuestos de prisión preventiva oficiosa, ha convertido una medida cautelar en un mecanismo de castigo anticipado, con consecuencias devastadoras para quienes, al final, resultan absueltos.

La reciente liberación no pone fin a la historia; la fiscalía acaba de impugnar la sentencia absolutoria. Pero, más allá del desenlace, este caso nos obliga a reflexionar sobre el verdadero sentido de la justicia en un Estado de derecho. Cuando una persona pasa casi veinte años en prisión sin sentencia, la pregunta no es solo si es culpable o inocente, sino qué tan enfermo está un sistema que permite semejante atropello. La respuesta incómoda pero necesaria es que mientras la justicia llegue tarde o no llegue, todos, como sociedad, seguimos siendo rehenes de un modelo judicial que exige una reforma profunda.

Bibliografía

  • ¿Quién es Israel Vallarta y por qué pasó 20 años preso sin sentencia?

  • Ordenan liberar a Israel Vallarta tras casi 20 años en prisión sin sentencia – Infobae

  • FGR impugna la absolución de Israel Vallarta por el secuestro de seis personas – Proceso

  • Israel Vallarta: “No puedo volver a comenzar, pero tengo muchos planes” | EL PAÍS México

  • Caso Israel Vallarta, el “efecto corruptor” que se convirtió en un balazo en el pie para García Luna – Proceso

  • “Puede pedir reparación del daño”: Sheinbaum sobre liberación de Israel Vallarta tras casi 20 años sin sentencia – Infobae

  • CNSIPEE-F2024.pdf

La muerte me quiso llevar en sus brazos, pero no lo logró. No sé si fue piedad, destino o una segunda oportunidad. Solo sé que estuve tan cerca.

Recuerdo que después del accidente hubo un momento en el que yo ya no veía, escuchaba o sentía. Lo cual era raro, porque minutos antes solo escuchaba caos, mi cabeza se desangraba y había pánico a mi alrededor. De pronto, todo se volvió negro. Y luego apareció algo que parecía el cielo. Ese del que hablan en la iglesia o en las películas. Nunca había sentido esa tranquilidad, parecía algo fuera de este mundo, o tal vez sí lo fue.

Sentí que mi cuerpo seguía en la Tierra, pero mi alma estuvo a punto de irse de este espacio terrenal. Trece años después sigo sin saber qué pasó en esos momentos, probablemente nunca lo sepa.

Después de eso, recuerdo que salí de ese estado y le pregunté a una de las enfermeras si ya me había muerto. Si ya me había ido. A lo que ella me contestó: “No, aquí estás, sigues viva”, mientras me agarraba la mano como si me estuviera dando apoyo mientras los doctores y enfermeras estaban tratando de salvarme.

Yo le seguí diciendo que estaba muerta y, de ahí, ya no recuerdo nada hasta que desperté en mi cuarto del hospital. Ese día recuerdo que desperté y vi que había gente en mi cuarto. Los doctores se me acercaron y creo que mis papás, o alguno de mis papás, estaba presente.

Lo más que recuerdo en ese momento fue cuando los doctores me dijeron que me iban a revisar para ver qué tan grave había sido el accidente. Es decir, el golpe en mi cabeza. No sabían si iba a volver a caminar, hablar o regresar a mi vida; cosas que la gente da por hecho que siempre va a poder hacer.

Cuando los doctores me revisaron y vieron que el daño no fue tan grave como lo pudo haber sido, fue cuando sentí que mi cuerpo volvió a la vida. Justo en esos momentos fue cuando me dijeron una de las frases que más recuerdo: “Si esto le hubiera pasado a tu mamá o a tus hermanas, ellas no hubieran sobrevivido.”

Escuchar eso fue un gran golpe de realidad para una niña. Fui muy afortunada de seguir viva, pero lo más importante para mí era saber que, mínimo, me pasó a mí y no a ellas.

A mi alma le tomó un tiempo regresar, por lo menos en mi mente. Sentí que algo murió en aquella niña de once años. Perdí muchas memorias de mi niñez y tuve que volver a aprender a hacer muchas cosas de nuevo.

Estaba siendo constantemente medicada y muchas noches le preguntaba a Dios: ¿por qué sigo aquí? ¿Por qué esto me pasó a mí? Era muy pequeña para entender muchas cosas. Sin embargo, años después entendí que, si la vida decidió dejarme aquí un rato más, es porque todavía hay cosas que cumplir y vivir en este mundo.

Ese día pareciera que la vida me quiso dar una oportunidad. Mucha gente piensa que mi vida ha sido muy fácil porque soy una persona que lo ha tenido todo en la vida. Esto solo fue un capítulo negro en mi vida. Tuve que crecer muy rápido.

