DHALAY ISLAS

  • Licenciada en Diseño Gráfico, originaria de Hidalgo, México.
  • Creadora de contenido y escritora/poetisa independiente, auto publicada. Mi primer poemario, Letras de un corazón roto, está disponible en Amazon.
  • Encontré en la escritura la manera más sincera de expresarme y de dejar huellas en los demás. Escribir ha sido siempre mi refugio y mi forma de ordenar lo que siento cuando hablar se vuelve difícil.
  • Lema: “Hacer sentir y sentirlo todo.”

2026

La primera vez que vi a un hombre romperse no supe nombrarlo. No hubo gritos ni un momento exacto que pudiera señalar; fue más bien una acumulación de silencios, de gestos que no encajaban, de una tristeza que no tenía lenguaje. Era mi padre, y durante mucho tiempo creí que así eran los hombres: difíciles de alcanzar, fáciles de perder. Crecí aprendiendo a leer lo que no se decía, a intuir cuándo algo estaba a punto de torcerse, a entender que había preguntas que no se hacían porque no había respuestas que sostener.

Después, cuando el mundo empezó a hablar de la “crisis de la masculinidad”, me sorprendió el tono. Lo discutían como si fuera una tendencia, una conversación de moda, un campo de batalla entre bandos opuestos. Pero para algunas, esa crisis no es teoría: tiene nombre, tiene historia, tiene memoria. Es ese hombre que nunca aprendió a habitarse.

Con los años entendí que lo que yo había visto no era un caso aislado, sino una forma de estar en el mundo: hombres que fueron educados para ser algo que nunca terminaron de comprender y que, en el intento, se quedaron a medio camino —ni duros del todo, ni sensibles de verdad, ni presentes. Fragmentos. Hace tiempo me encontré con King, Warrior, Magician, Lover y tuve una sensación incómoda: la de estar leyendo una explicación que llegaba tarde. Ahí entendí que la masculinidad no es una sola cosa, sino un equilibrio frágil entre fuerzas que, si no se integran, se deforman: el que debía cuidar termina controlando, el que debía proteger termina dañando, el que debía comprender termina manipulando, el que debía amar termina consumiendo. No porque haya maldad pura, sino porque hay algo incompleto, y lo incompleto, cuando no se reconoce, se vuelve peligroso.

Desde entonces no dejo de pensar en una idea: muchos hombres no están siendo malos, están siendo inconscientes. “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el inconsciente dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino”, escribió Carl Gustav Jung. Y eso se ve en lo cotidiano: en la forma en que evitan mirarse, en cómo convierten el dolor en enojo, en cómo confunden el control con seguridad, la distancia con fortaleza, la indiferencia con paz. Nadie les enseñó otra cosa, pero tampoco les enseñaron a cuestionarlo, y entonces repiten. Se heredan entre ellos una versión de lo que significa ser hombre que no construye, solo resiste; una masculinidad que no sabe qué hacer con la vulnerabilidad, así que la esconde, la niega o la reemplaza por algo más fácil de sostener: el impulso.

Quizá por eso hay algo profundamente triste en ver cómo muchos hombres hoy se relacionan con el deseo, como si fuera un escape y no un encuentro, como si el otro fuera un medio y no un misterio. Hay una desconexión ahí, una distancia emocional que no siempre se nota al principio, pero que termina apareciendo: en la incapacidad de quedarse, en la dificultad de sostener lo que no es inmediato, en el rechazo casi automático a todo lo que implica profundidad. Y no es casualidad. Un hombre que no sabe habitarse difícilmente va a saber habitar a alguien más.

Lo más incómodo de todo esto no es señalarlo, es aceptar lo que deja. Porque crecer cerca de un hombre así te marca: te enseña a amar con cautela, a no confiar del todo, a estar siempre un poco preparada para cuando algo se rompa. Y eso no debería ser normal. No debería ser normal sentir que el vínculo depende de algo tan inestable, tan poco trabajado, tan ajeno a la conciencia. Pero lo es, porque esta no es solo una crisis individual, es una estructura: un sistema que prefiere hombres distraídos antes que hombres conscientes, reactivos antes que presentes, consumidores antes que reflexivos. Así no incomodan, así no cambian nada.

Y en medio de todo eso, muchos siguen buscando respuestas en lugares que solo refuerzan la herida: discursos que prometen devolverles poder, pero que en realidad los alejan más de sí mismos. Les enseñan a endurecerse, pero no a entenderse; a imponerse, pero no a sostener; a ganar, pero no a vincularse. Y entonces vuelven al mismo punto, solo que más solos.

A veces pienso en mi padre desde ahí, no como excusa ni como justificación, sino como evidencia de lo que pasa cuando alguien nunca aprende a mirarse de verdad, cuando la identidad se construye sobre una idea que no se cuestiona, cuando ser hombre se vuelve una actuación constante en lugar de una experiencia habitada. No sé si todos puedan salir de ahí, pero quiero creer que algunos sí, que todavía hay hombres capaces de detenerse, de incomodarse, de mirar lo que han evitado durante años y entender que la fuerza no está en resistirlo todo, sino en atreverse a entrar: a su historia, a su herida, a lo que nunca quisieron nombrar.

Porque quizá ahí, y solo ahí, deje de repetirse. Y otra hija no tenga que aprender el amor desde la ausencia.

Nos vendieron una idea muy clara de cómo debía verse el placer antes siquiera de sentirlo. 
 
Parecía que ya sabíamos qué era “coger bien” antes de coger, como si la piel viniera con un manual. La pantalla fue la primera maestra: la pornografía nos enseñó los gestos, los sonidos, las posiciones, la velocidad. Nos dijo cómo se ve el deseo, pero no cómo se siente.
 

En México, donde todavía hablar de sexo es casi un acto revolucionario, la pornografía ha sido el primer acercamiento al cuerpo propio y al ajeno. Y ese acercamiento, casi siempre, es violento. No enseña placer, enseña poder. No enseña consentimiento, enseña sumisión. Casi nunca se habla de parar, de preguntar, de escuchar. Casi nadie dice que el sexo también puede detenerse, que nadie debe continuar si no quiere, que la eyaculación no siempre significa que terminó el acto ni que hubo placer.

El cuerpo se educa viendo, no sintiendo. Por eso tantas mujeres, y también hombres, terminan actuando el sexo como si fuera una obra. Se preocupan por cómo se ven, cómo suenan, cómo “rinden”. Y en esa actuación se pierde lo más importante: el deseo propio.

