- Master en Terapia Breve Estratégica (Centro di Terapia Strategica).
- Terapeuta de la Risa – clown terapéutico, brindando la terapia de la risa en hospitales, fundaciones, crisis sociales en Ecuador y actualmente brindando esta terapia en Kiel – Alemania. He colaborado con talleres empresariales para enfatizar la importancia de la risa en la salud mental de los empleados para mejorar el rendimiento de las empresas.
- Psicologo con mención clínica (UDLA: Quito – Ecuador).
- Co-founder Psicoestratégico S.A., primer centro especializado en terapia breve estratégica en Ecuador.
- Migrante Ecuatoriano en Alemania.
- Hobbies: bailar, jugar futbol, tomar café, leer un buen libro, aprender cosas nuevas, escuchar música.
- Me gusta hablar de cosas que no se habla o incluso dar nuevas perspectivas a cosas que parecen claras.
2026
Cada cuatro años, el mundo parece detenerse por un momento. Las calles se llenan de banderas, las conversaciones giran alrededor de alineaciones, goles y pronósticos, y millones de personas encuentran en el fútbol una emoción compartida difícil de explicar desde la lógica. Sin embargo, detrás del espectáculo deportivo existe algo profundamente humano: la necesidad de sentirnos parte de algo.
El fútbol no es únicamente un deporte. Para muchas personas representa una historia familiar, una herencia emocional, una manera de conectar con otros o incluso una identidad. Hay quienes encuentran en un equipo una especie de hogar simbólico, un lugar emocional donde sentirse acompañados, representados o comprendidos. Y quizá ahí radica una de las grandes fuerzas psicológicas del fútbol: la pertenencia.
Desde la psicología social sabemos que el ser humano necesita sentirse parte de un grupo. Necesitamos símbolos, colores, rituales y espacios compartidos que nos recuerden que no estamos solos. El fútbol cumple muchas veces esa función. En un estadio, personas completamente distintas pueden abrazarse después de un gol como si se conocieran desde siempre. Durante noventa minutos desaparecen diferencias sociales, culturales o económicas, y aparece algo más fuerte: la experiencia colectiva.
Pero también existe algo más íntimo. Detrás de cada camiseta hay una persona con miedos, frustraciones, inseguridades y sueños. Tanto el aficionado como el jugador llevan consigo historias invisibles. El niño que soñaba con ser futbolista, el adulto que encuentra en el partido del domingo un descanso emocional de la rutina, o el joven que siente que por fin pertenece a algo cuando canta junto a otros aficionados.
El fútbol conecta directamente con las emociones humanas más primitivas: alegría, enojo, esperanza, frustración y euforia. Por eso puede mover masas enteras y provocar lágrimas auténticas. En un mundo donde muchas veces se nos enseña a reprimir emociones, el deporte abre una puerta legítima para sentirlas.
Sin embargo, también es importante recordar que el fútbol no debería convertirse únicamente en presión, exigencia o violencia. La pasión deportiva pierde su sentido cuando deja de conectar con el disfrute y con la humanidad del otro. Detrás del rival también existe una persona. Detrás del jugador que falla un penal existe alguien que probablemente ya se siente suficientemente culpable. Y detrás del fanático que grita desaforadamente puede existir alguien buscando liberar emociones que no sabe cómo expresar de otra manera.
Aquí es donde la psicología y, especialmente, la terapia de la risa pueden ofrecer una mirada diferente.
La risa tiene un enorme poder regulador sobre las emociones humanas. Diversos estudios han demostrado que reír reduce los niveles de estrés, favorece la liberación de endorfinas y fortalece los vínculos sociales. En contextos deportivos, el humor y el disfrute permiten transformar la experiencia competitiva en una experiencia humana más saludable.
Cuando las personas juegan fútbol entre amigos, muchas veces lo más recordado no es el marcador final, sino las risas compartidas, los errores absurdos, las anécdotas y la sensación de libertad. Incluso en el fútbol profesional, los equipos con mejores vínculos emocionales suelen desarrollar mayor confianza y cohesión grupal.