Pero no fue completamente negro. Mi familia, amigas y muchos conocidos que ni siquiera pensaba que les importaba, se preocuparon por mí. Aunque los niños en la primaria se reían de mí porque tenía una parte pequeña de mi pelo rapado en medio de mi cabeza, recuerdo que mi mamá siempre me hizo sentir bonita con las diademas que me compraba.

Recuerdo que en mi papá veía un brillo en sus ojos cada vez que me veía, y recuerdo que había mucha gente muy feliz de verme viva.

Por varios años sentí que mi vida se apagó. Crecer después de algo así fue difícil. Pero ahora que han pasado tantos años, recuerdo lo afortunada que soy de poder ver a mi familia, conocer a mis perros y vivir tantas experiencias.

Eventualmente, la vida regresó a mi alma y salió de ese lugar oscuro. O, por lo menos, trato de no regresar ahí tan seguido, ya que cosas así te marcan de por vida. Siento que el tiempo me ha enseñado que la vida vuelve a sonreír después de una época de tormenta.

Cosas así te enseñan a no tener todo planeado para mañana, ya que sabes que el tiempo no está garantizado. Igual, esto me enseñó a no ser tan dura conmigo misma.

Creo que donde se ha visto más afectado mi cerebro es en la escuela. Por lo mismo que tuve graves afectaciones en mi memoria, me cuesta mucho la memorización de demasiada información, aunque la entienda perfectamente.

Yo sé que no brillo por mi memorización, yo brillo por mi capacidad de entender y aplicar las cosas. Pero, al haber estudiado una carrera como Derecho, la realidad es que en México todavía muchos maestros piensan que es mejor alumno aquel que se memoriza todo el Código Civil que aquel alumno que sabe aplicar los conceptos en la realidad.

Cada vez que algún maestro en la carrera me dijo que lo decepcioné en el examen final donde priorizaban la memoria y no el entendimiento del contenido del curso, recuerdo que llegaba a llorar a mi casa, ya que me sentía la persona más tonta del mundo, además de compararme con los demás.

Pero, claramente, no me puedo comparar con personas que no pasaron por lo mismo.

No es sorpresa que no tenga un promedio de 10 cerrado o un promedio de “excelencia académica”, como me dijo alguien una vez. Sin embargo, cuando me pones a trabajar en la práctica real del Derecho, soy muy destacada en lo que hago.

No seré la persona más lista de este mundo, pero soy una persona disciplinada y trabajadora con muchas otras habilidades, y sé que eso me llevará más lejos.

Hasta ahorita entiendo que yo no estoy para vivir bajo las expectativas de los demás y que cosas así no deben de importarme. Soy un milagro. Y ya no necesito demostrarle a nadie que merezco estar viva.

A veces, estar vivos ya es motivo suficiente para honrar cada día con amor, paciencia y verdad.

“Voten por mí, haré justicia para todos”.
Si esta frase parece eslogan de campaña, es porque, por primera vez, lo es: en México ya hay aspirantes a jueces haciendo proselitismo. Parece ser que la impartición de justicia en nuestro país se encuentra en una nueva época, una época en la que la persona con más likes o visualizaciones en redes sociales va a ser la persona elegida por los votantes. Con esto en mente, es importante cuestionarnos: ¿qué se gana y qué se pierde al llevar las urnas al poder judicial?

En septiembre del año pasado se aprobó la reforma judicial, una reforma impulsada por los militantes de la Cuarta Transformación. A grandes rasgos, lo que pretende esta reforma es que los jueces y magistrados sean elegidos por el voto popular, es decir, que, así como tú votas por un político, puedas votar por los jueces, magistrados e incluso ministros de tu preferencia.

El 30 de marzo oficialmente se dieron por iniciadas las campañas de los candidatos al Poder Judicial en diversos estados de la república. Con esto, probablemente, si tienes TikTok o alguna red social, te han aparecido videos de candidatos anunciando sus propuestas para mejorar la impartición de justicia en el país. Por más que no esté de acuerdo, es inevitable verlos. La mercadotecnia no sería tan importante en las campañas políticas si no influyera en el voto de las personas, especialmente en las redes sociales.

Es una realidad que, para lograr una gran campaña política, es primordial contratar a alguna agencia o persona que se encargue de lograr una mayor difusión con los votantes. Un gran ejemplo de una excelente campaña política fue la del actual gobernador de Nuevo León, Samuel García, quien en un inicio no figuraba en el primer lugar de las encuestas y terminó ganando la elección. No sería descabellado pensar que alguno de las o los candidatos contrate a gente que le ayude con eso.

