MISHELL REVELO HUERA

  • Licenciada en Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires (UBA), con orientación en procesos educativos.

  • Directora creativa, asesora política y estratega en alfabetización emocional aplicada a la comunicación.

  • Fundadora de Comunicoloca, espacio creativo donde las ideas “locas” se convierten en marcas profesionales auténticas.

  • Creadora de programas de alfabetización socioemocional enfocados en desaprender patrones comunicacionales y potenciar la creatividad.

2026

Durante el verano, visité mi país de origen, Ecuador, y emprendí un proceso de búsqueda personal que trascendía el simple retorno geográfico. Uno de los propósitos de este viaje fue reconectar con la medicina ancestral y las plantas sagradas. En este contexto conocí el Centro Terapéutico y de Investigación Etnopsicológica Ë’co Wë’e, institución dedicada al abordaje clínico, espiritual y comunitario de los estados ampliados de conciencia.

El centro es dirigido por Juan Jo Ponce, psicólogo clínico y doctor en Psicología, cuya trayectoria refleja una integración sostenida entre ciencia y espiritualidad. Desde temprana edad inició una búsqueda espiritual profunda, vinculada a la meditación, el yoga y la tradición budista, complementada posteriormente con un largo proceso formativo en medicinas amazónicas, especialmente con el yagé, bajo la tutela de pueblos indígenas. Su formación académica incluye estudios en Psicología Clínica, Sociología Política y un doctorado en Psicología en Europa, además del reconocimiento como Doctor en Medicina Andina por el Ministerio de Salud del Ecuador. Esta combinación de saberes sustenta un enfoque terapéutico riguroso, ético y respetuoso de las tradiciones originarias.

Antes de participar en la ceremonia, atravesé un proceso de preparación que incluyó ayuno, definición de propósito personal, formularios de salud, charlas de orientación y recomendaciones físicas y emocionales. Este encuadre previo favoreció una disposición reflexiva y responsable frente a la experiencia, reduciendo riesgos y facilitando su posterior elaboración.

La ceremonia de hongos o “Niños Santos” fue nocturna y se realizó en un tipi o carpa ceremonial, donde aproximadamente quince personas compartíamos el espacio. En el centro del tipi permanecía encendido el llamado “abuelo fuego” durante toda la noche, acompañado por un altar con instrumentos musicales, ofrendas y la medicina. Este santuario funcionaba como un contenedor simbólico y emocional, generando una atmósfera de intimidad, respeto y contención colectiva.

Mi propósito fue despedirme emocionalmente de mi abuela y aceptar que su tiempo en la tierra estaba llegando a su fin. Antes de la ceremonia, experimentaba indignación, frustración y enojo frente a la idea de la muerte. Vivía su deterioro como una injusticia y mantenía una fuerte resistencia emocional frente a la pérdida inminente.

La ingesta de los hongos fue acompañada de cacao, y los efectos comenzaron a manifestarse aproximadamente una hora después. Visualmente percibía una especie de telarañas coloridas que conectaban todo a mi alrededor. Sin embargo, mi cuerpo me invitaba a cerrar los ojos y concentrarme en la música medicina, presente durante toda la ceremonia y estructurada como guía del proceso interior. A través de cantos, sonidos y silencios, fui transitando emociones profundas, memorias afectivas y estados de alta vulnerabilidad.

Durante el proceso experimenté un llanto profundo y liberador, que me permitió resignificar mi relación con la muerte, dejándola de percibir únicamente como una amenaza para comprenderla como parte natural de los ciclos vitales. Al finalizar la ceremonia, entendí que haber compartido la vida con mi abuela constituía un motivo suficiente para la gratitud, transformando el enojo en aceptación y la angustia en serenidad.

Posceremonia, reconstruí la experiencia a través de la escritura y la reflexión, integrando sus aprendizajes en la vida cotidiana. Esta etapa resultó fundamental para consolidar el proceso y preservar el sentido transformador de lo vivido.

Esta vivencia me permitió observar cómo un dispositivo terapéutico estructurado, basado en protocolos claros, formación profesional y respeto intercultural, puede facilitar procesos profundos de reorganización emocional. El trabajo del centro no responde a la improvisación, sino a una articulación sostenida entre ciencia, espiritualidad y acompañamiento clínico.