La terapia de la risa nos recuerda algo importante: disfrutar también es una necesidad psicológica. En una sociedad marcada por la productividad y la exigencia constante, jugar, reír y emocionarse se convierten en actos profundamente humanos. El fútbol, visto desde esta perspectiva, puede ser un espacio terapéutico donde las personas liberan tensión emocional, conectan con otros y vuelven, aunque sea por un momento, a experimentar espontaneidad.
Además, el deporte tiene una relación muy estrecha con la construcción de identidad. Muchos niños y adolescentes desarrollan autoestima, disciplina y habilidades sociales gracias a actividades deportivas. Un entrenador puede convertirse en una figura significativa. Un equipo puede representar contención emocional. Y una cancha puede transformarse en un espacio seguro para alguien que fuera de ella se siente perdido.
No obstante, también debemos reflexionar sobre el lado vulnerable del deporte. El fútbol puede generar presión extrema, ansiedad y frustración, especialmente cuando la identidad de una persona depende completamente del rendimiento o del resultado. Cuando ganar se vuelve la única forma válida de existir, el disfrute desaparece.
Por eso resulta tan importante humanizar nuevamente el deporte. Hay que recordar que, antes que jugadores, aficionados o campeones, somos personas. Personas imperfectas. Personas que se equivocan. Personas que necesitan ser vistas más allá de un resultado.
Quizá uno de los mayores regalos del fútbol sea precisamente ese: recordarnos que sentir es parte de estar vivos. Que necesitamos emocionarnos junto a otros. Que buscamos pertenecer. Y que incluso en medio de un estadio lleno, seguimos siendo seres humanos intentando encontrar conexión, identidad y sentido.
Tal vez por eso el fútbol moviliza tanto. Porque no habla únicamente de goles.
Habla de nosotros.
Referencias
Dunbar, R. I. M. (2018). The anatomy of friendship. Trends in Cognitive Sciences, 22(1), 32–51. https://doi.org/10.1016/j.tics.2017.10.004
Martin, R. A. (2001). Humor, laughter, and physical health: Methodological issues and research findings. Psychological Bulletin, 127(4), 504–519. https://doi.org/10.1037/0033-2909.127.4.504
Tajfel, H., & Turner, J. C. (2004). The social identity theory of intergroup behavior. En J. T. Jost & J. Sidanius (Eds.), Political Psychology (pp. 276–293). Psychology Press.
Wann, D. L. (2006). The causes and consequences of sport team identification. En A. A. Raney & J. Bryant (Eds.), Handbook of Sports and Media (pp. 331–352). Lawrence Erlbaum Associates.
Al correr detrás de una esfera redonda, es donde más se está comunicando y no lo sabíamos…
En ocasiones existen conversaciones entre personas con preguntas abiertas a una gama de respuestas, que incluso se podría llegar a armar un debate. Pero el problema no es hablar del tema, sino el problema es no intentar verlo con los ojos de la otra persona, como decía Marcel Proust: “El verdadero viaje del descubrimiento no es ver mundos nuevos, sino cambiar de ojos”. Añadiendo a eso, incluso mirar con la mirada de un niño que no sabe hablar, pero al llorar logra pedir leche a su madre.
Pero ¿por qué hacer una introducción de esta manera si de lo que vamos a hablar es muy simple? En pocas palabras, es un deporte que puede jugarse de varias formas: cinco versus cinco, dos versus dos, once versus once, en un estadio construido, en la calle, en la playa, en la selva, en la casa, en el jardín, y así puedo dar un sinnúmero de ejemplos sin parar.
Si preguntas a una persona que es muy analítica, te respondería: “es un juego cuyo objetivo es hacer que la pelota ingrese a la portería logrando anotar un punto, y quien más puntos haga gana, así de sencillo”. Pero si preguntamos a una persona cuyo sueño frustrado es ser futbolista, quizá te diría: “el fútbol es sentirse vivo, donde puedes tener la libertad de usar todo tipo de lenguaje ante tus oponentes, donde puedes ser amigo o familiar, pero en el terreno de juego son rivales a muerte, donde se dice que no pasa ni la pelota ni la persona, donde la exigencia física, emocional y mental es muy exigente, donde son noventa minutos si es que se juega un partido oficial de once versus once, donde es un juego agresivo, que si eres bueno y te destacas por tus habilidades con la pelota, recibirás más presión y más faltas por parte de tus rivales. Pero es una vida que dura noventa minutos, donde hasta que el árbitro no pite su silbato, el juego no acaba. Pero, en fin, muchos dirán que es un simple juego”.
En fin, el fútbol termina siendo una forma de vida. Así como estas dos, podemos encontrar miles de perspectivas, y ninguna estará en lo incorrecto.
En mi primera experiencia al salir de mi continente fue a un país que no sabía ni el idioma, ni sus costumbres. Imagínate que eres un chico de 16 años y tienes la oportunidad de viajar a Alemania. Tienes un inglés malísimo y el nivel más básico de alemán, pero lo que sí tienes es un objetivo claro en mente: ser futbolista profesional. Llegas donde una familia que te recoge del tren. No entiendes mucho las reglas y normas que te dicen que tienen en casa. Al día siguiente tienes que acudir a tu primer día de colegio, te presentan a tu nuevo curso, todos son muy amables, pero aun así no entiendes lo que te dicen, ni las conversaciones que tienen en las clases, ni en la hora de pausa.
Llegas a casa y te llevan a tu primer día de entrenamiento en un equipo reconocido de la ciudad llamado Bucholz 08. Te presentan a tu entrenador, te indica dónde son los camerinos para cambiarte. Te sientes observado por todos los futbolistas que se encuentran en el camerino. Te comienzan a preguntar en inglés cosas, y con el poco inglés que tienes logras responder lo básico.
Llegó el momento de salir a la cancha. Todos se sorprenden y están a la expectativa de ver cómo juega un chico sudamericano. Intentan entablar una conversación, pero cada vez se siente más fuerte la impotencia de no poder tener un diálogo con los demás. Hasta que comienzas a trotar al final del grupo, mirando lo que hacen los demás para así poder seguir las instrucciones que da el entrenador.
En eso, los ejercicios tácticos no comprendes cómo son los movimientos que tienes que hacer y te colocas al final de la fila para tener el tiempo de interiorizar el ejercicio que tienes que hacer y no equivocarte. Entonces, el coach menciona que es momento de jugar fútbol. Recogen las cosas de los ejercicios tácticos, van a buscar los chalecos para poder diferenciar los equipos y comienza a dividir los equipos de manera equilibrada para que sea un juego parejo.
Te ponen en tu posición, vas de mediocampista, el lugar donde tienes el contacto con el balón casi todo el partido. Pero no sabes los nombres, no sabes palabras en alemán. Entonces comienza el juego y te das cuenta de que es un momento donde no necesitas hablar para que la magia de conectar con las personas de tu equipo y con el contrincante suceda.
Es más, se percibe que comienzas a comunicarte con cada uno de tus compañeros de entrenamiento, incluso porque todos sabían tu nombre, te llamaban para decirte que ellos quieren recibir el balón. Comienzas a mostrarte con gestos en los brazos o con fintas hacia donde querías que te pasen el balón, y sin darte cuenta entraste en una sintonía más profunda que al entablar una conversación.
Como dijo Paul Watzlawick: “Es imposible no comunicar”.
Es decir, ¿para jugar al fútbol necesitamos hablar el mismo idioma o al jugar al fútbol ya estamos hablando el mismo idioma?
Les hago esta pregunta porque después de los entrenamientos no hablaba con nadie, no porque no quisiera, sino porque no entendía y no podía hablar. Es ahí donde entendí una cosa: en la cancha puedo comunicarme, puedo hablar, tengo una forma de hablar con todos. Muchas veces creemos que no decimos nada, no comunicamos nada, pero en sí comunicamos más de lo que parece.
En un campo de fútbol donde no puedes hablar el mismo idioma, estás hablando más que el idioma. La misma pasión te ayuda a entender que no necesitas saber todos los idiomas del mundo para poder jugar fútbol en un país donde ni siquiera hablan otro idioma. Solo necesitas tener las ganas, disfrutar, ser tú y tener la libertad de poder hablar de una manera poco hablada, sino desde el corazón, desde la pasión.
Creo que esto es más potente que tener mil palabras en la boca…
