DANIELA URIBE

  • Daniela Uribe nació el 29 de octubre de 1999 en Medellín, Colombia. Desde pequeña, su vida ha sido marcada por una rica experiencia multicultural, habiendo vivido en Caracas, Venezuela, y Bogotá, Colombia, antes de regresar a su ciudad natal. Fanática de la música, el cine y la literatura, Daniela ha destacado desde joven en el ámbito artístico y cultural, ganando el Premio al Lector de la Alcaldía de Medellín en 2016.

  • Su amor por las letras la llevó a estudiar Comunicación Social – Periodismo, carrera de la cual vio varios semestres hasta que, sintiéndose agobiada por la crudeza de la realidad, decidió cambiar su rumbo a Estudios Literarios, donde encontró su verdadera pasión. Su primer escrito oficial, “Zambullirme”, fue publicado en la Gaceta El Galeón, y desde entonces ha seguido publicando en diferentes medios, incluyendo una antología de mujeres escritoras, y en 2023, lanzó su primer libro bajo la editorial Axioma Editores.

  • Daniela también ha explorado otras áreas artísticas, tomando varias veces en su vida clases de técnica vocal particulares y, años después, cursando cuatro semestres de teatro musical en la organización Teatro Musical de Colombia. Además, es una emprendedora con dos negocios activos: Pan de Hogar, enfocado en pan artesanal sin conservantes, y Atalaje, una línea de bisutería y elementos decorativos hechos a mano con porcelanicrón.
  • En 2021, enfrentó un desafío personal muy fuerte al ser internada en un hospital mental debido a su lucha con la ansiedad y la depresión severa, un proceso del que sigue aprendiendo y fortaleciendo su resiliencia. Fiel a su espiritualidad, es una mujer católica devota, consagrada a la Virgen María, compromiso que hizo a través de los Heraldos del Evangelio.
  • Actualmente, está concentrada en finalizar sus estudios, con la mirada puesta en obtener una beca en el extranjero, y trabaja en su primera novela, “Las Egresadas”, mientras continúa buscando maneras de expandir sus horizontes tanto en la literatura como en sus emprendimientos.

2026

Se habla mucho del deber ser del amor, de cómo se ve normalmente, de lo que puede o no significar un amor verdadero. Sobre todo, es muy común escuchar que el amor no es egoísta si es verdadero y, al menos en el aspecto al que se refiere esto, es muy cierto, pues un amor que no comparte todo de sí en su forma más honesta difícilmente podríamos llamarlo amor.

Desafortunadamente, como seres humanos una de nuestras mayores características es la imperfección. Vivimos sin saber a dónde vamos, nos tropezamos y equivocamos en el camino, nos confundimos, priorizamos lo poca cosa e ignoramos lo indispensable en la vida. Somos imperfectos y, como tales, no podemos amar de una forma cien por ciento perfecta.

Tomo como ejemplo la muerte de un ser querido. Cuando alguien que amamos deja este mundo, al menos yo como creyente en Dios, pero cada quien tiene derecho a su proceso, se tiene la fe de que llega a un lugar y un estado infinitamente mejor que en el que se encontraba: la alegría y la paz completas como no se pueden alcanzar en este mundo. Aun así, y a pesar de que lo lógico sería celebrar el ahora bienestar del otro, nos duele su ausencia, en muchos casos de una forma que sobrecoge todo nuestro entorno y nuestros quehaceres diarios. La conciencia de que no veremos nuevamente en persona al ser amado, la falta de sus abrazos, de su voz, de tantas cosas que considerábamos parte de aquella persona nos trae lágrimas a los ojos y el dolor puede ser tanto que se torna físico y es incapacitante.

Cualquiera aquí podría decir que es egoísmo, que es pintar la imagen de una persona con completa libertad que se va a un lugar mejor, algo similar a un gran logro, con la necesidad de poseer lo que encontramos entrañable de la otra persona. Podríamos decir que es un apego egoísta el sentir dolor ante una situación como esta, pero sabemos bien que es lo más natural del mundo. El ser humano tiende a querer poseer lo que ama para, con suerte, no perderlo nunca, tinturando un poco de egoísmo ese amor y volviéndolo imperfecto, o sea, más humano.

Así es como el amor humano está lleno de defectos, así como nosotros mismos. Ni siquiera lo que pintamos como “el amor ideal” puede escapar de pequeños egoísmos, del sentimiento de querer poseer al otro de alguna manera, el solo querer que me mire a mí, que solo esté conmigo… Y esta, a la vez, es la forma más pura de amor que podemos sentir como seres egoístas y llenos de defectos por naturaleza.

El hecho de que nuestra forma de amar como humanos sea un poco egoísta no la hace ni mucho menos inválida. Es como una carta hecha a mano de un niño a su madre, que sabe que no es la perfecta obra de arte con los guiones perfectamente dibujados, las mejores palabras ni obras de arte dignas de preservar en un museo, pero llena de sinceridad en contenido y más significativa que cualquier libro minuciosamente editado y escrito. La carta puede no ser perfecta, pero es perfecta para quien la recibe, porque es hecha con esfuerzo por las manos amadas. Es por eso que, entre nuestra forma de amar, está bien ser un tanto egoístas, porque no somos perfectos, pero si el contenido es sincero, es lo más valioso del mundo.

 
 

Cuando era muy pequeña, tomé la decisión de que no quería crecer. Quería siempre ser pequeña, jugar con mis juguetes y reírme o alegrarme de las cosas más simples de la vida.