Hay millones de mujeres que no disfrutan, que fingen para no decepcionar, que cogen para sentirse queridas, vistas, aceptadas. Mujeres que no se detienen a pensar qué les gusta, dónde, cómo, por qué.

Nadie nos enseñó a hacerlo. Nos enseñaron a complacer, no a explorar.

Pero el placer real empieza cuando se dejan las expectativas en la puerta.

Cuando el cuerpo se mueve sin guion, cuando el sexo se convierte en risa, en torpeza, en pausas. Cuando alguien se detiene a mitad del acto para tomar agua, para cambiar de posición, que a veces termina más en carcajada que en orgasmo, para acomodar un calambre. Si no puedes reírte en medio del sexo, probablemente estás cogiendo con la persona equivocada.

Qué rico es coger sin pensar si te ves bien, si se nota la panza, las cicatrices, las estrías. Qué rico es dejar que el cuerpo se mueva desde el deseo y no desde la obligación.

Coger sin fingir. Sin actuar. Sin el performance.

Porque el placer no se actúa, se siente.

Y porque el placer es nuestro, y lo queremos completo.

Que cojan rico.
Que giman por gusto.
Que se toquen sin culpa.
Que paren cuando quieran parar.
Que vuelvan a empezar si lo desean.
Que se permitan sentir, de verdad.

Hay una forma muy curiosa en la que respondemos cuando alguien nos pregunta quiénes somos. No damos definiciones. Contamos historias.

Hablamos del lugar donde crecimos, de una decisión que cambió algo en nosotros, de una herida que todavía pesa o de un amor que nos transformó. Elegimos ciertos momentos y los unimos como si siguieran un hilo invisible.

Tal vez no lo notamos, pero en ese gesto cotidiano ya estamos haciendo filosofía.

El filósofo francés Paul Ricoeur pensaba que la identidad humana funciona precisamente así: no como una esencia fija, sino como una historia que vamos construyendo en el tiempo.

No somos una pieza inmóvil que permanece intacta a lo largo de los años. Tampoco somos una sucesión caótica de cambios sin continuidad. Nuestra identidad se sostiene en una tensión más sutil: entre lo que permanece y lo que se transforma.

Ricoeur llamó a estas dimensiones ídem e ipse. El ídem es aquello que permanece: los rasgos que nos hacen reconocibles, ciertas inclinaciones, una forma particular de estar en el mundo. Es lo que permite que alguien diga “sigues siendo tú”.

Pero el ipse es otra cosa. Es la capacidad de cambiar, de reinterpretar lo vivido, de prometer algo nuevo para nosotros mismos. Es la parte de la identidad que no se limita a conservar, sino que puede transformarse sin dejar de ser.

Entre esas dos fuerzas —permanencia y transformación— aparece la narración, porque la vida no se nos presenta como una historia ordenada. Llega en fragmentos: recuerdos sueltos, decisiones tomadas a medias, momentos que solo mucho tiempo después entendemos. La narración es el intento de unir esos fragmentos en una trama que tenga sentido.

Cada vez que explicamos por qué somos como somos, cada vez que volvemos al pasado para entender el presente, estamos haciendo exactamente eso: configurar una historia.

En cierto modo, vivimos narrándonos.

No porque inventemos lo que ocurrió, sino porque lo interpretamos. La memoria elige, organiza, da peso a ciertos momentos y deja otros en silencio. Así, poco a poco, se forma la historia que creemos habitar.

Por eso la identidad nunca está completamente cerrada. Un mismo acontecimiento puede significar algo distinto con el paso del tiempo. Una herida puede convertirse en origen de algo nuevo. Un error puede adquirir sentido cuando lo miramos desde otra etapa de la vida.

La pregunta “¿quién soy?” quizás nunca se responde de una vez y para siempre.

Pero tal vez la pregunta más honesta sea otra: ¿qué historia estoy construyendo con lo que me ha pasado?

Porque al final, entre todo lo que permanece y todo lo que cambia, tal vez eso es lo que somos: una historia todavía en proceso de ser contada.

Hubo un momento, no hace tanto, en el que miles de mujeres empezaron a hacerse preguntas incómodas. Fue alrededor de 2020 cuando algo cambió.

Las calles se llenaron de nombres, de rabia, de historias que durante años habían sido susurradas. Muchas mujeres comenzaron a mirar su vida con otros ojos: sus relaciones, su trabajo, su seguridad, la forma en la que habían sido educadas. Era como si, de pronto, alguien hubiera encendido la luz en una habitación en la que llevábamos años viviendo.

Y entonces vimos la jaula.

La jaula de las expectativas, la de la dependencia económica, la de creer que nuestro valor estaba en qué tan agradables, qué tan bonitas o qué tan “buenas mujeres” éramos. Pero las jaulas no desaparecen tan fácilmente; a veces solo cambian de forma.

Hoy, algunos de esos barrotes regresan disfrazados de tendencia. Nos dicen que la feminidad está en el clean look, en el skincare perfecto, en la estética suave y ordenada de una vida aparentemente impecable. Nos dicen que aspirar a ser wife material es una meta, que hay que ser de cierta forma para ser elegidas.

Nos repiten que debemos cuidar la “energía femenina”: ser suaves, receptivas, delicadas. Que un hombre necesita sentirse proveedor para no volverse “femenino”. Que mostrarse vulnerable o sentimental es “menos” hombre.

Y así, poco a poco, la conversación se mueve:
de la libertad a la complacencia,
de la autonomía a la estética,
de la dignidad a la validación.

Mientras tanto, también hemos normalizado otro fenómeno inquietante: la forma en la que hablamos de los hombres. Cuando los llamamos “princesos” o “niñas” para burlarnos de ellos, no solo los insultamos a ellos. También reforzamos la idea de que lo femenino es sinónimo de debilidad, de ridiculez, de algo inferior. Y en ese gesto aparentemente pequeño terminamos pisoteando lo mismo que decimos defender.

Otro discurso que se ha vuelto popular es el de la “energía femenina”: una versión espiritualizada de roles muy antiguos. Nos dicen que la mujer debe recibir, descansar, ser cuidada; que el hombre debe proveer, proteger, decidir.

Pero cuando quitamos las palabras bonitas, lo que queda se parece demasiado a lo que muchas mujeres han intentado dejar atrás durante generaciones.

Porque la independencia económica nunca fue una moda, fue una herramienta de supervivencia.

Es la diferencia entre poder irte de una relación violenta o quedarte porque no tienes a dónde ir. Entre elegir a alguien o necesitarlo.

