- Soy nacida en León Gto. Licenciada en comunicación, mercadóloga y estratega creativa, fundadora de Altar Creativo, agencia enfocada en la construcción de marcas, experiencias y contenidos.
- Mi experiencia combina la disciplina del emprendimiento con la sensibilidad de quien observa y plasma lo cotidiano desde otra perspectiva.
- A mis 29 años he aprendido que la vida siempre guarda belleza, incluso en los detalles más pequeños. Creo firmemente que todo lo que nos rodea merece ser observado con atención, porque lo cotidiano esconde maravillas que solo aparecen cuando nos detenernos un poco.
- Escribir, para mí, es un acto de amor y de honestidad, pero también un desahogo: La manera de poner en palabras lo que siento y pienso. Es un espacio para compartir ideas y aprendizajes, y para recordar que lo vivido, con sus luces y sus sombras siempre merece ser reconocido y celebrado.
2025
Un muy buen amigo me dijo hace unos años:
“Eres como un árbol de manzanas. Tus frutos son tan bellos, tan perfectos, que no los dejas caer. Te aferras tanto a ellos que al final se pudren en tus ramas, y eso impide que nazcan nuevas manzanas, quizá más dulces, quizá mejores.”
En ese momento de mi vida necesitaba escuchar algo así. Fue como una sacudida que me hizo despertar y darme cuenta de lo que estaba pasando. Mis acciones eran casi nulas: estaba inmóvil, sosteniendo cosas que no debía sostener y, en cierto modo, echando a perder mis propias “manzanas”… mi vida.
Estaba viviendo en carne propia ese afán de no querer dejar ir. En una relación que intenté forzar, me aferré tanto a la idea de perfección que terminé abandonándome. Dejé de escuchar mi instinto, mis emociones, mi cuerpo. Descuidé mi salud, y mi estado físico comenzó a deteriorarse. Todo por insistir en retener lo que ya no tenía sentido.
Lo más duro fue comprender que no era feliz ahí, que esa persona no me daba felicidad. Y aun así, seguía. La responsabilidad era completamente mía: no podía culpar a nadie. Nadie me obligaba a continuar sufriendo. Era yo quien insistía en sostener lo insostenible, en seguir intentando que todo funcionara solo por no saber soltar. Se sentía como jalar una cuerda que no movía nada, y aun con las manos heridas, no me permitía soltarla.
Después de reflexionar en esa analogía, entendí que no solo debía aplicarla a esa relación, sino también a muchos otros aspectos de mi vida que me estaban frenando en el camino de perseguir mis sueños.
Con el tiempo descubrí que hay algo incluso peor que no soltar: soltar a medias. Apartarnos “un poco”, pero sin dejar ir del todo. Guardar lo viejo “por si acaso”. Esa es una trampa peligrosa, porque no nos sirve de nada abrir una puerta si dejamos un obstáculo frente a ella. No sirve querer avanzar si seguimos atados a un hilo invisible que bloquea el paso de lo nuevo. Mientras no soltemos por completo, el espacio sigue ocupado y nada mejor puede entrar.
Lo curioso es que dejar ir no duele tanto por lo que se marcha, sino porque nos aferramos a idealizar. Y lo más difícil es reconocer que muchas veces idealizamos lo equivocado: personas, situaciones o futuros que solo existen en nuestra cabeza. Esa idealización nos ata más que la realidad, porque luchamos contra lo que creemos que “debería ser”, en lugar de aceptar lo que es. Nos duele porque seguimos mirando el espejismo, sin reconocer que frente a nosotros hay mucho más por descubrir. Y lo cierto es que nada se puede forzar; lo que no fluye, tarde o temprano, se rompe.
Gran parte de ese miedo se llama lo desconocido. Todos lo tememos, no porque sea malo, sino porque no sabemos qué hay detrás. Pero también porque soltar trae consigo otro temor: el miedo a perder algo y no recuperarlo, o a que al dejarlo ir no llegue una recompensa y nos quedemos con las manos vacías. Esa idea nos persigue como una sombra. Sin embargo, la vida rara vez nos deja sin nada; lo que ocurre es que, mientras no soltemos, tampoco podremos recibir lo que sigue.
Una regla de oro que aprendí es hacer aquello que nos da miedo: porque justo al cruzar esa línea descubrimos que vienen cosas sorprendentes, cosas que jamás habríamos imaginado si nos hubiéramos quedado atrapados en lo viejo. Como dijo Marianne Williamson: “Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin medida.” Y ahí entendí lo que significa este arte.
El arte de soltar no es abandonar, es confiar.
Confiar en que la vida sabe más que nosotros, en que después de cada invierno siempre llega la primavera.
El arte de soltar no es frialdad, es amor.
Amar tanto que somos capaces de dejar ir lo que ya no tiene vida.
El arte de soltar no es perder, es abrir espacio.
Espacio para que entren personas, experiencias y versiones de nosotros mismos que no podrían existir si seguimos aferrados a lo que ya pasó.
Pero también descubrí algo más: que el arte de soltar se llama así porque implica equilibrio. No significa que tengamos que dejarlo todo. Vivimos en una época en la que se abandona con facilidad, y de eso no se trata. Soltar es distinto: es aprender a conservar lo que nutre y liberar lo que nos detiene. Es reconocer qué debemos dejar ir porque nos limita, y qué debemos cuidar porque nos impulsa hacia donde realmente queremos llegar.
Hoy dejar ir forma parte de mi vida. Y cuando hablo de soltar no me refiero solo a personas o situaciones, también hablo de pensamientos y emociones que nos inmovilizan y nos impiden transformarnos. Aprendí que soltar es, en el fondo, un acto de amor: hacia mí mismo y hacia lo que me rodea.
Por eso digo que es un arte. Porque requiere sensibilidad, paciencia y, sobre todo, valentía. Porque cada vez que soltamos, nos acercamos un poco más a la mejor versión de lo que podemos llegar a ser.
Al final, el arte de soltar es abrir la mano y confiar. Es dejar caer lo que pesa, para hacer espacio a lo que ilumina. Es dejar atrás la ilusión inventada en la cabeza y atrevernos a mirar lo real, lo que está delante y aún no hemos explorado.
Soltar es, al final, un acto de amor y de renacimiento.
Es recordar que la vida nunca deja de moverse, y que nosotros tampoco deberíamos.
Porque soltar no es perder lo que fue, sino permitir que un día podamos volar.