Cuando la realidad se infiltró por entre los rincones y los años fueron pasando, comencé a lamentarme cada vez más de la idea de ser adulto. Recordaba siempre la frase de El Principito: “qué extraños son los adultos” y trataba de apegarme de todas formas a la idea de no perder nunca mi infancia, por mucho que mi cuerpo creciera. A pesar de eso, con la adolescencia vienen frustraciones y cambios que hacen que el suelo tiemble un poco, y por mucho que intenté aferrarme a ellas, muchas de mis perspectivas sobre el mundo de niña se fueron cayendo.

La memoria de lo que es ser niño me fue dejando lentamente por un tiempo, al igual que lo hace con todas las personas cuando crecemos… o eso pensaba, hasta que llegué a la universidad y comencé a notar ciertas actitudes en compañeros que me recordaban lo que fue esa época de la vida. La emoción ante cosas pequeñas, el gusto por ir a ver juguetes en el centro comercial y antojarse de la Barbie que se parece a tal persona, conectar entre ellos gracias a canciones infantiles o que solo salen de alguna serie para niños, las camisetas estampadas de sus superhéroes favoritos… Mientras fui creciendo, más me di cuenta de que, de muchas formas, incluso las personas que parecen más adultas siempre tienen algo de niños en sí mismas.

Veo a mi mamá emocionarse por la decoración como una niña se emociona por decorar su casita de muñecas, a mi papá reírse con chistes tan sencillos que parecen hechos por un niño de diez años, a personas adultas que conozco saltar por un regalo que les dieron como un niño en Navidad, a mi abuelo emocionarse por lo linda que es la pólvora como un niño entrando a Disney.

Me doy cuenta de que los adultos somos apenas niños con poder, demasiadas responsabilidades, algo de dinero y mucho cansancio debido a las presiones y nuestros hábitos de vida. Veo que la alegría de la infancia no es una nube que se disipa en un segundo; es ese dibujo con marcador indeleble que una pequeña mano dibujó debajo de esa cama que llevamos con nosotros toda la vida. Los adultos solo jugamos a ser grandes, sin saber bien las instrucciones, pero queriendo pretender que sí las sabemos, jugando al supermercado, a la familia, al doctor, a hacer películas, al banco y, en general, a las atrapadas con esos sueños que dejamos en una cajita al lado de la almohada.

En cualquier momento nos llega la noche y nos vamos a dar cuenta de lo rápido que se va el día. Nos vamos a quejar y hacer pataleta, pero ya será hora de acostarse y, antes de que nos demos cuenta, nos quedaremos dormidos, pero ese oso de peluche que es la infancia tendrá la potestad de decir que nos acompañó en cada paso del camino, así no lo viéramos todo el tiempo.

Falta ya poco para que salga la nueva adaptación de un clásico de la literatura: Cumbres Borrascosas, de Emily Brönte y, aunque soy partidaria de que la literatura y el cine son artes muy distintas y es completamente entendible que haya varios cambios en las adaptaciones a la pantalla grande de las historias escritas en años pasados, considero algo inquietante y frustrante ver cómo Hollywood ha decidido tomar dichas aventuras y extirpar toda su esencia y contenido para dejar, cuando mucho, una o dos frases, tal vez la época en la que se desarrollan y el nombre de la obra como estrategia de mercadeo.

Apenas este año comencé a leer nuevamente el libro que había abandonado hace tiempo y esta es la hora en la que no sé qué ocurre en la última página, pero he leído lo suficiente y he visto suficiente en el tráiler de su adaptación como para darme cuenta de todos los aspectos impactantes y que son gran parte de la importancia del libro que la película decidió dejar por fuera, comenzando por la simple imagen de los personajes. En el libro de Brönte, una autora que generó junto con sus hermanas revuelo en su tiempo, vemos una especie de crítica a un sistema clasista e inundado de discriminación y odio, pero tan solo con ver un poco sobre la película podemos ver que esta historia se ve romantizada y enfocada solamente en el amorío entre Catalina y Heathcliff.

Un ejemplo de esto lo vemos en el casting de los personajes principales. Ahora, no podemos decir que ninguno de ellos sea despreciable ni que hagan en sí un mal trabajo, pues son actores que por buenas razones son reconocidos en su medio; sin embargo, sus características físicas no van acorde con los personajes que están representando, aspecto que podría perfectamente pasar por alto de no ser tan importante para la obra de Brönte. Empezando por el personaje de Heathcliff, que se describe en el libro como un hombre de tez morena, sin llegar a ser de raza negra por completo, pero con rasgos indiscutiblemente oscuros, apariencia que le hace ganarse el odio de varios integrantes de la familia Earnshaw, lo cual genera en parte todo ese rencor y esa maldad que con el tiempo muestra cada vez más. En la película nos presentan a un gran actor, Jacob Elordi, un actor de piel blanca y un aspecto que no tendría por qué ser despreciable en el tiempo en el que se desarrolla Cumbres Borrascosas, quitándole el sentido al personaje de llenarse de rencor y planear su larga venganza.

El caso de Catalina es un tanto diferente, a pesar de también haber generado tanta polémica. La belleza de Margot Robbie es por completo indiscutible, una mujer que encaja en todos y cada uno de los estándares de belleza de la actualidad, que podría describirse incluso sobrenatural y por mucho inalcanzable. Catalina Earnshaw comparte con ella el color de sus ojos, su piel y su cabello, pero no hubiera sobrevivido la mitad de lo que lo hizo si hubiera sido objeto de la belleza de esta actriz, ya que seguramente se la habría tachado de bruja, demonio o algún ser sobrenatural en la época, por lo que probablemente hubiera sido asesinada de muy joven. Lo único que tal vez la hubiera podido salvar habría sido su delgadez, que, aunque muy envidiable hoy en día, definitivamente no encajaba con los estándares del tiempo en el que se desarrolla la historia.