Pero, para pensar en esto, debe haber dinero para pagar los gastos de la campaña, lo cual nos lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo se va a financiar la campaña de una persona candidata a juez? La Constitución y el Instituto Nacional Electoral establecen que las campañas estarán financiadas con los recursos del propio patrimonio de él o la candidata; está prohibido el financiamiento público y privado de sus campañas.

Pero esto, más que aclarar dudas, plantea más interrogantes. Estando en un país como México, sería muy inocente pensar que no habrá otras fuentes de financiamiento. Además del dinero del propio candidato, ¿quién está financiando su campaña? y ¿con qué fines lo hace? Las personas que aportan dinero a campañas políticas no lo hacen nomás porque no saben en qué gastar su dinero; siempre lo hacen para apoyar a los candidatos de su preferencia, aquel candidato que beneficie sus intereses propios.

Con el gran compadrazgo que existe en el país, especialmente en el sector público, no me sorprendería que empresarios, funcionarios del mismo gobierno, el mismo crimen organizado o cualquier persona que tenga algún interés en que sus futuros litigios se resuelvan a su favor, aporte dinero a las campañas políticas de los jueces y magistrados. ¿Es esto vender la justicia al mejor postor? Esto es, posiblemente, la realidad de lo que sucederá en los próximos años. Por más que nos guste o no, la realidad es que ahí existiría un conflicto de interés.

Otra cosa relevante de la que hay que hablar son las propuestas de estos candidatos. Muchos de las y los candidatas tienen, a mi parecer, propuestas interesantes. Pero, ¿son realistas? Alguien puede proponer que se van a turnar “x” cantidad de asuntos por semana, pero las personas que han trabajado en el Poder Judicial saben que, en la mayoría de las veces, ese tipo de cosas no son posibles. Los abogados no somos máquinas.

Igualmente, he visto mucha discusión en las redes sociales sobre las frases que utilizan las personas candidatas al hacer campaña, ya que algunas personas dicen cosas chistosas como “más preparado que un chicharrón”; otros hacen campañas en aplicaciones de citas como Tinder, y otras personas hacen spots donde muestran cómo dialogan con la ciudadanía. Todo esto ha causado opiniones divididas. Algunas personas piensan que este tipo de estrategias son malas porque parece que estás jugando con la justicia, pero existen otras personas que consideran que está bien, ya que, al final, los jueces tienen que llamar la atención de los votantes.

Yo no creo que esté ni bien ni mal lo que están haciendo. Al final, esta es la primera vez que el Poder Judicial hace campaña, y si de por sí, para los políticos es difícil convencer a los votantes, imagínense para las personas candidatas al Poder Judicial. La realidad es que, si no empatizas con el votante, ellos no van a votar por ti. No todos somos abogados ni hablamos lenguaje jurídico; es claro que esa no será la forma en la que obtendrán el voto de la ciudadanía. Es necesario saber hacer una campaña.

Por más que no esté de acuerdo con esta reforma, me alegra y me llena de esperanza ver a miles de buenos candidatos que, ahorita, se encuentran haciendo campaña. La verdad es que no cualquiera lo hace. Al final, los abogados nos tendremos que adaptar a los cambios. El derecho siempre está evolucionando, y ya nos dimos cuenta de que no solamente el derecho en sí está evolucionando: la forma en la que también se imparte justicia también evoluciona.

Será muy interesante observar las campañas de todos y todas las candidatas. Con todo esto concluyo y les digo: la justicia necesita legitimidad, sí. Pero también necesita reflexión y autonomía. Lo que no necesita es un spot de 30 segundos.

Recientemente ha llamado mi atención la iniciativa propuesta por la presidenta Claudia Sheinbaum sobre la nueva reforma constitucional relacionada con la “soberanía nacional”. El objetivo de esta es adicionar unos párrafos al artículo 19 y al artículo 40.

No es sorpresa para nadie que nuestra presidenta haya presentado esta iniciativa, ya que su partido no está feliz con las recientes declaraciones y acciones de la administración de Donald Trump en torno al tratamiento de los cárteles de droga.

Tal y como se ha mencionado en distintos medios de comunicación, esta iniciativa surgió a raíz de que Estados Unidos nombró a varios cárteles mexicanos como “organizaciones terroristas internacionales”. Esto, por alguna razón, molestó a los miembros de la Cuarta Transformación, ya que consideran que esto es un acto “intervencionista” por parte del gobierno estadounidense.

En términos generales, el artículo 19 habla sobre las detenciones en materia penal. Ahora, ¿qué establece el artículo 40? Este artículo establece que “es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una república representativa, democrática, laica y federal”.

El grupo parlamentario de Morena en la Cámara de Diputados emitió el correspondiente posicionamiento de su partido y señaló que el objetivo que buscan con esta reforma es “fortalecer la soberanía nacional y la seguridad de México”. Además, buscan “reforzar el principio de no intervención y establecer consecuencias jurídicas severas ante cualquier acto que atente en contra de la independencia y la integridad del país”.