Por eso resulta inquietante escuchar a tantas jóvenes decir que quieren un hombre proveedor porque “así vivirían más cómodas”. Tal vez la verdadera pregunta no es si suena cómodo. La pregunta es si estarían dispuestas a pagar el precio. Si estarían dispuestas a negociar su autonomía, su voz o su libertad a cambio de que alguien más pague la comida, la renta o las vacaciones.

Porque la historia ya nos mostró cómo termina esa negociación para muchas mujeres.

Durante siglos hubo mujeres que vivieron dentro de esa estructura. Mujeres que no podían divorciarse, trabajar, tener propiedades o decidir sobre su propio cuerpo. Muchas de las libertades que hoy parecen obvias costaron demasiado: protestas, persecución, violencia, incluso vidas.

Por eso resulta inquietante ver cómo algunas de esas ideas regresan ahora envueltas en discursos de bienestar, de estética o de comodidad. Como si la jaula se hubiera pintado de un color bonito y con brillitos.

El problema de las tendencias es que parecen inofensivas. Pero las tendencias moldean aspiraciones y las aspiraciones moldean decisiones de vida.

Tal vez el desafío hoy no es solo seguir avanzando; también es aprender a reconocer cuándo algo que parece elección se parece demasiado a una renuncia. Porque no todas las jaulas tienen barrotes visibles y las más peligrosas suelen ser aquellas que logran convencernos de que estamos entrando en ellas por voluntad propia.

Durante mucho tiempo creí que ya me había enamorado y lo dije con seguridad, lo defendí con convicción e incluso lo lloré como si hubiera sido verdad.

Pero el tiempo, que es el crítico más honesto, me enseñó algo incómodo: no todo lo que se siente intenso es profundo, no todo lo que duele es amor y no todo lo que promete quedarse sabe hacerlo.

Confundí aceleración con destino, confundí necesidad con conexión, confundí la idea de amar con el acto real de hacerlo.

Y no fue un error ingenuo, fue aprendizaje, porque uno no reconoce lo auténtico hasta que ha experimentado lo que solo parecía serlo.

Hoy entiendo que enamorarse no es perder el equilibrio, es encontrar estabilidad en otra persona sin dejar de tenerla en uno mismo.

No es incendiarse, es sentirse en casa.

Hay algo profundamente distinto cuando el amor no nace del miedo a estar sola, sino de la paz de estar acompañada. Cuando no se siente como urgencia, sino como certeza.

La primera vez que creí estar enamorada, había ansiedad, había dudas disfrazadas de emoción, había una necesidad constante de confirmación.

Ahora no. Ahora hay calma, hay admiración, hay una tranquilidad que no necesita pruebas diarias para sostenerse.

Y lo más extraño, lo más revelador, es que esta vez no tuve que convencerme.

Simplemente supe. Tal vez eso es crecer o tal vez eso es lo que pasa cuando Dios deja de enseñarte lecciones y empieza a responderte oraciones.

Porque hay una diferencia enorme entre querer que algo funcione y reconocer cuando algo es correcto.

Antes pensé que me había enamorado.

Ahora sé que lo estoy.

Amar fue, antes que palabra, un acto físico.
Antes del lenguaje, antes de la moral, antes del cuidado, el amor se expresó con el cuerpo: tocar, morder, llevarse algo del otro a la boca. Como si amar fuera una forma de comprobar que el otro es real. Que existe. Que está ahí.

El canibalismo, en su origen simbólico, no habla de destrucción, sino de pertenencia. Comer al otro no para borrarlo, sino para que viva dentro. Para no perderlo. Para hacerlo parte de la propia sangre. Hay amor en ese gesto salvaje. Un amor que no entiende de distancia ni de límites, solo de cercanía absoluta.

Quizás por eso amar todavía se siente así: como hambre.

No una carencia vergonzosa, sino una pulsión afectiva. El deseo de absorber al otro, de memorizar su forma, su olor, su manera de existir. Amar es querer entrar en el cuerpo ajeno, aunque sea por un instante. Dejar marcas. Llevarse restos.

Cuando decimos “te necesito”, en realidad estamos diciendo: quiero que formes parte de mí.
Cuando decimos “eres mío”, lo que buscamos es permanencia.
Cuando besamos con demasiada intensidad, cuando mordemos, cuando apretamos, el cuerpo recuerda algo antiguo: que el amor se expresa con la boca abierta.

El monstruo aparece solo cuando intentamos negar esa verdad.

Nos enseñaron que amar debía ser suave, ordenado, contenido. Que el deseo excesivo es peligroso. Que querer demasiado es sinónimo de perderse. Pero el cuerpo no olvida tan fácil. El cuerpo sabe que amar siempre fue un acto de invasión consentida. De entrega mutua. De intercambio de fluidos, de piel, de límites.

El problema no es devorar.
El problema es hacerlo sin reciprocidad.

Porque hay una diferencia enorme entre comerse al otro y desaparecerlo. Entre saborearlo y triturarlo. El canibalismo afectivo, cuando es compartido, no destruye: une. Dos personas que se muerden al mismo tiempo. Que se permiten ser alimento y boca. Que entienden que amar implica dejarse consumir un poco.

Hay miradas que piden ser devoradas.
Cuerpos que se ofrecen.
Amores que solo existen en el exceso.

En esos vínculos, el amor no se mide: se desborda. No se administra: se entrega. Y aunque duela, aunque deje marcas, hay algo profundamente humano en ese intercambio. Una forma de decir: quédate, no te vayas, vive en mí.

Tal vez por eso el amor se parece tanto al miedo. Porque en ambos casos abrimos el cuerpo. Porque en ambos casos cedemos control. Porque al amar aceptamos la posibilidad de ser transformados, incluso heridos, incluso rotos.

Pero también nutridos.

La metáfora del canibalismo en la literatura no habla solo de obsesión o violencia. Habla de intimidad radical. De dos identidades que se mezclan hasta no distinguir dónde termina una y empieza la otra. De amar al punto de llevar al otro dentro, aunque pese, aunque queme, aunque sangre.

No todo amor que devora es destructivo.
Algunos amores sostienen.
Algunos alimentan.

Algunos nos enseñan quiénes somos cuando bajamos la guardia.

Quizás amar no sea aprender a no morder, sino aprender a hacerlo con cuidado. A reconocer cuándo el otro quiere ser tomado, cuándo quiere ser tocado, cuándo quiere ser hogar.