Actualmente, el centro realiza retiros con plantas sagradas una vez al mes y desarrolla investigaciones en el campo de la etnopsicología clínica, ofreciendo un marco sólido para quienes deseen acercarse a estas prácticas de manera informada y responsable.

Desde esta mirada, la psicoterapia asistida con psicodélicos no se presenta como una solución inmediata, sino como un catalizador de procesos internos que requieren compromiso personal, ética y acompañamiento sostenido. En lo personal, este viaje interior marcó un antes y un después, permitiéndome reelaborar un duelo y replantear mi relación con la finitud, el amor y la gratitud.

Finalmente, estas prácticas deben situarse dentro de una perspectiva histórica y cultural más amplia. La medicina ancestral y el uso ritual de plantas sagradas anteceden al período colonial y forman parte del patrimonio espiritual de los pueblos originarios de América Latina. Autores como Viveiros de Castro, Rivera Cusicanqui y Walsh han destacado el valor de estos saberes como formas legítimas de conocimiento, frecuentemente desvalorizadas por la modernidad occidental.

Reconectar con estas prácticas no implica un retorno acrítico al pasado, sino un ejercicio consciente de memoria, identidad y reconocimiento cultural. Acercarse a la medicina ancestral supone comprender de dónde venimos, recuperar vínculos con formas de habitar el mundo basadas en el cuidado y el respeto por la vida, y abrir espacios de diálogo entre conocimiento científico, espiritualidad y memoria colectiva. Desde esta perspectiva, estas experiencias no solo favorecen procesos individuales de sanación, sino que contribuyen a construir miradas más integrales y conscientes sobre el bienestar humano.

Link del Centro Terapéutico y de Investigación Etnopsicológica Ë’co Wë’e
https://ecowee.org/

2025

Migrar a los dieciocho años fue un acto de fe y también de desesperación. Una apuesta ciega a que todo podría mejorar, sin comprender del todo que salir del país que te contiene implica, tarde o temprano, el riesgo de perderse de una misma. Y que el único camino posible —el más duro, el más honesto— es reconstruir esa identidad fragmentada. Nadie te advierte que migrar tan joven, justo cuando estás definiendo quién eres, deja huellas imborrables en el territorio íntimo de la pertenencia.

Hoy tengo veinticinco años y vivo en Argentina. Y cada vez que regreso a mi país de origen, Ecuador, me descubro caminando por una especie de visita guiada a una vida que ya no reconozco por completo. Volver después de migrar tan temprano es entrar en un museo donde las vitrinas exhiben escenas de un pasado detenido: la mesa familiar, los planes de siempre, los chistes internos que ahora suenan ajenos, las conversaciones que se sienten como ecos de otra versión de mí.

Desde una perspectiva antropológica, esta experiencia se convierte en una microhistoria contemporánea del desarraigo voluntario. Pero también refleja un fenómeno global: jóvenes que migran en un momento de la vida en el que la identidad aún se está amasando. En esos casos, la pertenencia no se asienta en un suelo firme, sino que se vuelve un tránsito. Y ese tránsito termina convirtiéndose en identidad.

Tener dos culturas es una forma de riqueza: abre la cabeza, multiplica las posibilidades, permite vivir en un estado permanente de traducción. Y esa traducción no es solo lingüística; es afectiva, emocional, simbólica. Es la capacidad de habitar lo múltiple. Pero esa multiplicidad tiene un precio: nunca sentirse en pertenencia plena. “Migrar es aprender a perderse”, escribió Valeria Luiselli. Y perderse no siempre es negativo; a veces es el único modo de encontrarse de nuevo. Pero también duele.

La identidad migrante funciona como lo describe Stuart Hall: “un punto de sutura entre lo que somos y lo que otros imaginan que somos”. Los que se quedaron me leen como la de siempre, pero no lo soy. Los de allá me leen como extranjera, pero tampoco soy solo eso. La identidad se vuelve un esfuerzo permanente de articulación entre dos mundos que reclaman versiones diferentes de mí.

¿A dónde pertenezco? No tengo la respuesta. Tal vez, como afirma Edward Said, “el exilio es el extraño privilegio de ver el mundo de manera doble”. Y la doble mirada es una suerte de don incómodo: permite entender dos realidades, pero te aleja de ambas. Migrar es tener una identidad anfibia, fronteriza, que no encuentra un solo territorio donde afirmarse. Pero también es una forma de libertad. Una que a veces pesa, pero que también expande.

Volver —si es que ese verbo aún aplica para quienes migramos— no me devuelve un país. Me devuelve una pregunta. Me devuelve el eco de quien fui y la evidencia de quien soy ahora. Y en ese eco hay algo verdadero, aunque no siempre cómodo. No soy de aquí del todo, ni de allá del todo. Soy lo que se forma en el medio. En el tránsito. En el borde.

Y tal vez, después de todo, ese borde también sea un hogar.

Bibliografía

Luiselli, Valeria. Los ingrávidos. México: Sexto Piso, 2011. (Cita de “Migrar es aprender a perderse”.)

Hall, Stuart. “Cultural Identity and Diaspora.” En Identity: Community, Culture, Difference, editado por Jonathan Rutherford. Londres: Lawrence & Wishart, 1990.

Said, Edward. Reflections on Exile and Other Essays. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2000.

¿Reconoces esta escena? Te levantas y la primera luz que ves es la de la pantalla, y dentro de ella noticias de un presidente que no te representa, famosos, guerra, una receta, un meme y algo de culpa. Abres LinkedIn para encontrar trabajo y te decepcionas porque piden la experiencia que no tienes. Miras al techo y piensas: ¿para qué sirvió tanto estudio si estás hundido en la cama, lejos de una vida “aesthetic”?

Crecimos con una promesa: si obedecíamos, si seguíamos el manual, estábamos a salvo. Pero al salir al mundo descubrimos que no había manual. Nos vendieron un mito: la universidad como puerta hacia la vida resuelta. Mentira. Salimos y encontramos un terreno baldío, donde conseguir trabajo depende más de a quién conoces que de lo que sabes.

Un estudio de la Walton Family Foundation dice que más de la mitad de la Generación Z se siente preparada para el futuro. Y, sin embargo, somos una “máquina de chambear” llena de ansiedad, inestabilidad laboral y miedo al fracaso. Según Deloitte, más del 80 % tememos por nuestro futuro económico.

¿Contradicción? No. Vivimos en dos mundos: el digital y el real. Creemos tener todas las herramientas; sabemos más de tecnología que nuestros padres, desciframos algoritmos, navegamos redes como peces en el agua, pero seguimos llamando a mamá para que nos explique un trámite en el banco.

Envidiamos a nuestros padres porque, para ellos, estudiar sí garantizaba trabajo estable o una casa. Nosotros, los herederos de la disciplina del esfuerzo, vivimos en un mundo donde ese esfuerzo no garantiza nada. Honestamente, a veces siento que salimos a dar nuestra mejor batalla con espadas de plástico fluorescente contra un monstruo de tres cabezas: estabilidad financiera, amor y salud mental.

Somos un meme. Vivimos pegados a las pantallas. Revisa tu celular: ¿cuántas horas sumas al día? El mío ya roza una jornada laboral. ¿Para qué? Para navegar un océano infinito que nos deja más vacíos con cada scroll. Las redes prometieron conexión, pero muchas veces nos disuelven.

Ahí está la paradoja: podemos estar en todas partes al mismo tiempo, pero no sabemos estar en nosotros mismos. No nos enseñaron a escucharnos, a descifrar quiénes somos, qué queremos. Y así avanzamos: en un laberinto que se redibuja cada vez que creemos encontrar la salida.

En la Universidad de Stanford, en lugar de repetir cifras, algunos cursos de negocios preguntan: ¿quién eres?, ¿qué lugar ocupas en el mundo?

Preguntas que deberían estar en la escuela, no al final de la vida académica. Preguntas que, si no se hacen, muestran un mundo de niños jugando a ser adultos sin dirección, que se burlan en redes con frases como “sáquenme de Latinoamérica”. Sentimos que la región avanza lento, que el mundo nos sepulta. Pero ¿cómo exigir movimiento si estamos paralizados?

El gran engaño no fue solo la educación mediocre que recibimos, sino la quietud que elegimos después. Si queremos movernos, habrá que encender otra vez la curiosidad. Dejar que la sorpresa despierte y que la confianza sostenga. Habrá que domar las pantallas, pero también domarnos a nosotros mismos.

Solo así podremos salir del laberinto.