Pero estos aspectos podrían un poco pasarse por alto de no ser por la información mostrada en el tráiler. El libro de Brönte busca mostrar una relación obsesiva y tóxica, algo dañino que hiere a todos los involucrados y a las personas a su alrededor, basada en dramas y en el intento de, de alguna forma, herir al otro para ver hasta dónde llega su amor por mí y cuánto estaría dispuesto a tolerar. Viendo el tráiler de la película, solo podemos pensar en una historia de amor puro y real prohibido por circunstancias diferentes en la vida, una pareja que se ama separada por algún factor externo que parece no tener nada que ver con las dos víctimas. En el libro vemos a Catalina y Heathcliff desearse a muerte, pero desearse la muerte y el dolor el uno al otro también de forma constante, y esto parece ser que no hace parte alguna de la historia relatada en la película.

Si esta fuera la primera obra cinematográfica en tomar el nombre de un clásico de la literatura y hacer lo que se le da la gana con ella con tal de agradar a un público que no conoce bien la obra original, podría tal vez sufrir en silencio, pero esta es ya una tendencia que se ha repetido en tantas obras que simplemente no podría decir que amo la literatura si no digo algo. No digo que el cine y la literatura sean iguales y que deba pasarse al pie de la letra libros completos a la pantalla grande, pues es lógico entender que son dos formas diferentes de arte, pero en dicho caso, deberían crearse obras nuevas, historias originales hechas y pensadas para ser cine, en vez de retomar un par de aspectos de otra obra y usar su nombre y su título para generar reconocimiento en el público y mostrar algo totalmente distinto a lo prometido. Esto podría incluso considerarse una forma de falsa publicidad.

Si pudiera pedir un deseo en lo que respecta a este tema, querría que se le dé la oportunidad de hacer cine a nuevos creadores, personas creativas y con gran talento que hoy se ven silenciadas por el robo del título de un clásico literario y la distorsión absoluta de la obra que representa. Si queremos hacer historias diferentes a los clásicos, podemos hacerlo sin usurpar sus títulos y los nombres de sus personajes. Si queremos hacer películas de los libros que hacen parte de los cánones literarios, hagámoslo, pero manteniendo la esencia y el centro de la historia, sin robar un par de frases y nombres de él para usarlas en contextos que no tienen nada que ver con su verdadero origen. Pero, en fin, por ahora solo queda no ver Cumbres Borrascosas.

2025

Estaba hace unos días viendo publicaciones en internet cuando me topé con una que preguntaba a la gente por un diagnóstico según unos síntomas específicos. Lo que señalaba eran temas muy graves y severos, por lo que, por curiosidad, me puse a ver los comentarios. Fue doloroso encontrar que la mayoría eran del tipo: “no puedo decirte qué es si no me dices la fecha de tu último periodo”, “si es mujer, eso es obesidad y debe cambiar la dieta” o “si es hombre hay que operar de emergencia, si es mujer es exageración y que tome Dolex”.

Lo más perturbador de encontrar ese hecho es que me vinieron a la cabeza la gran mayoría de citas médicas que he tenido a lo largo de mi vida, sobre todo en una ciudad que, desafortunadamente, ha sido conocida en varias ocasiones por el rechazo y asco hacia las personas con sobrepeso. Es indignante darme cuenta de que no ha sido solamente mi experiencia: vas con síntomas reales, incluso probados con exámenes médicos, para ser recibida por un profesional de la salud que solo dice “es estrés, simplemente baja de peso”, y luego descubres que esos síntomas correspondían a problemas médicos tan reales como la experiencia misma de padecerlos.

No es accidental que hasta la fecha en la que nos encontramos sea más común la muerte por fallas cardíacas en mujeres que en hombres. Muchas mujeres han llegado con síntomas de infarto a una sala de urgencias solo para ser enviadas de regreso a casa con un analgésico simple y una remisión a deportología o nutrición.

Hace algunos años, una mujer reconocida en todo el mundo estuvo a punto de sufrir las consecuencias de esa desestimación médica. Serena Williams, la célebre tenista, comenzó a sentirse ahogada después del parto de su hija, lo cual la hizo sospechar que tenía un coágulo de sangre en los pulmones, pues su historial clínico la convertía en paciente de riesgo. La enfermera que la atendía no quiso hacerle caso durante largo tiempo, pero ante la insistencia incansable de Williams, accedió a ordenarle un examen solo “para que dejara de molestar”. La tomografía confirmó lo que ella había advertido: un coágulo estaba bloqueando su respiración. Su vida estuvo en juego por la negligencia de quienes debían protegerla.

La realidad se vuelve incluso más complicada cuando la paciente tiene además sobrepeso, por leve que sea, pues se combinan entonces el ya relatado “sesgo de género en la atención médica” y la “gordofobia médica”. En este último fenómeno, todo síntoma o aflicción se presume consecuencia del exceso de peso, por mínimo que sea. Las mujeres víctimas de esta práctica suelen sentirse juzgadas y pueden desarrollar lo que se conoce como “ansiedad de bata blanca”: un miedo o incomodidad al buscar ayuda médica profesional, lo cual retrasa el diagnóstico y el tratamiento de dolencias que pueden agravarse con el tiempo.

Esta combinación ocurre con frecuencia en mujeres que padecen enfermedades que, de por sí, generan sobrepeso, como el Síndrome de Ovario Poliquístico (SOP). Este es uno de los ejemplos más claros y tangibles de los prejuicios en cuestión. El SOP se caracteriza por la irregularidad en los periodos, el crecimiento excesivo de vello en diferentes partes del cuerpo, la resistencia a la insulina, el acné, el aumento de peso y la dificultad para deshacerse de él. Es una enfermedad compleja, endocrinológica, que afecta múltiples áreas del cuerpo, puede entorpecer varios aspectos de la vida de una mujer e incluso, si no se trata correctamente y en casos extremos, llegar a generar fallas cardíacas desde los 30 años. A pesar de todo esto, no es raro que el tratamiento médico indicado se reduzca a “solo perder peso”. Una recomendación que no solo se ve obstaculizada por la propia enfermedad, sino que además desestima el desequilibrio hormonal que la origina, minimizando la complejidad de la condición y el sufrimiento de quien la padece.

Lo más preocupante de todo no es solo la negligencia médica a la que muchas mujeres se enfrentan, sino el silencio de quienes terminan sintiéndose culpables de su propio dolor. Crecemos como mujeres escuchando que el sufrimiento es “normal”, acostumbradas a vivir con los problemas, que el malestar es exageración y que, si además hay sobrepeso, todo lo que sentimos se resume en “tienes que bajar de peso”. Ese mensaje hiere de forma profunda en la mayoría de casos y convierte la búsqueda de ayuda en una lucha que muchas prefieren evitar antes que arriesgarse a ser juzgadas de nuevo.

Pero detrás de cada cuerpo hay una historia, detrás de cada síntoma hay un sufrimiento real y una voz que merece ser escuchada. La medicina, en su esencia, debería estar al servicio de la vida y no de los prejuicios. Escuchar a las pacientes con respeto, validar sus preocupaciones y reconocer la complejidad de lo que atraviesan no es un favor, es una obligación ética.

Por eso, más que señalar únicamente a los profesionales de la salud, este es un llamado a pacientes, médicos, familias, instituciones. Necesitamos transformar la manera en que entendemos la enfermedad y el cuerpo, dejando atrás los estigmas que tantas vidas han puesto en riesgo. La empatía no cura sola, pero abre la puerta al verdadero cuidado y, quizás, si empezamos a escuchar con atención y a creer en quienes tienen el valor de hablar desde su dolor, podremos construir un sistema de salud más humano, justo y realmente efectivo.

Es una realidad universalmente conocida que nuestros seres queridos van a morir en algún momento. “Todos nos morimos”, nos dicen y nos repiten varias veces desde nuestra infancia con la intención de que nos hagamos a la idea de que, así como a nosotros nos espera ese día especial en el que dejaremos este mundo, también le espera uno a cada ser humano que existe, que ha existido y que vendrá a la vida en algún momento.

De alguna forma, ya deberíamos estar hechos a la idea de que algún día las visitas e historias contadas se van a acabar… Pero cuando llega el momento y pierdes a un ser querido, es como si nadie nunca te hubiera preparado para ello. El duelo toma el control de tu cuerpo y muchas veces no entiendes bien ni siquiera lo que está pasando, aunque racionalmente lo tengas del todo claro. La falta de esa persona te inunda y, a pesar de que dicen que “con el tiempo el dolor se va”, es una herida que nunca termina de cerrar realmente.

Es horrible cuando esto ocurre una vez, pero llega un punto en la vida en el que no es una sola muerte de un solo ser querido, sino una tras otra, con apenas pocos años, o a veces solo meses, entre una y otra pérdida. Este es el punto de la vida en el que de verdad puedes darte cuenta de lo que es perder a alguien, el momento en el que comienzas a cuestionar tus relaciones y a preocuparte un día tras otro: ¿quién será el siguiente?, ¿cuánto tiempo me quedará con esta persona?, ¿cuántos pocos años le quedarán de vida a esta otra…? Tu mente salta, de la nada, de una persona a otra: de una posible defunción por la edad, a la posibilidad de una enfermedad incurable, el terror de un posible accidente o alguna tragedia natural… cualquier cosa que te pueda quitar en cualquier momento a quienes amas.

Te empiezas, entonces, a dar cuenta de lo frágil e impredecible que es la vida, lo cerca que puede estar la parca de ti y de los tuyos; tal vez a años de distancia, tal vez ya rozando la tela de su camisa sin ser detectada para nada. Pienso que es ese el momento en el que te debes ver obligado a analizar tu vida y lo que haces con ella, a pensar en guardar más y mejores recuerdos, a disfrutar un poco más de la vida y de la presencia de ella en quienes quieres, para, por lo menos, no arrepentirte tanto cuando el momento de que alguno de los dos parta llegue.

Cuánto preferimos a veces ver el celular en vez de escuchar las visitas de nuestros abuelos contando, por milésima vez, la misma historia. O preferimos dejar de hablar con nuestros padres porque nos negaron algún permiso o favor. Cuántas veces priorizamos nuestro orgullo por sobre el hablar y solucionar las cosas con algún amigo, o preferimos dejar en visto a nuestra pareja porque no pudo cumplirnos alguna promesa pequeña… Todo sin entender que existe la posibilidad de que, más tarde, nuestro amigo vaya a cruzar una calle y —Dios no quiera— un carro lo atropelle, que puede que en dos minutos haya un temblor y el edificio donde vive nuestra pareja se derrumbe, que puede ser que mañana nuestros abuelos se despierten con una gripa que resulte fatal tres días después.

Qué triste la vida de quien tiene que arrepentirse por la forma en la que trató por última vez a alguien que quiso, por no haber escuchado una última historia o recibido un último abrazo. Es necesario que entendamos que estamos a el hecho de estar vivos de distancia de morir, que no hay forma de saber cómo ni cuándo, pero en algún momento vamos a perder a alguien. Hay que aprovechar la presencia de quienes amamos, regalarles más nuestra atención, conversar más con ellos, dar más abrazos, perdonar con más ligereza las cosas pequeñas, porque el duelo es lo suficientemente doloroso como para tener también que cargar con arrepentimiento.

El arte es y siempre ha sido la muestra de lo que somos como humanidad. Desde los hermosos versos de Safo hasta las obras de Shakespeare, la música de Beethoven y la expresión corporal de Michael Jackson, se encuentra en todo lo que buscamos y lo que hacemos; forma parte de nuestra esencia como criaturas no solo pensantes, sino también creadoras, con capacidad creativa y de imaginación como ningún otro animal la tiene. Es la forma en la que conectamos los unos con los otros y lo que nos relaciona, por diferentes que seamos, creando empatía por medio del amor que esta expresa infinitamente.

El mundo en el que nos encontramos hoy muchas veces ha mostrado el olvido de esto, dándole una y otra vez más importancia a la adquisición monetaria para crecer en sociedad, obligando a innumerables cantidades de artistas a dejar su humanidad de lado para volverse un robot más en pro de la producción en masa para el “desarrollo” de la sociedad. Podemos verlo claramente en la creación de inteligencias artificiales que pueden escribir cuentos y ensayos, montar coreografías, crear videos falsos, canciones con todo y banda sonora y, cosa que se ve con mucha presencia todos los días, generar imágenes en caricatura o diferentes formas de arte. La forma de vida que llevamos y a la que constantemente apuntamos convierte al ser humano en máquinas y le da a las máquinas el poder de la esencia del ser humano.

Dicho fenómeno viene en parte de siglos enteros en que las escuelas promueven la idea de que ser artista “no sirve para nada”, enseñándole a los más pequeños que se van a “morir de hambre” si quieren dedicarse a la creación del arte, idea que se quedó con ellos hasta su vejez y pasó por medio de ellos a sus hijos hasta el día de hoy. Es claro que hay algunas excepciones de artistas que han logrado llegar lejos al volverse ellos mismos una empresa y entregarse a la necesidad de la producción en masa que demanda la vida contemporánea, pero también es claro ver que no es algo común, lo cual lleva al resto de personas con estas fortalezas a obligarse a asesinar sus sueños para poder comer.

La falta de valor que le damos al arte nos está matando como sociedad, pero cada vez se ven menos posibilidades de llevarle la contraria a la corriente de la esclavitud empresarial, pues cada vez son más altos los precios de los productos básicos necesarios para vivir y peores aún los pagos en los empleos que estos generan, obligando al ciudadano promedio a conseguir a veces más de un trabajo a la vez para poder sostenerse y poder seguir viviendo, mantener su salud física básica para poder seguir trabajando, conseguir más dinero, comprar comida, tener un techo sobre sus cabezas, poder vestirse de forma decente para poder ir a seguir trabajando y continuar en este interminable círculo vicioso.

Tal vez si comiéramos arte podríamos darnos cuenta de lo que somos realmente como humanidad, le daríamos más importancia al hecho de vivir realmente en vez de solo subsistir, podríamos volver a conectar con nosotros mismos y entre nosotros y, así, poder crear una sociedad más empática, feliz y humana, devolviéndonos así nuestra esencia.

A lo largo de la historia, las humanidades se nos han presentado como un espacio de exploración de la cultura, el conocimiento y la identidad humana. No obstante, su definición y alcance se han ido transformando con el paso del tiempo, adaptándose casda vez más a los cambios de la sociedad y las tecnológicas. En palabras de Paul Spence en su artículo Las humanidades digitales en 2021, “después de años de intentar definir el campo de las humanidades digitales, todavía no se puede observar un consenso claro sobre su identidad” (Spence, 2021). Esto ha generado una confusión en lo que podemos entender como humanidades en el siglo XXI. La globalización, la digitalización del conocimiento y los problemas de los modelos educativos tradicionales han llevado a un replanteamiento de su rol en la sociedad actual. Más que solo preservar el legado cultural, las humanidades tienen el reto de crear nuevas formas que representen el conocimiento, sin centrarse en la visión eurocentrista y dando paso a la diversidad. Como argumenta Rio Riande, “el problema está en comprender primero que hay muchas representaciones del conocimiento y de la cultura” (Riande, 2014). En este contexto, es imprescindible dar nueva luz a la relevancia de las humanidades en el mundo actual y su capacidad para seguir siendo un motor de innovación y pensamiento crítico.

El primer aspecto que debemos reflexionar es el de lo que consideramos como canon. Es bien sabido en esta época que este término ha sido usado para describir lo que se considera “la literatura más importante”, una especie de selección de qué se considera verdadera literatura. Lastimosamente, con las últimas oleadas de defensa y reconocimiento de los derechos humanos, hemos ido descubriendo que se han considerado para hacer parte del canon, en gran mayoría, textos escritos y centrados en Europa, excluyendo casi por completo cualquier escrito proveniente de otros continentes y dejando por fuera de este reflector otras culturas y formas de pensamiento. Como Riande expresa, “El problema está en comprender primero que hay muchas representaciones del conocimiento y de la cultura”. La globalización y los estudios humanistas han permitido el descubrimiento y la visibilización de diferentes culturas nos ha ayudado a expandir cada vez más la idea del canon, dando también voz a países por fuera de Europa y cubrir muchos más libros de literatura. De forma similar, el estudio de las humanidades ha dado paso a lo que hoy conocemos como la “literatura universal”, creando un espacio inmensamente amplio para que sean creadas, conocidas y estudiadas varias piezas literarias de diferentes lugares en todo el mundo, lo cual ha sido posible por el estudio de diferentes lenguas y la generación de traducciones de las obras a muchos otros más idiomas.

Así mismo, la digitalización de la información hoy en día ha hecho crecer también el acceso de diferentes personas a textos alrededor del mundo. Varias plataformas de búsqueda e información hoy nos permiten conocer textos que, tan solo hace unos años, probablemente ni siquiera hubiéramos podido conocer. Dicho por Spence, “Las humanidades digitales han permitido una serie de colaboraciones más profundas y sostenidas entre varias áreas de pericia y conocimiento”. (Spence, 2021) Dicho fenómeno no solo ha transformado la forma de acceso que tenemos a la información, sino que, además, ha creado nuevas oportunidades para que se den muchas más colaboraciones entre científicos, humanistas, tecnólogos, entre otros, permitiendo el contacto y la conexión entre estudios interdisciplinarios.

Todo lo anteriormente argumentado no sería posible sin la adaptación de la forma de enseñanza antigua a los movimientos del mundo actual, enfrentando los nuevos desafíos tecnológicos y sociales.  “El campo de las humanidades digitales no siempre ha estado cómodo con el concepto de digital literacy, pero esto es un reto donde tiene mucho para aportar” (Spence, 2021). Hoy en día, las formas de aprendizaje han ido cambiando a medida que se nos hacen más sencillas diferentes formas de aprendizaje, y la tecnología puede ser un gran aliado para todo esto. La creación de plataformas con acceso a infinita información en tantos diferentes idiomas y con facilidad de acceso a todo el mundo ha creado una nueva forma de recepción de la información y su procesamiento, por lo que cada vez se vuelve más urgente aún la digitalización de la información y el conocimiento de los nuevos desafíos tecnológicos y sociales.

Si algo es necesario en el estudio de las humanidades hoy en día, es la apertura a los cambios sociales y la evolución de la sociedad humana. Es apremiante un cambio de lupa de estos estudios para poder entender mejor lo que es y cómo funciona nuestra sociedad. Las humanidades, unidas al nuevo aspecto de lo digital, deben repercutir en las cuestiones transculturales y multilingües que se nos presentan hoy en día, sin limitarse a solo preservar el conocimiento ya adquirido, sino que también tienen la obligación de jugar un papel constante y activo en la construcción del mundo hoy en día, dando paso a nuevas voces y a la colaboración entre lugares en todo el mundo y el conocimiento que pueda generarse con estas, creando así un mundo más diverso y accesible para todos.

Si algo en común tenemos los seres humanos es la experiencia de las emociones. Para muchos es un tren corriente de una a otra, para otros se presentan a menudo de forma muy leve o fuerte y explosiva. Seas quien seas, lo más probable es que hayas tenido emociones o sentimientos antes, y seguirás haciéndolo por el resto de tu vida.

Ahora, es levemente menos común la expresión de lo que llamamos “amor”. Libros enteros, obras de arte, creaciones cinematográficas y hasta un chisme que escuchas en el bus sin que se den cuenta, todos hemos escuchado cosas sobre lo que es el amor. Se le relaciona muchas veces con “mariposas en el estómago”, con sonrisas involuntarias y rubor en nuestros rostros. ¿Será que podemos decir que este conjunto de reacciones físicas ante la presencia o el recuerdo de una persona componen lo que es el amor?

Las llamadas mariposas en el estómago las podemos explicar sencillamente. Gracias a varios estudios y análisis del cuerpo humano hemos aprendido que, dicho en palabras de Diana Patricia Guízar Sánchez, quien hace parte de la Unidad de Posgrado de la Subdivisión de Especializaciones Médicas de la Facultad de Medicina de la UNAM, estas surgen porque tenemos un sistema nervioso entérico, formado por neuronas en el estómago y el intestino. Se trata de una subdivisión del sistema nervioso autónomo que es el encargado de controlar al aparato digestivo. Así, cuando tenemos alguna emoción surgen reacciones en el estómago y es cuando aparecen “las mariposas” (Olguín, 2019). Esta también es la razón de que sintamos un “nudo” en el estómago cuando estamos nerviosos, e incluso las náuseas y problemas digestivos que acompañan a varios pacientes con depresión y ansiedad.

Así mismo podemos explicar el rubor. El rubor se produce cuando las glándulas suprarrenales se activan para liberar adrenalina, la cual dilata los vasos sanguíneos de la cara y el cuello. Según dijo Freud, el rubor en la cara es algo así como una erección desplazada, causada por un deseo sexual reprimido (Chevlen, 2021). Cualquiera que sepa realmente cómo se experimenta el amor real puede muy seguramente dar fe de que es bastante más que tan solo una atracción física, por lo que podemos descartar también esto.

La sonrisa involuntaria es también sencilla de explicar. Sabemos que aparece una sonrisa en el rostro de una persona porque algo le hace feliz, y es natural que pase cuando ves a alguien a quien le tienes un cierto nivel de afecto. Cuando estás cerca de alguien por quien sientes afecto, el cerebro libera dopamina, un neurotransmisor que tiene que ver con la sensación de felicidad y placer. Esta reacción no solo genera bienestar; además produce varias respuestas físicas y una de ellas es la sonrisa, que, en este caso, actúa como una respuesta espontánea a la liberación de esta hormona. Es una señal de que tu cerebro siente la presencia de esta persona en específico como algo placentero (Psychological Science, 2008).

Habiendo descartado los síntomas como explicación, también veo la necesidad de descartar un punto extra, con lo que empezamos este texto: Los sentimientos. Si hemos tenido el gusto de conversar con alguna persona que lleve mucho tiempo en una relación comprometida y saludable, es muy probable que escuchemos algo que a una gran cantidad de personas les puede ser una sorpresa, y es que el amor no es solamente un sentimiento. Claro, siempre podremos encontrar la sintomatología enlistada como algo que, en el principio, sucede a menudo, pero con el paso del tiempo, estas reacciones corporales van desapareciendo, por lo que debe haber algo más allá que las experiencias del enamoramiento inicial en un amor real y duradero.

Acá podemos volver a la pregunta que no ha sido resuelta: ¿Qué es, entonces, el amor? Aunque hay varias definiciones en el diccionario, pienso que es mejor hablarlas desde un lugar más humano que unos caracteres en un papel o la página de la Real Academia Española. Por mi parte, he tenido la suerte a lo largo de mi vida de estar rodeada de personas en relaciones amorosas que, incluso después de la muerte de alguno de los dos, sigue igual de estable que siempre, y he tenido la oportunidad de preguntar sobre el tema. Cada experiencia ha sido distinta, algunas historias más similares a cuentos de hadas que otras, pero si en algo coinciden es en que el amor va más allá de un simple conjunto de emociones y sentimientos, para volverse algo más fuerte aún: Una decisión consciente y constante de estar con el otro, sin importar qué pueda ocurrir ni cuánto tiempo pase.

Hace poco pude escuchar una historia de una pareja en la que el esposo de ya varios años escuchó a su esposa decirle a una amiga que ella nunca había sentido amor por él. Al correr del relato me quedó algo claro, lo cual fue mi inspiración para escribir estas palabras. La mujer dijo lo anterior explicándole a su amiga de alguna forma que nunca había sentido esa atracción desmedida que muestran hoy en día en las películas y que siempre ha aparecido en la literatura y en la música. “No he sentido nunca ese deseo de tirármele encima” es un parafraseo de lo que le explicó al hombre que contaba la historia.

Es una locura para mí pensar que esta es la percepción que tiene mucha gente sobre lo que es el amor, un imán constante pidiendo más de la persona hasta que, en un punto, los síntomas se van desvaneciendo, dejando como residuo la tan conocida frase de “se nos acabó el amor”.

Como una persona en una relación ya de varios años, y habiendo vivido rodeada de parejas que de verdad han durado “hasta que la muerte los separe”, puedo decir con certeza que el amor, definido por la atracción, las mariposas, la sonrisa o el rubor, no tiende a durar mucho tiempo.

El amor real es más que eso, al punto de que estas otras cosas llegan a ser casi irrelevantes. El amor es la decisión de estar con esta persona específica por encima de todo y a pesar de todo, dar más a veces que el típico mencionado “50%”, porque habrá siempre problemas, enredos, diferencias y cambios que en un momento pueden hacer que tu pareja no tenga la energía o la capacidad de dar su 50%, así como habrá otras en las que serás tú quien no pueda poner esa mitad. Así, es común que en las relaciones duraderas y saludables, a veces tengas que dar el 80% tú, pero habrá otras en las que no puedas dar ni el 20%.

Como conclusión, solo puedo dejar aquí mi palabra de que amar de verdad vale la pena. Incluso en los momentos de más rabia o estrés, tristeza o simplemente alegría, el tener a una persona buena y que admires a tu lado puede ser muchas veces ese empujón extra que todos a veces necesitamos y que puede hacer la vida un poquito más colorida.

Me permito en este pequeño escrito reflejar una historia muy cercana a mí desde la perspectiva bajo la cual he podido presenciar los hechos desde hace ya varios años, pues pienso que un buen ejemplo de lo que es la sociedad que nos gobierna a gran cantidad de países en el mundo y que ha estado destruyendo nuestras vidas durante toda la historia humana.

Una persona muy cercana a mí estuvo durante largo tiempo trabajando para una empresa regida por monstruos. Mucho tiempo fue esclava y objeto del maltrato emocional y mental de una organización que, irónicamente, dice promover valores importantes para cualquier grupo de persona, el trabajo en equipo y la defensa de derechos humanos básicos. Años enteros pasó esta persona bajo el mandato de jefes deshonestos y desleales, que solamente por asuntos legales se abstenían apenas de los golpes físicos, hasta que estos tratos le llevaron a un diagnóstico de depresión severa y la incapacidad de volver a trabajar.

Es doloroso ver que no es un caso único, sino que es un incidente que ocurre en tantas empresas, en tantos lugares del mundo. El protagonista de esta historia no fue el único que se encontró con esta suerte, sino que incluso a todos quienes trabajaban en esa área específica de la empresa fueron también diagnosticados con este mal, mas ellos fueron despedidos sin causa justa para “limpiar” el daño. Así pasa con miles de trabajadores en el mundo, pues en el siglo en el cual nos encontramos se necesitan cantidades absurdas de dinero para poder siquiera comer y tener un techo sobre nuestras cabezas, por lo cual una persona que sufre de explotación o maltrato prefiere, por lo general, quedarse callado y resistir con tal de poder llevar comida a su familia, pagar los servicios básicos y, con suerte, poder pagar las deudas adquiridas por necesidad.

Pienso yo que la sociedad por la cual estamos rodeados se ve esclavizada constantemente para poder vivir, pues cada vez el costo de vida es mayor, y en países como en el cual me encuentro cada vez ven más altos los precios de una vida decente y más pequeños los pagos por sus trabajos y esfuerzos.

Hoy, más que poder solo trabajar para vivir, se nos obliga a trabajar al punto de que perdemos nuestras vidas, nuestra salud se ve amenazada por turnos de hasta 12 horas seguidas, al punto de volverse real esa frase de “ya no trabajamos para vivir, sino que vivimos para trabajar”. Creamos tecnologías que logran reemplazar al ser humano en las cosas que nos dan un sentido y un motivo de vida, para dejar a la gente en empleos tan arduos y agotadores que nos volvemos simples máquinas. Estamos en el mundo en el que consideramos revolucionaria la creación de máquinas que parecen vivas, pero para eso los vivos nos volvemos máquinas. La exigencia de varios trabajos y los malos tratos a empleados alrededor del mundo generan niveles de estrés y ansiedad que incluso causan enfermedades físicas y, aunque hemos podido ver las consecuencias de estos extremos, seguimos impulsando y apoyando el movimiento de un mundo que cada día explota más a sus miembros.

La explotación laboral no es una consecuencia aislada ni un mal menor; es un sistema profundamente enraizado en las estructuras económicas y sociales que nos gobiernan. Este ciclo, en el que los seres humanos son vistos como recursos desechables y no como individuos con sueños, necesidades y límites, sigue cobrándose vidas, no solo físicamente, sino también emocional y mentalmente.

Es fundamental romper con esta cadena que perpetúa la explotación y daña nuestra esencia humana. Requiere valentía para denunciar, empatía para escuchar, y acción colectiva para exigir mejores condiciones laborales, así como leyes más estrictas que protejan a los trabajadores. Necesitamos recordar que el trabajo debe ser una herramienta para construir una vida digna, no una carga que destruye nuestra existencia.

El cambio comienza al reconocer nuestra responsabilidad como individuos, empresas y sociedad. No podemos seguir normalizando el maltrato y la pérdida de vidas humanas en nombre de la eficiencia o las ganancias. Cada esfuerzo por transformar estas realidades es un paso hacia un mundo más justo, donde trabajar sea una oportunidad para vivir y no una sentencia para sufrir.

Las palabras que me fueron reveladas a mis diez años retumban todavía en mi cabeza. Toda mi infancia peleando con amigas y compañeras defendiendo la idea de que mis regalos de Navidad llegaban por arte de magia al pie de mi cama en medio de la noche una vez me iba a dormir el 24 de diciembre, para que, un día, se me revelara que quienes compraban, decoraban y empacaban esos mismos regalos para finalmente ser puestos a mi lado sobre las cobijas de las colchonetas en las que dormíamos mis hermanas y yo en la casa de mi abuela eran, no ángeles brillantes y alados, sino mis papás.

Los años fueron pasando, y cada año, a pesar de ya saber cómo funcionaban las cosas, sin falta hubo siempre al menos un pequeño paquete con letra distinta a la de mis papás a mis pies al despertar el 25. Debo aquí hacer mención del gran esfuerzo que esto implicaba para mis papás, pues siendo ya cuatro hijos y sabiendo que no siempre estuvimos en las mejores condiciones económicaspara un grupo de seis personas viviendo bajo el mismo techo, hasta la fecha actual, a mis ya 25 años de edad, el regalo del Divino Niño.

Hoy en día entiendo todo de forma muy distinta. El paso del tiempo me ha llevado a descuidar mis raíces religiosas y volver casi de forma milagrosa a ellas, para hoy en día aferrarme a ellas con todo el amor con el que mis papás escogían, empacaban, escondían entre las maletas y posicionaban esos regalos a mis pies y los de todos mis hermanos. Hoy entiendo realmente a lo que se refiere la dulce historia que en Latinoamérica contamos a nuestros niños de que un bebé recién nacido da a todos un pequeño obsequio el día de su propio nacimiento: el simple hecho de que, al final de cuentas, esta historia es verdad.

El bebé del pesebre puede no ser quien deja con cuidado de forma mágica nuestros regalos a nuestros pies, pero es el agente esencial de la ecuación. La Navidad, momento de familia y unión, en pocas palabras la celebramos hoy en día como un recordatorio de que hay alguien que nos ama incondicionalmente, por encima de todo y con más intensidad y perfección de la que nuestros corazones humanos son capaces. Durante todo el año, por medio de las personas con las que nos topamos, por medio de un día de un clima especialmente favorable, incluso por la oportunidad de llegar cinco minutos antes de lo esperado a donde íbamos o la caricia de un viento agradable en medio del calor, lo que llamamos los creyentes “Dios” se hace presente como el hecho real de lo que es el amor. Ese amor es lo que mueve el mundo en el que existimos, lo que hace la convivencia entre personas una posibilidad. Es la fuerza que nos mantiene unidos en una casa a pesar de las discusiones, lo que hace posible una reconciliación después de una pelea, lo que mueve a unos proteger a otros y buscar lo mejor para sus allegados. Eso es lo que trae esta creencia del Niño Dios, la conexión entre familias, la unión de varios individuos de trasfondos diferentes que llegan a conocerse en algún momento y decidir quedarse juntos como amigos o parejas. Ahí está el niño que nace en Belén y es lo que impulsa hasta el día de hoy a mis papás a comprar, empacar, esconder y poner en el momento exacto el regalo a los pies de la cama o bajo un árbol decorado de un niño.

El niño Jesús se encuentra en eso. Yo creo firmemente en la existencia de este Dios, que hace posible los eventos que llevan a que papás como los míos que trabajan constantemente, muchas veces hasta el cansancio absoluto, para que logren comprar un juguete, un libro, algún aparato electrónico o una prenda de ropa para entregarlo la noche del 24 de diciembre sin reclamar ningún crédito al respecto, solo con la esperanza de ver la sonrisa de quienes lo reciben.

Sé que mi experiencia no es igual que la de todo el mundo, que la vida que yo recorro no es la misma de la gran mayoría de personas en el mundo, pero el hecho del amor, incluso si no es ni siquiera dado por los propios padres, llega en algún momento por medio de alguien o algo en algún momento de la vida. El abrazo cariñoso de un amigo, el movimiento de la cola de un perrito o la caricia en la pierna proporcionada por un gato, el beso tierno en la frente de una abuela, el Niño Dios, ese amor que con esta tradición se perpetúa, se hace presente en la vida de cada ser humano que haya vivido en este mundo por lo menos una sola vez en la travesía de cada persona que ha pisado este mundo.

Gracias a esto puedo estar segura de que sí, el Niño Jesús son los papás, pero detrás de ellos y de todo el proceso que compone la experiencia de la Navidad vuelve a hacerse presente el Niño Dios, ese amor que nos reúne pocos días antes del final del año celebrado en este lado del mundo para compartir con las personas que traen a nosotros todo ese amor que a veces logramos sentir.