Porque, al final, amar siempre ha sido eso:
un acto primitivo, corporal, intenso.
Un intercambio de carne y sentido.
Una forma desesperada y hermosa de decir: te quiero dentro, no lejos.

2025

Hay amores que llegan como una herida.
No porque duelan desde el inicio, sino porque entran tan hondo que, cuando se van, dejan una marca que uno no sabe si llamar cicatriz o aprendizaje. Y tal vez ahí está la respuesta: no siempre nos enamoramos de quien nos hace bien, sino de quien nos hace sentir algo.

Nos enseñaron a buscar intensidad antes que calma. A creer que el amor verdadero debe doler, que si no hay drama, no hay pasión. Crecimos con historias donde el amor imposible es el más grande, donde quien hiere también redime, y donde lo inalcanzable se vuelve sinónimo de destino. Y así, confundimos la adrenalina con el amor, la incertidumbre con el deseo, la ausencia con la prueba de que “nos importa”.

Nos enamoramos de las personas equivocadas porque, a veces, no sabemos aún quiénes somos. Y el amor, en su versión más primitiva, funciona como un espejo: vemos en el otro lo que creemos necesitar, lo que nos falta, lo que nos haría sentir completos. Pero si el reflejo está roto, también lo estará la elección.

El corazón no siempre tiene buena memoria. Se aferra a quien le dio algo distinto, aunque haya dolido. Se queda con la promesa de lo que pudo ser, aunque nunca fue. Y cuando al fin entendemos, ya estamos demasiado adentro, confundiendo la costumbre con el amor, el apego con el destino, la nostalgia con la esperanza.

Nos enamoramos de las personas equivocadas porque, a veces, necesitamos perdernos para aprender a elegir distinto. Porque hay amores que llegan solo a mostrarnos lo que no queremos volver a vivir. Porque hay heridas que vienen a enseñarnos que el amor no debería doler tanto.

Tal vez no existen las personas equivocadas.
Tal vez solo existen las historias necesarias: las que nos rompen para despertarnos, las que nos vacían para enseñarnos a llenarnos solos, las que nos empujan —aunque sea a la fuerza— a encontrarnos de nuevo.

Y cuando eso pasa, cuando ya no buscamos que alguien nos complete, sino que nos acompañe, el amor empieza a parecerse menos a una herida y más a algo sano y estable.

Con el celular siempre en mano, vivimos en una época donde todos hablan, pero casi nadie dice algo. Hoy opinar se ha vuelto un reflejo, no una consecuencia del pensamiento. La crítica ya no nace del silencio ni del análisis, sino del impulso. Y así hemos confundido conocimiento con velocidad, conciencia con opinión, reflexión con sarcasmo.

La respuesta se convirtió en un acto automático, casi fisiológico: reaccionar, juzgar, descartar.

Las redes sociales —ese escenario donde todo sucede y nada permanece— nos acostumbraron a la inmediatez. Nos hicieron creer que el valor de una opinión está en ser la primera, no en ser la más lúcida. El tiempo para pensar se volvió una desventaja competitiva. Quien se detiene a reflexionar llega tarde al debate, y en esta época llegar tarde es casi lo mismo que no existir.

Pero pensar lleva tiempo, y el tiempo, en esta era, se percibe como pérdida. Por eso ya no opinamos desde la reflexión, sino desde la necesidad de presencia. Publicamos, comentamos, reaccionamos, no porque tengamos algo que decir, sino porque el silencio se siente como exclusión. Lo irónico es que, al hablar todos al mismo tiempo, lo que debería ser conversación se convierte en ruido.

Todos aportan, pero casi nadie algo de valor. Repetimos lo que escuchamos, lo que vemos, creyendo que al hacerlo estamos pensando. Pero no es pensamiento, es eco. Hemos convertido la opinión en una forma de imitación: reproducimos las frases que más suenan, los discursos que más validación reciben, las ideas que se sienten seguras porque ya fueron aprobadas por otros.

La originalidad se ha vuelto riesgosa, casi ingenua. Pensar diferente equivale a exponerse. Por eso preferimos repetir lo que sabemos que será bien recibido antes que sostener una idea propia que pueda incomodar. Lo irónico es que, en esta búsqueda por ser aceptados, terminamos diciendo lo mismo que todos, y creyendo que eso nos hace parte de algo. Pero lo único que logramos es diluirnos.

Las redes nos han enseñado a pensar en función de la reacción: no en lo que decimos, sino en cómo será recibido. Publicamos con miedo al rechazo o con hambre de aprobación. No pensamos para entender, sino para obtener respuesta.

La crítica —esa práctica que antes implicaba comprender antes de juzgar— se ha vuelto un acto de reflejo. Donde antes había análisis, hoy hay reacción. Donde antes había contexto, hoy hay captura de pantalla. Lo que se valora no es la profundidad, sino la velocidad con la que se responde. Hemos reducido el pensamiento a la inmediatez del dedo que desliza y aprueba, o descarta.

Y sin embargo, nunca habíamos tenido tanta libertad para expresarnos. Nunca fue tan fácil tener voz, pero tal vez por eso se ha vuelto tan difícil tener algo que decir. Las plataformas nos prometieron un espacio para pensar juntos, pero terminamos multiplicando ecos. Las ideas se repiten hasta perder su sentido, y la crítica se disfraza de contenido, de tendencia o de “opinión popular”.

Lo más preocupante no es la abundancia de voces, sino la falta de escucha. Todos opinan, pero pocos se detienen a leer lo que otros dicen. La conversación digital se ha transformado en una serie de monólogos simultáneos. Cada quien lanza su frase al vacío esperando un aplauso o una pelea, pero casi nadie busca entender. Así, el intercambio de ideas se volvió un deporte de resistencia emocional, no intelectual.

En esta dinámica, la crítica dejó de ser una herramienta de construcción para convertirse en un acto de defensa. Criticamos para marcar territorio, para reafirmar identidad, para mostrar que estamos “del lado correcto”. La opinión ya no se usa para cuestionar, sino para pertenecer. Y en esa búsqueda de pertenencia, el pensamiento pierde su filo.

Quizá por eso las discusiones actuales parecen circulares: nadie escucha, nadie cambia de opinión, nadie se atreve a decir “no lo sé”. La duda, que antes era el punto de partida del conocimiento, ahora se percibe como debilidad. La certeza inmediata ha reemplazado a la curiosidad. Queremos respuestas, no preguntas. Queremos tener razón, no entender.

Pero toda crítica que nace sin pensamiento es un eco vacío. No transforma, solo repite. La verdadera crítica —la que analiza, incomoda y propone— no puede nacer del ruido, sino del silencio. Pensar implica detenerse, sostener la incomodidad de no saber, dejar que algo madure antes de pronunciarlo. Implica, en suma, volver a escuchar.

Quizá el reto de esta era no sea dejar de hablar, sino aprender a callar. No como renuncia, sino como resistencia. Callar para pensar, para ordenar la mente, para no dejar que el algoritmo decida qué opinamos. Callar para recuperar el valor de una palabra dicha con intención. Porque si todo se dice sin pensar, la palabra se desgasta; y si todo se critica sin entender, la crítica deja de tener sentido.

No se trata de opinar menos, sino de pensar más.
De que la crítica vuelva a ser una consecuencia del pensamiento, y no una reacción del impulso.
De que el ruido vuelva a tener pausas, y las pausas vuelvan a tener sentido.

Solo así, quizá, volveremos a decir algo que valga la pena ser escuchado.

Hay días en los que la memoria se sienta a la mesa antes que uno.
El 2 de noviembre, por ejemplo.
Basta con ver una vela encendida o el humo de un copal para que el tiempo se doble un poco y deje pasar a todos esos que alguna vez llenaron la casa de ruido, de conversaciones cruzadas, de risas y presencias que se mezclaban con el olor del café recién hecho.
Y ahí están, de nuevo. Los que ya no están.

Mientras coloco las fotos sobre el altar, me descubro hablándoles bajito, como si aún pudieran responderme. Les acomodo sus cosas favoritas: el pan con azúcar que siempre pedían, la taza que usaban sin falta, los dulces que más les gustaban. Hay algo profundamente humano en este acto de recordar con las manos, en construir con papel, fuego y olor la ilusión de que el amor puede atravesar cualquier distancia, incluso la de la muerte.

Y sin embargo, duele.
Duele saber que ya no volveremos a estar todos. Que esa familia que un día llenaba la casa con vida ahora solo existe en mi memoria. Que hay voces que el tiempo se llevó, carcajadas que ya solo escucho en mis recuerdos.

El Día de Muertos no solo me recuerda a los que partieron; también a lo que fuimos cuando aún estábamos juntos.
A la casa llena, a las sobremesas largas, al cariño que no necesitaba decirse para saber que existía.
A veces cierro los ojos y casi puedo sentirlo: el roce de una mano, el eco de risas por una broma, el calor de una presencia que ya no está pero todavía se siente.

Dicen que esta tradición nos enseña que nadie muere del todo mientras alguien lo recuerde.
Y quiero creerlo.
Porque cada año, cuando enciendo las velas y el copal empieza a arder, siento que el tiempo se detiene un poco. Que las fronteras se desdibujan y que, por un momento, todos volvemos a casa.

Extraño a la familia que ya no puedo tener, pero la sigo encontrando en cada flor de cempasúchil, en el olor del pan, del café, en las pequeñas cosas que dejaron su marca en mí.

Y mientras haya memoria, habrá regreso.
Aunque sea solo por una noche.

Siempre aprendí a vivir en caos. Desde pequeña creí que la vida verdadera solo existía entre el ruido, la urgencia y lo inesperado. Me enseñaron, o tal vez me enseñé sola, a estar alerta, a moverme rápido, a buscar intensidad en cada momento. Y así confundí lo monótono con lo aburrido, la rutina con la insignificancia, la calma con el vacío.

Me acostumbré a sentir que cada latido tenía que ser un sobresalto, que cada emoción debía ser extrema. Y durante años busqué, en cada instante, ese vértigo que me hacía sentir viva, sin darme cuenta de que vivir así también era agotador, y que la paz no era enemiga de la vida.

Es extraño, feo incluso, darse cuenta de que durante mucho tiempo creí que ese caos era la única forma de existir. Que un gran momento, un instante intenso, se convirtió en la regla invisible de cómo debía vivir. Y entenderlo duele, porque duele admitir que ignoré la belleza de lo silencioso, de lo lento, de lo estable.

Hoy aprendo a encontrar intensidad en la calma. A sentir cada instante pacífico como un lujo y no como un aburrimiento. A entender que la vida no siempre necesita sobresaltos para recordarte que estás viva. Que a veces, en la tranquilidad, en lo cotidiano, en lo sereno, también se es grande, también se late fuerte, también se respira profundo.

Y así descubro un mundo que antes despreciaba: donde no necesito temblar de emoción para sentirme plena, donde la quietud puede doler y conmover, donde la calma tiene su propia intensidad. Aprenderlo es un recordatorio: el caos no es la única forma de existir, y la vida no siempre necesita gritos para ser vivida.

Hay un momento en que nos damos cuenta de que no estamos esperando recibir amor perfecto. Que no estamos pidiendo milagros ni historias de película. Solo pedimos un poco de cuidado, un poco de atención, un poco de ganas de quedarse. Pero incluso eso se vuelve complicado, porque la verdad es que nunca aprendimos a creer que podemos ser amados de verdad.

Amamos como nos enseñaron a amar. Nos abrimos como nos permitieron abrirnos. Y recibimos como creemos que merecemos recibir. A veces eso significa conformarnos con migajas, con promesas a medias, con abrazos que no duran lo suficiente. Otras veces significa elegir personas que nos ven solo en parte, que nos quieren pero no nos aman completamente. Y nos preguntamos por qué seguimos ahí, esperando algo que parece siempre escaparse de nuestras manos.

Es cruel, pero también honesto. Porque si no creemos que merecemos todo el amor, ¿cómo vamos a aceptarlo cuando llega? Nos entrenamos en la falta, en la espera, en el silencio. Nos acostumbramos a amar con miedo y a recibir con desconfianza. Y así, de alguna manera, marcamos nuestro propio límite: solo dejamos entrar lo que podemos imaginar que nos corresponde.

Nos acostumbramos a normalizar lo que nos hace daño, a racionalizar los vacíos, a encontrar explicaciones para la indiferencia. Nos repetimos que eso es suficiente, que amar así también vale, que la intensidad del sentimiento puede llenar los huecos. Pero el corazón sabe la verdad incluso cuando la mente intenta esconderla: que merecemos más que pequeñas migajas disfrazadas de afecto.

Quizá el primer paso no es buscar a alguien que nos ame más, sino aprender a amarnos lo suficiente para reconocer que merecemos todo. No solo un poco de amor. No solo lo que alguien más tiene tiempo y energía de darnos. Todo. Incluso lo que nos da miedo, incluso lo que parece demasiado para nosotros. Incluso los abrazos que prometen quedarse y los silencios que nos enseñan paciencia y confianza.

Y entonces, tal vez, por primera vez, dejamos de aceptar lo que creemos merecer y empezamos a recibir lo que realmente necesitamos. Aprendemos que merecer amor no es un acto de arrogancia, sino de honestidad con nosotros mismos. Que ser amados plenamente no es un lujo, sino un derecho. Y que abrir el corazón sin miedo no significa que no vayamos a doler, sino que finalmente estamos listos para recibir algo que no se rompa con facilidad.

Fui a terapia porque no entendía por qué me dolía tanto que se fuera.
No fue una relación larga, ni estable, ni especialmente sana.
Pero su ausencia me desgarró. Como si se hubiera llevado algo más que él.

Yo solo quería entender por qué me pasaba esto.
Por qué me aferraba tanto a quien no quería quedarse.
Por qué elegía, una y otra vez, a personas que no estaban disponibles.
Por qué creía que si me amaban, era por error.
Y si se alejaban, era culpa mía.

De iniciar un juego del porqué tenía que quedarse y qué ganaban si lo hacía.
De tratar de ganarme a pulso cualquier muestra de amor, como si tuviera que ganarme el hecho de que me quisieran.

Empecé a hablar de mi ex. De la manera en la que se fue. De cómo yo lo perseguía emocionalmente, esperando una señal, una promesa, algo que pudiera significar que él podía volver.

Y entonces entendí algo:
No era la primera vez que sentía eso.
Esa sensación de estar esperando a alguien, de hacer todo bien para que no se fuera, de tratar de cambiar el rechazo por amor, de creer que si me esfuerzo lo suficiente, me van a elegir.

Ya la conocía.
Ya era algo que sabía.

Durante años esperé la validación de mi papá.
Quería que me viera, que me notara, que se quedara, que le importara cómo me sentía.
No lo hacía.

Y yo pensaba que era por algo que me faltaba a mí.
No supe que su ausencia no era mi culpa, solo supe que dolía.

Y desde entonces aprendí que el amor se gana, que hay que merecerlo, que si alguien se va es porque yo no fui suficiente, porque algo hice para que fueran así las cosas.
El peso siempre tenía que recaer en mí.

Así aprendí a sobrepensarlo todo, a no confiar, a esperar siempre lo peor; que si todo va demasiado bien, no puedo bajar la guardia porque en cualquier momento puede derrumbarse.
A dudar incluso cuando alguien me decía que me quería, porque para mí el amor siempre fue condicional, siempre estuvo en juego.

En terapia no encontré respuestas sobre él.
Encontré a una niña que aún pensaba que si era buena, algún día su papá iba a cambiar, algún día la iba a elegir sobre todas las cosas.
Que si no lo lograba, era porque algo en ella estaba mal.

Perdonar a mi papá no fue excusarlo, fue dejar de cargar con su ausencia como si fuera una deuda mía.
Fue soltar la esperanza de que algún día iba a ser diferente.
Y también soltar la culpa por no haber sido suficiente para que lo fuera.

Perdonarlo fue reconocer que mi herida no empezó con mi expareja.
Empezó mucho antes.
Y no se trataba de una relación romántica.

Hoy ya no espero que mi papá cambie.
Ya no hago castings emocionales para que alguien me salve.
Ya no creo que tengo que esforzarme para que me amen.

Hoy estoy aprendiendo a quedarme conmigo.
Y eso, aunque nadie más lo vea, también es sanar.

Hay una verdad incómoda que no siempre decimos en voz alta:

el mundo te abraza con fuerza mientras eres funcional.

Mientras produces. Mientras rindes. Mientras respondes rápido, sonríes, llegas a tiempo, entregas resultados. Mientras tu cuerpo y tu mente son útiles, eres parte del paisaje, de las conversaciones, de los afectos. Eres bienvenido.

Pero basta que te detengas un momento —por cansancio, por crisis, por enfermedad, por simple agotamiento— y algo cambia. Dejas de ser el que siempre puede. Ya no haces falta. Ya no eres prioridad. Ahora hay una barrera que te separa de todos ellos.

No hay ruptura explícita. Nadie te dice “te descartamos”. Pero lo sientes en las invitaciones que ya no llegan, en los mensajes sin respuesta, en las miradas que evitan la tuya cuando dejas de encajar en la narrativa de lo que hoy se considera “éxito”.

Es como si dejar de ser útil te quitara humanidad.

Y así, te ves transformado. Ya no eres quien eras. Eres “otro”. Una versión tuya que incomoda, que no produce, que no alegra, que no da. Te conviertes en eso que nadie sabe bien cómo tratar, ni cómo nombrar, ni cómo mirar sin incomodidad.

El amor del mundo es funcional. Te quiere mientras sirves. Pero cuando no puedes más —cuando te rompes o te preguntas si todo esto tiene sentido— ese amor se vuelve distante, condicional y, muchas veces, ausente.

No se trata solo de trabajo. También ocurre en amistades, en familias, en relaciones. Hay una maquinaria silenciosa que empuja a las personas a demostrar su valor todo el tiempo. Y cuando no lo hacen, se les margina, se les olvida, se les reemplaza.

Lo más triste es que muchos lo aceptamos. Incluso nos culpamos. Como si el error fuera detenerse. Como si el fallo fuera no seguir siendo útiles. Como si la dignidad estuviera atada al rendimiento.

Pero no somos máquinas. Somos personas, y eso debería bastar.

Nuestro valor no desaparece cuando nos caemos. No se reduce cuando dejamos de producir. Y no debería ser condicional a cuánto damos o cuánto aguantamos.

Tal vez no podamos cambiar el mundo entero.

Pero sí podemos empezar por no repetir la lógica del descarte.

Por mirar al otro cuando deja de brillar. Por sostener. Por quedarnos cerca.

Por recordar que no hay transformación más cruel que la que nos hace creer que solo valemos si servimos para algo.

Cuando hablamos de duelo, casi siempre pensamos en la pérdida de algo concreto: una persona, un lugar, un objeto, un tiempo. Pero existe otro duelo silencioso, uno que rara vez nombramos porque no deja rastros visibles: el duelo por lo que nunca ocurrió.

Es el duelo por la relación que no llegó a nacer, por la palabra que no se dijo, por la versión de ti mismo que imaginaste y que jamás llegó a existir. Es llorar un vacío que nunca tuvo forma, pero que aun así pesa.

Este duelo es invisible porque nadie lo reconoce. ¿Cómo explicarle a alguien que estás triste por algo que nunca sucedió? No hay fotos que guardar, ni fechas que recordar, ni rituales que hagan oficial la pérdida. Lo único que queda es la sensación de haber habitado un espacio que se deshizo antes de materializarse.

Y, sin embargo, ese dolor es real. Porque la ilusión también ocupa lugar, porque los futuros soñados también se sienten como hogar. Y cuando se derrumban, nos dejan con la extraña sensación de estar de luto por un fantasma.

El duelo de lo que nunca pasó se cuela en gestos cotidianos: en una canción que activa una memoria que no existió, en una conversación imaginada mil veces, en la pregunta constante de “qué habría pasado si…”. Es un duelo que no interrumpe la vida, pero que acompaña como un eco.

Desde la psicología, se habla a veces de “duelos ambiguos” o “pérdidas intangibles”: esas experiencias donde no se pierde algo material o visible, pero sí se enfrenta la ausencia de lo esperado. El duelo invisible entra en esta categoría. Y aunque socialmente no siempre se valida, reconocerlo es fundamental para no minimizar lo que sentimos. Negarlo solo prolonga la herida; ponerle nombre es comenzar a darle lugar.

Sanar este tipo de pérdida implica un acto profundo de honestidad: aceptar que también se llora lo que no fue. Darte permiso de nombrar esa ausencia, aunque otros no la entiendan. Porque no todos los duelos tienen ritos, pero todos necesitan reconocimiento.

Y quizá la clave no esté en cerrar el capítulo, sino en aceptar que nunca se abrió del todo. El duelo invisible nos recuerda que la vida está hecha tanto de lo vivido como de lo que quedó en posibilidad. Aprender a hacer las paces con esa parte es reconciliarte con el hecho de que no todo puede tener lugar, y que está bien.

En el fondo, tal vez estos duelos también nos enseñan a amar distinto: con más presencia, con menos miedo a decir, con la consciencia de que lo único que realmente poseemos es lo que está ocurriendo ahora.

El duelo invisible de lo que nunca pasó no aparece en los manuales cotidianos, pero existe. Validarlo es, en sí mismo, un acto de cuidado hacia uno mismo: una manera de honrar no solo lo que se vivió, sino también lo que alguna vez soñamos y tuvimos que soltar.

Vivimos en una cultura que nos enseña a medirnos en función de lo que damos, de lo que producimos, de cuánto agradamos. Crecemos creyendo que el amor verdadero siempre viene de afuera: de la pareja, de la familia, de los amigos, de una pantalla que nos devuelve un “me gusta” como si fueran monedas de valor. Bajo esa lógica, cuidar de uno mismo parece un acto sospechoso, un gesto que roza el egoísmo. Pero no es así. Amarse es, en realidad, la forma más honesta de resistencia.

Resistir es ir en contra de la inercia. Es desafiar la idea de que siempre tienes que estar disponible, que tu tiempo vale menos que la urgencia de otros. Es decir “no” sin sentir culpa. Y en un mundo donde la complacencia se premia, atreverse a elegirse puede ser visto como una rebeldía.

El amor propio es más que un discurso motivacional o un recordatorio en redes sociales. Es una práctica diaria y, muchas veces, silenciosa. Es reconocer que el descanso no es pérdida de tiempo, sino parte de la vida. Es permitirte fallar sin arrastrar contigo la vergüenza de la perfección. Es aceptar tus contradicciones: la fuerza y la vulnerabilidad, el miedo y la esperanza. Todo eso eres tú, y todo eso merece respeto.

Amarse también es soltar. Soltar lo que duele aunque duela soltarlo. Alejarse de dinámicas que consumen energía, aunque impliquen renuncias. A veces el amor propio se parece más a un duelo que a una celebración, porque implica cerrar capítulos, poner distancia y mirar de frente la soledad. Pero esa soledad, lejos de ser vacío, puede convertirse en tierra fértil: allí germinan las semillas de la claridad, de la creatividad, de una vida más auténtica.

El amor propio es resistencia porque no siempre es cómodo. Incomoda a quienes prefieren que seas dócil, disponible, moldeable. Incomoda a un sistema que necesita que dudes de ti para venderte soluciones rápidas. Incomoda, incluso, a la parte de ti que aprendió a ser “menos” para ser querido. Pero ahí está su fuerza: en el desafío.

Amarse a uno mismo es levantar una trinchera íntima contra la prisa, la comparación y el desgaste. Es encender una vela en medio de la tormenta, aun sabiendo que el viento puede apagarla. Es aprender a sostener esa llama una y otra vez, porque cada vez que lo haces te eliges, y elegirte nunca será un error.

El amor propio no es egoísmo: es raíz. Desde esa raíz crece todo lo demás. Las relaciones se vuelven más sanas, los límites más claros, la vida más tuya. Recordarte que mereces cuidado, respeto y ternura es, quizá, la revolución más necesaria de nuestro tiempo.

Porque resistirse a olvidar que vales, a pesar de todo lo que intenten convencerte, es mucho más que un acto de amor: es un acto de supervivencia.

Cuando los pensamientos de suicidio aparecen, suelen venir acompañados de una idea engañosa: “mi partida no cambiará nada”. Esa frase se repite como un eco cruel en la mente de quien la piensa, haciéndole creer que su existencia es prescindible, que no dejará huella. Pero esa idea es falsa. La ausencia de una persona jamás pasa inadvertida.

El suicidio no solo apaga una vida: abre un vacío imposible de llenar en quienes permanecen. No se trata únicamente de la pérdida física, sino del peso emocional que deja, del trauma silencioso que invade a los que rodeaban a esa persona. Padres, hermanos, hijos, parejas, amigos, compañeros de trabajo: todos, de una manera u otra, quedan marcados por la ausencia repentina y por las preguntas sin respuesta.

Un padre puede pasar el resto de su vida cuestionándose en qué momento dejó de proteger. Una madre puede revivir una y otra vez los recuerdos de la infancia, preguntándose qué señales no supo ver. Los amigos se quedan con la culpa de no haber estado “un poco más presentes”, de no haber preguntado “¿cómo estás?” con la insistencia suficiente. Los hermanos sienten que un pedazo de su infancia y de su identidad se quiebra de manera irreversible. Y todos ellos, en común, enfrentan un duelo que no se parece a ningún otro: un duelo cargado de culpa, de rabia, de tristeza y de un dolor que no encuentra dónde acomodarse.

Eso es lo que muchas veces no se piensa cuando la idea de desaparecer se vuelve tan fuerte: el trauma que generaré. Porque la herida no se limita a una sola persona; se expande como un eco que alcanza a decenas, a cientos de vidas que se entrelazan con la tuya, aunque a veces no lo notes.

Por eso, hablar de suicidio es tan importante. Poner las palabras sobre la mesa, aunque duelan. Decirlas en voz alta, aunque incomoden. Nombrar la tristeza, la desesperanza y la soledad no las hace más grandes; al contrario, nos ayuda a restarles poder. Necesitamos romper con el silencio, con la idea de que pedir ayuda es un signo de debilidad. La realidad es que buscar apoyo es uno de los actos más valientes que alguien puede hacer. Reconocer que no podemos con todo solos es profundamente humano y abre la puerta a la posibilidad de sanar.

Para quienes acompañan:

Si tienes cerca a alguien que muestra señales de alerta —como el aislamiento, frases sobre no querer vivir, regalar sus pertenencias, dormir demasiado o casi nada, pérdida de interés en lo que antes disfrutaba— no minimices lo que siente. No lo juzgues con frases como “anímate” o “es que exageras”. Esa persona necesita ser escuchada, acompañada y validada. Tu presencia puede marcar la diferencia.

Nunca lo dejes solo en los momentos críticos. Ofrécele tu compañía y ayúdalo a buscar apoyo profesional. No se trata de cargar con todo el peso, sino de tender un puente hacia quienes tienen las herramientas para ayudar. Recordemos que acompañar también implica reconocer nuestros límites, pero jamás dar la espalda. Pedir ayuda no es solo importante para quien sufre, también lo es para quienes están alrededor.


Todas las vidas son importantes. La tuya también. Incluso en los días en que no lo sientes, incluso cuando parece que la oscuridad cubre todo, tu vida tiene un valor que no se mide en logros, ni en productividad, ni en lo que das a los demás. Tu vida vale simplemente porque existes, porque eres, porque ocupas un lugar en este mundo que nadie más puede reemplazar.

Quiero cerrar este texto con un agradecimiento especial.
A todas las personas que han estado al borde de rendirse, que han pensado en marcharse, que han sentido que ya no podían más: gracias por resistir. Gracias por desafiar esa voz que susurra mentiras, gracias por elegir quedarse un día más. Tal vez no lo escuches seguido, pero tu decisión tiene un impacto enorme. Eres valiente, eres fuerte y eres necesario.

El mundo es distinto porque estás aquí.
Tu vida importa.
Tu historia importa.
Tú importas.

Hay personas que parecen tener un don natural para hablar. Se expresan con seguridad, encuentran siempre la palabra exacta y logran que los demás se queden escuchando. Yo no soy de esas personas. A mí las frases se me atoran en la garganta, me tropiezo con mis propias ideas y termino sintiendo que no dije nada de lo que realmente quería decir. Por eso escribo. Porque cuando hablo, no me entienden; pero cuando escribo se siente diferente, como si a alguien le importara lo que tengo por decir. Me siento realmente escuchada.

Desde hace años descubrí que la escritura era mi refugio. Mientras otros llenaban el aire de conversaciones espontáneas, yo llenaba cuadernos enteros de pensamientos y de sentimientos… mis sentimientos. Todo para no morir ahogada en todas esas palabras que me costaban decir. Había una calma en escribir que nunca encontré en hablar. Era como si la pluma supiera desenredar mi lengua y pudiera escribir exactamente lo que quería decir. Tal vez suene exagerado, pero escribir siempre ha sido mi manera de existir con más claridad.

La comunicación nunca me resultó fácil. No se trata solo de timidez; es más bien un sentimiento de estar atrapada entre lo que siento y lo que logro expresar en voz alta. Mis emociones suelen ser demasiado intensas, y cuando intento explicarlas con palabras habladas, se diluyen. En cambio, cuando las escribo, ahí están: completas, enteras, como si al fin alguien me entendiera, aunque ese alguien sea yo misma.

Con los años comprendí que las palabras escritas tienen un valor especial: permanecen. Una conversación se la lleva el viento, pero un texto puede quedarse años, décadas, siglos. Quizá por eso siempre he pensado que cuando alguien muere debería dejar algo para ser recordado.

Algunos dejan fotografías, otros canciones, otros construcciones. Yo quiero dejar palabras. Quiero que si un día ya no estoy, alguien pueda leerme y reconocerme en mis letras.

Las palabras tienen un poder curioso: a veces cobran más sentido cuando la persona que las escribió ya no está. Es como si la ausencia les diera más fuerza, como si cada frase se volviera un puente con lo eterno. Y aunque suene un poco dramático, me gusta pensar que escribir es mi manera de asegurarme de no desaparecer del todo.

Escribir no es solo un acto creativo para mí; es también un acto de supervivencia. Me permite procesar lo que vivo, lo que siento, lo que temo. Me ayuda a ordenar mis miedos, a ponerles nombre, a volverlos menos pesados. Me ayuda a canalizar mis emociones cuando estoy a punto de colapsar. Y lo más importante: me da la ilusión de ser escuchada, incluso si nadie más lee lo que escribo.

Tal vez, en el fondo, todos buscamos lo mismo: dejar una marca. No hablo de fama ni de reconocimiento, sino de esa necesidad silenciosa de que nuestra existencia tenga un eco, que deje algo, así sea mínimo. Y aunque mi voz sea débil al hablar, sé que mis palabras escritas tienen la capacidad de llegar más lejos de lo que imagino. Mis palabras son fuertes y dignas de ser escuchadas. Quizá alguien, en algún momento, se encuentre en ellas y sienta lo mismo que yo sentí al escribirlas: que no estamos tan solos, que hay muchas personas afuera que piensan igual y que quizá podamos ayudarlas en algún momento de sus vidas.

Por eso escribo, aunque no sepa hablar. Porque en cada texto que dejo, me dejo a mí, dejo una parte de lo que soy. Porque mientras la voz se apaga en segundos, las palabras escritas se convierten en huellas que resisten el paso del tiempo. Y si al final de todo lo que somos solo queda un recuerdo, quiero que el mío esté hecho de letras.

Así que, si alguna vez te has sentido como yo, con demasiadas cosas por dentro y pocas palabras en la boca, no temas escribir. No tiene que ser perfecto ni bonito; basta con que sea tuyo. Porque tal vez, al igual que yo, descubras que escribir no solo es otra forma de comunicarte, sino también una manera de permanecer.