Todo esto se ha originado por las controversiales declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump y distintos de sus colegas, como lo es Elon Musk (dos de mis personas menos favoritas en la política internacional). A mí, como a millones de mexicanos, no nos agrada la idea de que Estados Unidos quiera poner un pie en nuestro país y destruirlo como lo ha hecho con otros países. (No somos como la senadora Lilly Téllez, que parece que le urge que Estados Unidos intervenga aquí).

Ahora, regresando al tema de la reforma constitucional: ¿es realmente necesario realizar esta reforma? Yo diría que es innecesaria, y Morena quiere hacerla por un motivo meramente político.

México desde hace muchos años es un país soberano. El problema es que la 4T está molesta con Estados Unidos porque los está acusando de tener nexos con los grupos criminales, además de que no les gusta que se metan con el tema de los cárteles. La triste realidad que muchos políticos se niegan a aceptar es que la crisis de violencia en nuestro país solo ha empeorado, y si realmente les preocupa la seguridad de los y las mexicanas, deberían combatir mejor al crimen o mejorar su estrategia de seguridad. Y eso también incluye dejar de echarle toda la culpa al expresidente panista Felipe Calderón, quien terminó su mandato hace más de diez años.

Vamos a voltear la situación ahora. Les molesta que Estados Unidos critique y hable sobre la situación de violencia de nuestro país, pero entonces, ¿Morena sí puede criticar y hablar de las medidas que Estados Unidos toma en contra de la migración ilegal en su territorio? ¿No está interviniendo? Me parece contradictorio. Esto me suena a “me gusta andar de metiche, pero me molesta cuando la gente se mete en mi vida”.

Lamentablemente, en los últimos meses, parece que cualquier “nueva idea” que le llega a la cabeza a los legisladores de la 4T es motivo para una nueva reforma constitucional. Como abogada, entiendo que nuestra Carta Magna no es perfecta, siempre existen áreas que mejorar, pero el hecho de estar reformándola constantemente le quita una de sus características fundamentales: su rigidez.

El proceso de reforma constitucional en México no es fácil y es bastante complejo, pero es muy fácil para Morena en estos momentos porque su partido cuenta con la mayoría calificada en ambas cámaras (pero claro, no me olvido de la ayuda que ha recibido de los traidores de la oposición). Además, Morena gobierna la mayoría de los estados de la república, así que literalmente puede hacer lo que se le dé la gana.

Ahora, con esto probablemente mucha gente piense: “Sofía, el PRIAN también reformó muchas veces la Constitución”, a lo que yo contesto que es correcto, efectivamente el PRIAN reformó múltiples veces la Constitución, pero tampoco hay que hacerse de la vista gorda. Por lo menos el PRIAN respetaba, aunque sea un poco más, la democracia y nuestras instituciones, que tantos años nos tomó a los mexicanos tener después de vivir bajo el régimen del PRI del siglo pasado.

Morena y los traidores de la oposición han estado acabando con nuestra democracia (aunque no lo quieran aceptar). Grandes ejemplos de esto son la reforma del Poder Judicial o la eliminación de los órganos constitucionales autónomos. Las reformas constitucionales deberían ir alineadas con los principios que establece y protege nuestra Carta Magna, y es alarmante que algunas de las reformas realizadas en los últimos meses vayan en contra de los derechos humanos.

La acción de reformar la Constitución no debe ser solamente por meros motivos políticos o para hacer creer a la ciudadanía que, agregándole cosas, se está protegiendo más a los ciudadanos. Si desean cambiar la situación de las y los ciudadanos, mejor realicen otro tipo de acciones que realmente beneficien directamente a la ciudadanía, y esto no es solamente dar dinero a la gente a través de las becas. ¿Qué pasó con la reforma de las 40 horas?

La Constitución es la ley suprema de la unión, no es cualquier documento que puedes reformar con cada “nueva idea” que se te pase por la mente. Muchas de esas ideas ya están presentes en la misma. Es un gran error que muchos de nuestros políticos consideren que, para reafirmar su poder y su proyecto político, es necesario que reformen siempre la Constitución. Lo más irónico de esto es que muchas veces los mismos militantes de la 4T son los que se niegan a seguirla o la interpretan de una forma incorrecta para que les convenga. Si lo único que nos han demostrado varios militantes de la 4T es que no les interesa seguir la ley, ¿cuál es el afán de estar poniendo cosas innecesarias en la Constitución? ¿Hacerle pensar a los ciudadanos que realmente están haciendo algo por ellos?

Bibliografía: