- Licenciada de la Carrera en Ciencias de la Comunicación por la Universidad La Salle, impartí clases de fotografía para el programa de Enlaces.
- Actualmente me desempeño en la comunicación estratégica, análisis de la información y difusión para el sector público, especialmente para el ámbito de la salud.
- Me gusta el arte de escribir, deconstruir ideas, compartir experiencias, vivencias y ser creativa en el proceso, mi artista favorito es Pedro Friedeberg.
2025
Uno de los mayores retos que enfrentamos es el miedo al vacío, la sensación de estar solos cuando en algún momento nos sentimos profundamente acompañados. Nos acostumbramos a la calidez de la compañía sin darnos cuenta de cuánto dependemos de ella, hasta que un cambio repentino nos deja con un huequito en el pecho.
Está bien querer huir de la soledad, siempre y cuando respetemos nuestros límites y a nosotros mismos. Llamar a un amigo, buscar que nos escuchen, sentirnos apoyados, escuchados, acompañados… todo eso es válido. Pero la soledad no es del todo el enemigo. Puede ser una maestra si aprendemos a cuidarnos, a descubrirnos cada día y a convivir con ella hasta que se vuelva parte natural de nuestra vida.
De un tiempo para acá, el simple hecho de estar sola me daba tanto miedo. No podía salir sin llamarle a alguien, llenaba mis fines de semana de planes porque el silencio de mi casa me ahogaba, no soportaba mi presencia. Cuando me quedaba sola, mi mente se llenaba de falsos escenarios y la ansiedad me llevaba a autosabotearme de mil y un formas. Y la verdad es que sí hay días en que vuelve a aparecer esa sombra, porque también es parte de la vida.
Hace poco más de un año dejé de vivir con mis papás. La gente siempre me pregunta si extraño vivir con ellos, y la respuesta siempre es sí: extraño los desayunos que mi papá me preparaba con tanto cariño todos los días, apapachar a Hera, mi perrita, acompañar a mi mamá al mandado, ver a mis sobrinas llegar de la escuela, ver a mis hermanos, a mi familia llegar del trabajo y hablar con ellos, platicar cómo estuvo nuestro día. Al independizarme, mi rutina cambió por completo porque me alejé física y emocionalmente de esa red que siempre tuve.
Ayer, mi roomie (con la que mejor me llevaba en el departamento) me dijo que se regresaba a su país esa misma noche. Aunque no salíamos ni compartíamos tanto, su presencia me hacía sentir en casa. Me había acostumbrado a sus horarios, a sus ruidos, a saber que no estaba completamente sola. Ahora, el departamento se siente más grande, más vacío. Falta una pieza en mi cotidianidad.
Pero ese vacío también es una invitación a convertirme en mi mejor compañía, recordando que nada es permanente. Al final, yo soy la única que me acompaña de principio a fin: las personas van y vienen, pero el tiempo que paso conmigo misma es el más largo y verdadero de todos. Los individuos pasamos más tiempo a solas que con cualquier otra persona.
Un gran paso para estar solo sin sentirse mal empieza por establecer objetivos a corto, mediano y largo plazo:
- A corto plazo: planificar rutinas diarias como preparar la comida, hacer ejercicio, leer un capítulo de un libro, ver una película o serie solo, asignarse tareas.
- A mediano plazo: aprender una habilidad nueva, terminar un curso, unirse a un voluntariado, crear comunidad, conocer gente nueva.
- A largo plazo: construir una vida que no dependa de nadie para sentirse completa.
A veces, avanzar más rápido significa no contárselo a nadie. Guardar tus progresos, proteger tu paz, cuidar tu estabilidad emocional. La soledad deja de ser un castigo cuando la llenas de propósito, de autoconocimiento y de pequeñas acciones que te recuerdan que estar contigo mismo es la mejor compañía que necesitas para estar bien.
No es lo mismo estar solo que sentirse solo. Puedes estar rodeado de gente y sentir un vacío inmenso, o estar en silencio en tu departamento y sentirte en paz. La soledad no es la ausencia de personas, sino la desconexión con uno mismo. Y cuando te reconectas contigo, el silencio deja de ser ruido y se convierte en hogar. Y eso basta.
Hace unos días vi una publicación sobre los duelos invisibles, esos que casi no se hablan, pero que también pesan y duelen. Y es que, cuántas veces hemos pasado por cosas que nos pesan, pero que minimizamos y dejamos que pasen así como si nada. Yo pude identificarme, por lo menos, con cinco de ellos y auch, cómo me dolió recordar cada uno, porque en menos de un año me pasaron casi todos, y con todo el dolor en las manos llevo sanando cada uno de ellos. Cada dolor cuenta y cada dolor es importante, así sea poco significativo para las demás personas. Recuerda que tu proceso es tuyo y nadie debería interponerse en él.
Un lugar que tuviste que abandonar lleva consigo un peso que trasciende lo físico, ya que los espacios también son parte de nuestra vida, de nuestra historia y de nuestra vibra. No es solo un espacio, sino un refugio tejido con fragmentos que conectan partes muy íntimas de nosotros, un lienzo donde pintaste tus días con risas, lágrimas y sueños. Al apropiarte de un lugar lo llenas de ti, lo adaptas a tus gustos y necesidades, lo impregnas con tu esencia y cada rincón guarda ecos de tu historia. Dejarlo es como despedirte de una parte de tu alma, un duelo por los momentos que ya no volverán, por las versiones de ti que allí florecieron. Y aunque el tiempo avance, ese espacio sigue susurrando tu nombre en los huecos que dejaste.
Un diagnóstico que tuvimos que aceptar nos hace mucho más vulnerables al dolor, ya que tener que cargar mentalmente con un padecimiento para el que no estás preparado es desgastante, y sabes que las cosas que vivirás más adelante ya no serán iguales. No estás preparado para cargar con una verdad que altera tu cuerpo, tu mente, tus planes. Los cambios físicos duelen, sí, pero el agotamiento mental de aceptarlo, de reconfigurar tu vida en torno a esa nueva realidad, es un desafío que te desarma. Hablar de ello con quienes amas es abrir una puerta a tu vulnerabilidad, exponer un dolor que no siempre sabes nombrar. Cada conversación es un acto de valentía, pero también un recordatorio de que nada volverá a ser como antes. Este duelo no es solo por lo que pierdes, sino por la fortaleza que debes encontrar para seguir adelante.
Hay un duelo silencioso en despedir a quien solías ser. Creemos que nuestra chispa, nuestra energía, nuestros sueños, serán eternos, pero la vida, con su corriente impredecible, nos transforma. Partes de nosotros se desprenden en el camino: la ingenuidad de la juventud, la intensidad de un anhelo que ya no nos define, la persona que reía sin miedo o soñaba sin límites. A veces miramos atrás y sentimos nostalgia por esa versión nuestra. Pero este duelo también es una oportunidad: abrazar a quien fuimos, agradecerle por las lecciones, por los tropiezos y las victorias, nos permite reconciliarnos con el cambio. Porque, al final, cada versión de nosotros ha sido un capítulo esencial en la historia que seguimos escribiendo. Solo uno mismo sabe qué cosas ha vivido.
Perder una mascota es perder un pedazo de tu corazón que caminaba a tu lado. Son más que compañeros; son testigos silenciosos de tus días, guardianes de tus alegrías y consuelo en tus sombras. Algunas te acompañan por años, creciendo contigo, envejeciendo entre risas y caricias, su presencia tan constante que se vuelve parte de tu hogar. Otras llegan por un instante, pero su amor se arraiga tan profundamente que su ausencia deja un gran vacío. Este duelo es un testimonio de cuánto amor puede caber en un ser tan pequeño, y sanarlo es aprender a llevar ese amor en la memoria, como un latido que nunca se apaga.
Alejarse de alguien que sigue vivo también es un dolor que cuesta mucho tiempo sanar. Muchas veces nos aferramos a las personas que amamos, a su presencia, a los recuerdos compartidos, a lo que un día fue, mientras la vida, implacable, teje distancias que no puedes cerrar. Nos aferramos tanto a estas personas —amigos, familia, amores— porque han sido pilares, refugios y soportes. Se nos olvida que la vida nos ha enseñado que no todas las conexiones son eternas. ¿Cuántas personas que han sido importantes para nosotros se han ido y no han regresado? A veces no es que tengamos que alejarnos, sino aceptar que esas personas ya cumplieron su propósito en nuestras vidas y seguir adelante. Aceptar que alguien cumplió su propósito en tu camino, que su tiempo contigo fue un capítulo y no la novela completa, es un acto de valentía. Este duelo no es solo por la pérdida de la relación, sino por la lucha interna de soltar sin resentimiento, de agradecer por lo vivido y avanzar con el corazón abierto, aunque herido.
Un embarazo que nadie supo probablemente será una herida que se lleve cargada toda la vida y uno de los duelos más importantes y con los que cuesta mucho trabajo salir adelante. La pérdida de un embarazo que nadie conoció es un duelo que se lleva en silencio, pero que pesa como una montaña. Es un dolor íntimo, visceral, como si una parte de tu ser se desprendiera, dejando un hueco que no puedes explicar. Este duelo es un viaje solitario, pero también un recordatorio de tu fuerza: cada lágrima, cada noche en vela, es un testimonio de un amor que, aunque invisible para otros, seguirá siendo parte de ti. Sanar es permitirse sentir ese amor sin culpa, honrarlo en la quietud de tu corazón.
Cada duelo es importante. Cada duelo, por pequeño o silencioso que parezca, lleva consigo un peso que merece ser nombrado, reconocido y abrazado por uno mismo. Aunque sea invisible para los demás, resuena profundamente en nuestro interior.
Nadie puede medir el tamaño de una herida que no ve, por eso hay que ser amables con los demás, porque nunca sabes por las cosas que pueda estar viviendo.
Hay que buscar constantemente mecanismos para llevar nuestros duelos a un camino que nos ayude a encontrar consuelo y paz: permitirnos sentir, buscar redes de apoyo, escribir, llorar, pedir ayuda o simplemente escuchar a nuestro cuerpo, mente y corazón.
Porque, al final, los duelos invisibles no dejan de ser duelos. Y reconocerlos es el primer paso para sanar.
Durante mucho tiempo creí que el autocuidado era una especie de lujo. Algo superficial, reservado para quien tenía tiempo o dinero de sobra. No me nacía cuidar de mí misma, ni lo veía como algo verdaderamente necesario. Como le pasa a muchas personas, confundía el “cuidarse” con “verse bien”, como si solo se tratara de estética y apariencias.
Con los años, y especialmente después de atravesar etapas de mucho desgaste emocional, descubrí algo que cambió mi forma de ver las cosas: no cuidarme tenía consecuencias reales. Me afectaba en lo emocional, en lo mental y hasta en lo físico. No hablo solo de no hacer ejercicio o dormir mal, sino de dejar de lado esos hábitos sencillos que, sin darnos cuenta, sostienen el equilibrio de nuestra vida diaria.
Ahí entendí que el autocuidado no es un lujo. Es una forma de amor propio. Una forma muy concreta de decirnos “me importo”. Y es también una especie de escudo silencioso que nos da claridad, energía y fuerzas para enfrentar lo que venga… y para estar mejor con quienes nos rodean. No siempre lo logro, claro. Hay días en los que todo se tambalea, pero incluso en esos días, un pequeño gesto puede cambiar el flujo de ese momento. A veces basta con un poco de pausa para que el día duela menos.
Presta atención a cómo estás hoy. Detente y pregúntate: ¿qué necesito ahora? Date permiso para descansar, para decir que no, para pedir ayuda, para llorar sin culpa, para respirar profundo y seguir con la vida.
La Organización Mundial de la Salud define el autocuidado como:
“La capacidad de las personas, las familias y las comunidades para promover la salud, prevenir enfermedades, mantener la salud y hacer frente a enfermedades y discapacidades con o sin el apoyo de un profesional de la salud.”
Esto quiere decir que el autocuidado no es solo una responsabilidad personal. También tiene una dimensión social y colectiva. Una comunidad que se cuida es una comunidad más fuerte, más compasiva, más justa. Por eso, en contextos marcados por el estrés, la violencia o el agotamiento, cuidarse puede ser un acto de resistencia.
Cuidarse no es egoísmo
A veces arrastramos la idea de que cuidarnos es algo egoísta, como si ocuparse de uno mismo fuera sinónimo de desatender a los demás. Pero ¿cómo podrías cuidar de alguien si estás al borde del colapso tú mismo? No se puede dar lo que no se tiene. Si estás emocionalmente drenado o físicamente agotado, difícilmente podrás ser un apoyo real para otra persona.
Cuidarte es, en cierto modo, cuidar también de los demás. Es evitar llegar a un punto de quiebre, es darte lo que necesitas para poder estar disponible, sin vaciarte en el intento.
Las muchas caras del autocuidado
No hay una única manera de cuidarse, pero sí hay pilares que conviene tener en mente:
- Físico: Dormir bien, moverte con respeto, hidratarte, comer con conciencia, cuidar tu cuerpo como lo harías con alguien que quieres.
- Emocional: Reconocer lo que sientes, hablarlo, darte espacios seguros para procesar y buscar ayuda si hace falta.
- Mental: Poner límites al exceso de información, apagar el ruido digital, alimentar la curiosidad, cultivar momentos de calma.
- Social: Rodearte de vínculos que te nutran, establecer límites, cuidar tu entorno afectivo.
- Espiritual: Conectar con lo que te da sentido (sea la fe, la naturaleza, la meditación, tus valores) y agradecer.
No necesitas cumplir con todo cada día. A veces, solo salir a caminar un rato, escribir en un cuaderno o tomar un baño largo puede ser suficiente. Lo importante es que esos gestos vengan de un lugar de honestidad contigo.
Pregúntate con honestidad:
¿Qué necesito hoy?
¿Qué podría hacerme sentir un poco mejor?
Con amabilidad, sin exigencias, a tu ritmo.
Hoy, que se celebra el Día del Autocuidado, quizá sea un buen momento para empezar o reflexionar qué es lo que más necesitas en este capítulo de tu vida. Porque quererse empieza ahí: en ese gesto silencioso de cuidarse con intención, una y otra vez.
No hace falta que sean grandes actos. A veces, lo más transformador está en lo más simple: una cena rica, un “no” a tiempo, un rato sin hacer nada. Pequeñas decisiones diarias que, con el tiempo, nos recuerdan que también merecemos estar bien.
¿Cómo hablar de un enemigo silencioso?
El cáncer de riñón suele no dar señales hasta que ya es demasiado tarde. Cada año se diagnostican más de 431 mil nuevos casos de cáncer renal en el mundo. El cáncer de riñón es uno de esos padecimientos que crecen en silencio, sin síntomas evidentes durante mucho tiempo. Y justo por eso, se detecta tarde. Este 20 de junio se conmemora el Día Mundial del Cáncer de Riñón, una fecha para poner la mirada en un órgano vital que rara vez se menciona.
¿Qué es el cáncer de riñón?
Es un crecimiento anormal de células dentro de uno o ambos riñones. El tipo más común se llama carcinoma de células renales. En sus etapas iniciales suele no presentar síntomas. Por eso se le considera un “enemigo silencioso”. A veces se detecta de forma incidental, durante una tomografía por otro motivo.
¿Cómo saber si algo no va bien?
No hay una “lista mágica”, pero algunos signos de alerta incluyen:
● Sangre en la orina (aunque sea intermitente).
● Dolor en un costado de la espalda o el abdomen.
● Fatiga persistente.
● Pérdida de peso sin causa aparente.
● Fiebre ocasional sin infección.
● Una “bolita” o masa que se siente en la parte baja del abdomen o la espalda.
Lo importante es no normalizar el malestar. Si alguno de estos síntomas persiste, es mejor acudir con un médico general que pueda referir con un especialista en urología o nefrología.
¿Quién tiene más riesgo?
Hay ciertos factores que aumentan la probabilidad de desarrollar cáncer renal, como:
● Fumar.
● Hipertensión no controlada.
● Obesidad.
● Exposición prolongada a solventes o pesticidas.
● Antecedentes familiares de cáncer de riñón.
● Enfermedades renales crónicas o diálisis prolongada.
Pero también hay casos en personas jóvenes y aparentemente sanas. Por eso, la prevención y el chequeo oportuno son esenciales.
¿Se puede prevenir?
No siempre se puede evitar, pero sí se puede reducir el riesgo:
● Evitar el consumo excesivo de sal.
● Mantener un peso saludable.
● Dejar de fumar.
● Hacer ejercicio regularmente.
● Controlar la presión arterial y la glucosa.
● Mantener una hidratación adecuada.
¿Y qué alimentos ayudan a cuidar los riñones?
La alimentación juega un papel clave. Aunque no existe una “dieta anticáncer” infalible, algunos alimentos favorecen la salud renal, como:
● Frutas y verduras frescas, especialmente manzanas, col rizada, moras, pimientos y uvas rojas.
● Granos enteros, como arroz integral, avena o quinoa.
● Pescados ricos en omega-3, como el salmón.
● Legumbres, como lentejas y frijoles (en cantidades moderadas si hay daño renal diagnosticado).
● Agua natural como bebida principal.
Y sobre todo: limitar el consumo de ultraprocesados, embutidos, bebidas azucaradas y productos con exceso de sodio o fosfatos.
¿A dónde acudir?
Si tienes síntomas o factores de riesgo, puedes empezar con un médico general. Si es necesario, se solicitarán estudios como ultrasonido renal, tomografía o análisis de sangre y orina.
En México, instituciones como el INCan, el Hospital General de México Eduardo Liceaga y el Hospital General Manuel Gea González ofrecen atención especializada para síntomas relacionados con enfermedad renal o cáncer de riñón.
Cuidar nuestros riñones es más que un acto médico: es un compromiso con la vida. Cada día que pasa sin escuchar a nuestro cuerpo, ese “enemigo silencioso” puede ganar terreno. Pero cuando actuamos a tiempo, cuando nos atrevemos a mirar lo que no se ve, podemos cambiar el rumbo.
No dejes para mañana el chequeo que puede salvarte hoy. Por ti, por los que te aman, por las historias que aún tienes que contar.
Porque lo que no se ve, también duele. Y lo que se detecta a tiempo, puede salvarse.
En México, hablar de alimentación saludable suele convertirse en un discurso moralista o de élite. Se repiten frases como “somos lo que comemos” o “cuida lo que pones en tu plato”, sin detenernos a pensar que no todos pueden elegir lo que comen. Porque comer bien, aunque debería ser un derecho, sigue siendo visto y vivido como un privilegio. De hecho, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición Continua (ENSANUT) 2020-2023 reveló que la prevalencia de sobrepeso y obesidad combinadas en adultos mexicanos alcanzó el 75.2%.
No todas las personas tienen acceso a alimentos frescos y sin procesar. En muchas comunidades, la oferta en la tienda más cercana está dominada por productos empaquetados, altos en sodio, azúcar o grasas trans. Además, factores como el tiempo limitado para cocinar, el conocimiento sobre nutrición y la capacidad económica para elegir productos de calidad son determinantes sociales fundamentales. Quienes enfrentan empleos precarios, jornadas dobles, largos traslados o responsabilidades de cuidado rara vez pueden priorizar una alimentación balanceada. En contraste, quienes cuentan con acceso a supermercados, aplicaciones de entrega, refrigeradores y tiempo para planificar menús sí pueden “elegir” qué comer.
Por eso, hablar de la alimentación como una decisión individual resulta injusto si no se reconocen las condiciones estructurales que la condicionan. Esta realidad ha facilitado que la comida ultraprocesada inunde nuestras tienditas, escuelas, oficinas y rutinas diarias, pues es práctica, económica y adictiva, normalizándose incluso en los espacios donde más debería protegerse la salud, como la infancia.
Por eso, la prohibición de venta de comida chatarra en las escuelas, implementada en todo el país y que interfiere a más de 200 mil instituciones educativas, fue una medida tan simbólica como urgente. La Estrategia Nacional #ViveSaludableViveFeliz, lanzada por la Secretaría de Salud, representa un esfuerzo clave para transformar los entornos alimentarios desde las escuelas hacia las comunidades. Esta iniciativa, activa desde 2024, no solo refuerza la eliminación de productos ultraprocesados en los planteles educativos, sino que también promueve el consumo de alimentos frescos y regionales, orientando a las familias sobre opciones nutritivas según su región.
Según datos de la ENSANUT 2021, el 64% de las personas redujeron la compra de productos con sellos de advertencia, lo que muestra que, poco a poco, estas políticas están cambiando la forma en que comemos.
Cuando pensamos en “comer bien”, muchas veces imaginamos platillos lejanos, ingredientes importados o dietas complejas. Pero la verdad es que México siempre ha tenido en su cultura alimentaria una base profundamente nutritiva y accesible. Las combinaciones de maíz, frijol, calabaza, chile, nopales, quelites, frutas de temporada, semillas y agua simple han sido parte de nuestra mesa desde hace siglos. Son alimentos que no solo nutren, también cuentan historias, unen generaciones y están al alcance en mercados locales o tianguis.
Volver a estas raíces, más que una nostalgia, es una oportunidad real: reconocer que la buena alimentación también se construye desde lo cotidiano, lo colectivo y lo posible.
Informar con cercanía y respeto, compartir recetas prácticas, enseñar a leer etiquetas y promover mercados locales son acciones que construyen entornos más saludables. Al final, comer bien no es solo una cuestión individual, sino una tarea compartida que se logra con información, comunidad y voluntad institucional.
Comer bien no debería depender de tu código postal ni de tu ingreso mensual. Debería ser una decisión colectiva, cultural y política. Porque, al final, nuestra salud individual está tejida con la salud de todas y todos.
Siempre tuve miedo a los desafíos, a lo que me sacaba de mi zona de confort. Pero hay uno que todos enfrentamos: el salto a la vida profesional. Pasar de la teoría a la práctica, aplicar lo aprendido después de años de estudio, descubrir si realmente elegimos bien. Antes de eso, sin embargo, hay una encrucijada aún mayor: decidir qué camino tomar con apenas 18 años, cuando aún nos estamos conociendo, cuando nuestros ideales cambian con cada experiencia.
Al principio, no lo tenía claro. Me angustiaba la idea de escoger una carrera que fuera viable económicamente, pero que al mismo tiempo me llenara. Sabía que quería hacer algo que impactara a los demás, que sirviera a un propósito mayor, pero no sabía cómo convertir ese deseo en una profesión.
Descubrí la comunicación como quien encuentra una puerta entreabierta: un mundo amplio, con múltiples caminos y posibilidades. Me cautivó la forma en que las palabras, las imágenes y los mensajes podían dar forma a la realidad, influir en las personas y construir conexiones. Entendí que la comunicación no es solo hablar o escribir, sino transformar, movilizar y generar cambios reales.
Ese entendimiento cobró aún más sentido cuando comencé mi labor en Milenio como becaria en fotografía. Ahí descubrí una realidad que iba más allá de lo que imaginaba: historias de vida que me confrontaban, que exigían ser contadas. Acompañé a cientos de personas con realidades muy distintas a la mía y entendí que, con solo una publicación, una imagen o un reportaje, era posible visibilizar situaciones urgentes, despertar conciencias y, en algunos casos, generar cambios reales. Me cautivó la sensibilidad y humanidad con la que un periodista puede dar voz a quienes muchas veces no la tienen. Desde entonces, supe que quería hacer comunicación con propósito.
Con el tiempo, confirmé que el impacto de la comunicación trasciende los medios tradicionales. En el ámbito de la salud, donde hoy desarrollo mi labor, entendí que comunicar no es solo informar, sino dar claridad en momentos de incertidumbre, combatir la desinformación y generar confianza. La manera en que se transmite un mensaje puede marcar la diferencia entre la tranquilidad y el miedo, entre la prevención y la confusión.
Hoy sé que no siempre tenemos todas las respuestas desde el inicio, pero el camino se construye con cada decisión. Que la comunicación no es solo un medio, sino un puente. Y que, a través de ella, podemos dejar huella en otros.
Porque comunicar es más que transmitir información: es darle voz a lo que importa, iluminar lo que antes no se veía y hacer que las ideas trasciendan. En ese proceso, encontré mi propósito.
